Politică

Rivera y Casado: el sueño húmedo de Aznar tiene dos cabezas

Si Pablo Casado se convierte en el nuevo líder del PP, él y Rivera estarán condenados a entenderse.
11.7.18
Pablo Casado vía Wikimedia Commons/CC BY 0 - Albert Rivera vía Sergio Pérez/REUTERS

Cuando un partido como el PP decide elegir en primarias un nuevo liderazgo, no sólo se corta la respiración en la sede del propio partido, también se corta en la del resto. Un cambio de perfil, del rostro visible al frente de una de las principales organizaciones políticas del país, afecta a todo el tablero político pues está interconectado. Por ello, en la sede de Ciudadanos el pasado jueves solo dejaron de comerse las uñas para cruzar los dedos. Lo hacían pidiéndole a los dioses del centro derecha la victoria de Soraya Sáenz de Santamaría. En el partido naranja temían un resultado que, como acabó sucediendo, situase a Pablo Casado en la posición de candidato finalista y con muchas opciones en la segunda y definitiva vuelta.

Publicidad

El motivo de la preocupación en Ciudadanos es evidente: el perfil político y personal de Casado se parece al de Albert Rivera como se parecen dos gotas de agua. Son, como se ha repetido en mil y un memes durante estos días, los Jack Johnson y John Jackson, aquellos candidatos clones —en lo físico y en el discurso— que se enfrentaban a un cara a cara en la serie de animación Futurama.

La realidad española podría superar a la ficción. Ambos, Casado y Rivera, Rivera y Casado, competidores por el mismo espacio político, comparten generación (catorce meses de vida los separan), mensaje, forma de comunicarlo e incluso aspecto físico. El cómodo escenario que para Ciudadanos era que Rivera fuese el único gallo joven en el corral de la derecha, permitía a Ciudadanos acelerar constantemente para adelantar al dinosaurio político Mariano Rajoy.

Tras el cambio repentino de Gobierno y con la posibilidad firme de que Pablo Casado se ponga al frente del PP, esa maniobra de adelantamiento podría convertirse en un frenazo en seco que sitúe a ambos candidatos a la misma altura de la carretera, observándose mutuamente por las ventanillas de sus bólidos políticos sin saber si ese al que tienen en paralelo es el reflejo de uno mismo o es el otro.

Ambos, Casado y Rivera, Rivera y Casado, le ponen cara a la trayectoria idílica del joven liberal con éxito, al novio perfecto que toda madre del Barrio de Salamanca o de Avenida Tibidabo querría para su hija. Ambos titulados en ADE, ambos habiendo hechos sus pinitos previos a la política en la banca privada, pero que decidieron no ser lobos de Wall Street, sino aves que buscan aterrizar en el tejado de La Moncloa. Ambos comparten, además de la estética, un discurso y una visión que les llevaría, llegado el caso de que Casado se hiciera con la presidencia del PP, a solaparse políticamente en muchos de los principales asuntos que hay sobre la mesa política.

Economía

Cuando uno escucha hablar de economía a Rivera o a Casado tiene la sensación de estar viendo doble a uno de esos conferenciantes motivacionales que, al precio de 3.000 euros la charla, dicen frases del tipo “toda crisis es una oportunidad”. Vieja escuela liberal con chaqueta americana y camisa blanca adaptada a los nuevos tiempos. Pagar impuestos es una mierda, ¿quién quiere pagar impuestos? Los mercados lo que quieren es tranquilidad, no cosas raras. Un discurso simplificado que pone en el centro de la acción a una clase media a pesar de beneficiar directamente a las grandes empresas y a los grandes bancos. La batalla Casado-Rivera en el ámbito de lo económico sería nula por empate absoluto en planteamientos. Si a liberal, Rivera le ganaba la batalla a un PP de Rajoy de tradición conservadora-cristiana, el posible PP liberal de Casado supondría la victoria interna de esa familia popular que cree que los impuestos son una traba para la economía, que todo lo público que funcione debe ser privatizado para generar mercado y que, si alguien es pobre, "haber estudiado", porque la vida es competitividad. En Harvard, por ejemplo.

Cataluña

Para entender la idea que Pablo Casado y Albert Rivera tienen sobre el tema catalán, la mejor forma de hacerlo es imaginar la siguiente escena: cualquiera de ellos colocado ante un espejo recitando que no se puede negociar con independentistas. La cara que refleje el espejo es lo de menos porque el discurso es idéntico en ambos. En su campaña de primarias, Pablo Casado ha copiado literalmente, línea por línea, el discurso y la estrategia con la que Albert Rivera quiso sacar rédito político frente a Rajoy: “ha sido usted un blando”, “el 155 había que aplicarlo antes” y equiparación del independentismo con el discurso clásico del terrorismo: no se negocia con ellos, dispersión de presos necesaria, etc. Ambos comparten la estrategia del "cuanta más confrontación", mejor y lo hacen sin miedo a incendios.

Fue Pablo Casado quien, días después de la votación del 1 de octubre en Catalunya, insinuó que Puigdemont podría acabar como Companys (presidente de la Generalitat que declaró la República Catalana dentro de la República Federal Española y que fue encarcelado por ello por las autoridades republicanas y a quien posteriormente Franco fusiló). Siguiendo la misma estrategia, el papel de Rivera en los momentos más tensos del conflicto catalán fue pedir más madera, más prisión y menos nacionalismo, mientras se erigía líder del nacionalismo español. En el asunto territorial, ambos, Casado y Rivera, comparten un discurso nacional y venden la misma trampa: venden unidad cuando lo que realmente quieren imponer es uniformidad.

Inmigración

Una vez más, Casado y Rivera calcan la misma postura. También en el ámbito de las migraciones y los Derechos Humanos aparece el enfoque neoliberal. ¿Eres válido para generar riqueza? Entra. ¿No lo eres? No cabes, necesitamos orden. El mercado como regulador de las urgencias humanitarias parece ser el hilo conductor del discurso de Rivera y Casado en este sentido. Salvo casos concretos —ambos apoyaron dar entrada al barco Aquarius con los mismos argumentos “son vidas que hay que salvar” y misma pega “Sánchez hace demagogia”— la postura de ambos es la de entender estos asuntos como una pata más del sistema económico. En partidos en el ámbito de la derecha, una posición excesivamente agresiva con respecto a los migrantes podría entenderse como extrema por parte de los potenciales votantes y una posición que entienda el flujo de personas que lo necesitan, sería incómoda para los votantes fieles. Por eso y porque el perfil neoliberal de ambos busca una foto amable en lo social, será raro encontrarlos en un discurso claramente antiinmigración a pesar de liderar propuestas, como en el caso de Rivera, de excluir a los inmigrantes ilegales del sistema de atención sanitaria.



Memoria Histórica

Zipi y Zape de nuevo ante el espejo. Casado y Rivera vuelven a ser la misma persona cuando del pasado reciente del país hablamos. ¿Qué sé yo de cunetas ni de batallitas del abuelo? ¿Qué sé yo de rojos y azules si yo solo veo españoles? En el segundo país del mundo tras Camboya en número de fosas comunes, ninguno de los dos regeneradores de la derecha están dispuestos a aportarle una mirada adulta, abierta y conciliadora al asunto. La estrategia, al contrario, pasaría por vaciar de contenido las heridas abiertas con una escena como la siguiente: “qué rollo es la Historia, a los jóvenes háblennos de creación de star-ups, no de quitarle estatuas a Franco”. De nuevo el imaginario liberal como excusa para no entender el pasado que sigue condicionándonos el presente.

Derechos civiles

Cuando hablamos de libertad de expresión, derechos de los homosexuales o igualdad de las mujeres, tanto Casado como Rivera vuelven a coincidir en modus operandi y planteamientos. En momentos de repunte de la represión contra la libertad de expresión en los últimos años, ambos han justificado y apoyado actuaciones policiales o judiciales que finalmente se han demostrado graves ataques a las libertades. Ante la duda, la policía tiene razón, unido al discurso aséptico del respeto justicia, es la fórmula de ambos que deja a las claras que no son temas que motiven especialmente a estos dos políticos.

Si en lugar de libertad de expresión hablamos de matrimonio homosexual o igualdad de género, ambos, como si la ley gravitacional les obligase, experimentan el mismo movimiento en dos tiempos. Primero rechazo: marcar distancias y declararse indiferentes o en contra de cada una de estas guerras —ambos se mostraron en su momento incómodos con la idea del matrimonio homosexual y ambos han declarado que el aborto no es un derecho de la mujer—. Después, movimiento: con la batalla ya ganada por mujeres o los colectivos LGTBQ, subirse al carro como si nunca hubieran estado abajo. En el caso de Rivera incluso subirse ofreciéndose de conductor.

Los dos ojitos derechos de Aznar

Si llega a suceder que Pablo Casado alcance el liderazgo del PP, se habrá cumplido un anhelo de Aznar, quien desde hace años viene señalando al joven canterano como su relevo natural al frente del Partido Popular. Si esto pasa, Aznar estará, como dice la canción del Cigala, enamorado de dos a la vez, pues desde hace un par de años, lo de Aznar con Albert Rivera parece un amor del que provoca mariposas en la barriga. Invitado el pasado verano al Instituto Atlántico de Gobierno (organismo presidido por Aznar), Rivera recibió un baño de halagos que provocaron el malestar del, en aquel momento, gobierno de Rajoy, que veía cómo el aznarismo apoyaba a quien aspiraba a hacerse con el poder de la derecha. Si llega a suceder que Casado y Rivera se encuentren frente a frente liderando diferentes proyectos, están condenados a entenderse. Y Aznar a disfrutarlo.

Suscríbete a nuestra newsletter para recibir nuestro contenido más destacado.