Sexo

24 horas en el distrito rojo de Berlín

Rafaela, una trabajadora sexual de 52 años, me enseña las cafeterías más sofocantes, los rincones más oscuros y los personajes más especiales de la Kurfürstenstraße.

por Christina Hertel; traducido por Julia Carbonell Galindo
05 Noviembre 2018, 4:15am

Todas las fotografías por Flora Rüegg  

Este artículo se publicó originalmente en VICE Alemania.

Son las ocho de la mañana de un sábado. Rafaela, de 52 años, me cuenta que cree en el amor verdadero mientras se fuma un cigarrillo. Unos metros más allá, dos ratas están robando en un aparcamiento. Durante la pasada noche y el día que he pasado con ella, Rafaela solo ha practicado sexo con un hombre, pero asegura que una buena noche pueden ser ocho o más.

Rafaela es una trabajadora sexual de aquí, de la Kurfürstenstraße, el distrito rojo más grande de Berlín. “El hombre de mis sueños está ahí, en alguna parte”, dice confiada. “Cuando nos conozcamos, sentiré su calidez, aunque estemos a menos 25 grados… ¿Entiendes lo que quiero decir?”. La risa de Rafaela es fuerte, profunda y frecuente. A veces parece que está tosiendo. Se considera una mujer optimista, “aunque no sirva de mucho”.

En este momento hace unas 24 horas que Rafaela y yo nos conocemos. Lleva despierta todo ese tiempo. Se mantiene activa con café, vodka y cerveza y pasa sus horas libres en las tragaperras de los bares locales.

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Rafaela

Para entender mejor esta zona de Berlín, Rafaela y algunas de sus compañeras, también trabajadoras sexuales, me dejan pasar un día entero acompañándolas por la Kurfürstenstraße. En el trascurso de esas horas conozco a una mujer que lleva trabajando aquí desde que tenía 12 años, a un líder parroquial que intenta ofrecer una alternativa de vida a las trabajadoras sexuales, a un señor de 78 años que se sienta en una silla plegable para ver a las mujeres pasar y, por supuesto, a Rafaela.

8 a.m.

Cuando empiezo el día, a las 8 de la mañana de una mañana de viernes, solo una trabajadora sexual ha empezado a trabajar: una mujer de unos 50 años con un vestido corto negro. Conozco a Rafaela un poco más tarde, sentada delante del café Bistro Adler. Empieza a contarme enseguida que su vida como prostituta empezó cuando tenía 18 años, pero que hacía poco que había vuelto a la Kurfürstenstraße. Los últimos siete años ha trabajado como barrendera en Berlín, según me dice, el trabajo de sus sueños.

Pero asegura que entonces se enamoró de un informático que, con el tiempo, le fue pidiendo cada vez más y más dinero para cosas como una cazadora o un equipo de música completo. “Pensé que si volvía a trabajar aquí podría recuperar mi dinero rápido”, dice. Rafaela acabó mudándose con el chico, pero después él admitió que en realidad no tenía trabajo, así que pronto acabaron en la calle.

Dentro del Bistro Adler, una mujer va echando moneda tras moneda a la máquina tragaperras, mientras otra duerme acurrucada en una silla —se le ha movido la peluca rubia dejándole al descubierto la cabeza. “Mira esto”, dice un hombre que se presenta como Toni. Es un cliente habitual desde hace 20 años, “desde que tenía 18”. Le hacen una mamada un par de veces al mes, por la que paga 25 euros. Trabaja como camarero por las noches y duerme durante el día. “No soporto la luz del sol durante mucho tiempo”, me dice. Toni fue a Alemania con 17 años en un barco desde Argelia. Su padre pagó 2000 euros por el viaje.

“Mi mayor afición es el sexo anal”, responde cuando le pregunto qué es lo que más le gusta de ese estilo de vida. “Me encanta”. Instantes más tarde, una mujer de unos 50 años se acerca con una fregona y un cubo. “Todo el mundo fuera, tengo que limpiar todo esto”.

9 a.m.

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Entrada a un garaje donde algunas trabajadoras sexuales llevan a sus clientes

“Ven, te enseñaré los rincones más bonitos”, dice Rafaela. La prostitución es legal en Alemania, pero los políticos de Berlín están constantemente amenazados para que la prohíban, ya que cada vez más y más residentes locales se quejan de que la gente practica sexo en sus jardines y entre sus setos. Donde antes había aparcamientos para que las trabajadoras sexuales quedaran con sus clientes, ahora hay apartamentos de lujo. El complejo residencial más nuevo se llama “Carré Voltaire”, y un solo metro cuadrado cuesta 5000 euros como mínimo.

Rafaela echa a andar por uno de los patios traseros de uno de los edificios antiguos que aún está en pie. En el asfalto hay desparramados condones, un tanga rojo, cajetillas vacías de tabaco, vasos de cartón y mierda humana, en el sentido literal de la palabra. Me lleva después a un garaje que, no sé como es posible, huele aún peor. Alguien ha intentado clavar unos listones en la entrada para intentar que la gente no entre, pero ya están rotos. “Solo las estúpidas chicas del Este usan garajes y reducen las tarifas de las demás”, se queja Rafaela. Cobra 50 euros por practicar sexo y queda con sus clientes en habitaciones alquiladas o en coches, mientras que algunas trabajadoras sexuales, afirma, cobran solo 20 euros y quedan con los hombres en sitios decadentes como en el que nos encontramos.


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Rafaela tuvo su primer cliente cuando tenía 18 años, y le pagaron 150 marcos alemanes (el equivalente a unos 75 euros hoy en día). Respondió a un anuncio del periódico que decía así: “Se busca modelo para visita a domicilio”. Cuando llamó al número del anuncio, Rafaela no tardó mucho en darse cuenta de que el hombre no buscaba una modelo. Aun así, acudió al día siguiente. “Estuve siglos delante de la puerta, intentando reunir el valor para llamar al timbre”. Pero lo hizo, y una mujer la condujo al interior de una habitación donde varios hombres iban entrando y elegían a una mujer. La primera persona que entró la eligió a ella. Más tarde, le dijo que era su primera vez, así que él le explicó qué quería que hiciera. “Estuve todo el tiempo inmóvil, como si fuera un peluche”.

Al finalizar el día había ganado 500 marcos. “En el metro de vuelta a casa no paraba de pensar que todo el mundo sabía lo que había hecho. Me bajé en la siguiente parada y fui andando”.

11 a.m.

Una hora más tardé, una mujer lleva a Tom a uno de esos garajes de mierda. Siete minutos más tarde, Tom está bebiendo una cerveza sentado enfrente de un bar, donde le pido que me describa la experiencia. “Guay”, responde. “Solo quería follar. Follar sin tener que respetar a nadie”. ¿Y cómo ha sido para ella? “Ha dicho que tengo una polla grande”.

Tom pide otra cerveza, la décima del día, antes de contarme que nunca ha tenido una novia de verdad. “No sé lo que es el amor”, dice. “Vengo aquí a menudo, pero no es un lugar que te haga feliz”. Cinco horas más tarde, me doy cuenta de que Tom sigue bebiendo enfrente del mismo bar.

Gerhard Schönborn, un hombre de 56 años dueño de una cafetería cercana, el café Neustart (El nuevo comienzo) no entiende a los hombres como Tom. “Todos llevan un violador dentro”, me dice. En Neustart, la mujeres que trabajan en la calle pueden comer gratis una ensalada de pasta y trozos de queso, y también pueden ir a buscar ayuda si quieren dejar la calle.

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Gerhard Schönborn

Cuando quedo con Gerhard en el café, cuatro mujeres están durmiendo en unos sillones negros y una en el sofá. En una pizarra detrás de ellas están escrito con tiza unos versículos de la Biblia: “Ni la muerte, ni la vida nos podrán separar del amor de Dios”. Hay una caja en la que las mujeres pueden dejar sus oraciones.

Su objetivo no es convertir a las mujeres, afirma Gerhard, solo quiere encontrar la manera de ayudarlas. Su equipo normalmente consta de entre cinco y diez voluntarios que trabajan para que las trabajadoras sexuales encuentren un trabajo digno y tengan su propio piso. “Pero no pasa muy a menudo”, admite Gerhard.

Su iglesia también está en la Kurfürstenstraße. “Cuando ves esto cada vez que sales de misa, tienes que hacer algo”. A pesar de todo, Gerhard no quiere que se prohíba la prostitución de la calle, ya que “simplemente trasladaría el problema a las afueras de la ciudad”.

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Dentro de la cafetería de Gerhard

A Rafaela no le importaría si desapareciera el gremio de la Kurfürstenstraße. “Cada vez es peor”, afirma. Las mujeres apenas se fían unas de otras. “Si pides un condón a alguna, negará con la cabeza”.

A las 12 del mediodía, Rafaela se sienta a la barra del Nil, un bar a unos 70 metros del café de Gerhard. Tres o cuatro mujeres están trabajando fuera. Más tarde, el dueño del café Nil me explica que normalmente no deja que las mujeres entren, solo a Rafaela. El bar es el único de la calle que tiene pestillo en el baño. En los demás los han quitado por miedo a que alguien muera de una sobredosis estando dentro.

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La nueva urbanización Carré Voltaire

3:30 p.m.

Sandra sale de su casa todos los días a las tres y media de la tarde para empezar a trabajar. Acaba de entrar en la treintena y solo le queda un diente en la encía superior. Antes de quedar con su primer cliente del día, compra un helado en una tienda cercana.

Sandra creció en Neustrelitz, una ciudad de unos 20 000 habitantes en Meckenlenburg-Vorpommen, al norte de Berlín. Su padre murió cuando era joven y los nuevos novios de su madre siempre traían problemas. Cuenta que uno de ellos intentó abusar sexualmente de ella.

Cuando tenía 12 años se escapó y empezó a vivir en la calle, donde se enganchó rápidamente a la droga. Con esa misma edad, Sandra se inició en la prostitución para pagarse su adicción, ya que se dio cuenta de que podía ganar en diez minutos lo que ganaba en diez horas mendigando.

Su primer cliente quería una mamada, pero ella acabó “vomitando en sus pantalones”. Pagó de todas formas, me dice. Deja el helado, ya derretido, en la tarrina sin tocar y me cuenta que le gustaría dejar la calle, pero que no puede permitírselo. También le gustaría dejar la heroína, pero aún no está preparada. Un médico le ha prescrito un tratamiento de opioides, pero lo único que ha conseguido es disminuir el mono.

A esta hora Rafaela está sentada en un bar llamado Kurfürsten. Dentro hay una bola de discoteca colgando del techo. En la mesa hay tres bebidas energéticas con vodka. Junto a Rafaela está Claudia, de 42 años, que bebe una mezcla de vodka con té helado. La pareja está hablando sobre conocidos que han fallecido recientemente, como una chica de Europa del Este que sufrió una sobredosis cerca de los garajes la semana pasada y que “probablemente murió entre los cubos de basura”, dice Claudia. “Todo el mundo dice haberla visto, pero nadie hizo nada. Eso me mata”.

Unos instantes más tarde, el camarero deja una bebida de vodka de color marrón delante de Rafaela. “Te lo tengo dicho, más vodka y menos de ese zumo de ositos de gominola”, le grita Rafaela.

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Casi todos los bares de la calle tienen una máquina tragaperras

Claudia tiene una larga cicatriz en el muslo derecho. Cuando le pregunto cómo se la ha hecho, niega con la cabeza. Ninguna mujer lleva spray de pimienta o un arma en el bolso para defenderse. “Si yo tuviera un arma, ellos también la tendrían”, afirma Claudia. La policía ha registrado 2345 delitos en la Kurfürstenstraße en el último año, entre los que se incluyen 50 lesiones graves, 273 cargos por hurtos en tiendas, 49 penas privativas de libertad y 50 robos.

Rafaela también tiene una cicatriz, en la ceja. Se la hizo un chulo hace 20 años. Ese mismo tío le rompió la mandíbula a otra trabajadora sexual, colgó a una mujer de una ventana por los pies y amenazó con dar una patada en la tripa a una mujer embarazada. Rafaela tuvo que pagarle 50 000 marcos para poder huir de él. Hasta que consiguió reunir el dinero, tenía que venir a la Kurfürstenstraße todos los días.

8 p.m.

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Horst (a la izquierda)

Durante unas cuatro horas cada tarde, Horst, de 78 años, se dedica a observar lo que ocurre en la Kurfürstenstraße desde una silla plegable. “¿Qué más puedo hacer?”, me pregunta, “¿sentarme todo el día en casa delante del televisor?”.

A su lado está sentado un chico mucho más joven con un chándal blanco que ha puesto música tecno a todo volumen en su radiocasete. En un cubo de cemento detrás de ellos hay un paquete de galletas, una botella de limonada y una bolsa de plástico llena de ropa que han dejado allí las trabajadoras sexuales. Más tarde, una mujer rubia se acerca, se quita el sujetador verde fosforito y se lo cambia por uno blanco.

“Esa de ahí”, dice Horst señalando a una pelirroja con un vestido corto gris, “es mi vecina”. Horst nunca pide dinero a las mujeres, pero a veces les pide sexo. Cuando lo hace, se puede meter en problemas. Hace poco una mujer le hirió con un cuchillo, le robó su tarjeta de crédito y le encerró en su apartamento. “La he visto hoy aquí”, dice, y no parece guardar ningún rencor. Dice que es consciente de que es una mezcla de adicción, chulos y pobreza lo que lleva a muchas mujeres a la calle. “Es un juego triste”.

Entonces le pregunto por qué participa. Horst sonríe. “Sí, es cierto. Participo. Pero trato bien a las mujeres”. Horst fue camionero durante 30 años, se ha casado cuatro veces y tiene un hijo al que no ha visto en cinco años. Mientras nos despedimos, susurra con voz conspiratoria: “Ten cuidado, este no es un lugar seguro. La gente aquí desaparece”.

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Claudia

10:30 p.m.

Una esquina más allá, una mujer de 50 años está sentada a plena vista en el regazo de un hombre moreno con el pelo grasiento. Están practicando sexo. Más allá, en la misma manzana, dos hombres están bebiendo cerveza sin prestar atención a lo que pasa delante de sus narices.

Llegados a ese punto, ya entrada la noche, cerca de 50 trabajadoras sexuales siguen trabajando en Kurfürstenstraße. El gobierno local dice que no saben cuántas mujeres se dedican al trabajo sexual. Se han registrado 2000 ante la autoridad competente de los servicios médicos, como se les exige, pero podría haber muchas más trabajando de forma ilegal. Según Hydra, un grupo de apoyo para trabajadoras sexuales, podría haber unas 8000 en Berlín.

Rafaela se acerca para decirme que hoy no estaba de humor para trabajar, y por eso solo ha tenido un cliente en toda la noche. A partir de ahí empieza a despotricar de los hombres, sobre lo sucios que son, sobre sus penes pequeños y sobre que les gusta lamerla. “Hay veces en las que, si el condón es muy grande, la punta se te queda colgando en la garganta”, dice, fingiendo que se ahoga. “Siempre intento trabajar lo menos posible”.

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El camarero del Nil

A las tres de la mañana volvemos al Nil, ya vacío, y Rafaela confiesa que estuvo casada con un hombre que murió en la treintena. Nunca le dijo que era una trabajadora sexual, pero nunca se acostaba con él si ese día había tenido clientes.

Enseguida empieza a salir el sol. En la televisión, el cantante alemán Udo Jürgens está actuando con una chaqueta plateada y una pajarita junto a una mujer con un peinado de los 80. Cantan: “Ojalá encuentres el amor sin sufrimiento y nunca pierdas la esperanza”. Rafaela y el camarero cantan al unísono.

“¿Crees que existe eso del amor sin sufrimiento?, pregunta el camarero. Rafaela responde con rotundidad: “No”.

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