dejar en visto
Relaciones

En defensa de dejar en visto

No responder un WhatsApp inmediatamente es ahora más sacrílego que nunca porque asumimos que estar en casa es no hacer nada.
12.5.20

La cuarentena y el confinamiento han generado algunas nuevas realidades y entre esas nuevas realidades está la modificación de nuestra concepción de/nuestra relación con determinados objetos o personas. Así, tras más de 50 días de encerrona nos hemos dado cuenta de lo importante que es tener en casa unas pilas, una bombilla de repuesto, esa cosa tan antigua que es una caja de los hilos, una maquinilla de cortar el pelo o una batidora. Además, es probable que hayamos caído también en que queremos o bien más o bien menos de lo que pensábamos a nuestra pareja o en lo poco que llamábamos a nuestros padres y nos hemos quedado locos con la cantidad de sonidos que se producen en nuestro edificio y en los que no habíamos reparado nunca.

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Nuestra relación con los objetos y el mundo físico que nos rodea -el aparato del wifi, el marco de la ventana, la mesa que antes estaba llena de trastos y se ha tenido que convertir en escritorio de oficina- se ha visto modificada sustancialmente, con especial incidencia en dos casos: nuestras casas y nuestros móviles.



Las primeras porque han pasado de ser una sede física más en la que almacenar cosas, cenar, dormir y organizar un after de cuando en cuando a convertirse en nuestro refugio. Los segundos porque se han tornado a la vez nuestro bien más preciado, nuestra única herramienta de conexión posible con el mundo y nuestra cruz, nuestra absoluta condena.

De usarlo de manera compulsiva, de acariciar su pantalla durante horas y ponernos nerviosos si lo perdemos por casa y luego resulta que estaba entre la cama y la pared pasamos de pronto a querer estamparlo, a la ira y al odio cuando nos entra la tercera videollamada del sábado y aún son solo las 14. O cuando vemos esos más de 50 mensajes sin leer ni responder en cada grupo, lo que por -como mínimo- cuatro grupos son, en total, 200 mensajes sin leer ni responder.

Durante esta cuarentena hemos desarrollado con nuestros móviles eso que se ha convenido en llamar relación tóxica y que se caracteriza por una serie de claroscuros en los que media la dependencia física y emocional. Una dependencia física y emocional que realmente ya teníamos desarrollada pero que como ha ocurrido con otras realidades la crisis sanitaria que estamos viviendo ha hecho que se manifieste con toda su gravedad. Que la asumamos, vaya.

En esa escalada de toxicidad en nuestras relaciones con el móvil han intervenido varios factores. El primero de ellos, que probablemente pasemos más tiempo que nunca mirando pantallas: la tele para las noticias, el ordenador para el curro, la tablet para las cien videollamadas diarias. El segundo, que no hay excusas ni escapatoria para no responder al WhatsApp o a los DM de Twitter o Instagram y que parece que cualquier momento tiene que ser bueno para hacer una videollamada. Antes podíamos decir que habíamos estado muy liados o que habíamos tenido un día de locos si dejábamos en visto a alguien. Ahora parece que no responder un WhatsApp al instante es aún más sacrílego si cabe, porque asumimos que estar en casa es, necesariamente, no hacer nada, quedar libre y disponible a tiempo completo. Por qué asumimos eso es otro asunto interesantísimo, pero no el tema que hoy nos ocupa.

Lo que nos concierne hoy es que el derecho a dejar en visto es uno -otro- de los derechos que hemos visto conculcados con la declaración del estado de alarma. Y en este fenómeno también convergen varios factores. Es probable que, al contrario de lo que pensabas, durante la cuarentena te haya dado más pereza que antes hablar por WhatsApp y es probable que eso te haya ocurrido porque es aburridísimo tener la misma conversación con varias personas simultáneamente y en bucle: "¿Y por qué no hacen test?" "¿Y tú cuando crees que acabará?, "Madre mía Fernando Simón, menudo crush", etc.

También es probable que te haya ocurrido porque, como explicaba la psicóloga Inés Bárcenas en relación a por qué coño no nos da tiempo a nada si estamos confinados, los tiempos de transición entre tareas han dejado de existir. Era en esos tiempos de transición -el transporte público, esperar a que llegara alguien con quien habías quedado…- cuando, con frecuencia, leíamos y escribíamos en WhatsApp. Si a eso le sumas que estamos más ansiosos que nunca, que nuestra estabilidad emocional está haciendo malabares desde hace demasiados días y tener una ristra de mensajes sin responder no ayuda pero tampoco ayuda ponerse a responderlos y que el imperativo de contestar ipso facto se haya implantado como regla social no escrita más de lo que ya estaba ya lo tendríamos: relación tóxica. Tóxica total.

Pero al César lo que es del César: la tecnología ha sido, más que la crisis del coronavirus, la que más ha contribuido a que no responder inmediatamente un mensaje sea considerado un sacrilegio. Porque, hagamos un repaso: en el principio fue el SMS. El SMS no notificaba al emisor si el receptor lo había leído o no. Después llegó el MSN y con él los zumbidos, esa herramienta que hacía que al receptor le vibrara la pantalla durante un rato, normalmente como castigo por demorarse en responder. Funcionaba también como detector automático de impertinentes y gilipollas. ¿Os imagináis que ahora si no le hiciérais caso a un WhatsApp de alguien ese alguien os pudiera mandar un zumbido que hiciera que os vibrara la pantalla durante unos segundos?

Tras el zumbido y el MSN pasaron largos años, una travesía tecnológica en el desierto con foros de Terra y Puntuaamicuerpo.com y Desmotivaciones, pero después llegó el Tuenti con su chat, que primero fue un buzón de mensajes similar al de un mail y después un chat al uso. En paralelo, depende de lo avant garde que uno fuera llegó Facebook, que también tenía primero mensajes y luego un chat. Y después vino la hecatombe, el golpe de efecto definitivo, aquello que cambiaría para siempre las normas sociales respecto a la comunicación en línea: el chat de la Blackberry el WhatsApp con sus "últimas conexiones" -que apenas ya nadie conserva- y sus checks dobles. O sus "palotes azules", como dice mi padre.

De una década a esta parte, en paralelo al avance de las funcionalidades de las aplicaciones ha ido cambiando y perfilándose también lo que es lícito o deseable en cuanto a la comunicación online. Nuestras pautas de comportamiento y lo que esperamos del otro, lo que es ser educado y lo que es ser un puto cretino en versión digital se ha configurado tomando como referencia las posibilidades que nos brinda la tecnología, que hemos interpretado no como posibilidades sino como imperativos.

Hemos asumido que que WhatsApp pueda permitir la inmediatez en la comunicación significa que WhatsApp ha de regirse por la inmediatez en la comunicación. Que cualquiera que lo use ha de asumir esa letra que no es que sea pequeña, es que no figura en ningún sitio porque nos la hemos inventado. Y que cualquier otra cosa es una falta de respeto, un desplante, una muestra de poco compromiso para con el otro y con los cuidados -esa palabra-.

No nos cabe en la cabeza que igual es que el otro no está todo el día con el móvil ni siquiera durante una cuarentena y que igual no lo hace porque o no le da la gana o no le hace bien. No alcanzamos a comprender que la posibilidad de cualquier cosa -de inmediatez, por ejemplo- no implica la obligatoriedad de esa cosa. Y que hay mensajes y hay audios, de hecho la mayoría de los mensajes y la mayoría de los audios no exigen una inmediata respuesta. Y si la exigen, pues llamas.

Sigue a Ana Iris Simón en @anairissimon.

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