LSD consciencia
Ilustración por: @pacobullicio
Drogas

Recuperar la psicodelia para la vida cotidiana

"Quizás 'Have a good trip' hubiera mejorado si en lugar de actores hubieran preguntado a escritores". Comentario de un psiconauta sobre el documental de Netflix alrededor de las experiencias con LSD.
14.8.20

Lo primero que pienso al recibir el whatsapp de un amigo con el enlace a Have a good trip es: “¡Qué raro! Un documental sobre el LSD en Netflix, y con un enfoque positivo”. Empiezo a verlo con excitación. Olvido con rapidez el insufrible careto del profesor que nos guía en los primeros compases de la película. Aparece Sting, ¡qué pereza!, pero le escucho y todo lo que dice tiene sentido, y me reconcilio con el caballero inglés. Que cuando tuvo malos viajes sintió que los merecía, dice, que esos malos viajes fueron las bofetadas al ego que ningún padre le dio. Que los buenos viajes compensan, dice, que entiendes entonces que el mundo que te rodea no son objetos, sino que forma parte de ti y por tanto lo tratas mejor. Que vale la pena hacer ese viaje si se tiene una razón, dice, ya sea escribir un libro o hacer el amor con la chica que te gusta. Que si sólo se quiere joder, dice, terminas jodido.

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El problema es que toda la intervención de Sting, repantingado en su sofá, pone en evidencia a casi todo el resto del documental, que se convierte en una sucesión de gente más o menos famosa contando anécdotas más o menos divertidas, absurdas o estúpidas, gente como Sarah Silverman o Anthony Bourdain a los que les presumes más profundidad que la que exhiben. Hay un par de excepciones que justifican el tedio general. Uno es el músico Asop Rocky, que canaliza su primer viaje en una noche de piel y flujos con una novia que llega a su cénit cuando ve cómo eyacula un arco iris. La otra es la genia de Rosie Pérez, que se autodefine como mito portorriqueño, contando cómo vivió su viaje de ácido sin saber que lo había consumido —alguien se lo puso en su bebida sin decírselo— y regalándonos imágenes potentes de suelos de madera convertidos en piscina. Es un clásico de este tipo de viajes, el suelo, lo que nos sostiene, se vuelve blando, acuoso, etéreo.

Igual mi problema es que concuerdo con Michaux en que me interesan menos las visiones de los psiconautas y más la forma en que refieren sus experiencias, menos las incursiones por las afueras de la cordura y más la capacidad de atravesar esos territorios con una escritura o narración torcida, lateral, drogada. Como mi amigo Gorka Meneses, un conversador como pocos, que siempre enfoca los temas desde puntos de vista imprevisibles. Recuerdo la vez que nos contó que había soñado que vivía entre paréntesis. Iba por la calle con dos signos tipográficos al lado y al cruzar el semáforo pasaba alguien con un asterisco. Y entonces se fijaba para ver si encontraba el pie de página en otra persona, hasta que entraba en una tienda y se encontraba con una china que se le quedaba mirando y se disolvía transformándose en puntos suspensivos. Su primera experiencia con el ácido fue ya de mayor, una vez durante una mudanza, ayudando a su amigo Lucas a mover muebles. De repente, tuvo que sentarse y apoyarse en una pared porque dejó de ver líneas rectas. Nada tenía una línea recta, no había ningún tipo de rectitud a su alrededor. Ni personas rectas, ni ideas rectas, ni pensamiento recto, toda rectitud dejó de tener sentido para él desde ese momento. Este tipo de reflexiones son las que me hacen falta en la película.

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Me molesta esta actitud “institucionalizada” de los que quieren separar de la realidad la ingesta de ácidos. Me parece que no es necesario mitificarlo tanto. Es tan infantil como el abstemio que cuenta su única borrachera. Cosas tan sencillas como no ver líneas rectas no están nada lejos de la vida cotidiana. Es un tema de estar atento, consciente, presente. Basta de batallitas de adolescentes colocados. A estas alturas es bastante evidente que para vivir una vida plena es preciso expandir la conciencia, pero no una vez cada tanto, sino en el día a día. Es imperativo recuperar la psicodelia no como una parte externa sino como una necesaria imperiosa de la vida, o al menos de una vida que valga la pena ser vivida. Aquí está el trabajo, no en señalar los extremos.

Ya en los setenta Hunter S. Thompson advirtió que todos estamos conectados a un viaje de supervivencia. Thompson fue muy crítico con el escritor y psicólogo Timothy Leary, uno de los mayores propagadores de las bondades del LSD —su lema era: turn on (enchúfate), tune in (sintoniza), drop out (sal, fluye, déjate llevar)—. Thompson acusó a Leary de arrastrar en su caída espiritual a todos aquellos fanáticos del ácido patéticamente ansiosos que creían poder comprar paz y entendimiento a tres billetes la dosis. “Su fracaso es también nuestro. Lo que Leary hundió con él fue la ilusión básica de un estilo de vida total que él ayudó a crear… quedando una generación de lisiados permanentes, de buscadores fallidos, que nunca comprendió la vieja falacia mística de la cultura del ácido: el desesperado supuesto de que alguien (o al menos alguna fuerza) se ocupa de sostener esa Luz al final del túnel”.

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No hace falta haber leído a De Quincey para percibir que la mayoría de gente que conocemos en nuestro día a día se camufla con el disfraz de la sobriedad, y que es sólo cuando este se desdibuja, a menudo con la ayuda de psicotrópicos, que aflora la personalidad genuina y reprimida. Muchos prefieren no sacarse el disfraz ni desnudos en la cama y otros incluso se creen capacitados para pontificar sobre todo tipo de temas sin haberse atrevido, ni siquiera por curiosidad, a dejar un lado su intelecto y escuchar al cuerpo. No se dan cuenta de que sus creaciones se resienten, su brillantez se apaga por esa rigidez del estreñido emocional. Y es que no siempre somos conscientes de la total profundidad de nuestras mentes. Sabemos muchas más cosas de las que normalmente nos percatamos.

Disfruto mucho de los destellos de lucidez que adquiero durante las resacas de ácido, al día siguiente de la toma, sin haber casi dormido, lucidez que se alterna con estados de postración, torpor y ansiedad que capeo como mejor puedo. No es que haya escrito grandes páginas ni haya diseñado obras de teatro asombrosas durante esos estados, pero sí he sacado punta a ciertos temas, o pasé a limpio otros, que emborronaban mi libreta cerebral.

Existe cierto tipo de música que cuando se introduce en tu sistema nervioso produce todo tipo de cambios electrónicos, alternándolo de manera permanente. La banda sonora de Yo La Tengo para Have a good trip no es de ese tipo. Puestos a pedir, hubiera preferido que el director usara material del DJ y productor musical Andy Weatherall, genio responsable directo o indirecto de algunos de los mejores momentos que nos regaló la música electrónica a finales del siglo pasado. Su actitud ante la música y las drogas era la del sacerdote, el chamán que te guía para que desarrolles tu propio potencial. En sus palabras: "Tengo un sacramento: la música con ritmos muy intensos. Además suelo tocar en lugares con luces de colores. Existe un ritual griego que consiste en tomar alcaloides de cornezuelo de centeno, que contienen el principio activo del LSD. Se hace una especie de sopa con ellos. Hablamos de un ritual que se remonta al año 3.000 antes de Cristo. Influyó en las misas católicas, que usan el botafumeiro de una manera parecida, combinando incienso, música y vidrieras de colores. Busco algo parecido a una trascendencia pagana, conectada con la herejía y el gnosticismo. Por decirlo brevemente: contacto directo con Dios, pasando de intermediarios”.

Mientras preparo esta nota, leo en un especial de la revista de la UNAM sobre drogas un texto de Luigi Amara en el que recuerda que el escritor uruguayo Mario Levrero escribió que las páginas de los libros viejos son un terreno fértil para el crecimiento de hongos alucinógenos microscópicos. Junto a los ácaros y los orificios de las polillas, crece una mancha psicodélica que inhalamos al leer, que podría tener efectos secundarios y trastornos respiratorios, pero que nos hace viajar. Sostiene Amara que ello podría echar alguna luz sobre los orígenes de la bibliomanía; también sobre por qué todos los libreros de viejo parecen un tanto chiflados. En palabras de Levrero: “Esta teoría de los hongos alucinógenos me convence. Mi sueño recurrente se explica de una manera perfecta. También explica por qué tantas veces me he quedado leyendo una novela hasta el final. No soy un adicto a las letras, como buenamente se creía, sino más bien a una especie de LSD”.

Quizás el documental hubiera mejorado sin en lugar de actores hubieran preguntado a escritores. A escritores que gustan de viajes y deportes extremos, como el mexicano Rafa Toriz. Para el autor de La distorsión, el LSD es “una droga que durante mucho tiempo preferí sobre otras a causa de la placentera disolución del ego (que me hizo conocer al Dios de Spinoza en entornos tropicales) y también a causa de viajes sinestésicos extraordinarios que me llevaron a experimentar la realidad y la experiencia en los linderos del lenguaje”. Su experiencia más memorable fue durante un concierto de Nicholas Jaar, donde un material holandés le tuvo en órbita varios días: “Llegué al corazón del universo y descubrí, sorprendido, que vive dentro de un poliedro, es de color azul y lo atraviesan todos los reflejos del relámpago”. O como otro mexicano, Roberto Wong, para quien la literatura alrededor de las drogas se ha centrado demasiado en la cocaína o la heroína, y poco en el ácido. Wong considera el ácido una forma distinta de mirar, similar a la poesía o a las experiencias místicas. Recuerda uno de sus primeros viajes en el mítico Berghein, en Berlín, donde el encuentro entre el ácido y la música fue como el choque entre dos locomotoras que generó imágenes y sensaciones que enumera: “Pinturas moviéndose como una marea encima de mi cabeza. Una textura o tejido entre la música y la luz estroboscópica. Tres cuerpos batiéndose a duelo en el baño. La luz ambarina de la barra del bar. La oscuridad palpitante de algunos rincones. Agua goteando sobre mi cabeza. Y la mañana siguiente, tras todo esto, junto a algún tipo de esperanza”.

En definitiva, quizás lo mejor sea recuperar una propuesta del poeta Allen Ginsberg y sugerir que todos los hombres, mujeres y niños mayores de catorce años prueben al menos una vez en la vida el LSD. El desarrollo individual de nuestras almas debería ser siempre una ley que trascienda las reglas de cualquier Estado. Aún a riesgo de alguna crisis nerviosa, y sin esperar que se solucione nada, la propuesta debería servir de catalizador espiritual y revolucionario. Luego, el destino lo construye cada uno.