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Cultură

Entrevista con el vampiro (de Pontevedra)

Wladimir Dragossán comenzó a beber sangre y darse a conocer como vampiro hace más de 20 años. Hoy es un cristiano librepensador que cultiva la pintura y colecciona flores.
29.1.15

Hay dos grandes momentos míticos en mi infancia como televidente: el primero fue cuando a la cantante italiana, Sabrina Salerno, le falló el vestuario y una de sus tetas quedó al aire en el canal español TVE. El segundo fue cuando vi al vampiro de Pontevedra, en Galicia, España.

Para un niño de nueve años, que saliera un vampiro real en la tele era un auténtico shock. Me creía a mí mismo un pequeño experto en la materia y no podía concebir que se me hubiesen escapado datos tan importantes. ¡Los vampiros existen de verdad! ¡Y a menos de sesenta kilómetros de mi casa! Exigí explicaciones a las autoridades pertinentes.

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—Mamá, ¿qué es esto?—, pregunté.

—Debe de ser un actor o alguien que nos quiere tomar el pelo.

—Acaba de tomar un vaso con sangre, mamá. No me parece una broma.

Al día siguiente lo comenté en el colegio. Un compañero con familia en Pontevedra lo conocía. Wladimir Dragossán —en realidad Rafael Pintos— afirmaba ser un vampiro, delante y detrás de las cámaras. Tenía a los niños del pueblo aterrorizados, pero a mí ya me había ganado. Me daba igual que fuera un vampiro o no. Que existiera alguien capaz de pasear por la calle vestido como el Conde Drácula ya me parecía suficientemente fascinante.

Han pasado más de veinte años desde aquello y Wladimir es actualmente un no muerto de medio siglo que sigue vistiendo como un dandi sacado de una película. Ha recorrido cientos de escenarios. Ha debatido con Francis Ford Coppola o Christopher Lee y ha ejercido tanto de vampiro televisivo que hoy prefiere concentrarse en sus investigaciones antropológicas, la pintura, literatura, entomología o el coleccionismo de nenúfares. Acaba de publicar el libro de poesía Cartas de un submarinista.

Me encontré con él en el Liceo Casino, una aristocrática institución pontevedresa en la que se encuentra como en su propia casa. Incluso tiene acceso a una sala privada en la que solía celebrar amenas charlas literarias. Sus modales son tan corteses que parecen de otra era. Me pide permiso para empezar a tutearnos. Tiene una mirada intensa, casi hipnótica, y las palabras brotan de su garganta tan engalanadas como su figura.

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VICE: ¿Cuándo nació Wladimir Dragossán, el vampiro?
Rafael Pintos: El vampiro nace conmigo, es parte de mi identidad. Yo sigo la línea del conocimiento de la magia póstuma, una filosofía de preparación para la vida después de la muerte, que es el origen del vampirismo centroeuropeo. Mucha gente sentía miedo con mi presencia porque yo funcionaba con una energía muy oscura. Bebía sangre como una práctica ritual. Fui un revolucionario y un provocador social. Fui el primer gótico de Galicia. El primero en reivindicar la sombra cuando lo que normalmente hace la sociedad es intentar ocultarla. Asumir la sombra conlleva que tú conozcas a la bestia que llevas contigo y puedas cabalgarla.

Le confieso que siempre me fascinó lo lejos que se atrevió a llevar el arquetipo del vampiro, pese a la incomprensión y ataques que sufría a diario.
Ejercí de espejo de todos los miedos sociales y produje ciertas reacciones. Reacciones que fueron en algunos casos de atracción, porque el vampiro es un personaje que fascina, pero también de repulsión, rechazo social, temor e incluso agresiones. Hay ese temor a todo lo que es desconocido, a todo lo que suscita el más allá. Siempre me mantuve firme en mis creencias porque mi formación tiene bases muy profundas.

¿Dónde aprendiste esas bases esotéricas?
Tuve acceso a personas iniciadas, dentro y fuera de España. He practicado con grupos en Barcelona, realizándome como médium en sesiones espiritistas con gente vinculada al luciferismo, la masonería y las órdenes rosacruces. Todo esto me empapó de conocimiento y acabó llevándome a Cristo. Ahora mismo soy un cristiano practicante que investiga muchísimo sobre esoterismo y mística. Una fe vivida en base a experiencias es mucho más sólida que una fe basada en supuestos.

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No está reñido el ser cristiano con creer que en una vida no podemos completar todo el conocimiento, alcanzar la iluminación por decirlo de alguna manera. La santidad no se consigue en una vida. Es todo un proceso de purificación hasta que llega un momento en el que nosotros conocemos cuál es nuestro cometido como seres humanos. Las cosas no pasan porque sí. Nada ocurre al azar. He hecho regresiones con profesionales. En mi caso todo apunta a que yo fui Vlad Dracul, el padre del que fue el famoso Vlad el Empalador.

[Los auténticos vampiros pueden ser perfectamente cristianos. Rafael se declara además un librepensador, con formación derechista pero totalmente autócrata e independiente. Hace tiempo que ha dejado de creer en la eficacia de la política, le irritan los sectarismos ideológicos y los nacionalismos. Su cristianismo no es incompatible con otras creencias más heterodoxas. Cree en la reencarnación y en el poder de las regresiones como herramienta para descubrir vidas pasadas.]

¿Y qué me dices de los góticos actuales?
Cuando en los años setenta empecé a ponerme gabardinas de Burberry con los cuellos para arriba, con lazos de chalina, con bastones, aún no existía The Cure ni nada de eso. Estoy hablando de un goticismo romántico. Bebía de Edgar Allan Poe, Baudelaire, Isidore Ducasse y las fuentes de la literatura. También del cine, especialmente la serie B, con Terence Fisher y Roger Corman como grandes baluartes. Pero esencialmente de la literatura. Un gótico, cuando es realmente gótico, nace y muere gótico. No es una moda.

¿Te sientes parte de su colectivo?
No. Estuve en Alemania en plena ebullición del movimiento y aquello era una clonación. Me desagradó profundamente porque vi a todo el mundo, chicos y chicas, con los labios negros, las uñas negras, el mechón blanco y la ropa negra. Era otro adorno más. No me interesa, porque yo lo que siempre he querido es aflorar mi personalidad individual y reafirmarla. Tengo dibujos de cuando tenía cinco años con esqueletos, tormentas, murciélagos, tumbas, brujas… Todo eso ya estaba ahí. Latía desde muy temprano. Nació y creció conmigo.

Hablemos sobre el dandismo.
La gente piensa que el dandi sólo es un hombre elegante, un traje. Pero el dandi no es el traje, es la percha. El dandi hace arte con su persona. Reivindica una identidad propia frente a la despersonalización, tan estándar de hoy en día. Es un disidente intelectual. Puede ser un hombre sociable, como es mi caso, accesible pero elitista, que gusta de un nivel cultural, ropa de calidad y las cosas más exquisitas.

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¿Y las complicaciones económicas?
Al dandi no lo hace el dinero. Yo he podido permitirme hacer lo que me gustaba pero me he privado de muchas cosas. Aunque mi trabajo me daba medios no siempre ha sido así. Cuando estaba en la televisión como actor, había épocas enteras en las que estaba esperando que me llamaran. Mientras no me llamaban estaba sin cotizar y el dinero hacía falta. Eso produjo que sufriera unas depresiones profundísimas que desencadenaron en una enfermedad nerviosa que me impide trabajar de forma estable. Recibo una pensión por enfermedad pero eso no impide que yo pueda seguir trabajando como pintor, como actor en algún caso, y como escritor.

[A medida que pasan los minutos, la charla se vuelve distendida. Rafael comienza a hablar de su infancia. Por primera vez en la conversación, abandona su penetrante mirada vampírica. Sus ojos brillan. Se le dibuja una leve sonrisa cuando se empapa de sus propios recuerdos.]

He sido un líder desde el colegio. Tenía una imaginación desbordante y mis compañeros estaban fascinados conmigo. Yo era el guía de las aventuras, de saltarnos las normas rígidas del colegio, de escaparnos en el recreo a la finca colindante e inventar un paraíso en medio del bosque. Huíamos del entorno molesto y rígido del colegio franquista en el que estudiábamos. Teníamos allí nuestro pequeño estado independiente. Incluso teníamos nuestro propio dinero. En los billetes ponía "Banque du Paradis". Jugábamos a las cruzadas con palos y piedras. Siempre volvíamos a clase con algún chichón o las rodillas magulladas.

¿Y su adolescencia y juventud?
Cuando no tenía dinero, no tenía diversión, no tenía posibilidades… Entonces me ponía a caminar y me iba a donde hiciera falta. Un verano me fui a un pueblo cercano caminando. Me aburría, hacía calor, no había movimiento y decidí lanzarme a la aventura. Me puse mi capa de verano, que es una capa de gasa fina con un broche, y a caminar. No me atropellaron de milagro porque claro, si vas de noche con una prenda oscura no te ven. Crucé también los controles de peaje sin que me vieran. Todo era transgresión tras transgresión, y divertidísimo. Siempre fui una persona controvertida pero con mucho sentido del humor.

[Le pido que me firme un ejemplar de 'John Balan, un yanqui en la corte de Breogán', la biografía que él mismo escribió sobre su paisano y amigo Manuel Outeda. Un hombre que al igual que Wladimir hizo de su vida una obra de arte. Mientras escribe una dedicatoria con minuciosa caligrafía, me proporciona las declaraciones perfectas para cerrar esta peculiar "entrevista con el vampiro".]

A John Balan y a mí nos gustó el hacernos exóticos. Darle a nuestras vidas un toque fantástico que se saltara las fronteras de lo cotidiano. Él quiso ser el cowboy de Galicia y yo el vampiro. Quisimos saltarnos el costumbrismo. Saltarnos la dimensión local y romper la monotonía de la vida que nos tocó vivir. Mi familia era conservadora. Nunca me entendieron. Sufrieron mucho conmigo: por el ridículo, por las agresiones, por no haber tenido un trabajo estable… Pero esto no es una pose. Se trata de mí. Si fuera una pose, después de todo lo que he tenido que soportar colgaría el disfraz y me dedicaría a otra cosa. Pero no es un disfraz.

***

Al parecer los vampiros reales no salen de la tumba con su cuerpo físico. Lo único que los mortales podemos ver de un vampiro es su doble etéreo o cuerpo astral. Creo firmemente que Wladimir es un auténtico vampiro, porque ha logrado convertirse en una leyenda viva y los personajes legendarios nunca mueren. Dentro de 200 años seguirá vivo gracias a la sangre de los pontevedreses. Ellos contarán a sus familiares y amigos que en esa ciudad hace mucho tiempo habitó un vampiro. Verán su doble etéreo en fotos, videos, sueños y alucinaciones. Podrán invocarlo a través de sus libros y pinturas. ¿Dónde estaremos sin embargo el resto de los mortales?

Wladimir Dragossán es además una obra de arte viviente. La mayoría de los performers sólo ejecutan su arte en los entornos controlados de los museos. Lugares donde todo está pactado de antemano y nadie va a cuestionar su cordura. Wladimir, en cambio, asumió el riesgo de actuar las 24 horas. ¿Por qué? Quizá porque es la única forma de arrancar a la gente de su cotidianidad y hacerles vivir una experiencia artística genuina. La única forma de lograr que niños y adultos se cuestionen las bases de la realidad. Creo que gran parte de su vida es un intento de volver a aquel paraíso ajeno a cualquier encorsetamiento que construyó al lado de su colegio cuando era un niño. Un paraíso al que todos estamos invitados a entrar.