Cultură

De cómo 'El Hormiguero' ha destruido a Diego El Cigala

Ayer "El Cigala" estuvo mucho más cerca de la autoparodia que del subidón incontrolable.
26.10.16

Imagen vía Antena 3

El 26 de junio de 2014 Diego "El Cigala" armó uno de los cristos televisivos más memorables de la década. Su demencial participación en "El Hormiguero", fruto de un estado alterado que convirtió Twitter en un desfile de teorías sobre qué había tomado antes de entrar en plató, llegó incluso a mosquear a Pablo Motos, sobrepasado por las reacciones imprevisibles de un invitado que no parecía dispuesto a seguir el guión pautado.

Hay que entenderlo: "El Hormiguero" es un programa para todos los públicos, en especial el más joven del target comercial, y aquella imagen de rock star pasada de vueltas y totalmente desfasada contradecía el espíritu del espacio y ponía en peligro su estatus de producto blanco y limpio.

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Pero la cosa funcionó. Muchos aún recordamos aquello como uno de los episodios más desternillantes de la televisión reciente, y el propio Motos así pareció entenderlo cuando el 28 de mayo de 2015, en su regreso al programa tras aquella noche histórica, el propio presentador le recordó los greatest hits de su aparición estelar. Y no solo eso, sino que "El Cigala" demostró que lo de aquella intervención dantesca no había sido casualidad ni fruto de la improvisación: por segunda vez consecutiva, el cantaor volvió a provocar todo tipo de reacciones en Twitter. Unos se quejaron indignados; otros, por el contrario, pedían "el número de teléfono del camello de El Cigala".

Y así es como un incidente inesperado se ha acabado convirtiendo en un running gag con síntomas de agotamiento. Gag que ayer vivió su tercera entrega, indudablemente la más contenida y autoconsciente de las tres.

El Cigala demostró que podías derrumbar de un plumazo el concepto televisivo de "El Hormiguero"

Desde el momento en que el artista admitía haberse "tomado ya un par o tres de copas" para justificar sus movimientos y ademanes, un guiño a los que le acusaron de ir mamado o fumado, ya tenías claro que se había perdido parte de la magia de las dos veladas anteriores. Ayer "El Cigala" estuvo mucho más cerca de la autoparodia que del subidón incontrolable, y eso se notó de forma clara en el programa. El cantante sigue teniendo gracia, pero no es lo mismo que antes: ahora se limita a seguir las pautas marcadas por Motos, que ató en corto al invitado señalándole qué anécdotas tenía que contar, cuándo tocaba un chiste sobre gitanos o cuándo había que ponerse más serio y solemne.

Lo de menos es si ayer se había tomado una copa de más o si en su primera visita al programa se había excedido con la medicación. Hay decenas de artistas que han pasado por platós de televisión puestos hasta las cejas y ni tan siquiera nos hemos enterado; o incluso algunos que pese a ir más dopados que Lance Armstrong nos han aburrido como a una ostra.

El tema de fondo, lo que verdaderamente me fascinó de todo esto en su momento, es que El Cigala demostró que podías derrumbar de un plumazo el concepto televisivo de "El Hormiguero". Un programa guionizado hasta el mínimo detalle, incluso basado en la repetición de ensayos previos, y siempre custodiado por su presentador, vio cómo hasta en dos ocasiones un cantaor convertía su esquema inamovible en un caos incontrolable.

Especialmente en su primera visita de esta trilogía: aquella noche vimos el miedo en los ojos de Pablo Motos, el canguelo indescriptible de quien no sabe si podrá reconducir la situación, el rictus de pánico de quien teme que todo se vaya al garete.

Lo que no tiene tanta gracia es ver a Pablo Motos plenamente integrado en esa dinámica, seguro de sí mismo y relajado, consciente de que ha conseguido amansar a la fiera

Ayer, por el contrario, nos encontramos a un Cigala comedido, suave, poco estridente. Domesticado. ¿Previsible? También. Y por mucho que en Twitter se siguieran haciendo las bromas de hace dos años, y la gente siguiera insistiendo en qué tipo de substancias toma antes de entrar en directo, a mí me pareció su versión más contenida. "El Cigala" de ayer era un straight edge radical fan de Earth Crisis comparado con el de la primera visita, para entendernos. Sí, hizo el show, rió a carcajada limpia, se movió sin parar y ofreció el espectáculo habitual, pero por el camino se ha perdido aquella chispa inicial que nos ponía burros. Le disfrazaron de indio sioux, estiraron el chicle de "Atrássss", volvieron a hablar de su tío Tito, imitó el acento colombiano y dominicano, no entendió por qué una de las hormigas ahora está obesa (como es lógico, no está al tanto de quién es Petancas) y nos regaló un nuevo intento de hit con "Cigalalízate"…

Pero no fue lo mismo. Reímos porque el tipo hace gracia sin tan siquiera pretenderlo, porque a fin de cuentas Diego El Cigala es un tipo rotundamente gracioso y divertido diga lo que diga. Lo que no tiene tanta gracia es ver a Pablo Motos plenamente integrado en esa dinámica, seguro de sí mismo y relajado, consciente de que ha conseguido amansar a la fiera y que él y su equipo de guionistas son quienes mandan en ese plató, y no un cantaor pasado de vueltas.

Echémosle la culpa al impacto inmediato y arrollador de las redes sociales, que lo amplifican todo hasta el infinito, a la difusión que consiguen los medios digitales especializados en televisión, a un manager prudente o a un presentador con ganas de tenerlo todo bajo su control, pero es evidente que, entre todos, nos hemos cargado el gag.