Llevo cinco años fracasando como emprendedor

Soy un emperdedor. Emprender y perder; y así repetidamente.

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feb. 10 2016, 4:00am

Mi antiguo y abandonado negocio. Todas las fotografías por el autor

Hace unos días leí una palabra en un meme que me definía por completo. Un termino embriagador por la acidez que destila, fruto de la crudeza del internet más anónimo y afilado: EMPERDEDOR.

Después de toda la milonga del emprendimiento, la gran mayoría de las personas que en su día (y actualmente) nos hemos jugado nuestra mierda de ahorros en una apuesta por el autotrabajo ante un páramo laboral como es el periodismo español, hemos descubierto que aquello de emprender no es mas que eso, una puta milonga. Y del PP para colmo.

Un concepto/valor-refugio en el que los gobernantes se apoyan para camuflar su mierda de política económica neocon con el único objetivo de aplacar a un porcentaje elevado de universitarios que aun tienen fe en ese sistema en el que llevan metidos desde su infancia. Porque dedicarte a estudiar desde la cuna hasta los 25 años para luego acabar e irte a tomar por culo (o a servir cafés al mancuniano medio) es algo que muchos nos negamos a aceptar... De primeras.

Que el término sea de nuevo cuño no quiere que decir que represente una situación emergente o minoritaria. Partiendo de aquel axioma básico de la crisis que afirma que el 80 por ciento de las pymes han cerrado durante ésta, ya nos imaginamos que porcentaje de nuevos empresarios, trabajadores liberales y demás chapuzas del individualismo empresarial han tenido o están teniendo suerte en sus andanzas económicas.

Venturas que por otra parte no van acompañadas de ínfulas de grandeza, aunque los especímenes de tan variada y extraña fauna ibérica no faltan. La supervivencia, la independencia o la colaboración familiar son los conceptos que asoman detrás de tan elocuente palabra. No todos queremos ser el próximo Google. Y porque esa ecuación que relacionaba estudios de alta cualificación –o universitarios- con, al menos, trabajo está quebrada desde hace ya unos cuantos años.

Y yo particularmente me identifico con este término, emperdedor, porque desde que salí de la universidad eso es lo que he sido. Tras un breve periodo trabajando como periodista local por cuenta ajena (con otros emperdedores, pero no los supe reconocer a su debido tiempo) decidí establecerme por mi cuenta. 2011, la crisis en su esplendor, el PP recién llegado con mayoría absoluta a la Moncloa y con la experiencia laboral de un mapache en el sector más polisaturado del mercado laboral.

Aprendiendo de mi corta pero intensísima experiencia como reportero local hiperestimulado de la mano de Antonio Parra, uno de los grandes tótems del periodismo cultural español, decidí embarcarme en mi propio proyecto periodístico en la localidad en la que actualmente resido. Al fin y al cabo había compartido redacción con uno de los grandes de la mítica La 2 Noticias (en su época gloriosa). Y aunque el proyecto había durado menos que el Titanic, según lo que me habían enseñado en las clases de empresa de la uni, la cosa tenía su lógica: nichos de mercado, especialización, producto innovador, personalización... Pero que en mi pueblo se calcen la boina a roscachapa no era una variable que soliese emplear el profesor en sus pseudoecuaciones de científico social.

Y pasar de grandes ciudades, de periferia pero grandes, a un pueblo de pocos habitantes en el que eres un intruso recién llegado (Eso tampoco lo sabía, es lo que tiene la emperdeduría, que sabes pulir detalles pero no ves llegar el convoy que está a punto de atropellarte. El mundo sigue siendo demasiado grande...), acabó de hacer reventar la ecuación del profesor.

Presiones políticas desmedidas de un gobierno municipal oscuro como pocos y con unos cuantos ediles sentados en el banquillo por levantarse más de 40 kilos limpios de polvo y paja; piedras en el camino típicas del único periódico del pueblo; una oposición interesada hasta tal punto que te cuela cualquier mierda con tal de ver titulares a su favor; amenazas de denuncias constantes de 3 de los 5 grupos municipales... Un cóctel emocional muy poco saludable que te acaba destrozando los nervios y mandando tu mierda de inversión, que para colmo has pagado con el finiquito, a tomar por culo en un mar de ansiedad. Y encima constatas que, efectivamente, ganan los malos.

Porque una cosa es redactar. Hacerlo mejor o peor. Pero otra muy diferente es darle viabilidad económica a un periódico. Porque no es lo mismo ser freelance (que en español significa trabajar como siempre con la mitad de cotización y desembolsada por uno mismo) que dirigir un medio, por pequeño que sea. Y ser hombre orquesta no te convierte en director. La inviabilidad económica, también delineada por una incapacidad de compatibilizar dos trabajos a tiempo completo hicieron que aquello muriera de inanición. Aunque para colmo del muerto-de-hambre, sigues pagando anualmente el hosting y el dominio en un halo de falsa esperanza, bisoñez y nostalgia de lo que pudo ser y no fue.

Tras otras mierdas de experiencias como freelance que han dejado otra plétora de facturas por cobrar y que se han perdido en el océano de los tiempos, la emperdeduría pura y dura volvió a mi sesera. El periodismo es un sector un tanto zafio y carroñero, especialmente en sectores que solo se mueven por el nepotismo (aunque ésta tal vez sea un palabra demasiado técnica para la escasa complejidad de determinados submundos). Un soplo de aire fresco era la mejor opción. Sobretodo porque el horizonte era nuevo. Nuevos sectores, nuevos espacios, nuevas caras, nuevos códigos... Nuevos caminos por recorrer.

Con los mismos criterios que el profesor me explicó en su día. Con modelos de cinco fuerzas de Michal Porter, análisis DAFO y TOPO (uno que yo mismo desarrollé en la universidad totalmente fumado con un colega y que la profesora validó como "excepcional"), decidí que era el paso idóneo: Abrir una tienda especializada en cerveza, en la cual fui implementando paulatinamente los conceptos vinoteca y licorería.

Toda mi mierda de ahorros invertidos en un local de 25 metros sin calefacción, más un préstamo a no fondo perdido de mi abuela, se convirtieron en una coqueta tienda gourmet en Arroyomolinos, el GRAN pueblo quiero y no puedo de la Comunidad de Madrid (pero eso ya lo desarrollaré en otro artículo).

Que lo sepas por si te estás pensando en montar algo. No te digo que no lo hagas, ni de coña. Pero abrir tu propio negocio te absorbe 24 horas al día siete días a la semana. Salir a tomar algo te convierte en coolhunting de la cerveza artesana o del vino. Desde que te levantas hasta que te acuestas no dejas de pensar en la forma de maximizar la viabilidad de un negocio teóricamente en alza pero que tú no acabas de ver despegar. Ir de viaje es algo del futuro que ves muy lejano. La desconexión, en una palabra, no existe (salvo que seas un maestro de la meditación).

Por no decir que esos nuevos códigos y nuevos caminos implican nuevas pardadas. Y soportar a un público desagradecido, desconocedor en absoluto del producto en el que está interesado y que entra en tu local con las llaves de un Mercedes en la mano y una pulserita de España pero que considera un atraco que una cerveza artesanal española (Marca España fachurro, que se te olvida) cueste dos euros y medio, son otras de las nuevas bondades de este nuevo espacio vital de supervivencia.

No puedo negar que esta andanza ha tenido una parte positiva imborrable: he bebido miles de euros de cerveza artesana y vino de gratis. Que entren en tu tienda comerciales a brindarte muestras de productos exclusivos, visitar fábricas invitado de la mano de los maestros cerveceros o trincar de gratis en las ferias de la cerveza ha sido sin duda algo por lo que ha merecido estar estos dos años medio metido en un sector que, por otra parte, no acaba de petar como se pensaba (siguiendo la línea de la ginebra, el cardamomo, las bayas de enebro o la pimienta rosa). Eso y el que, después de esta aventura, no me haya arruinado. Desde mi pobre perspectiva es otra cosa que he aprendido. No montes nada por encima de tus posibilidades. Mejor que te falte financiación, ir tirando como puedas y un día largarte como has venido, que entrar en una sucursal bancaria y ponerte un grillete que puede dar con tus huesos en el trullo. Porque recuerda que un autónomo se hace responsable de sus deudas con su patrimonio...

Total, que unos años después el sueño de la independencia económica se ha esfumado de nuevo. Todas las teorías en torno al esfuerzo, a la dedicación, la cultura del trabajo y demás gilipolleces se acaban cayendo solas como un castillo de naipes ante una simple brisa de verano. Que venga cualquier político de derechas trajeado que lleva dos décadas cobrando de mis impuestos a venderme un discurso que no compra ni él. Porque por mucho que se empeñe, esto no es Dinamarca... Ni se le parece. Que por ver Borgen hay quien ya se cree filólogo escandinavo.

Tras cuatro años de galletas (auto) laborales no creo que sea nada más que un pobre diablo engañado. Muchos estudios, mucho activismo y me la han metido doblada. O ese es el sentimiento. Hoy me siento como el equipo que pierde 6-0 en el Bernabéu y va el arbitro y añade tres minutos. Minutos de la basura, de recogida y cierre. Sin adioses. Sin gracias ni de nadas. Una anécdota de la que reírse años ha.

Es por eso que cuando me encontré con esa cruel pero dulce palabra que me enamoré de ella. Soy un emperdedor. Emprender y perder. Emprender y perder.

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