¿Qué coño ha pasado con el Salón del Cómic de Barcelona?

El progresivo desencanto con un festival que cada vez tiende más a convertirse en una valla publicitaria y no en un escaparate para la cultura de los cómics.

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11 mayo 2016, 7:14am

Para mí, el Saló Internacional del Còmic de Barcelona siempre había sido una cita muy importante y pocos fueron los años en los que no contraté un stand para poder vender el fanzine que hago. Estuve yendo a la zona de fanzines desde principios del 2000 hasta 2013, fallando a la cita en contadas ocasiones —a veces incluso iba de forma ilegal, sin expositor, vendiendo los fanzines tirados encima de una manta en el suelo—.

Con el tiempo, y gracias a una política poco respetuosa con los fanzines, el certamen fue perdiendo adeptos del mundo de la autoedición, inclinándose la gran mayoría a prescindir de estas fechas y centrarse en participar en festivales más especializados en este tipo de publicaciones; eventos como el Illustation (D.E.P.), el GRAF, el Gutter, la FLIA o eso de los premios de los Globos de Oro (D.E.P.) y muchos otros que han ido apareciendo en Barcelona.

Está claro que, en el salón, los fanzines siempre han ocupado un espacio minoritario y nunca se han tratado con demasiado respeto pero para todos los fanzineros era una buena oportunidad para venderlos a gente que no eran nuestros colegas y reencontrarte, año tras año, con otros camaradas que se dedicaban a perder el tiempo de la misma forma que tú.

Precisamente a mí me fascinaba el Salón del Cómic de Barcelona porque atraía a gente totalmente ajena a este mundo de la autoedición.

El festival tendía cada vez más a convertirse en un espectáculo publicitario de los satélites del mundo del cómic; siendo una galería para vender películas, series, videojuegos, merchandising

Ese público que no tiene ni puta idea de qué es un fanzine era el que me fascinaba, la gente corriente; el funcionario, el carnicero, el profesor de primaria. En muchos eventos centrados en la autoedición, el público asistente conoce perfectamente —o casi— las reglas del juego de estas publicaciones, incluso me atrevería a decir que la gran mayoría producen y —quizás— consumen este mismo tipo de materiales. En fin, es un círculo cerrado.

El salón me atraía por su inocencia y por albergar un público virgen y poco acostumbrado a estas publicaciones grapadas en casa.

Año tras año, las quejas de los fanzineros fueron multiplicándose. El precio de los expositores subía, la localización de la zona de fanzines se iba precipitando cada vez más hacia la periferia del festival —hasta llegar a estar abandonada y despreciada al lado de la salida del salón, completamente sola y mal orientada— y las exigencias de la organización cada vez respondían más a un criterio maniático y despectivo hacia este tipo de publicaciones (más adelante retomaré este tema).

A todo esto se le sumaba el evidente hecho de que el festival tendía cada vez más a convertirse en un espectáculo publicitario de los satélites del mundo del cómic; siendo una galería para vender películas, series, videojuegos, merchandising, juguetes e incluso productos totalmente ajenos a los cómics como chucherías o productos típicos de ese país llamado Japón.

El autor con unos de los yakisoba que daban gratis en el expositor de Maggi. ¿Maggi en el Salón del Cómic? La verdad es que me agencié como veinte y comí gratis durante una semana

De alguna forma, dar a conocer los cómics ya no es actualmente el objetivo principal del salón. Estos son solamente un medio para llegar a otros productos, no son un fin en sí mismo. Ya no se trata de una feria de cómics que pretende atraer a coleccionistas para que busquen entre cajas de cartón una joya perdida, desde hace tiempo se ha ido centrando en vender la experiencia exprés de ser parte del fandom del mundo de los cómics, un Port Aventura de intercambio de roles. Es por esto que todo el mundo sale de allí con un cómic gratis, la foto de rigor con el tipo disfrazado de Lobezno y una máscara de cartón de un personaje de la nueva película de la saga de Star Wars. Un conjunto comprimido de clichés, ser fan —ser un "friqui"— de postal por un día.

No deja de ser absurdo que un salón del cómic se preocupe más por traer una réplica de la nave nodriza de Independence Day o de hacer conferencias con youtubers

Al final el salón solo juega a promocionar esa idea de cómic de las grandes franquicias multinacionales de la industria del entretenimiento, la mayoría foráneas, claro. Santiago García contó muy bien en su blog lo que fue la edición del 2012 y la experiencia que vivieron algunos autores nacionales. En definitiva, el cómic nacional en el saló es, realmente, irrelevante. Y los fanzines aún lo son más.

Como dice Néstor F., fanzinero y uno de los miembros del comité organizativo del festival Gutter, "no deja de ser absurdo que un salón del cómic se preocupe más por traer una réplica de la nave nodriza de Independence Day (que ni siquiera esta basada en un cómic) o de hacer conferencias con youtubers (???) que en dedicar una atención digna al fanzineo, de donde seguro saldrán los Premios Nacionales del Cómic del futuro".

Imagen vía

Al final, entre todos esos fanzineros que se retiraban y que dejaban de asistir al salón, sentía que era el único defensor de esta feria. Yo la apreciaba y nadie sabía ver esa belleza que yo le encontraba, eso de llegar "al ciudadano común".

Con el tiempo y el aumento del precio de los stands normales —no los de los fanzines—, muchas tiendas pequeñas y medianas empezaron a prescindir de su presencia en el salón porque no les salían las cuentas. Nico, de la librería barcelonesa Fatbottom comenta que "como librero, simplemente, no me sale a cuenta" y que, como las pequeñas editoriales, "no se puede pagar una parada como la que pagará El Corte Inglés o quien sea que tenga stands ahora" y es por eso que es normal que entonces "nazcan iniciativas alternativas al salón".

Al final se paga por entrar a un gran escaparate repleto de vallas publicitarias

Esto hace que el Salón del Cómic acabe siendo una feria de centros comerciales, anuncios de películas integrados en un espacio y fuentes de chocolate. Este nuevo público al que se está atrayendo solamente quiere hacerse fotos con tipos vestidos de Stormtroopers o agenciarse un bol de ramen, no buscar las primeras ediciones en grapa de La Cosa del Pantano de Alan Moore de Ediciones Zinco. Al final se paga por entrar a un gran escaparate repleto de vallas publicitarias.

El papel de las editoriales y de las tiendas especializadas en cómics está siendo relegado por otro tipo de productos relacionados —a veces ni eso— con el cómic y en consecuencia quitándole presencia a su propio referente directo.

Si los cómics, en este nuevo paradigma, están, hasta cierto punto, menospreciados, imaginaos la situación en la que se encuentran los fanzines. Estos también formaban parte de esa política inicial del salón (antes de convertirse en lo que es ahora) de juntar varios distribuidores y editores de cómics para que el fan pudiera encontrar tanto novedades como desenterrar números que hacía tiempo que buscaba. La presencia de los fanzines en el festival permitía encontrar publicaciones muy difíciles —diría que imposibles— de rastrear durante el año, pues muchos autores de fanzines nunca dejaban sus creaciones en tiendas de cómics ni los llevaban a conciertos u otros festivales.

Pero todo esto es muy lícito, al fin y al cabo FICOMIC (empresa que organiza el salón) es una entidad privada y, aunque cuente con subvenciones públicas, organiza el evento como le sale de las pelotas y, evidentemente, quiere que la cosa le salga rentable.

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Pero en fin, cállate un poco tío. Hablemos de la edición de este año. Como se ha podido comprobar en los medios la edición de este año ha tenido sus infiernos particulares.

Primero, y a nivel general, estalló ese asunto de la censura de varios originales de la zona de exposición; unos por mostrar mamadas y sexo anal y otros por mostrar vello púbico femenino Después de cierto revuelo en las redes, las ilustraciones que mostraban genitales externos femeninos se volvieron a colgar puesto que, según Carles Santamaría —director del salón—, solamente se retiraron debido a un problema de mantenimiento (excusa poco creíble).

Las ilustraciones más explícitas se retiraron por su contenido inapropiado, ya que, según Guillem Bosch, director creativo de FICOMIC, "hubo un problema de comunicación y en su momento no se revisó el contenido que proponía la entidad responsable de ese espacio (Injuve) y que de haber visto antes las ilustraciones se habría habilitado un espacio cerrado especial, como ya se había hecho otros años con contenido mucho menos explícito".

Muchos críticos con el salón culpan a este de haberse convertido en un evento demasiado "familiar". Bosch me comenta que "esto de que el salón este evolucionando para un público familiar me cabrea mogollón, el Salón del Cómic siempre ha sido para todos, para toda la familia. Yo he ido al saló desde que tenía doce años y siempre ha habido niños y familias". Ciertamente, yo de pequeño asistía a ese festival pero precisamente era la presencia evidente de coños, tetas, droga y violencia lo que me trastornaba positivamente y me hacía pensar que no todo era Marvel y DC.

Esta foto no es del salón de Barcelona. Es una imagen libre de derechos encontrada en Flickr. Imagen vía

El caso es que este año tenía la intención de volver con el nuevo número de mi fanzine pero la cosa se complicó un poco y llegó un punto en el que todo el asunto del salón se convirtió en algo indefendible para mí, algo que me parecía inaudito. Esto es algo que me dolió a nivel personal. Dejadme ponerme un poco sentimental y hacer un pequeño inciso.

Fundido a negro.

Cuando era pequeño, el Salón Internacional del Cómic de Barcelona era una de mis citas favoritas, pues, a finales de los ochenta, la presencia del cómic en España era inexistente. No había casi películas de superhéroes —vale, estaban los básicos de Batman y Superman (y algunos experimentos lamentables como los de El Castigador y la serie de Hulk) pero en ese momento era imposible imaginar el panorama actual—; casi no había tiendas especializadas de cómics; en las series y en las películas nunca se mencionaban los cómics —las películas de Kevin Smith fueron una bendición— y, por lo general, éramos muy pocos los que leíamos cómics. En fin, no existía, en el inconsciente colectivo, la idea de que había algo llamado cómics.

En el salón fue donde, con mi inocencia y mi fascinación por los superhéroes, descubrí que había algo más. Descubrí que había cómics en los que salían tetas y pollas enormes; descubrí otros que, simplemente, trataban de gente normal que trabajaba, bebía e intentaba follar y, gracias a Dios, descubrí que la idea de editarse uno mismo su propia publicación no era algo tan descabellado.

Recuerdo mirar esos stands raros en los que había tipos bebiendo cervezas de lata y escuchando discos de punk y quedarme fascinado, como por una mezcla de miedo (hacían cosas malas como beber cerveza y vestirse como la mierda), tristeza (no entendía por qué habían escogido "perder") y amor (me fascinaba su rebeldía y libertad para hacer lo que les salía de los cojones).

Esos tipos estaban vendiendo una cosa llamada fanzines. Gracias a esta visión empecé a vislumbrar que en la vida no era todo fino y correcto, también existía lo roto y lo ruidoso y que también podía ser algo perfectamente bello. En fin, que existía la cultura no oficial.

Con el tiempo terminé detrás de esos mismos stands bebiendo cervezas y comiendo pan Bimbo con frankfurts crudos mientras intentaba vender mi propio fanzine vestido como la mierda. Probablemente fueron los mejores años de mi vida. En serio.

Es evidente que ese descubrimiento que hice de pequeño me llevó directamente hasta donde estoy ahora y es por esto que creo firmemente en la idea de que el Saló Internacional del Còmic de Barcelona es el sitio más idóneo para presentar un fanzine y que no tiene ningún sentido que se pongan tantas pegas y se aparte la zona de fanzines, como queriéndola ocultar de los puros y preciosos ojos de los niños, quienes son los que justamente necesitan descubrirlos (para dejar de alimentar este sistema en el que predominan y mandan las grandes corporaciones).

Corte a negro.

Volvamos a 2016. Como ya he dicho antes, este año tenía la intención de asistir con mi nuevo fanzine. Desde hacía poco habían vuelto a bajar los precios de los stands porque la demanda de estos había caído en picado —el año pasado solamente hubo siete expositores— y fue un buen motivo para subirse de nuevo al carro y volver a revivir los viejos tiempos y vender mi fanzine a abogados y transportistas.

Posteriormente descubrí que este año la zona de fanzines se había desplazado y supuestamente estaba recolocada a una zona más decente, al menos en un sitio que se podía considerar el interior del festival. Parecía que los tipos —los organizadores del salón— estaban mejorando las cosas. Pero no. Aún quedaba un punto negro en todo esto.

El stand que compartía con unos colegas. No recuerdo qué año fue esto, me he puesto a mirar fotos del pasado y me he puesto triste

A la hora de presentar una solicitud de un expositor para fanzines, uno tiene que mandar a FICOMIC un listado de todo el material que se venderá. Lo triste es que esa fiebre que envuelve todo el saló —eso de centrarse en los satélites de los cómics y no en los propios cómics— no existe a la hora de hacer la selección de los fanzines que pueden venderse en esa zona. Precisamente ahí es donde se ponen más puritanos y exigen que solamente se vendan fanzines; está totalmente prohibido vender DVD, merchandising o discos que no estén relacionados con los fanzines. Ok, ningún problema, esto tampoco era ninguna novedad y la verdad es que al final uno acaba vendiendo lo que quiere, que es de lo que se trata: fanzines, chapas, discos de su pequeño sello de música y películas autoproducidas. Al fin y al cabo se trata de mostrar material autoeditado o fruto de cierta autoedición.

Se trata de una idea de festival totalmente alejada de otros salones mucho más respetados como los de Angoulême, Bologna, el MoCCA o el SPX. Prefieren acercarse a un modelo de festival más cercano a la San Diego Comic-Con

Pero lo peor de todo, la guinda con la que me encontré este año, fue que la organización tiene el criterio para decidir qué fanzine puede considerarse un fanzine y qué fanzine no puede considerarse un fanzine. De esto ya he hablado alguna vez. Según ellos, un fanzine sin dibujos que solamente tengan texto no es realmente un fanzine, en este caso se trata solamente de "una redacción, un texto impreso en varias hojas grapadas", según me dijo un responsable del departamento de contratación de stands para fanzines cuando me llamó después de recibir una copia del último número que había editado —el fanzine que hago es un compendio de textos de ficción ligeramente autobiográficos repletos de personajes tristes y hundidos pero llenos de amor—. Si tenemos que seguir este criterio, ya nos podemos ir despidiendo de fanzines tan míticos como el Touch & Go, el Cometbus o el Suburbio.

En ese momento se me hincharon ampliamente las pelotas y con un lamentable arrebato de honor les dije que el Saló me la sudaba y que ya no quería tener un expositor en esta feria si sus criterios eran estos.

Con esta mutilación definitiva de la zona de fanzines, nos tenemos que despedir de esa imagen, digamos, incómoda, que ofrecía la mejor zona del Saló. Ese espacio de libertad en el que un visitante despistado podía descubrir que había un mundo enorme ahí fuera

Sumando indignación, les mandé un mail diciendo que me borraran de la base de datos para no recibir más correos de FICOMIC —¡menudo rebelde eres!, ¡capullo!—. Me contestaron que sentían "lo sucedido pero el documento que hemos recibido no entra dentro de la normativa de Fanzines la que no la escoge FICOMIC" (sic). Podría pegar aquí una lamentable conversación por mail pero no hace falta llegar tan lejos. Básicamente quise saber qué criterios eran los que hacían que un fanzine fuera un fanzine y, si no era FICOMIC, quién era el ente que escogía estos límites del fanzinismo. Después de decirme que no "podían darme esta información" finalmente, el responsable de prensa, me dijo que "los espacios reservados para fanzines son exclusivamente para fomentar las publicaciones alternativas de cómic o sobre cómic, de creación propia, en el soporte que sea". Cuando les pregunté de nuevo cuál era el organismo o entidad que se encargaba de elaborar los criterios de selección sobre qué era o qué no era un fanzine, me dijeron que "el organismo es FICOMIC". Genial.

En definitiva. El Saló Internacional del Cómic de Barcelona solamente permite la venta de fanzines que contengan cómics o hablen sobre cómics". Todos los demás fanzines (de fotos, de ilustraciones, de películas, de comida, de sexo, de la cultura japonesa, de chuches, de robots o lo que sea) no son bienvenidos, pese a que el saló permite y apoya que, año tras año, se llene el festival de expositores de películas y series, tiendas de chuches, pequeñas embajadas de Japón y videojuegos.

Sin duda se trata de una idea de festival totalmente alejada de otros salones mucho más respetados como los de Angoulême, Bologna, el MoCCA o el SPX. Prefieren acercarse a un modelo de festival más cercano a la San Diego Comic-Con, cosa que estaría bien si en España existiera una industria real y nacional alrededor del cómic y el entretenimiento.

Con esta mutilación definitiva de la zona de fanzines, nos tenemos que despedir de esa imagen, digamos, incómoda, que ofrecía la mejor zona del Saló. Ese espacio de libertad en el que un visitante despistado podía descubrir que había un mundo enorme ahí fuera, una presencia de ideas y pensamientos raros y extraños totalmente alejados de esa fiebre consumista que invade actualmente el saló y, de hecho, gran parte de esta sociedad.

Lo siento, ahora —a menos que las cosas cambien— ni yo podré defender esta entidad. Nos vemos en el Gutter.

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