
Yuviza Vidal.
Yuviza Vidal, de 64 años, es una veterana que ha visto sus últimos años convertidos en un infierno. Ella vive una situación que, de los nervios, la tiene con un pie en el más allá: su corazón palpita a la velocidad de un remix de Steve Aoki cada vez que sus vecinos, los muchachos del ex centro de reclusión y ahora centro de reinserción juvenil Arco Iris, en Iquique, Chile, ocupan una muralla de su casa como portal a la libertad.

"Se suben a un contenedor que está al interior del centro —cuenta doña Yuviza—. Ahí dentro realizan talleres y actividades de reinserción. Cuando sucedió el último intento de fuga, estos muchachos estaban en actividades dentro de ese módulo. Después se subieron y de ahí saltaron a una muralla de mi casa. Luego caminaron por arriba, casi como si fuesen malabaristas, y se arrojaron hacia mi patio para saltar la reja y darse fuga".

La veterana, que además sufre diabetes e hipertensión, agrega que el sábado pasado la situación se desbarató tomando ribetes hollywoodescos. "A eso de las once de la mañana, afuera de mi casa, frente al ex centro Arco Iris, pasó un vehículo blanco desde calle Ejército a Puerto Natales. Iba y venía tocando la bocina durante toda la mañana. Luego, cuando eran las cuatro de la tarde, una pila de antisociales intentó arrancarse. Lo que más me molestó fue que esa tarde, al darse cuenta de la fuga, un gendarme le apuntó, con un rifle, dos veces a mi hijo [de 33 años]. Él salió a increparlo. Le dijo: 'Hasta cuándo se te arrancan los huevones, gil de mierda'. Gracias a Dios que los balines no le dieron".

Doña Yuviza cuenta que, vaya paradoja, vive prácticamente entre rejas: por motivos de seguridad aumentó el número de barrotes en sus ventanales y además instaló una suerte de cerca para que sus nietos puedan jugar sin peligro de ser intimidados por los bandidos que se fugan del recinto. "Mi familia está espantada. No saben cómo ayudarme. Nilsen [de cinco años], mi nieta, justo vino de visita y cuando vio a los delincuentes, saltando al patio, salió aterrada. Ella escuchó los balazos y entró corriendo pálida a la casa. Se puso a gritar: '¿Qué pasa? ¿Qué pasa?'. Mi hijo no sabía qué decirle".
Para entender cómo ocurre tal descalabro es necesario volver al pasado. La cosa va así: corre el 2004 y Claudio Vila, director del Servicio Nacional de Menores de Iquique, decide trasladar a quince delincuentes desde un centro de cumplimiento penitenciario al centro juvenil Arco Iris, recinto ubicado en calle Puerto Natales con Cacharpayas, justo enfrente de la casa de la veterana. De este modo se produjo una mezcla entre jóvenes en pleno proceso de rehabilitación con maleantes de poca monta.

"Todo esto es culpa de las autoridades que no toman cartas en el asunto —dice, llenándose de espasmos, doña Yuviza—. No se puede tener un centro que albergue delincuentes, violadores, traficantes y drogadictos, en medio de un pasaje donde la mayoría de los residentes son adultos mayores con problemas de salud".
Los vecinos al respecto sostienen que nunca les preguntaron su opinión sobre esta disparatada mudanza. “Llevó más de 36 años en esta casa. Llegué cuando recién se hizo la población —cuenta Amelia Panadero [69], otra abuelita que vive en calle Cachaparayas—.Esto antes era un peladero. Cuando trajeron el centro nadie nos avisó: llegaron y construyeron. Estamos aburridos. Tengo diabetes y la presión alta. Ya no estoy en edad para estar peleando”.

En palabras de Javier Plaza, secretario regional ministerial de Justicia en el período del traslado, y según el periódico La Estrella de Iquique, la idea original era “comenzar un proceso de rehabilitación y evitar que los niños tomen contacto con los adultos en el penal y puedan adquirir mayores conocimientos para cometer ilícitos". Pero la historia que se forjó fue otra. El testimonio de vecinos da cuenta que los muchachos comenzaron a escaparse, saltando entre medio de techos y panderetas, casi como si estuviesen haciendo parkour. Fraguándose, a la vez, sendas balaceras entre gendarmes y malhechores que estacionaban sus autos en medio del pasaje para facilitarles la fuga a sus amigos afincados en la improvisada cárcel.
Haydée Quezada tiene 61 años, reside en calle Puerto Natales, al frente del ex centro Arco Iris, y comenta: “Todos los días veo cómo gente pasa a tirar paquetes adentro del centro. Según los gendarmes son drogas y teléfonos. Me gustaría que pusieran una garita, ya que corren peligro mis familiares: tengo un nieto de tres años que no puede jugar en la calle. No sabemos a qué horas puede ocurrir un desaguisado. Los niños cuando ven a los jóvenes arrancarse tienen miedo y se meten corriendo para las casas”.

Y agrega: “Lo peor es que ahora hasta llega gente en auto disparando. El sábado pasado se estacionó un Hyundai Elantra con las puertas abiertas. Había delincuentes adentro y comenzó una balacera entre ellos y los gendarmes. Las balas iban y venían. El conductor del auto estaba esperándolos cuando los jóvenes del centro intentaron fugarse”.
Pero no solo las abuelitas están agobiadas. Juan Galleguillos, que comparte un romance con una de ellas, tiene 59 años y vive al frente del ex centro Arco Iris. Dice: “A mí me da vergüenza traer visitas a mi casa. Mis amigos me dicen que los invite y ya no sé qué decirles. Me imagino que cuando vengan pueda surgir una balacera. Esto parece pueblo de oeste: los balazos van y vienen por todos lados. Cuando los delincuentes se arrancan sucede que los gendarmes los reprimen a balazos. Incluso se producen tiroteos cruzados desde los autos que están esperando a estas personas para fugarse”.
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En el centro Arco Iris sostienen que doña Yuviza y las otras ancianas llegaron al barrio después de que ellos se instalaran. Que las chicas sabían que en el sector había un centro para menores. "Mentira, mentira, mentira. Lo que ellos dicen es una gran mentira —dice, levantando la voz, doña Yuviza—. Cuando llegué todo era un peladero. El hogar no existía. El senador Fulvio Rossi es el responsable de todo esto. Él nos metió el dedo en la boca. Nos engañó para encajarnos este centro. En una de las reuniones recuerdo que le dije ‘A mí no me vengas con mentiras, pelafustán'. Así las cosas, el centro está encajado acá. Y las balaceras son pan de cada fin de semana. De seguro esto es algo que pasa en Chile como en otros lados: los políticos, sean de izquierda o de derecha, siempre velan por sus intereses y lo que les conviene. A nosotros, al pueblo, nunca nos van a considerar. Sólo nos tapan en mentiras. Puede que un día me dé un ataque al corazón y me muera en una de estas balaceras y aún así no saquen nunca a este centro correccional de aquí”.

Para despejar dudas, y ayudar a la señora Yuviza y a las veteranas de calle Cachaparayas, hablé con Alejandro Maggi (32), director ex centro Arco Iris. Dijo:
“El Arco Iris, hace diez años atrás, era una escuela. En esa época no había vecinos. Después se fue acondicionado como un centro para la reinserción social de jóvenes. Eso fue el 2007, cuando se habilitó la Ley de Responsabilidad Adolescente. Este centro es uno de los pocos que están emplazados en zona urbana. Está inmerso dentro de la población Ignacio Carrera Pinto. No se trata de un barrio tranquilo: tiene un nivel de complejidad de tráfico de drogas importante. Estos últimos años se han hecho esfuerzos y proyectos por llevarlo hacia la zona de Alto Hospicio. Estamos en un proceso de diseño y esperando una licitación que está revisando Darío Chacón, secretario regional ministerial de Justicia. Podrían pasar dos años hasta que esto suceda”.
Luego de compartirles la información, las abuelitas se reunieron en dos ocasiones con Chacón para comunicarle su malestar. La solución que le propuso, a la fecha, fue “colocar alambres de púa en los muros y mejorar el cuidado por parte de la Policía Canina”. Ante esto, que parece chiste, doña Yuviza dice: “La cuestión está muy fea. Que pongan rejas y mejoren la iluminación en ningún caso son soluciones para detener las fugas. Yo quiero que se larguen. Quiero vivir en paz. Para mí esto es un infierno. Lo único que quiero es pasar con mi familia una vejez normal".
