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Cultura

No pienso hacerme un Tinder en la puta vida

La aplicación es la consagración del liberalismo económico aplicado a las relaciones sexuales.

por Pol Rodellar
12 Noviembre 2015, 5:00am


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Como todos ya sabréis llega un punto en la vida de un hombre de treinta y pico años, soltero, medio calvo, incómodamente delgado y emocionalmente frágil en el que todo esto de follar resulta algo un tanto complicado. Por suerte la vida en esta sociedad del futuro en la que estamos todos inmersos actualmente proporciona infinitas posibilidades para poder encontrar un compañero sexual puntual en el que poder eyacular todo el contenido acumulado durante días en los testículos o, en el caso de una mujer, poder recibir gozosos estímulos epidérmicos en distintas partes del cuerpo. Aún así, uno no está dispuesto a agarrarse a cualquier rama que le salve de la caída en picado por el infinito precipicio de la sexualización del cuerpo humano.

El "todo vale" no es una política que apoye con fervor. Según mi entender el medio hacia El Dorado sexual es importante y este, si bien debe facilitar la conexión y entendimiento entre las partes, no debería jugar con ciertos mecanismo detestables propios del marketing más agresivo. Estamos hablando de compaginar genitales por lo que cierta sinceridad, amor propio y respeto hacia el compañero deberían estar presentes en todo el proceso.

Actualmente la estrella del sexo en este campo de las redes sociales es, indudablemente, el Tinder, o al menos eso es lo que dice todo el mundo. Es una herramienta efectiva pero supone aceptar ciertas medidas que no pienso considerar. De algún modo nos obliga a abrazar la idea de que somos unos seres tan ajetreados que no nos podemos permitir perder tiempo en conocer a las personas. Es como el tic más detestable de la sociedad capitalista, convertir algo tan esencial como el flirteo —esas plumas desplegadas de los pavos reales o el culo en pompa de un gatete en celo— en una inercia mecánica y repetitiva.

Joder, no nos engañemos, muchas veces es incluso mejor el cortejo de los amantes que la relación (sexual o de vida en común) que lo precede. ¿A caso no preferías esos días en los que quedabas con María para tomar una cerveza en ese bar del enorme sofá negro, donde le traías discos de Comet Gain para ligártela, que no la agotadora relación posterior en la que terminaste ODIANDO con mayúsculas encontrarte sus braguitas tiradas por el suelo de vuestra habitación? Claro que sí, sabes perfectamente de lo que te estoy hablando.

Lo que más me fastidia (bueno, "fastidiar" suena demasiado suave) es todo ese flirteo con técnicas baratas para llamar la atención y cazar una presa, eso de juzgar a un ser —un ser que ha logrado fertilizar un óvulo, crecer dentro del estómago de una hembra, salir de su coño e intentar ganar dinero durante varios años sin pegarse un tiro— por una sola foto. En la realidad, en la calle, ya se utilizan estas tristes técnicas superficiales pero también entran en juego otros factores en los que, supuestamente, se equilibran mínimamente las posibilidades de todos los humanos para terminar follando. En Tinder no.

Hay gente que no es carne de Tinder y es patético que estos individuos se adapten a las normas impuestas por esta aplicación. He visto a mujeres rechazar en masa una cantidad ingente de tíos que son objetivamente muy superiores físicamente a mí por lo que es indiscutible que mi campo de batalla no está en esta aplicación. Somos muchos, gente que no se puede vender con un par de imágenes y un texto de mierda, gente que sobrevive en esta red social como un delfín seco dando sus últimos soplos de aire, tirado moribundo en la orilla de una playa del sur de Italia.

Pero el problema principal es el verbo ese de "venderse", de "lograr gustar". ¿Cuántos putos años tenemos? ¿Tengo que perder el tiempo intentando hacerme un currículum follatil? ¡Cuéntame otra! La lógica de la agresividad del mundo capitalista, la búsqueda infinita de los beneficios y la funcionalidad se ha afincado en la gestión de las relaciones humanas, nos encontramos en un mundo que funciona en todos sus estratos como un supermercado; productos en una estantería intentando llamar tu atención para que te los lleves a casa. Apoyar esta mierda es ampliar hacia el campo sexual todas las tristes dinámicas liberales, donde hay ricos y hay pobres; donde están los que hacen match y follan y los que son constantemente rechazados y no acumulan ni un mísero y triste polvo.

No pienso rebajarme a tratarme como un producto y tener que escoger mis mejores fotos (en serio, ¿"mis mejores fotos"? ¿Tenemos ahora que hacernos fotos pensando en que potencialmente servirán para facilitar nuestra aproximación hacia pollas o vaginas ajenas?) para poder penetrar el cuello vaginal de una damisela —igual o más desesperada que yo por follar— durante un espacio de tiempo indeterminado para que luego me eche de su casa poniendo como excusa que tiene que poner una jodida lavadora. Yo necesito un sofá de piel, una tapita de parmesano y un buen montón de bromas desagradables sobre el tercer mundo para poder ganarme momentáneamente el corazón de una mujer.

Lo que quiero decir con toda esta mierda es que me la pone absolutamente más dura —digamos, como el cetro de oro de un rey— encandilar a una bella mujer con el poder de la palabra escrita y un discurso elegante y coherente que no con la máscara que cubre mi calavera y los rasgados harapos que cubren mi esqueleto. Y, aún más importante, prefiero que a mí se me ganen con algo más que con un indecente buen par de perolas. Bueno, al menos es lo que se intenta.