violencia

Me han condenado a muerte por un puñetazo

Después de tres décadas, tengo la sensación de estar muriendo lentamente.
HP
ilustración de Haejin Park
ÁG
traducido por Álvaro García
MA
traducido por Mario Abad
MC
tal y como se lo contó a Maurice Chammah
3.10.18
Illustration by Haejin Park

TEste artículo se publicó en colaboración con el Marshall Project. Subscríbete aquí a su newsletter.

Es el año 1988. Mi amigo —al que llamábamos Schoolboy— y yo estamos en Las Vegas, bebiendo en un coche. Una mujer a la que conocemos se acerca a nosotros. Tiene un ojo morado y le preguntamos qué le ha pasado. Nos cuenta que su chulo le ha dado una paliza y que quiere largarlo de su habitación. Nos pide que la ayudemos.

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Nos dirigimos al hotel y abrimos la puerta de su habitación. El tipo se levanta de la cama de un salto y levanta las manos. En mi barrio, eso significa que buscas pelea, así que se la damos. Consigo darle varios puñetazos potentes, pero cuando me voy parece estar bien; solo sangra un poco. La mujer sigue a lo suyo y nosotros volvemos al coche y nos quedamos dormidos.

Al día siguiente, la policía nos está rodeando y nos acusa de haber matado a alguien. Yo no tenía ni idea de que el tipo había muerto. Resulta que sufrió un aneurisma cerebral.


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Al final confesé y me declaré culpable. A Schoolboy lo acusaron de homicidio involuntario, y a mí, de asesinato. La fiscalía explicó una versión totalmente distinta de la pelea, recalcando cosas que dije cuando estaba colocado y en plan suicida. Dijeron que entré con la intención de matarlo y que eso fue lo que hice.

Ya he estado en la cárcel anteriormente y fue horrible. Tenía 19 años y había oído de gente a la que habían violado y matado. Recuerdo que, cuando salí, pensé que nunca más iba a volver a ese sitio. No había actuado con sensatez. Pero esta vez, cuando me arrestaron, pensé: Prefiero morir que volver a la cárcel. Iba en misión suicida. ¿Queréis matarme?, pensaba, ¡pues adelante!

Empecé a admitir haber cometido una serie asesinatos que era evidente que nunca habían ocurrido, todo con tal de que me condenaran a pena de muerte. Incluso le escribí una carta al juez desafiándole a que me matara él mismo.

Cuando me condenaron a pena de muerte, pensé que me ejecutarían enseguida, o, como muy tarde, al cabo de unos pocos meses. Pero empezaron a pasar los años y yo comencé a pensar con más claridad

Un médico que me entrevistó en la cárcel decidió que yo no estaba capacitado para colaborar con mi abogado en mi propia defensa, pero luego el juez escribió un informe diciendo que sí estaba capacitado e hizo ver que lo había escrito el médico. Más tarde demostramos en los tribunales que el informe se había escrito con la máquina de escribir del juez (sé que suena muy raro todo, pero podéis leer los papeles del juicio si no me creéis.

Cuando me condenaron a pena de muerte, pensé que me ejecutarían enseguida, o, como muy tarde, al cabo de unos pocos meses. Pero empezaron a pasar los años y yo comencé a pensar con más claridad. “No pueden tenerte aquí toda la vida por una pelea a puñetazos”, me decía la gente. Empecé a leer. Leí que la ley dicta que se te juzgue por un “tribunal imparcial” que “garantice la equidad, en apariencia y realidad”. Leí que algunos tribunales consideraban que dos tipos que empiezan una pelea mortal son culpables en la misma medida. Entonces, ¿por qué acusaron a Schoolboy de homicidio? En el corredor de la muerte conocí a tíos que habían matado a dos y tres personas.

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Mi familia fue la que me dio fuerzas para luchar. Mi hermano, que por ese entonces también estaba en la cárcel, me dijo: “No quiero salir de aquí e ir a visitar una lápida con tu nombre”. Mi madre me dijo: “Esto lo vas a ganar”.

A principios de este año, oí que Kim Kardashian consiguió que el presidente conmutara la sentencia de una mujer por posesión de drogas y blanqueamiento de dinero, y me pregunté qué tendría que hacer yo para que me ayudaran a mí también. Después de tres décadas, siento que estoy muriendo lentamente. Mi madre y mi hermano han muerto, junto con mis tíos.

Siempre he sido un poco lento. Nunca aprendí a leer o escribir, ni siquiera en el instituto. Como soy negro, siempre me ignoraban. No aprendí a leer hasta que estuve en prisión. Mi abogado de oficio me dijo que podría luchar por un cambio de mi condena si me declaraban discapacitado intelectual. Y funcionó. El año que viene me cambiarán la condena, y hace poco mi juez intentó buscar otros casos de asesinato en los que apareciera mi nombre —los que me inventé— y no encontró ninguno.

Para mis abogados es una victoria conseguir que no me ejecuten, pero yo voy a tener que pasarme la vida en la cárcel por una pelea a puñetazos

Pero nadie ha luchado por retirarme la condena por asesinato. Para mis abogados es una victoria conseguir que no me ejecuten, pero yo voy a tener que pasarme la vida en la cárcel por una pelea a puñetazos y otras locuras que hice hace treinta años.

J. T. Kirksey actualmente cumple condena en la prisión estatal de High Desert, en Indian Springs, Nevada, pendiente de una intervención médica. Puedes contactar con él por correo ordinario dirigiendo la carta al número de identificación 30379, o por email a través de su mujer, Gretchen Kirksey, escribiendo a gbokirk8@gmail.com.

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