De cuando robábamos en el Games Workshop

La "etapa Games Workshop" es un paso clave y esencial en el crecimiento de una persona.

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11 septiembre 2017, 4:00am

Foto de portada vía el usuario de Flickr generated

La "etapa Games Workshop" es un paso clave y esencial en el crecimiento de una persona, sobre todo durante esa edad en la que lo único que inunda los cerebros de los adolescentes son los genitales ajenos llamada adolescencia.

Con este panorama, la fantasía juega un papel clave a la hora de generar un balance entre los horrores y demencias de la edad adulta (sexo, violencia, drogas y dinero) y la pureza e inocencia de la infancia (magia, duendes, magia, duendes).


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Mientras unos se liaban porros de hachís en los bancos del parque o se pasaban las noches de los viernes bebiendo cubatas baratos e intentando "enrollarse" con gente que también se pasaba las tardes liando porros en el parque, otros librábamos épicos partidos de Blood Bowl (una especie de rugby hiperviolento ambientado en un sucedáneo de la Tierra Media) o inolvidables batallas enmarcadas en el lejano y oscuro año 40.000, donde solo existe la guerra y el horror.

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Foto vía el usuario de Flickr craigmcinnes

Games Wokshop fue la compañía inglesa que creó el universo en el que se encontraban todos esos wargames (Warhammer, Warhammer 40.000, Epic 40.000, Blood Bowl…) que ocuparon gran parte de nuestro tiempo y que, pese a lo que pueda parecer, terminaron guiándonos sosegadamente hacia esos mismos parajes oscuros de la madurez a los que nuestros compañeros ya habían sucumbido.

La compañía empezó a abrir sucursales en varios países y en España llegó durante los años noventa, y fue a finales de esta época cuando realmente yo y mis colegas nos enganchamos. Evidentemente, durante esa época, no teníamos ni un duro y es sabido que esta afición requería de cierta inversión que la gran mayoría de nosotros no nos podíamos permitir, es por eso que nos vimos obligados a tomar medidas.

Sí, Games Wokshop —esa fuente de fantasía e imaginación desbordada que tanto me esfuerzo en establecer como antónimo a la aburrida y apática vida adulta que se supone que debemos llevar— nos obligó a cruzar el umbral de la inocencia y penetrar en las viles costumbres de la peor madurez imaginable. Menudo oxímoron.

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Foto vía el usuario de Flickr craigmcinnes

Para lograr completar nuestros ejércitos de batalla nos cargábamos de agallas y cruzábamos las acristaladas puertas del local con una serenidad que correría peligro justo en el momento en el que ejecutásemos el terrible acto.

Al llegar, primero deambulábamos un rato por la tienda, pese a que ya sabíamos perfectamente lo que queríamos. Llevábamos meses soñando con esos windriders de los Eldars, joder. No éramos ladrones profesionales y justo después de introducirnos un blíster de miniaturas en el interior de nuestros pantalones nos poníamos un poco nerviosos y queríamos abandonar el local de ipso facto. Pedíamos la retirada cuando nuestros compañeros aún no se habían agenciado sus historias.

Recuerdo perfectamente el cuartillo donde a veces los empleados nos metían para cachearnos: era una trastienda pequeña, de dos metros cuadrados, en la que me sentía un criminal, pese a que yo era una persona muy correcta. Es que no es que robásemos mucho pero siempre nos veían por ahí dando vueltas y mirando figuritas. No íbamos siempre a la tienda con intención de agenciarnos algo, normalmente íbamos con propósitos educativos, para aprender sobre el arte del juego y familiarizarnos con todos los batallones existentes, solo que a veces sentíamos esa fuerza que nos obligaba a mejorar nuestros ejércitos y que solamente podíamos conquistar mediante la ilegalidad.

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Foto vía usuario de Flickr bojoergensen

En casa había desarrollado algunas técnicas y estrategias sobre el papel —había hecho mapas del asunto— que NUNCA llevaría a cabo. Picarescas que incluían distracciones con petardos; atuendos extremadamente holgados; perros; forzar una afluencia de gente inaudita dentro del local y cualquier otra cosa que se le pudiera ocurrir a la mente de un adolescente. Todas estas técnicas me parecían brillantes pero nunca logré convencer a mis colegas para que las ejecutásemos y nos limitábamos a meternos cosas entro de los pantalones o chaquetas.

Luego estaban esos tíos. Había gente (compañeros de clase, conocidos del barrio de alguien, primos de uno o del otro…) que se dedicaban a hacer el trabajo sucio a cambio de una compensación económica que, evidentemente, no superaba el importe original del producto robado. Como una especie de Robin Hoods a sueldo, estas personas —profesionales del hurto— podían adquirir todo tipo de productos, desde pequeños blísteres o cajas, códex o pinturas hasta materiales de más abultada envergadura.

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Foto vía el usuario de Flickr cervantes3773

Dicen que unos de estos tipos (uno de los ladrones por encargo) terminó enganchándose al Warhammer 40.000 y un día se robó para sí mismo una enorme caja con el reglamento y el juego básico (algo que debe medir como casi un metro de largo). Entró, lo cogió y se largó corriendo, sin vacilar. Hizo un trabajo muy limpio. Había otro tipo experto en robar códex (esto es como el manual de uso de una raza concreta) y otro que se llevaba las figuritas pintadas por los trabajadores de la tienda, esas que se utilizaban para librar batallas en el mismo local de Games Workshop.

Evidentemente no estoy animando a nadie a cometer estos crímenes, simplemente digo que supusieron un mecanismo más para trascender hacia otro plano mental de madurez. El flirtear con el mal es algo básico —incluso obligatorio— para gestar una personalidad completa y, ¡qué coño!, ahora recuerdo esos momentos de saqueo con absoluta ternura.

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