Las páginas web quedan inactivas. Los países bloquean el acceso a los ciudadanos. Pero las webs no desaparecen. Las páginas webs de países enteros no pueden desaparecer.
Pero el tema es que lo hacen. Desaparecen. En Egipto, esto sucedió exactamente a las 12:34 de la mañana del pasado viernes (las 22:34 en horario UTC). El gobierno, por lo que parece, cerró internet, no sólo para enviar mensajes al exterior sino también dentro de las fronteras del país. O, lo que es lo mismo: Egipto no perdió el acceso a internet; internet perdió Egipto.
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Gobiernos como el egipcio no dan explicaciones de por qué hacen cosas como ésta, de modo que no está claro cómo puede haberse llevado a cabo algo así. Enviar a la policía egipcia casa por casa para aplastar manualmente los routers de todos los ciudadanos no habría sido práctico. Y es imposible que el gobierno tuviera la capacidad de censurar todas las direcciones con un dominio .eg, puesto que no lo posee. Lo que sí posee el gobierno son los dos mayores proveedores de servicios del país. Con toda probabilidad, informa Bobby Johnson del portal GigaOM , lo que hizo la policía fue desactivar los mayores routers con tráfico directo, aislando así a Egipto del resto del mundo, y desconectando los routers de ISPs individuales para evitar el acceso a internet de la mayoría de usuarios.
«Por lo que parece, están actuando a dos niveles», me explicó Rik Ferguson, de Trend Micro. «Primero, a nivel de nombres de dominio, de manera que falle cualquier intento de acceder a una dirección .eg. Y, en caso de que alguien intente acceder directamente a una dirección, también están utilizando el BGP (Border Gateway Protocol), el sistema a través del que las ISPs comunican sus protocolos de dirección en internet. Muchas ISPs, básicamente, han dejado de poder comunicar sus protocolos a la red».
En esencia, de lo que estamos hablando es de un sistema que ya no reconoce dónde están las cosas. Los foráneos no pueden encontrar páginas egipcias, y los egipcios no pueden encontrar nada de nada. Es como si el servicio de correos, de repente, borrase todas y cada una de las direcciones de Estados Unidos. E incluso olvidase que el país se llamaba Estados Unidos.
Un cierre total hubiese sido más sencillo de acometer, pero Egipto se ha querido asegurar de que no hubiera perjuicio más allá de sus líneas, que otros países utilizando el mismo sistema de cables no sufrieran pérdidas de tráfico. Haciéndolo así, aliviarán la presión económica y diplomática de otras naciones sin dejar de dificultar, prácticamente imposibilitar a los manifestantes enviar y recibir información.
Impedir el acceso a sitios como Facebook, Twitter y Youtube, como recientemente hizo Túnez y países como Irán y China hacen por método, es una terrible restricción a la ciudadanía de un país y un insulto a la misma idea de internet (afortunadamente, no evita que los ciudadanos den con formas ingeniosas para lograr acceder –aunque tengan que hacerlo mediante una conexión dial-up). Pero impedir al resto del mundo que acceda online a tu país es un tipo distinto de ofensa, una que representa un insulto a la dignidad de un país moderno y afecta a los internautas de cualquier parte. Y no es algo que resulte fácil de esquivar: no se puede encontrar una ruta alternativa a algo que simplemente no está ahí. Una cosa es cerrar las puertas y ventanas de tu casa; otra, muy distinta, es prenderle fuego a tu casa.
Evidentemente, este suicidio virtual simboliza a la perfección el desesperado intento de El Cairo de mantenerse en el poder. Pero que algo así esté sucediendo debería ser un toque de atención para cualquiera que considere que internet debería ser un ámbito abierto, no definido por frontera alguna, controlado por nadie, disponible para todos, un revolucionario vehículo para la libertad de expresión diseñado para seguir en funcionamiento incuso después de una guerra nuclear.
Por supuesto, creer hoy en día en esa descripción de internet es una falsa ilusión propia de un tecno-optimista, pero la brecha que actualmente existe entre el potencial del medio y su súbita desaparición en Egipto es un vívido recordatorio de su vulnerabilidad tanto ante los gobiernos como los poderes corporativos. Esta es la razón de que la neutralidad de la red es, debería ser, un principio tan valioso. La guerra por esa neutralidad justo acaba de empezar en Estados Unidos, a causa principalmente de la política intervencionista de la FCC (Comisión Federal de Comunicaciones). El «webicidio» de Egipto es otro teatro de operaciones.
Pero internet, al menos como nos gusta pensar en ella, trasciende fronteras, es un conducto vital a través de las naciones. Como el caso de Egipto ilustra, incluso cuando una batalla se desarrolla en un país, su devenir y resultado puede afectarnos a todos. Todavía no disponemos de un conjunto de principios, y menos aún de leyes, para enfrentarnos a semejante caos informativo. ¿Qué papel tiene en la web la debilitada organización de las Naciones Unidas? ¿Cuál es exactamente el marco que, por ejemplo, permite a los Estados Unidos procesar a un europeo que utiliza internet para divulgar información confidencial?
Aunque circulaban rumores de que Siria sería el próximo país en aplastar internet, estos rumores resultaron ser inexactos (sólo los sospechosos habituales han visto coartado el acceso a internet). No obstante, no cuesta imaginar a otros gobiernos poniéndose nerviosos en el futuro y siguiendo el ejemplo de Egipto. Puede que Estados Unidos, cualquier día de estos.
ALEX PASTERNACK



