Después de la goliza en Brasil, la albiceleste parece moribunda

Tras el extrañísimo —por calificarlo de algún modo— ‘Yo te amo’ y una explosión catártica que apenas cabe en el ‘Rock and Roll Revolution’, Fito Páez sucumbió ante el submundo musical con el que ya había coqueteado a través de las aguas de marzo: el bossa-nova. Al lado de Paulinho Moska, carioca hasta la médula, entretejió un proyecto que se lo comió. Con un impecable portugués versionó la obra a un idioma inaccesible para sus más fieles seguidores. Fito hubo de comenzar una gira eminentemente rockera atiborrada de grandes éxitos para cerrar el capítulo anterior. Brasil había engullido al símbolo argentino: ayer, Neymar hizo precisamente lo mismo con Messi y la Albiceleste.

Belo Horizonte se vistió de gala para recibir al conjunto dirigido por Bauza pero comandado por Messi. La generación del superhéroe blaugrana, Javier Mascherano, Sergio Agüero o Gonzalo Higuaín se entiende a partir de la tragedia: lo que pudo ser, lo mucho que ha dolido cada caída a la lona. Tres finales —un Mundial y dos Copas América— en el mismo número de años; un equipo obligado al triunfo y que se ha quedado con la miel en los labios. Heridas abiertas, porque en el fútbol las cosas sanan pero no cicatrizan; la Albiceleste vuelve, con numerosas piedras en la mochila, a ver cuesta arriba su clasificación para la Copa del Mundo.

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Si recordamos aquel gol agónico que Martín Palermo le marcó a Perú y significó la clasificación de Maradona y sus muchachos a Sudáfrica 2010, sería complicado afirmarlo como un momento de gloria. Argentina está obligado a que sus seguidores sufran solamente en instancias decisivas, jamás en clasificatorias; hoy está sucediendo de nuevo, los albicelestes amanecen hoy sextos gracias a que Perú le metió cuatro a Paraguay en Asunción e impidió que los albirrojos les rebasaran. Amanecen sin boleto para Rusia y a cuatro días de enfrentar a Colombia en el Monumental.

Brasil, por su parte, tras el célebre capítulo protagonizado frente a Alemania en las semifinales del Mundial y dos apariciones en Copa América brutalmente oscuras, comienza a sacar cabeza. Estamos viendo lo que quizá fuese un auténtico sueño: la ‘Canarinha’ juega hoy con dos dieces. Uno lo porta, y el otro ha de conformarse con el once. Neymar es la alegría, el carnaval y desparpajo sobre el campo –por ello, a fin de cuentas es quien lo porta: dos periodos de Dunga no han cambiado que en Brasil lo primordial sea sonreír-, mientras el otro es un muchacho que se encuentra en el cenit de su carrera y se muestra plenamente resolutivo; Phillippe Coutinho está siendo una pieza trascendental tanto para Jurgen Klopp a orillas de Merseyside como para Mano Menezes en tierra natal. Le sacó telarañas a la portería para, a veinticinco minutos del silbatazo inicial, comenzar con las hostilidades.

Neymar marcó el segundo en mano a mano con Romero. Los aficionados que no contamos con estrellas estratosféricas en su equipo seguimos rezando cuando nuestro artillero enfila contra el arco. Que no le reviente el rostro al portero, pedimos; o quizá sí, porque lo merece, pero que el rebote se cuele en las redes. En Barcelona no necesitan hacerlo: cuando su brasileño, su uruguayo o su argentino se encuentra a tan solo un obstáculo de los tres palos, es gol. Háganle como quieran, es gol. Mano a mano es gol. Neymar marcó el segundo en mano a mano con Romero.

Paulinho selló el tercero mediante la típica acción que ocurre cuando eres asediado por el rival; pelotita muerta en el área que sella el centrocampista que viene en carrera. 3-0 ganó Brasil, y se ubicó líder. Argentina vuelve al rezo, a desahogar penas de bandoneón. ¿Y si se inventasen un uniforme con rayas azules y rojas como uniforme visitante?… Quizá hasta entonces su buque insignia lograría sentirse en casa.

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