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Recordemos cómo coño nos descargábamos archivos de internet hace unos años

Lo que ahora es algo sencillo antes suponía un esfuerzo superior a excavar en busca de coltán en el Congo.
31.7.15

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Cual anciano anclado en su sofá ante las danzantes llamas de la chimenea y alzando su copa de coñac, me dispongo a relatar mi experiencia en los arcaicos inicios de las descargas de internet. No me refiero a eso de hacer un uso racional del contenido disponible, sino a dedicar horas, días y meses al conciso acto de descargar. Lo importante era el verbo, no el objeto del verbo, el placer de acumular megabytes per sé, en fin, lo que vendría a ser el leeching profesional. En un principio el término leecher es despectivo y se refiere a esa persona que sangra archivos sin aportar nada a cambio, de todas formas el término se usa también para denominar a todos aquellos usuarios que utilizan los canales de descargas que aparecen en este artículo. Está claro que la percepción que tenemos ahora de la red es muy distinta de la que teníamos antiguamente; donde antes buscábamos TENERLO TODO ahora está el deseo de poder ACCEDER A TODO. Creo que esta es la gran diferencia, el cambio vital que las nuevas generaciones han aceptado, abrazado y defendido. Nosotros queríamos tener nuestras torres repletas de pequeños (no en tamaño físico si no en tamaño virtual) discos duros llenos de archivos y una colección en constante crecimiento de bobinas de CD's y DVD's con más mierda de la que nunca podríamos llegar a consumir en nuestras vidas.

Cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno. Cero. Estamos a finales de la década de los noventa. Para poder entender toda esta mierda debemos tener en cuenta que esos eran tiempos de módems rupestres conectados a líneas de teléfono en los que se pagaba por cada minuto de conexión y ocupaban la línea, por lo que estar conectado a internet suponía que tu tía Enriqueta no podía llamar a tu madre para decirle que estaba haciendo un sofrito de puta madre. Eso, evidentemente, no suponía ningún tipo de dilema moral. Luego vino el ADSL que fue como una pequeña bendición pero que no era más que un parche inútil frente a un problema vital muy serio. Dicen que el momento de oro llegó cuando telefónica implantó esa tarifa plana por las tardes y noches, lo que vendría a ser la entrada real de España en la era digital.

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El neófito de internet tenía varias opciones para descargarse material de la red, siempre dependiendo del nivel de necesidad y enfermedad del usuario. Porque, claro, todo dependía de eso. No era lo mismo un señor que quería descargarse "El cant dels ocells" de Pau Casals que ese chaval ansioso de tener todos los putos discos de Manowar. Internet genera este tipo de necesidades, algo que va más allá del coleccionismo. Es una cuestión de acumulación, lo importante no es conocer o consumir cultura, si no poseerla y etiquetarla; una cuestión de biblioteconomía demencial.

En los inicios, cuando no había demasiados programas para compartir archivos la cosa estaba difícil. Lo más normal y habitual era acceder directamente —a través de un navegador— a páginas que ofrecían enlaces directos a archivos almacenados en sus servidores. Esto era la peor opción, era como quedarse únicamente con la parte visible de un enorme y peligroso iceberg. Los usuarios ya iniciada en el arte del leeching —los leechers— optábamos por otro tipo de iniciativas mucho más agradecidas.

EL MARAVILLOSO MUNDO DE LOS FTP

Esta técnica consistía en acceder a un servidor y explorar su archivos como si de un entorno de Windows o DOS se tratara. La mayoría eran redes particulares con una buena conexión (¿cable?) y con cantidades ingentes de archivos. Uno podía conectarse a estos servidores a través de programas como el CuteFTP o lo que fuera, había cientos. Ahí podías encontrar de todo: música, vídeos de música, películas, programas hackeados, pornografía e incluso amistad. Ese era un mundo colaborativo, una ventana digital a un sistema ético comunista. Todo era de todos y todo el mundo debía sentir cierta necesidad moral de compartir sus propios archivos con el anfitrión que ofrecía su material. Entre todos los directorios siempre había una carpeta titulada "Upload" por si un visitante quería subir sus propios archivos al servidor para aumentar esa colección global. De hecho era habitual encontrarse servidores que te obligaban a subir material antes de poder descargarte nada. Establecían un ratio de descargas/subidas —por ejemplo, una relación "1/3" significaba que por cada megabyte subido podías descargarte el triple.

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Lo más complicado de las descargas directas a través de FTP era, claro está, encontrar las direcciones de los servidores y los nombres de usuario y contraseñas que te permitían acceder a ellos. Podías encontrar listas en páginas de internet pero lo más habitual era encontrarlas en uno de los puntos calientes más importantes para los leechers de esa época: el IRC.

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IRC: EL PARAÍSO DEL LEECHER

Como acabo de decir, una de las mejores opciones para encontrar listas de direcciones para hacer descargar por FTP eran los canales de chat del IRC. Para indagar sobre qué coño es el IRC (Inetrnet Relay Chat) os remito aquí pero por si os da pereza clicar links (así en general) os diré que básicamente se trata de un programa que te conecta a distintos servidores que albergan canales temáticos donde uno puede entrar para chatear con otras personas. En algunos canales (canales con nombres tipo "InSaNe_WaReZ" y cosas así) los usuarios mostraban direcciones concretas para poder acceder a sus servidores.

Pero el IRC ofrecía otras formas para descargar material sin tener que recurrir a otros programas (CuteFTP) para acceder a los archivos.

Esto era otro nivel. Para poder descargar materia como un profesional tenías varias opciones y todas ellas consistían en acceder a un canal de chat (ya fuera buscándolos a través de buscadores externos en el navegador o en el mismo programa de IRC —si querías bajarte discos, podías buscar la palabra "mp3" y se te listaban todos los canales con "mp3" en el nombre; canales como "mp3_ranch", "latino-mp3", "mp3_for_free" o lo que fuera) y listar en pantalla los archivos que algunos usuarios compartían. Había varias opciones: podías descargarte listas contenidas en archivos de texto (Listservers) con todo el material disponible y pedirlo a través de comandos en las ventanas del mIRC —o el programa que utilizaras para conectarte a los servidores del IRC. Otra opción era abrir ventanas de chat particulares (DCC chat) para poder navegar al estilo DOS a través de las carpetas de los usuarios. Estas dos opciones ofrecían una cantidad bastante grande de archivos disponibles; carpetas y carpetas ordenadas alfabéticamente con música y programas.

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De todos modos la mejor opción era tirar de los bots. Esto eran servidores instalados en discos duros hackeados —la gran mayoría— y con un programa de IRC instalado para poder ofrecer el contenido a través de canales de descargas. El sistema de XDCC Bots era el mejor ya que te permitía descargar directamente los archivos comprimidos desde la misma ventana de chat del canal sin tener que pedir listas de contenido ni navegar por carpetas; los archivos se mostraban de forma colorida en la misma ventana del canal y solamente tenías que "pedirlos" tecleando unos comandos. Los bots ofrecían material "0-day", en fin, novedades. Ese era su punto fuerte. Como estos servidores estaban en ordenadores hackeados de empresas o edificios públicos —como bibliotecas o escuelas— las descargas iban muy rápido (por supuesto nada comparado con la velocidad actual). De todos modos estos servidores no eran muy estables ya que muchas veces los encargados de seguridad de las redes descubrían el percal. Por esta misma razón en este sistema de bots había muchos menos archivos almacenados, de hecho su principal función era la de distribuir contenido nuevo de forma rápida.

Estos canales siguen existiendo, adaptándose a las nuevas corrientes y necesidades de los usuarios. Al fin y al cabo son un medio más para obtener enlaces de descargas.

LOS PROGRAMAS DE DESCARGAS; EL FIN DE UNA ERA

Si bien en los inicios pudimos disfrutar de tímidos programas como el Napster o páginas como el Audiogalaxy, no tardaron en aparecer sistemas que ofrecían descargas masivas y que eran una alternativa fatal al sistema de descargas del IRC. Con Soulseek ya podías navegar por discos duros de miles de usuarios, convirtiendo al leecher en un ser perezoso que perdía todas sus capacidades de investigación. Alejado quedaba ese valiente personaje que se pasaba tardes enteras buscando un disco a través de enormes desiertos digitales.

Ya conocéis la historia, luego vinieron otros programas P2P, los torrents e incluso el one-click hosting de iniciativas como el Rapidshare o Megaupload. Actualmente la forma más popular de consumir datos en la red es el streaming, haciendo que el leecher se haya convertido en un personaje antiguo y, en caso de existir, muy especializado.

Recuerdo que en los mejores años de mis descargas por FTP e IRC sufrí algo que mis amigos y yo llamamos "La Carrera Infernal". Era tal el estrés y la necesidad acumuladora que uno se quedaba sin espacio en el disco duro. Sin frenar el ritmo de descargas uno quemaba CD's para liberar megabytes y, por lo tanto, poder seguir descargando material. Era un ciclo infinito, una serpiente que se mordía la cola. Esa, exactamente esa, era la mentalidad vital del descargador de antaño. Lo importante era nuestro derecho a poder hacerlo, no a poder disfrutar del contenido. Queríamos tenerlo todo sin tener nada. Teníamos unas expectativas gigantes que se veían castradas por una tecnología antediluviana. Era una forma de vida, una responsabilidad. Subir datos. Bajar datos. Todo se basaba en esto. Subir y bajar.