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Cultură

​El IV Reich ya está en camino en Valencia según algunos

Entrevistamos a uno de los líderes del movimiento NS en Valencia, una de las ciudades con mayor avance ideológico nacionalsocialista.
18.6.15

Manifestación nazi en Valencia el año pasado. Todas las imágenes vía

A juego con unos butacones blancos remachados con aristas metalizadas sobre fondo negro y descansando sobre una mesa ovalada de producción sueca, un portátil último modelo de Apple imprime carácter al habitáculo a golpe de un compendio de canciones que resuenan más allá de lo deseable "para ir entrando en calor y ponernos a tono mientras hablamos y nos tomamos unos tercios". Un grupo considerable de botellas marrones vacías situado en la esquina opuesta revela la afición de mi interlocutor por el trago fermentado. El leve efluvio alcohólico que despide su aliento no hace sino confirmar mis sospechas.

Dos banderas del Imperio Alemán adornadas convenientemente con sendas cruces gamadas, un casco original del bando germano que data de mediados de 1942, un puñal de acero que cuelga de una banda tricolor y que luce una esvástica en el asidero y una leyenda escrita en la hoja, varios carteles exigiendo el fin de la inmigración ilegal y un póster de gigantescas dimensiones con la efigie de un ceñudo Adolf Hitler, que parece advertir a todo aquél que ose entrar aquí que él es la Ley que rige en este apartamento. Artículos que, en realidad, representan una pequeñísima porción del enorme despliegue de material neonazi que abarrota paredes, puertas y ventanas en un auténtico templo de 70 metros cuadrados consagrado en exclusiva a enaltecer la imagen del III Reich.

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Mi interlocutor es un skinhead nacionalsocialista. El hombre que me ha abierto las puertas de su casa es "un guerrero ario, un hijo de Odín", un cabeza rapada que no hace honor a este nombre "para evitar que me paren los maderos y porque no hace mucha gracia en casa" y que luce tatuajes con simbología hitleriana, imágenes que no duda en mostrar en público con la intención de "dejar muy clarito a la peña en lo que creo y por lo que soy capaz de matar, un sentimiento que defenderé siempre y hasta la muerte". No es fácil hacerse a la idea de que la persona con la que estás conversando es capaz de agredir hasta la inconsciencia a cualquiera que tenga la mala fortuna de cruzarse con él y que, a su juicio, "sea una puta escoria o mire demasiado".

Lejos de trivializar los propósitos y las consecuencias de estas actividades, Eduardo disfruta describiendo locuazmente las sensaciones que provocan, destacando, con aspavientos y apretando unos puños de nudillos blanqueados por la fuerza que los constriñe, que te hacen "sentir que formas parte de algo grande", que ver el terror reflejado en los ojos de sus víctimas "es raro, pero está de puta madre" y que esta actitud en los agredidos es "lo lógico cuando estas frente a un lobo en un mundo plagado de corderos".

Eduardo es el tercer hijo de una familia que es plenamente consciente de sus convicciones ideológicas extremistas y que conoce las actividades resultantes del odio que rezuma de cada uno de los poros de su vástago. Su padre, un conocido empresario valenciano con intereses en la industria hotelera, "también es simpatizante de todo esto, pero se caga en meterse en política por no afectar a sus negocios y porque pensar así está mal visto". La madre, en cambio, asume un discreto papel secundario y prefiere mantenerse al margen. Sus dos hermanos pequeños, todavía unos adolescentes que rondan los quince años, comienzan a juguetear peligrosamente con los principios que rigen la ideología de su admirado hermano mayor. Son "los cachorros del movimiento, lo que la lían parda en las manifestaciones para asegurar la existencia de nuestro pueblo y exigir un futuro para los niños blancos". Pronuncia este extracto de las famosas catorce palabras de David Lane con un marcado acento marcial, del que se desprende un cierto aire a texto memorizado, como si se tratase de una locución previamente ensayada sobre una lección muy bien aprendida.

De entre todos los libros que mi interlocutor tiene esmeradamente clasificados sobre la cómoda del pasillo que conduce a su habitación, destaca un ejemplar recubierto con unas gruesas tapas de piel atezada con los bordes de las letras del título ribeteados en un lustroso color dorado. Es una moderna copia del Mein Kampf de Adolf Hitler, un libro en el que el dictador austríaco plasma los principios del ideal político de la corriente nacionalsocialista y en el que también aparecen ciertos aspectos autobiográficos del Führer.

La admiración de Eduardo por Hitler se hace patente al instante; "El Führer era un idealista. Un triunfador al que ahogaron aquellos que se creían portadores de la verdad. Un hombre que pasó de pintar postales a dirigir el imperio más importante desde la época de los romanos". La adoración que profesa a su mitificado héroe le hace aceptar sin contemplaciones todas las disquisiciones del dictador sobre el poder ario, la supremacía de los blancos sobre el resto de las etnias y la necesidad de construir un nuevo Reich a nivel mundial.

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Tratar de aproximarse a su opinión sobre los judíos es comenzar andar de puntillas sobre el filo de la navaja: "Los judíos son la peste de la sociedad. Eso del Holocausto es una puta patraña. No existió. Son mentiras que cuentan para dar pena. Y así consiguieron un país inventado por ellos". Tras esta afirmación me insta a no profundizar más en la cuestión, bajo amenaza de dar por finalizada la entrevista y dejando claro que "no va a perder más tiempo hablando de esas ratas". Momento de zanjar el tema.

Creo notar en él cierta satisfacción que me hace pensar que está disfrutando del momento. Entonces recuerdo unas palabras que había oído directamente de su boca, tan solo unos minutos antes: "La violencia es el puto camino, esa es la forma de demostrar a la sociedad que estamos aquí, que nos estamos organizando y que tenemos algo que decir. Esa es la manera de acojonar al personal para que sepan que hay mucha gente con ganas de cambiar el sistema".

Junto al extremo izquierdo de la bandera negra en la que se dibujan las temidas siluetas pálidas de las dos runas insignia de la Schutzstaffel, uno de los pilares más importantes sobre los que se sostenía el poder policial y militar del III Reich, una orla perteneciente a la Facultad de Administración y Dirección de Empresas deja ver que Eduardo es un hombre con un nivel educacional e intelectual que no concuerda, a priori, con la ideología que le caracteriza. Se tiende a pensar que el modelo de skinhead corresponde a un inadaptado social con bajos o nulos conocimientos culturales, comúnmente asociado a problemas de fracaso escolar o desequilibrios familiares. Nada más lejos de la realidad.

Su convicción acerca de la necesidad de implantar un sistema parecido al del III Reich en Alemania es total: "El III Reich fue una respuesta sincera de un pueblo maltratado por las circunstancias. Es como si ahora todos nos uniéramos y estableciéramos un régimen donde cada uno contara por lo que vale". Sin embargo, y pese a defender una postura idealista de corte neofascista muy alejada de los principios democráticos, cree firmemente en la posibilidad de una hipotética entrada en las instituciones parlamentarias por parte del movimiento neonazi: "Hay que adaptarse a las circunstancias. Lo inteligente no es arramblar con todo, sino avanzar poco a poco. Y sé que antes o después las cosas van a salir bien para nosotros". Su fe en la ideología que marca su existencia es absoluta e imperecedera. Considera que el cambio es necesario y llegará de forma inminente: "Todo va a cambiar, las masas se juntarán y lucharán de acuerdo a unos principios de camaradería como ocurrió en el III Reich. Habrá un resurgimiento del poder ario, unificaremos el mundo bajo una misma bandera, te juro que el IV Reich ya está en camino".

No hay duda de que siente una irrefrenable pasión por lo que dice. Defiende un ideal basado en el dominio del resto de la Humanidad por la llamada raza elegida; la suya. Pero lo realmente inquietante es que no lo contempla como una mera utopía. Está plenamente convencido de que el IV Reich será pronto una realidad. Un futuro basado en el exterminio o la adecuación de humanos a un molde definido por una selección que responde a "necesidades de orden natural".

Eduardo dice todo esto a menos de un palmo de mi cara. Desde aquí puedo oler perfectamente su miedo, su odio visceral y su rabia contenida. Creo captar su frustración, su negativa a comprender, su incapacidad absoluta para empatizar con aquellos que no contempla siquiera como a iguales. Me impregno de las emociones que emanan de su ser para tratar de adentrarme en su mente y alcanzar los últimos resquicios de empatía que aún puedan quedar perdidos en las profundidades de su alma. Pero, a pesar de tenerle más cerca que nunca, compruebo que nunca jamás había estado tan lejos de nadie cuando, tras dejarle reflexionar unos instantes, le escucho responder a una última pregunta, a la cuestión acerca de lo que siente cuando la punta de hierro de su negra bota golpea sin misericordia la cabeza de otra víctima más de su desgracia: "Me siento vivo… Joder, me siento vivo".

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