Si te das un garbeo a paso vivaz por las calles Dionysiou Areopagitou y Panathinea, a sólo diez minutos de la Acrópolis, probablemente acabes llegando a Tavros, la peor zona de Atenas. A pesar de encontrarse en unas condiciones de abandono lamentables, el área ha experimentado en tiempos recientes un notable acceso de fiebre inmobiliaria. En los márgenes de uno de los afluentes del río Kifissos—donde aún se yerguen unas cuantas pequeñas iglesias en lo que tiempo atrás eran viñedos y olivares—, se alzan ahora el nuevo estadio del Panathinaikos y el centro comercial más grande de la ciudad. No muy lejos de allí se encuentra el edificio de la Bolsa de Valores de Atenas, recientemente inaugurado; rodeándolo todo, un conjunto de chatarrerías, curtidurías clausuradas, chabolas y clubes nocturnos de mala muerte.
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Aquí, en el mismo centro de la capital del país, es donde a diario llevan a cabo sus actividades un anónimo, aunque numeroso, ejército de buscadores de basuras.
Hombres y mujeres atraviesan cada día la ciudad a bordo de rudimentarios motocarros de tres ruedas para rebuscar en cubos y contenedores en busca de cualquier cosa hecha de metal. Generadores de una economía subterránea y fantasmal, estas personas son la cara sórdida del reciclaje, un proceso que suele calificarse de “verde” pero cuyo verdadero color es el marrón caca.
Nos fijamos bien en este lugar en el mismo corazón de Atenas a raíz de ver parte de Raw Material, un documental que el cineasta Christos Karakepelis planea llevar al circuito de festivales a finales de este año. La película tiene como base la investigación y las muchas entrevistas a buscadores de chatarra realizadas por él a lo largo de los últimos seis años. Una labor que dejó a Christos poco menos que aturdido.
“El metal desechado es, en la actualidad, una materia prima”, dice Christos. “La extracción de metal ya no les resulta rentable a las industrias. Las ciudades son las canteras de hoy. Las vetas de oro están en los contenedores de basuras”. Las clases desfavorecidas acarrean casi setecientos mil kilos de acero a las chatarrerías cada año, en su mayor parte procedente de Atenas. No es que sea un gran atractivo turístico, precisamente.
Las cosas funcionan de forma similar a como lo hacen en cualquier parte del mundo, sólo que a escala propia de gran mercado: los gitanos llevan su mercancía a las chatarrerías pequeñas, que a su vez la revenden a chatarrerías más grandes. De ahí se transporta en camiones hasta las acererías, donde se procede a su fundición. Y algún tipo que ya era rico se hace un poco más rico.
“La cultura del reciclaje de basuras ha creado un lumpenproletariat”, dice Christos.
Grupos de hiperactivos niños asilvestrados nos recibieron cuando llegamos al vertedero. Corrían de un lado a otro descalzos y con el torso al descubierto, haciendo muecas y poses para la cámara mientras nos conducían a través de un intrincado laberinto de casuchas y pilas enormes de basuras. Los más pequeños parecían totalmente ajenos al hecho de vivir en tan paupérrimas condiciones. En los rostros de los más mayores se apreciaba claramente la desesperación.
En Grecia hay un número estimado de entre 80.000 y 100.000 buscadores y vendedores de metal desechado. La mayoría vive en la capital griega. Organizados, podrían paralizar la industria y forzar un aumento estratosférico del precio de las barras de hierro, lo cual provocaría una crisis del sector inmobiliario en todo el país. Esto, por supuesto, nunca llegará a suceder.
El trabajo de los buscadores de chatarra no ha aparecido en informe medioambiental alguno, pero en el transcurso de un día cualquiera son ellos quienes recogen los desechos del paisaje urbano, haciendo un trabajo que debería ser responsabilidad del municipio o del estado. La policía se limita a mirar hacia otro lado. Sin ningún tipo de permiso o licencia para recoger chatarra, estas personas subsisten robando el agua y la electricidad. Las ratas crían en los mismos sitios en los que ellos viven, alimentándose de sus desperdicios e incluso mordiendo a los niños de vez en cuando. La policía no sabría dónde meterles a todos de tener el más mínimo interés en buscarles un alojamiento digno; pero no es el caso. “Nadie va a los sitios a los que va esta gente a recoger basuras”, dice Christos, “y ellos mismos viven en lugares a los que es imposible acceder si no te llevan”.
Hace poco, un sábado por la mañana, una lluvia torrencial convirtió las estrechas calles del distrito ateniense de Renti en una ciénaga. Aun así, los gitanos rastrearon las calles como de costumbre y nosotros pudimos acompañarles como invitados.
Nos encontramos con un par de amigos de Christos, cogimos nuestras cosas y nos encaminamos a una chatarrería. El propietario, un tipo terriblemente suspicaz, se negó a hablar con nosotros y tampoco nos dio permiso para sacar fotos. En este lugar, una persona obtiene unos 22 céntimos por cada kilo de metal entregado. Esto significa que, en el mejor de los casos, un buscador ganará algo más de 14 euros por una cantidad de material equivalente a dos motocarros cargados hasta los topes. Otro dato: se necesita la ayuda de toda una familia para mover una de esas cargas.
Christos nos explicó que los hornos de fundición de una acerería licuan unas 100 toneladas de chatarra cada 20 minutos, de las cuales se obtienen entre 85 y 90 toneladas de acero puro. Este proceso se realiza las 24 horas del día, los 7 días de la semana. El concepto de “gran escala” se queda enano en este negocio.
Tras acompañarles en su ronda, nuestros guías nos llevaron al campamento; con la figura de la Acrópolis recortándose al fondo, éste es el hogar de 200 familias que, por lo que al gobierno griego respecta, no existen. En los últimos seis años, Christos ha forjado unas cuantas amistades entre los chabolistas: “He asistido a incontables bodas y bautizos para ganarme la confianza de esta gente y poder mezclarme entre ellos”, nos contó. Caminamos detrás suyo por el poblado, pasmados, nuestros ojos abiertos como platos: casuchas improvisadas con palés de madera, puertas hechas con tabiques de edificios demolidos, lomas y más lomas de piezas metálicas procedentes de maquinarias desmanteladas y, aquí y allá, como única decoración, anuncios publicitarios arrancados de algún cartelón. Aunque parezca increíble, detrás de algunas de estas míseras viviendas se esconde una segunda historia.
Alrededor de 800 niños viven en las aproximadamente 200 casuchas del campamento. Una de las principales razones de que las familias estén atascadas aquí es que la mayoría de ellas son numerosas. “Intentamos vivir en una casa que alquilamos en Nikaia”, nos dijo en griego chapurreado un hombre rechoncho y de rostro enrojecido, “pero tengo 15 hijos. Nos trasladamos y a los pocos días el propietario nos echó porque los vecinos se quejaron”. El hombre que nos cuenta esto no parece un sólo día mayor de 40 años.
Aquí, los niños cuentan como brazos a los que poner a trabajar. Para colmo de males, buena parte del material que recogen es tóxico: por ejemplo, los paneles de los tubos de rayos catódicos de los televisores, que, como otros componentes, están compuestos en un 40% de plomo. “En Grecia, las grandes compañías eléctricas y de telecomunicaciones regalan a escondidas los cables que no utilizan a los gitanos para evitarse así los costes de almacenamiento”, me explicó Christos. “Los gitanos queman los cables para extraer los filamentos de cobre y bronce, ya que el cobre puro—sin revestimientos de goma o plástico—se paga a 3,6 euros el medio kilo. Con revestimiento, el precio baja a 2,2 euros”. Al tratarse de un trabajo que no requiere que salgan del campamento, son los niños quienes se ocupan de quemar los cables y fundir el metal. Contraer un cáncer no es una posibilidad remota.
Evidentemente, no hay estadísticas a las que hacer referencia ni estudios que citar, pero aunque las expresiones divertidas en las caras de los niños os muevan a pensar lo contrario, aceptad nuestra palabra de que la situación aquí es terrible. ¿Qué tal si lo dejamos con un último dato, que no podemos confirmar pero que muchos lugareños nos han repetido? Según ellos, la media de edad de los niños que queman el plástico que recubre el cobre es de siete años. Y muy pocos de ellos llegan a cumplir los quince.
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