Foto por Clara Vangardner

Diez preguntas que siempre has querido hacer a una novicia española

Carla ha recibido la llamada de Dios: "He conocido la Verdad aunque no la poseo".

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may. 10 2018, 4:00am

Foto por Clara Vangardner

Hay personas que son seres de luz. No hace falta que conecten con algún Dios, no me malinterpretes, sino que son gente con un interior deslumbrante, que se ha cultivado, que ha trabajado tanto su psique, su forma de vivir, que si mantienes una conversación con ellos te provocan tal catarsis que tambalean tu miserable existencia.

Ya me pasó con el creador de la canción del Mercadona, con el ingeniero gallego que creó una trucha gigante y ahora con Carla Vilallonga, una joven novicia de 31 años. Su particular llamada, su sufrimiento ante encontrar respuestas, sus años de excesos, su mente abierta, sus ganas, su curiosidad y, sobre todo, su fe han cautivado a mi ateísmo para recordarme que la forma en que interpreto la realidad es solo una más dentro de tanto desconcierto.

Ella es novicia desde hace 4 años y pertenece a la Asociación Laical Memores Domini, fundada por Luigi Giussani y aprobada por la Santa Sede en 1988, donde se viven la pobreza, el celibato y la obediencia en el marco del movimiento eclesial Comunión y Liberación, teniendo como campo de apostolado el mundo del trabajo.

Pero olvídate de encontrar a una monja con su hábito, sin móvil ni portátil y aprende a ver una cara más del prisma con alguien que vive la religión de otra manera. Esto sí que es una llamada y no la de "Los Javis".

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Carla saliendo de fiesta en Paris en 2007.

VICE: Hola, Carla. Estamos en 2018 y solo el 3,4 por ciento de los jóvenes entre 18 y 24 años es católico practicante. ¿Cómo has llegado a ser novicia de los Memores Domini a tus 31 años?
Carla: Desde pequeña tuve una educación católica y siempre me pregunté el significado de mi existencia. Era algo que me obsesionaba. Parecía que mis amigos no tuvieran ese “problema”. Además, en el colegio te hablaban de Jesús de Nazaret, pero nadie te decía cómo vivirlo a diario. Esto me llevó a tener una fe muy personal, una relación con Dios, pero sin participar en parroquias ni grupos, aunque sí que iba a misa cada domingo.

Como esperaba que sucediera algo especial en mi vida pero nunca llegaba, a los 17 años decidí renunciar a esa espera. Pensé: “Si no puedes con ello, únete a ello”. Y empecé a vivir como los jóvenes que me rodeaban. De los 17 a los 21 años salir por la noche se convirtió en mi actividad principal: utilizaba la fiesta como rebeldía por no encontrar una respuesta ni dentro ni fuera de casa. Solía volver de madrugada porque no podía soportar el vacío de salir de casa y volver sin haber encontrado respuestas. Tenía un grito dentro de mí que me angustiaba muchísimo.

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Carla pasó su Erasmus en Múnich, donde cambió su vida

¿Y dónde tuviste la llamada?
Hacía tiempo que estaba en la universidad, donde estudié un doble grado de Periodismo y Comunicación Audiovisual. Tenía 22 años, cursaba cuarto curso y por aquel entonces creía que la Iglesia era una institución castigadora que jamás me aceptaría, que me iba a juzgar por todo lo malo que había hecho. Pensaba que era una institución malvada, e incluso se me pasó por la cabeza que ojalá la Iglesia no existiera.

Fui de Erasmus a Alemania y un domingo acompañé a una amiga a misa. Era la primera vez que iba desde los 19 años. Estando allí pasó “algo” que lo cambiaría todo. Ese “algo” me dijo: “Aquí está lo que tú buscas”. No era nadie, era una cosa como que venía de fuera y me decía eso. Me entraron muchas ganas de llorar. Cuando volví a Madrid, en el bautizo de una prima, me pasó lo mismo: “Aquí está la verdad de la vida”. Me enfadé muchísimo porque de repente me di cuenta de que necesitaba a Dios para vivir.

¿Ahí supiste que querías consagrar tu vida a Dios o hubo algún otro detonante más?
Después de eso empecé a conocer, por “casualidad”, un montón de gente creyente: en la universidad, en una boda… En todos ellos brillaba una luz especial, pero luego esa luz no permanecía y empecé a enfadarme con Dios. Era algo así como si una ola del mar te acaricia en la orilla y luego te abandona. Pensaba: “Te he conocido, pero, para esto, preferiría no haberlo hecho: o te quedas o te vas, pero no me vaciles”.

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Carla en un evento de Comunión y Liberación en Ávila

Seguí buscando de mil maneras distintas, hasta que acabé conociendo a un chico guapísimo de Comunión y Liberación (CL) que me invitó a un evento cultural llamado EncuentroMadrid (EM). Yo esperaba que nos enamorásemos, pero lo que ocurrió allí fue definitivo.

El chico guapo me estuvo presentando a un montón de gente y me di cuenta de que no tenía sentido esperar que surgiera el amor. De pronto me presentó a Carmen, una mujer italiana, y él se giró a hablar con otras personas. Decidí estar presente delante de ella en vez de quejarme y entonces me miró con una mirada que me atravesó por completo. Nunca nadie me había mirado así; era como un imán, y sentía que sabía todo sobre mí. No lo entendía, pero no me importaba. Al llegar a casa escribí en mi blog, refiriéndome a mí misma, en tercera persona: “Sí, ahora era ella”. Por fin yo era yo misma.

Fui al día siguiente a otro encuentro de CL en una parroquia donde un grupo de personas había empezado a hablar como si fueran de alcohólicos anónimos. Me entró un bajón, en plan: “No puede ser que otra vez se aleje la ola del mar”. En ese momento Carmen, la señora italiana, tomó la palabra sin saber que yo estaba allí. ¡Empezó a hablar de cómo había sentido mi mirada! Comprendí todo cuando ella dijo: “¿Qué otra cosa puede ser lo que pasó entre nosotras si no Cristo presente?”. Ahí entendí que me quedaría en ese lugar para siempre. También me enteré de que ella era Memor Domini.

Al cabo de unos meses, una chica de la que me había hecho amiga y en la que también había un brillo especial me contó que iba a empezar el noviciado de los Memores Domini. En ese momento sentí que Dios estaba ahí y me decía: “Esto es para ti”. Fue entonces cuando lo vi claro.

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Si bien a día de hoy puede parecer una contrariedad, encontrar a Dios literalmente salvó a Carla. Foto por Lupe de la Vallina

¡Menudo viaje! La verdad es que estoy empatizando muchísimo contigo desde mi ateísmo porque esto de vivir a tope la posmodernidad deja un vacío enorme. ¿Qué dijeron tus amigas y familia cuando se lo dijiste?
Distinguiría entre dos momentos. El primero es cuando conocí este movimiento. Desde hacía tiempo estaba sin ganas y encerrada en casa y, de repente, era feliz. Hubo gente que se preocupó, incluyendo mi familia. Me dijo mi padre: “O es una secta o es verdad”. Otras amigas quisieron hablar conmigo porque estaban preocupadas. Estaban acostumbradas a verme siempre insatisfecha y en búsqueda.

Con la noticia de la vocación, fue precioso porque todo el mundo se alegró mucho por mí; incluso había gente que decía que no entendía nada, pero que, como me veían feliz, se alegraban. Otra persona de mi familia también me dijo que ojalá encontrara ella, como yo, “alguien que me salve”. Excepto dos tías, todo el mundo me apoyó.

Me has dicho que viviste una época de desenfreno. ¿Has tenido experiencias sexuales?
Pues digamos que en esa época de desfase estuve saliendo con varios chicos y, sobre todo, hubo una época que iba de flor en flor para intentar tapar mi herida. Pero tampoco voy a entrar en detalles.

Yo he conocido un afecto que me llena tanto, que desde que me pasó esto en 2011 no he sentido una nostalgia de tener un hombre a mi lado. Cuando de repente ves que un amor invisible, tan inmenso, entra en tu vida y es lo más real que has sentido y te sobrepasa, dejas de pensar como lo hacías antes. Yo he conocido la verdad, aunque no la poseo. Ahora siento a Dios a través de las personas. No lo he visto, pero sí lo he sentido. Ahora lo siento y sé que es Él. La manera en la que se relaciona contigo se vuelve familiar. Dices: “Vale, esto has sido Tú; aunque no te veo, has sido Tú”.

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Aunque ha consagrado su vida a Dios, no lleva hábito ni va a ser monja

¿Cómo es tu día a día de noviciado?
El noviciado dura como mínimo cinco años, y es para discernir si estás en el sitio correcto; porque aquí nadie quiere sumar un miembro más porque sí: no es una empresa. Desde hace un año y medio vivo en una casa donde somos diez mujeres entre 31 y 62 años. Yo soy la más joven y la única novicia porque las demás hicieron la profesión, que es el momento en que, en presencia de toda la comunidad, se asume el compromiso vocacional de modo permanente.

En la casa seguimos la regla de San Benito. Tenemos cuatro momentos de rezar al día y después de la última oración, por la noche, nos vamos a dormir en silencio. Durante el día se puede hablar, pero hay un clima de silencio. Es muy bonito porque, como dice un himno, “en el silencio habla el Misterio”, “eso” que nos ha juntado. También hacemos una hora de lectura y oración personal diaria y los domingos, concretamente, compartimos entre nosotras lo que hemos vivido esa semana a la luz de la fe.

Por último, todos los novicios de Europa (unos 120) vamos una vez al mes a Italia a un retiro espiritual con Julián Carrón, actual presidente de CL. Allí le presentamos nuestras inquietudes y él y otros sacerdotes y Memores Domini nos ayudan. Está genial porque te ves con jóvenes que viven lo mismo que tú.

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Carla estudia interpretación y comparte clase con Jorge Cremades

¿Y el resto del tiempo? ¿Trabajas?
Sí, trabajo en las relaciones internacionales de una universidad en Madrid. Para Giussani nuestra vocación se realiza, principalmente, en el trabajo. Por un lado, estamos llamados a ser imagen de Dios, que es “el eterno trabajador”. Por otro, decía que es el mejor lugar donde podemos estar porque hoy en día es fácil asfixiarnos por idolatrar el trabajo y medirnos unos a otros solo en función del éxito laboral. Por eso conocer personas que viven la memoria de Cristo en el trabajo es algo que sirve a todos en medio de un mundo en el que Dios no tiene cabida.

También disfruto mucho escribiendo y dibujando, y voy a clases de teatro, que me encanta (actualmente estudio 3º de Interpretación).

Muchas veces reflexiono sobre cómo sería yo si me hubiera criado en otro contexto. ¿Cómo sería Carla si hubiera sido educada sin religión?
Pues no lo sé, pero antes de mi encuentro, la vida me estaba empezando a parecer un juego macabro, como un callejón sin salida. No sé lo que hubiera sido de mí, lo mismo me hubiera vuelto loca. También es verdad que lo que me ha pasado a mí es un misterio y una gracia. Probablemente hay gente que vive con ese dolor durante toda su vida.

Miedo al compromiso, la individualidad extrema, falta de valores y referentes efímeros. ¿Qué opinas de la sociedad en la que vivimos?
En España nos educan según los valores cristianos, pero se pierden porque se viven sin Cristo. Dentro de la propia Iglesia también nos pasa: nos olvidamos de Dios y acabamos haciendo cosas buenas por un puro voluntarismo. Esto no sirve de nada, está vacío. Pienso que para que se regenere nuestra sociedad cada uno debe escuchar más su propio corazón, que es nuestro mejor aliado. Tenemos que ayudarnos unos a otros a ir al fondo de nuestra tristeza, de nuestra alegría, de nuestro dolor, de nuestro entusiasmo. Sólo así empezaremos a vivir sin un miedo de fondo que nos paraliza, y sólo así habrá referentes que duren.

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Actualmente Carla trabaja como voluntaria de comunicación en Encuentro Madrid

¿Qué piensas del feminismo? La Iglesia tiene un sistema jerárquico donde los hombres acceden a unas cosas y las mujeres no, como al sacerdocio.
La Iglesia apoya a la mujer desde el inicio: si te fijas, Jesús, una vez resucitado, se apareció por primera vez a una mujer, María Magdalena. Es una pasada, porque en el mundo judío la palabra de la mujer no tenía validez alguna; sin embargo, para Jesús sí. Tanto, que escoge a una para decir a todos que ha resucitado.

En cuanto a por qué no hay sacerdotes mujeres, hace poco oí que la figura del sacerdote es una llamada muy particular porque es ser Jesús, literalmente, por la Eucaristía; Jesús escoge a algunos para que hagan como Él, que es como lo máximo. Tiene sentido que fueran hombres porque están llamados a vivir como Jesús, y Jesús es un hombre, no una mujer. Está bien así. Yo, personalmente, no me siento menos por no ser sacerdote porque sé que Dios te llama donde Él te va a hacer feliz y vas a dar un mayor testimonio al mundo. No me preocupa.

Gracias, Carla. Tu historia es increíble.
Gracias a ti.

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