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Cultura

Tuve un tatuaje en la cara durante una semana

Cuando VICE me pidió que caminara por ahí con el rostro decorado de indigente anarquista, no lo pensé dos veces.
3.9.12

Hace unos años estaba en la tienda de ropa de mi amiga cuando llegó un hombre con la cara tatuada y le preguntó si le podía cambiar un billete de diez. Laura, una chica generalmente amable, le dijo que se fuera a chingar a su madre. Cara tatuada y yo nos quedamos atónitos. Cuando le pregunté por qué lo había hecho, me dijo: “Cuando te haces un tatuaje en la cara, estás tomando la decisión de aislarte de la sociedad. Quería que lo corriera”.

En ese momento estuve de acuerdo (porque quería acostarme con Laura), pero después comencé a cuestionar su postura. ¿La gente que se tatúa la cara realmente quiere que la traten como basura? La respuesta es un obvio “no”. Pero tenía que averiguarlo por mi mismo. Así que cuando VICE me pidió que caminara por ahí con el rostro decorado de indigente anarquista, no lo pensé dos veces.

La pintada
El primer paso era encontrar a alguien que hiciera el trabajo. Encontré a una maquillista experta llamada Rachel Renna en Craigslist, quien aceptó ir a mi casa parar pintarme un tatuaje tribal en el rostro. Me dijo que el “tatuaje” duraría el tiempo que quisiera con algunos retoques menores todos los días, y que sólo me lo podría quitar con alcohol del 99.

Sólo para que sepan, no tengo ningún tatuaje y probablemente nunca me haga uno, porque seguro nunca pararía y terminaría como ese güey que parece gato. Lo que sería genial si fuera alérgico al sexo.

Rachel llegó y empezó a trabajar en el tatuaje mientras mis roommates se reían de mí y me llamaban Lil Wayne. Me puse nervioso. Todos tienen una imagen de quién son en la cabeza, y esa persona definitivamente no era yo. La gente que hace esto de verdad debe tener un ego enorme, o quizá no tienen ego alguno.

Los primero días
Cuando tienes un tatuaje en la cara la gente te mira de dos formas: la mirada larga y la mirada rápida. La mirada rápida es cuando te echan un vistazo breve y sus ojos se desvían de inmediato al suelo, y sabes que están pensando: “¡No mires, no mires, no mires!” La mirada larga es cuando la gente se queda paralizada, sus ojos confundidos y molestos, y sientes que te quieren gritar, golpear en la cara, o llamarle a tu madre para decirle que debió haberte abortado. Sea como sea, ambas miradas te hacen sentir socialmente superior y completamente incómodo.

Me topé con personas que conocía toda el día. Sus críticas sobre mi última elección de vida iban desde: “Arruinaste tu lindo rostro”, hasta: “arruinaste tu vida”. Los extraños se me quedaban viendo a donde iba. Toda esta atención se volvió tan molesta que ya no podía con sus miradas y me fui a casa a encerrarme en mi cuarto como un gótico adolescente encabronado”.

Después recibí un mensaje de unos amigos para que fuéramos a un bar. Sentí que unos tragos ayudarían a mejorar mi humor así que yo y mi estúpida cara salimos de la cama y decidimos alcanzarlos. Mis recuerdos de esa noche son un poco turbios, pero recuerdo que unos güeyes afuera del bar me dijeron: “¿Qué hubo, Mike Tyson?”

A la mañana siguiente desperté crudo y con cara de que me tomé demasiados long islands en el bar. El maquillaje estaba corrido y asqueroso. La frente y la nariz se habían despintado y eran un desastre por todo el sudor borracho de la noche anterior, así que mi novia me sentó para arreglarme la cara. Terminé con pintura en las mejillas y los pómulos, que según los dos no tenía antes, y ahora sí me parecía a un Mike Tyson canadiense, peludo y afeminado.

Ir a trabajar
Trabajo de mesero en un restaurante casual. Le escribí a mi gerente unos días antes para decirle sobre mi tatuaje, y preguntarle si todavía podía ir a trabajar. Me dijo que no les gustaba la idea, pero siempre y cuando no tuviera un pito tatuado en la cara, no habría problema. También me dijo que si el dueño del restaurante llegaba y me veía así, me diría que no podía trabajar y me enviaría a casa. En secreto, tenía la esperanza de que me corrieran.

La mayoría me ignoró, pero algunas mesas con borrachos entablaron una conversación sobre mi rostro. Un par de treintonas me adularon y me dijeron: “Me pregunto la clase de cosas jodidas que deben pasar por tu cabeza”. Pude sentir como me desvestían con los ojos y me ponía nervioso cada que pasaba junto a ellas. Otro güey me chocó la mano y me dijo: “Felicidades. Tu vida ahora es un teatro”.

Sobreviví la noche sin que me despidieran. Lo cual fue una lástima porque llevaba días aplicando a otros trabajos de mesero en Craigslist, por si acaso. Uno de los lugares incluso me llamó para una entrevista. Así que el día de la entrevista me levanté temprano, me arreglé y salí a mi entrevista en un restaurante casual en el distrito financiero de Toronto.

Mi potencial jefe suspiró y se me quedó viendo mientras me invitaba a sentarme. Vio mi currículum y me dijo que tengo mucha experiencia en la industria restaurantera. Me preguntó si mi fuerte era ser mesero o estar en la barra. Le dije, seguro de mí mismo y con lujo de detalle, que era bueno para ambas. Mi respuesta fue recibida con un: “Perfecto, nos comunicaremos contigo en una semana”, mientras se paraba y me mostraba la salida. Le di las gracias por su tiempo y le di la mano. La entrevista duró menos de cinco minutos.

Sorprendentemente, nunca me llamaron.

Los últimos días

Eventualmente mi novia me dijo que el tatuaje estaba afectando su forma de verme. Me enojé, peleamos y terminé riendo mientras decía: “¡Sigo siendo la misma persona debajo!” Cursi, pero cierto.

Decidí que no podía dejar que el tatuaje me ganara, que haría algo que me hiciera sentirme bien conmigo mismo.

Así que fui a visitar a mi primo y a su hija de un año, Ariyah, en los suburbios. Ariyah, es adorable y siempre me siento bien después de pasar un rato con ella.

Ariyah lloraba cada que me veía. Estoy seguro que la dejé traumada de por vida. Cuando sea una adolescente no confiará en mí y no sabrá por qué.

Resignado a una vida de ridículos, salí a tomar algo con unos amigos. Nos sentamos, y una mesa del otro lado del bar no dejaba de hacerme sentir incómodo, así que decidí retarlos a un juego de mirada. Una chica se paró, caminó hasta mí y me dijo: “Eso no puede ser de verdad”. Cansado de esta conversación, pero decidido a no romper la farsa, le dije: “Es real”.

“Pero no parece que seas un drogadicto. No puede ser real”. Insistió en tocar mi cara y comenzó a manosearme agresivamente. Intenté quitármela de encima pero tenía la fuerza de una chica borracha y tuve que dejar que me tocara.

El maquillaje que traía puesto era bueno, así que no se corrió. Miró sus dedos, dio un paso hacia atrás y dijo: “Dios mío…” Fue al baño y regresó con una toalla mojada para intentar despintarme la cara. Finalmente acepté mi derrota y el dije que era falso.

Conclusión
Admito que tener un tatuaje en la cara fue divertido gran parte del tiempo, y quitármelo me hizo sentir que algo me faltaba. En toda la semana nadie me dio una buena razón para no tenerlo. No tienes que preocuparte por ser invisible, todos notan su presencia, los extraños se te acercan, algunos incluso se esfuerzan por mostrarte lo indiferentes que son a tu decisión de arruinar tu cara y te compran tragos o sonríen en exceso y te dan la mano emocionados. Claro, no puedes conseguir un trabajo decente, y tu novia piensa que tu nuevo look es un mata pasiones, pero la parte más difícil de tener un tatuaje en la cara es pasar todo el día explicando tu estúpida decisión a todos los que conoces.