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TODAS LAS FOTOS DE JAMIE VALENTINO
Identidad

Cómo es ser cuatrillizo

“Mamá nos vestía siempre con la misma ropa, pero yo me resistía con todas mis ganas”.
4.1.21

Artículo publicado originalmente por VICE en inglés.

Nuestra historia comenzó en Bogotá, capital de Colombia, simultáneamente: cuatro corazones latiendo al mismo tiempo. Ese día de 1994, los diarios celebraron el nacimiento de mis hermanos David, Pablo, Lorenzo y el mío, como si fuera un milagro. Es raro que te feliciten solo por nacer, pero los periódicos y revistas publicaron titulares como: “Los primeros cuatrillizos nacidos sin complicaciones en 30 años”. A pesar de las predicciones del médico, Mamá sobrevivió el parto. Él había sugerido abortar dos embriones y, como seguiré diciendo hasta el fin de los días, yo hubiera sido uno de ellos por ser el primogénito.

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NUESTRA CASA EN BOGOTÁ, COLOMBIA. PABLO, LORENZO, DAVID Y YO

“¿Cómo lo consiguió?, me pregunta todo el mundo como si hubiera algún secreto para ser inmigrante y madre soltera. “Qué valiente”, comentaban sin que nadie les preguntara, como si ella debiera tenernos miedo. “¿Fecundación in vitro?”, preguntan normalmente las mujeres mayores susurrando.

No hay casos de embarazos múltiples en ningún lado de la familia de mis padres, pero mi madre consiguió la oportunidad de 1 en 700.000 de tener cuatrillizos naturales. Siempre quiso tener una familia grande, así que imagino que dios se lo puso fácil.

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De niños, los cuatro éramos inseparables de la misma forma casual en la que los rehenes de un atraco crean vínculos. Puede que hubiera sido diferente si fuésemos lo suficientemente parecidos como para meternos en travesuras haciéndonos pasar los unos por los otros, como las gemelas Olsen, o si tuviéramos telepatía y pudiésemos montar nuestro propio programa de televisión. Pero lo único especial que tenía ser cuatrillizos era que la gente nos lo recordaba todo el tiempo. No obstante, para nosotros, era como cualquier otra familia con una horda de hermanos. Los mellizos comparten la misma similitud genética que unos hermanos normales y corrientes.

Las fotografías de nuestra infancia ocultan los cinco secretos que tenía mi madre para el cuidado de niños: una niñera por hijo y mano de obra barata. Mamá nos vestía siempre con la misma ropa, pero yo me resistía con todas mis ganas. Cuando mis hermanos se disfrazan de tortugas ninjas en Halloween, yo iba por ahí orgulloso con mi traje de Winnie the Pooh. 

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HALLOWEEN EN COLOMBIA. ELLOS DECIDIERON DISFRAZARSE DE SUPERHÉROES; YO PENSÉ QUE WINNIE THE POOH ERA MUCHO MÁS DIVERTIDO. LORENZO, DAVID, PABLO, MAMÁ Y YO

Los primeros años en la escuela, después de mudarnos a Miami, nos obligaron durante un tiempo a tomar clases de ESOL todos los días y yo me quejaba llorando a Mamá por la noche. Es el nombre que se le da en Florida al programa de enseñanza de inglés para hablantes no nativos. Yo consideraba que mi espanglish era lo suficientemente bueno como para saltarme las lecciones. Todavía no había experimentado lo que eran los prejuicios o la discriminación, pero entendía la vergüenza de que te tratasen diferente. 

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EN LAS AFUERAS DE UN COLEGIO PRIVADO EN COLOMBIA. EL SISTEMA EDUCATIVO FUE UNA DE LAS RAZONES POR LAS QUE MAMÁ DECIDIÓ MUDARSE A ESTADOS UNIDOS. PABLO, DAVID, LORENZO Y YO

Más tarde, cuando el colegio nos etiquetó a Lorenzo y a mí de “superdotados”, pasamos a ser “los inteligentes”. Mamá tranquilizaba a Pablo y David, que se habían quedado en las clases normales, diciendo que no por ello eran menos. “Todo el mundo es inteligente a su manera”, solía decir.

“Pero algunos somos más listos”, señalaba yo con placer, implicando que ser diferente estaba bien si significaba ser mejor. Yo no entendía el poder que tenían las palabras y cómo van consumiendo poco a poco la autoestima de las personas.

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Todo cambió cuando un hombre y su hija quisieron formar parte de nuestra familia. Mis hermanos lo aceptaron casi de inmediato, pero yo lo veía como una traición. Se supone que somos nosotros contra el mundo, incluidos ellos, ¿no os acordáis? Cuando discutía con el hombre a propósito, ellos se quedaban en silencio. Me sentí solo por primera vez.

Me gustaba jugar videojuegos con su hija, Joelle. A mis hermanos les gustaba Hallo; yo prefería Los sims. Ella construía casas preciosas conmigo y no se quejaba cuando yo pasaba horas eligiendo con todo detalle la ropa y accesorios de los sims. A todos les gustaba Super Smash Bros y Mario Kart, pero a ella no le parecía raro que yo eligiese personajes femeninos. Pasar tiempo con Joelle no era tan forzado y fue la primera vez que me percaté de que era diferente a mis hermanos de una manera que no podía explicar, pero que “no estaba bien”. En la escuela secundaria, yo solía hacer lo mismo que ellos, como jugar basquetbol o patinar. Todos teníamos personalidades diferentes, pero las suyas parecían alineadas por naturaleza. Mi hermana siguió siendo un refugio para mi verdadera personalidad.

Nuestros amigos nos llamaban los quads [cuádruples en inglés] y, cuando invitaban a uno, invitaban a todos. Yo odiaba esa inclusión por pena, como si hubiera una placenta invisible que nos siguiera manteniendo juntos. Mis hermanos y yo nos alejamos inevitablemente cuando llegamos a la adolescencia, aceptando nuestras características fraternales y la autonomía que los años nos habían otorgado, ansiosos por vivir sin ser uno de cuatro. Así es como me sentía cuando no era digno de ser llamado por mi nombre. 

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BAILE ESCOLAR. DECIDÍ SER DIFERENTE YENDO TODO DE NEGRO. DAVID, PABLO, LORENZO Y YO

El instituto fue como una puerta abierta a una nueva identidad. Pedí uno diferente al de mis hermanos y me matriculé en el DASH, una escuela de enfoque personalizado especializada en artes. No me importaba que estuviese entre las cinco mejores del país; tampoco estaba seguro de que quisiera ser artista. Pero sabía que mi talento me hacía destacar. Lo que me pareció una eternidad de fiestas de cumpleaños compartidas había creado un agujero negro de avaricia en mí que no se llenaba simplemente comprando un pastel para cada uno. Odiaba que nuestra relación nos precediera y, por eso, tener que tomar un bus privado, un metro y un bus público para llegar al colegio nuevo parecía un precio justo a pagar.

Caminaba por los pasillos como si estuviese en un programa de protección de testigos, pero las semanas pasaron y el secreto omnipotente nunca salió en ninguna conversación. Al parecer, “¿Eres cuatrillizo?” no es una pregunta tan común como yo pensaba. Fue entonces cuando me di cuenta de que el problema no era la atención que recibía por ser uno de cuatro, sino tener que compartirla. Pero no sería así por mucho tiempo. Un día, la subdirectora de la escuela me mandó llamar a su oficina y me dijo que sentía mucho que no fuera a volver allí. Confundido, lancé una mirada a mi madre, que estaba sentada frente al escritorio. “Ya hablaremos cuando lleguemos a casa”, dijo, que yo tomé como una señal para montar un numerito.

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Mientras nos íbamos del DASH, para nunca regresar, me dolió escuchar a Mamá comentar que los estudiantes vestían de forma extraña y extravagante. Ella había comenzado a preocuparse cuando, durante una cena familiar, dije que mi examen parcial de historia había sido dibujar una vasija griega a tamaño real. El que mejor lo hiciera tendría una “A” [la nota más alta] para todo el semestre.

“Mi profesor dijo que su novio le va a ayudar a elegir” añadí sin saber por qué; quizás, para ver su reacción. La implicación de que la naturaleza no convencional de la escuela tendría un impacto negativo en mi educación me enfureció, pero no por las razones que había dicho.

Mamá me dejó ir al principio por la misma razón que me había dejado participar en el programa de superdotados, negándose a que dejásemos pasar oportunidades para estar juntos. Sin embargo, yo nunca hubiera pensado que se preocuparía por mi colegio. Dentro de mí, sabía que ella no quería que el entorno me cambiara.

“¿Y qué pasa con mis amigos?”, lloré. “El instituto de mis hermanos ni siquiera ofrece clases de arte”. Sin saberlo, el DASH, un colegio que se enorgullece de la diversidad e inclusión, me había ofrecido la misma libertad para ser yo mismo que había encontrado en mi hermana.

Aunque había jurado que no podía vivir sin mis nuevos amigos, nunca volví a verlos y ellos nunca supieron que había compartido útero con otras tres personas.

Durante años, me costó ser diferente, pero, más adelante, me estremecía al pensar que pudieran etiquetarme como tal. Era cuando “¡Qué gay!” o “maricón” se usaban a diestra y siniestra con cualquier cosa que se saliera de la norma. Yo me deshice enseguida de cualquier estilo de ropa, interés o acción que pudiera definirme así. Al día siguiente, tomé prestado un uniforme de mi hermano a regañadientes y lo llevé hasta que cumplí 20 años.

Tuve una vida heterosexual sorprendentemente exitosa, imitando cualquier cosa que hicieran mis hermanos, escogiendo según me interesara, como si de tres manuales sobre heterosexualidad se trataran. Además, hacer las mismas cosas juntos nos facilitaba el compartir auto.

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Antes de la graduación, mis tres hermanos tuvieron un accidente, pero solo recibieron algunos arañazos y un traumatismo. Esa noche, yo, como de costumbre, estaba borracho y fumado en algún lugar de South Beach. Mamá me llamó alrededor de las 2 AM, pero la noticia no me espabiló como ocurre en las películas. Yo me olvidé hasta que vi al día siguiente una selfi que se habían hecho en el hospital.

“Madre mía, ¡¿qué ha pasado?!”, escribí. Nunca me olvidé de ese accidente de coche y me hizo pensar que por esa razón un gabinete de gobierno completo no debe ir nunca en el mismo avión.

Más tarde, cada uno de nosotros fue a una universidad en una ciudad diferente y uno de los “tontos” fue a Harvard. Después de investigar, elegí lo primero que encontré en Nueva York. Finalmente, cómodo en el espacio seguro que ofrece el ser joven adulto, invité a mis hermanos a cenar durante un fin de semana y de postre les dije que era gay. Ellos respondieron con su amor incondicional, encogiéndose de hombros. Mamá llamó, molesta por haber esperado tanto para contarlo. La inseguridad de ser la oveja negra de un rebaño prácticamente homogéneo me había impedido ver las diferencias que había entre ellos. No había dejado que me conocieran como yo era, poniéndome un traje de heteronormatividad y, a su vez, había sido incapaz de ver las características que los diferenciaban.

Cuando hacemos nuevos amigos, nos preguntan por nuestra infancia o sobre banalidades y esperan escuchar una historia de comedia, pero, en mi opinión, es más peculiar conocer a alguien que no tiene hermanos. ¿Nunca tuviste que compartir tus dulces favoritos? ¿Con quién copiabas en los exámenes y repartías los deberes? No obstante, una pregunta que me hacen ahora a menudo es: “¿Eres el único gay?”. “Sí”, respondo con una sonrisa.

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La pandemia nos reunió a todos durante un tiempo cuando volvimos a vivir juntos por primera vez desde que éramos adolescentes. Fue una oportunidad inesperada para conocernos todos mejor, como si todavía fuésemos niños que viven con su mamá.

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NUESTRA FIESTA DE CUMPLEAÑOS DURANTE LA PANDEMIA. MAMÁ MANTUVO LA TRADICIÓN DE COMPRAR CUATRO PASTELES. DAVID, LORENZO, PABLO Y YO

Una vez más, me vi obligado a confrontar mi identidad sin ellos cuando Pablo reveló que tenía cáncer. “¿Significa eso que yo debería hacerme una prueba?”, pregunté, como un niño pequeño asustado de enfrentarse a sus miedos reales.

El hospital programó una intervención para eliminar el testículo problemático y cambiarlo por uno ortopédico. “Me he acostado con hombres que tenían uno falso”, le dije la noche anterior. “¿En serio?”, contestó. “¿No se nota la diferencia? No quiero que las chicas se enteren inmediatamente”. Yo dije: “Para nada. Es un poco más duro, pero apenas se nota”. Irónicamente, la preocupación real de Pablo solo podía ser aliviada por el único cuatrillizo homosexual que tenía mucha experiencia en el tema.

Nuestras vidas, circunstancias y decisiones no estarán siempre entrelazadas. Aun así, estoy dispuesto a vivir en cualquier realidad que surja si podemos estar todos juntos. Hace poco me encontré con una antigua compañera del DASH en un restaurante y le conté que Pablo se había recuperado sin ningún problema.

“Guau. No sabía que tenías un hermano”, señaló. Yo contesté: “En realidad, somos cuatrillizos”.

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