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En la enfermedad

William siempre vomitaba. Sus vómitos tenían lugar cada vez que pronunciaba una frase.


Ilustración de Stein Brianhoff    

William siempre vomitaba. Sus vómitos —del color, consistencia y volumen de los de un bebé— tenían lugar cada vez que pronunciaba una frase. Este desafortunado acontecimiento comenzó, de forma inocente, durante sus arrullos y balbuceos de la infancia, pero cuando empezó a vomitar sobre sus libros para colorear, los doctores se quedaron desconcertados. Tuvo que cargar con un vaso de cartón durante todos sus años de colegio. En el instituto ya no tuvo que preocuparse por hacer el ridículo, puesto que no tenía amigos. Todos sus compañeros se graduaron y se fueron del pueblo, y por fin se quedó bendita y felizmente solo.

Después de terminar el instituto consiguió empleo en la oficina de correos local, donde los clientes tendían a ser débiles o a estar locos, y todo el mundo tenía problemas más graves que el suyo. Sus compañeros de trabajo asumieron que masticaba tabaco y le regalaban cajitas de tabaco por su cumpleaños.

Cada día, en el trabajo, se ponía detrás del mostrador y observaba un mapa enorme de Norteamérica, que estaba colgado encima del mostrador donde los clientes rellenaban los formularios de cambio de dirección. El tiempo iba pasando, y William empezó a sentirse más y más atraído por los territorios del noroeste de Canadá, situados en el punto más alto del mapa. Imaginaba que sería un sitio agradablemente desolado. Durante los descansos para fumar, lavaba su botella de soda en la pica del lavabo.

Un día, una mujer se acercó a su mostrador. Tenía la cara agrietada por el viento, y su brazo derecho estaba envuelto en un vendaje esterilizado. Llevaba un trasportín para gatos que sujetaba firmemente contra su pecho y en el que repiqueteaba con los dedos.

—¿Cuánto cuesta la alondra? —dijo.

—¿Disculpe? —dijo William, llevándose el vaso de cartón a la boca.

En ese momento le vino una arcada. Sus mejillas parecían cubiertas de una fina pasta.

—¿Cuánto cuesta la alondra? —dijo. —¿La alondra? —Sí, la alondra —dijo mientras metía un dedo bajo el

vendaje y se rascaba. —Los sellos de primera clase cuestan 41 céntimos —dijo

William. A mitad de la frase le vinieron ganas de vomitar, y tuvo que agarrarse al mostrador mientras la bilis le subía por la garganta. —Tenemos sellos con dibujos de pájaros, pero creo que no son alondras.

La mujer colocó el trasportín sobre el mostrador. Dentro había un gato atigrado que le saludó con un gruñido de advertencia. William casi no veía el interior del trasportín, pero parecía que al animal le faltaban las cuatro patas.

—La alondra, alondra, alondra, la alondra, alfombra, tolondra, alondra —dijo la mujer. Hablaba con una cadencia razonable, como si lo que quisiera fuese preguntar por los precios de los envíos a los territorios del noroeste. Por un momento William se preguntó si, efectivamente, quizás estaba preguntando cuánto costaba enviar algo a los territorios del noroeste. Se preguntó si su cerebro había descifrado el

verdadero significado de sus palabras y se lo había transmitido solo como una posibilidad distante, o si, en realidad, había perdido finalmente la cabeza y ya solo oiría frases confusas hasta su piadoso final.

El gato se dio la vuelta, gimiendo.

—Los precios de los envíos dependen de lo que envíe —dijo él. Escupió en el vaso y se sacó un pañuelo blanco del bolsillo para limpiarse una babilla. —Si está considerando enviar a su gato allí, debería saber que en USPS sólo se permite enviar abejas por vía aérea, y eso es bastante caro, aún más si es un envío internacional.

Nunca había pronunciado una frase tan larga que no interrumpiera uno de sus vómitos. Uno de sus compañeros le miró por encima de una pila de paquetes. Durante un salvaje momento, Williams no sintió nada, pero antes de que pudiera suspirar de alivio sintió cómo el líquido volvía a manar. Se agarró al mostrador, apenas alcanzando la papelera. En cambio, su mano dio con una caja abierta, la cogió y se la acercó a la boca justo antes de dar rienda suelta al torrente. Los clientes dejaron lo que estaban haciendo para mirarle. Otro compañero se cubrió la boca con ambas manos. El vómito empapó la caja y le salpicó la camiseta. En él pudo detectar el olor de la leche del pecho de su madre, su calostro. La mujer alondra puso el trasportín en la balanza y lanzó un aullido de risa.

William experimentó la misma ausencia de pensamiento que siempre había sentido durante el acto. Pero debido a que este episodio había durado tanto, se dio cuenta, más que nunca, de que podía ir más allá dentro de la misma vacuidad. Se dio cuenta de que la vacuidad tenía su propia topografía, una cordillera bajo el océano, que quedaba al descubierto en los momentos que surgían de la alternancia de la ansiedad y la calma, los cuales también eran apagados por dicha vacuidad y eran, a la vez, parte de ella. Esta vez no había apretado la mandíbula ni se había alejado, actos que normalmente siempre acompañaban el final de sus episodios. En ese momento, William se dio cuenta de que había alcanzado su verdadera libertad. Había sido testigo de ella.

Miró abajo y se dio cuenta de que su blanco involuntario había sido una caja de sellos. En aquel momento tenía en las manos cientos o miles de dólares en sellos desperdiciados. Se habían quedado pegados al cartón, donde, probablemente, permanecerían para siempre. La caja pesaba tanto como su sentimiento de culpa por la destrucción de propiedad federal.

La mujer alondra disminuyó el tono de su risa, reduciéndolo a unas pocas risotadas. Se balanceó de un pie al otro, sonriendo. Otras personas se habían quedado pasmadas, sin moverse. William y la mujer alondra se inclinaron el uno hacia el otro, como una pareja de gente mayor sobre la mesa de la cocina.

—¿Ha estado en Canadá alguna vez? —preguntó él.

Ella asintió vigorosamente. Cuando se dio cuenta de que él estaba a punto de volver a vomitar, lo acercó a él. Tuvo una visión de su pelo apelmazado en una corona de hielo oscuro cuando abrió la boca para llenar el cuenco que ella había formado con sus manos.