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Pase y llore

Vendamos el petróleo, pero sin venderlo. Es decir, eso mismo

A falta de motivos para celebrar la Expropiación Petrolera, revisamos el doble discurso de Peña Nieto que propone abrir Pemex a la inversión privada, pero "sin venderlo".
2.4.14

Cierto: el tema de la reforma energética comienza a darnos hueva a muchos durante buena parte del tiempo. Al resto de los habitantes del territorio nacional, según creo, le da hueva durante la totalidad del tiempo. Para muestra de esto nada más hace falta recordar que la resistencia que se opuso a su aprobación en las dos cámaras tuvo menos vida que un condón usado. Al parecer ese sentimiento (si es que la hueva es un sentimiento; algo que, presiento, de hecho es. Dentro de un rato, si me dan permiso, trataré de entrarle al asunto) empezó a germinar desde que Peña Nieto presentó su propuesta de reforma, en agosto del año pasado.

Con el regreso del PRI, una de las bellas tradiciones del congreso (que casi podría nombrarse patrimonio de la humanidad y todo) que están por desaparecer es la de "planchar" las propuestas. Esta bella forma de la orfebrería coprológica (no lo gugleen, aguanten) consiste en cortejar, lejos de las miradas voyeristas, a lotes enteros de legisladores. Así, cuando se lleva al pleno una iniciativa de reforma, el resultado ya está cantado de antemano y se reduce la posibilidad de una sorpresa desagradable para esos seres de psique tan frágil que son los diputados y senadores. Esto también representa una garantía de que ellos no tendrán que gastar energías, tiempo (con esos sueldos, pobres) ni transmisiones del Canal del Congreso en la presentación de proyectos que tendrán que reescribirse o desecharse.

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Pero ahora, felizmente, tampoco hay necesidad de llegar a tanto como planchar iniciativas. Desde que el PRI adoptó como mascota a la mayor parte del congreso para sacar las reformas que prometió durante la campaña electoral del 2013 el suspenso antes de casi todo movimiento en las cámaras viene de especular si el PRD jugará a que se opone, o cuántos gramos de alpiste pedirá el PAN a cambio de darles el sí.

Más o menos esto pasó desde el momento en que la presidencia anunció su iniciativa. Para todo efecto práctico, esa propuesta era en realidad el anuncio del precio que iría etiquetado en los madrazos. Se contaba por anticipado con la oposición del PRD, que antes había apoyado la reforma fiscal (a la que se había opuesto el PAN), y los panistas sólo dudaban de llevar a la manada al redil por el hecho de que sentían que la apuesta no había ido lo suficientemente lejos en cuanto a garantizar la apertura a la inversión privada.

Espero que sigan leyendo estas líneas, aun después de este relato, lleno de detalles que en el mejor de los casos funcionan como revulsivos para las tripas. Hasta a mí me dio cosa escribirlo. Solamente lo hice con fines relacionados a eso que se llama dar contexto y también como ejemplo práctico de lo que les decía desde las primeras líneas: este asunto da mucha hueva. Y aquí nos enfrentamos con un problema de lo más común, pero al que casi nunca se le saca la vuelta (por hueva): ese sustantivo de la hueva dice muy poco por sí mismo. De entrada, creo que aquí nos vendría bien usar términos más precisos, como el de la abulia. Y si quisiéramos darle forma, tendríamos que empezar por ver cómo el curso que siguió el planteamiento de la reforma la volvió ante nuestra vista un acontecimiento inevitable y a la vez, la envolvió en un aire de irrealidad.

La mejor comparación que se me ocurre para lo primero (la inevitabilidad), seguramente por efecto de su vigencia y de su capacidad para generar pesadillas, son los cambios en materia fiscal para los pequeños contribuyentes. El SAT, por estos días, exige la migración hacia el formato electrónico para emitir facturas y uno no puede más que asumir la postura fetal en un rincón, sumido en un estado de indefensión absoluta. Cuando pienso en la necesidad de realizar este trámite (y créanme, nada más pensar en esto me es más difícil que asistir a un velorio), me invade una oleada avasalladora de la versión mejor destilada de la hueva.

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Como cualquier lector aficionado al sicoanálisis sabrá, referirnos a esta forma de la angustia, en la que se mezclan sentimientos de insignificancia, indefensión, desamparo y otras golosinas, como hueva forma parte de un mecanismo de defensa, que funciona, entre otras cosas, porque mantiene una fachada de impasibilidad. Lo cierto es que pocas veces resulta sincera la postura de la hueva frente a los grandes problemas nacionales.

La segunda parte, la de la irrealidad, comenzó desde la campaña por las elecciones presidenciales. En el doble discurso que desde entonces manejaba Peña Nieto, proponía abrir Pemex a la inversión privada en áreas como la extracción, refinación y distribución, pero sin privatizarlo. Algo que sería el equivalente a comerse una torta de tamal, pero sin comérsela, no sé si me explico. Esta doble afirmación se repitió tantas veces en sus declaraciones, que el efecto fue parecido a estar en un volantín. Uno nada más quiere bajarse y guacarear, incapaz de pensar en la combinación de leyes físicas que hacen posible ese movimiento.

Cuando llegó el borrador de la iniciativa -con sus [parásitos mediáticos](http:// https://www.youtube.com/watch?v=H2hUzFLq290)- era para maravillarse cómo podía mantenerse esa disonancia, y además, hacerla sonar como "La Marsellesa". A partir de entonces, el juego más divertido era ver si se iría a conmemorar la Expropiación Petrolera después de que se aprobara la reforma. O, mejor dicho, cómo lo iban a hacer. La respuesta fue más deprimente y predecible de lo que queríamos imaginar.

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Recientemente, cuando se anunció que se planea ofertar a las compañías privadas dos terceras partes de las reservas petroleras antes de que termine el año, el relato seguía el curso que se había trazado para él, sin mayores sorpresas, así como se conservaba la retórica de nuestra soberanía sobre el petróleo.

Con todo, es cada vez más atemorizante la forma en que los cambios en materia energética (en un país que hizo de ella su piedra filosofal, no está de más recordarlo) parecen marchar como una aplanadora sobre un criadero de pollos anestesiados y cuadrapléjicos. Bueno, lo de cuadrapléjicos es metafórico, pero lo relativo a la anestesia no lo es tanto, lamento intuir. Y creo que se debe a la combinación que mencionaba: su capacidad de ser percibidos como algo irreversible y a la vez irreal.

Algo hay en la forma en que percibimos estos hechos que me recuerda un cuento de horror siquiátrico. Se trata de la indefensión aprendida, un estado inducido por los sicólogos conductistas (esos nobles científicos que tanto hicieron por el bien de sus prójimos, prójimas e incontables animalitos) en perros, a los que se habituaba a recibir descargas eléctricas. Al principio, ellos se resistían, de formas más o menos enérgicas, pero eventualmente, al comprobar que no tenían forma de evitarlas, comenzaban a recibirlas pasivamente, tirados sobre la espalda. Después de esto, incluso cuando se les abría la jaula, permanecían ahí, sometidos ante los choques eléctricos, como si hubieran olvidado la posibilidad de evitarlos.

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