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Volver a vivir con tus padres es un gran error

Si bien volver al hogar es mejor que vivir debajo de un puente, tienes que saber que, poco a poco, vas a dejar de existir.
22.9.14

Prométeme que, pase lo que pase, nunca vas a volver a vivir con tus padres. Un servidor lo hizo y fue una de las pruebas más estremecedoras por las que he tenido que pasar en mi vida, absolutamente más devastador que esa vez en la que un mendigo me abrazó en medio de la calle y empezó a apretarme los genitales con sus manos mientras me decía eso de “Alicia, esta vez todo va a salir bien”.

Vivir significa alejarnos poco a poco de los brazos maternos para caer en nuestra propia pesadilla personal. Somos seres construidos a base de nuestra capacidad de adaptación a los horrores del mundo exterior. Hay cientos de ficciones que tratan este tema y los profesionales les ponemos la etiqueta de “coming of age”. Toda esta sangría de miedo y sufrimiento moldeará nuestra personalidad y nos insuflará un buen catálogo de manías sin sentido, fobias, adicciones y obsesiones. Todo esto —toda esta mierda— seremos nosotros y por eso será tan complicado vivir con otras personas, porque ellas también tendrán sus propias toneladas de mierda. Convivir, por lo general, es apaciguar los conflictos entre personas. Y todo esto, en el fondo, es eso que algunos llaman madurar.

Aun así todo lo que eres puede desaparecer en cualquier momento. Esto es algo que le puede pasar a cualquiera y sobretodo en el escenario de crisis que tenemos ahora organizado. Un divorcio mal llevado, un despido o un par de años entre rejas pueden hacer que uno no pueda comprarse ni una bolsa de pistachos, por lo que pensar en seguir pagando un alquiler es una puta locura. En medio de este panorama uno tiene que empezar a renunciar a cosas y la independencia es una de las primeras propuestas apuntadas en la lista. Es entonces cuando ese ser maduro y consecuente deberá emprender el viaje de retorno a casa, algo que no será precisamente fácil pues, una vez probada la miel de la libertad, sucumbir a los deseos de los otros será la más devastadora de las deshonras.

En un primer momento, el reencuentro entre el hijo desarrollado y sus padres resultará en una supernova de terror. Tendremos a una comunidad de individuos muy distintos —que ya han asumido que sus mierdas son la forma más correcta de entender el mundo— intentando convivir en un mismo espacio. Y como en toda guerra tiene que haber un perdedor, esta vez te va a tocar a ti. Si bien tus queridos padres te estarán salvando LA VIDA, esta nueva situación en la que te encontrarás te va a hundir en una grave crisis existencial. Yo a esto lo llamo “la regresión”. Volver a vivir con los padres es invertir la clásica idea del “coming of age”; ahora nos encontraremos ante el viaje de un adulto hacia la inocencia y la renuncia del individuo. Te tumbarás de nuevo en la cama de tu vieja habitación y verás el mismo techo que observabas durante tus años de juventud. Caerás en una espiral de recuerdos y nostalgia. De repente te asaltarán imágenes de aquellos días y llorarás y pensarás que no eres nada y que has fracasado en todo lo que has hecho y que tu “yo” de antaño sentiría pena si te viera. Ese niño de sonrisa jocunda odiaría la idea de llegar a ser tú en algún momento de su vida. Mezclarás tu realidad con la de ese pre-adolescente, todas tus pertenencias —todo lo que has acumulado en tu vida— estarán mezcladas con tus viejos juguetes y libros. Ese choque grotesco de realidades te definirá. Vivirás en ese limbo entre el mundo adulto y las fantasías infantiles que hará que te sientas mal cada vez que salgas  a emborracharte y descubrirás que ya no eres ese niño de oro, ese ser puro e incorrupto de antaño. Querrás volver a esa pureza primigenia y por ello renunciarás a todo lo que te moldeó como persona. En fin, te irás borrando a ti mismo, te negarás a ti mismo. Todas las características que te han convertido en lo que eres, lo que vendrías a ser “tú”, se van a desvanecer poco a poco. Dejarás de ser un individuo para convertirte en un cuerpo gaseoso que deambula por en un mundo que les es totalmente ajeno. La autonomía quedará mutilada de tu cuerpo. Ya no sabrás tomar decisiones porque ya no tendrás ningún punto de vista sobre las cosas.

Y es que si no haces algo para remediarlo puede que un día incluso te despiertes en forma de feto dentro del vientre de tu madre. Esos años en los que vivías en tu piso y creías que eras una persona con una vida propia han sido un espejismo, una falsedad. A eso has llegado, ahora vives en el cuartucho de cuando eras un niño. Como dice Philip Larkin en ese poema: quizá somos tal como vivimos y  si todo lo que podemos enseñar es este cuartucho en el que habitamos, puede que eso sea todo lo que nos merezcamos.