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Sexo

Natalie Daoust fotografía a las mujeres de un hotel sadomasoquista de Japón

'Digamos que me acostumbré al sonido de los látigos, a los gritos de la gente e incluso ver mujeres paseando hombres como perros'.
4.8.14

Fotografías por Nathalie Daoust.

Nathalie Daoust es una fotógrafa canadiense que vive en Berlín. Ha viajado alrededor del mundo, desde Brasil hasta Suiza y Japón, investigando la sexualidad femenina. Recientemente fotografió a cerca de 40 trabajadoras en las salas temáticas del Alpha-In, un famoso salón sadomasoquista de Tokio. Hace poco habló conmigo sobre cómo obtuvo permiso para hacer las fotografías —a pesar de que las políticas del lugar lo prohiben— y de cómo se acostumbró a ver hombres en ropa interior siendo paseados como perritos, entre otras cosas.

VICE: ¿Cómo terminaste fotografiando en el Alpha-in?
Nathalie Daoust: Viví en un art hotel en Nueva York desde 1997 hasta 1999, el Carlton Arms Hotel. Allí completé mi primer proyecto fotográfico. Cada habitación tiene un tema y una decoración diferente creada por un artista diferente.

Ahí conocí a muchos turistas japoneses que me hablaron de los hoteles del amor. Al igual que el Carlton Arms, los hoteles del amor también tienen habitaciones temáticas, de ositos de peluche, de naves espaciales, etcétera. Después de terminar mi proyecto en Nueva York, me mudé a Tokio para documentar esos lugares. Desde que llegué, la gente siempre me decía que el más grande e interesante era el Alpha-In. Entonces tuve que ir.

El Alpha-In tiene una política de no-fotografías. ¿Cómo obtuviste acceso?
Tuve que volver muchas veces para persuadir al dueño. Por suerte, finalmente dijo que sí, y me dio un recorrido de dos horas para mostrarme los cuartos y contarme historias del lugar. Al final de la visita guiada, me dijo que podía volver y hacer todo un proyecto sobre el Alpha-In. Lo mantuve en mente, y en 2008 pregunté si podía fotografiar el hotel y a las mujeres que trabajaban en él. Aceptó y fue muy amable, al punto de darme acceso a cada habitación. (Pueden ver las habitaciones en 3-D en mi sitio web). El dueño quedó muy contento con el proyecto, hasta comabió las políticas de no grabar y no fotografiar. Ahora da permiso si se encuentra con una propuesta interesante.

¿Cómo era la vida diaria ahí?
Estuve en el hotel casi diario por cuatro meses, desde la mañana hasta la noche, pero no dormía allí. Ahora estamos trabajando en un documental sobre el hotel, y el dueño me ha ofrecido una habitación para que pueda tener la experiencia completa.

En cuanto a la vida cotidiana, digamos que me acostumbré rápidamente al sonido de los látigos y a los gritos de la gente. Incluso ver mujeres paseando hombres como perros, con correas en su ropa interior, se volvió algo normal.

¿Todas las mujeres que trabajaban ahí querían formar parte del proyecto?
Creo que el hecho de que el hotel tuviera una política de no-fotos y que el dueño me estuviera dando un cheque en blanco con su permiso para fotografiar, ayudó a que ellas confiaran en mí. Tuve suerte porque la primera mujer a la que se lo pedí y me dijo que sí, me presentó a otras y esas a otras más. Al final tenía más mujeres que tiempo para fotografiarlas.

¿Por qué te enfocaste en fotografiar sólo a las mujeres y no a los clientes?
Comencé fotografiando a las chicas con sus clientes, pero pronto descubrí que no estaba interesada en los hombres y sus historias. Lo que me fascinaba eran las mujeres y sus razones para hacer ese tipo de trabajo. Especialmente en Japón, donde las mujeres son vistas como bellezas pasivas. Además, cada sesión de fotos duraba unas cuantas horas y nos pasábamos la mitad del tiempo hablando y conociéndonos. Cuando sólo era entre las dos, aprendía mucho más sobre sus vidas privadas, sus razones para hacerlo y cómo se sentían.

Al contrario de ese estereotipo de bellezas pasivas, en tus fotografías vemos a las mujeres en su rol de dominatrix. ¿Qué opinas de ese choque de roles?
Es algo extraño en muchos sentidos. Las mujeres que deciden realizar este tipo de trabajo son muy diferentes a los estereotipos, pero al mismo tiempo esa pasividad ha estado profundamente arraigada a ellas desde la infancia.

Aunque son mujeres muy fuertes, muchas saludan a sus clientes inclinándose ante ellos, poniendo las manos en la boca y riendo como colegialas tímidas, y luego caminan a los cuartos detrás de sus clientes. Al segundo que cierran las puertas los roles se invierten.

También fotografiaste un burdel barato en Río de Janeiro. ¿Qué comparaciones e ideas trajo esa experiencia a tu trabajo con las mujeres del Alpha-In?
Las mujeres en Japón tienen condiciones económicas muy diferentes a las de Brasil. La mayoría de mujeres que entrevisté en Tokio, me dijeron que lo hacían únicamente por el dinero o la pasión. Estoy segura de que muchas en Japón se ven obligadas a ejercer ese tipo de trabajo, pero siento que las mujeres que conocí siempre lo hacían por su propia y libre decisión.

Un ejemplo puede ser el de la dominatrix que de día tenía un empleo como dentista, pero tenía problemas para encontrar a un compañero que estuviera metido en el mundo sadomasoquista, entonces decidió volverse una dominatrix a sueldo para tener acceso a estos hombres. Ella decía que era una manera fácil de conseguir favores sexuales.

¿Dónde se desdibuja esa línea entre la fantasía y la realidad en ese salón sadomasoquista? ¿Sobre todo en tus fotografías?
El hotel es un lugar al que la gente acude para escapar de la realidad, y a las mujeres se les paga para que los ayuden a escapar completamente. Incluso hay una costumbre, cuando los clientes llegan se les pregunta que quieren: flagelación (fuerte, media, suave), abuso verbal (intenso, suave, ninguno). De esta manera pueden saber exactamente lo que desean y controlar los pormenores de su escape.

Represento esa mezcla de realidad y fantasía al distorsionar las imágenes en el cuarto oscuro. Doblo los negativos mientras hago impresiones hasta obtener una imagen distorsionada, lo que personifica ese sentimiento entre sueños (el elemento fuera de foco de la imagen) y la realidad (donde la foto es nítida).

¿Hasta qué punto la cámara es una licencia para entrar a este mundo y satisfacer tu interés propio —más allá de la fotografía— con lo que sucede tras la puerta principal?
Soy una persona muy curiosa, especialmente cuando se trata de cosas y lugares a las que no tengo acceso. Soy un poco voyerista. Así que sí, la cámara es una excusa para participar de un mundo al que de otro modo no tendría acceso, no como una “vanilla”, que es el termino que utilizan los japoneses para referirse a las personas que no practican el sadomasoquismo.

¿Cómo es que fotografiar a través de distintos proyectos la sexualidad femenina ha hecho madurar tus ideas sobre lo que es y las formas que adopta?
Creo que me ha ayudado a entender la imagen general. Por ejemplo, desde joven me dijeron que las mujeres que se prostituían no tenían otra opción o que fueron abusadas de niñas. Pero, ¿acaso conocen a una prostituta los que hacen ese tipo de comentarios? ¿Y quién puede decir que esa prostituta representa a las demás? No estoy intentando decir si es bueno o es malo, pero como cualquier otra cosa, no es algo sencillo. Me alegro de poder decir todo esto a partir del conocimiento íntimo y de primera mano de muchas de estas mujeres.