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VICE Sports

Visitamos a un viejo luchador colombiano experto en perder

José Joaquín Olarte, también conocido como 'El Siniestro', se hizo famoso por hacerse descalificar del 80% de las peleas en las que participó durante la época dorada de la lucha libre en Colombia.
29.7.14

Fotos: Luis Alejandro Gómez.

¡Hijueputa!

ParaEl Siniestro, escuchar esa palabra era la mayor alegría cada vez que se subía a un ring. Ésta era, al fin y al cabo, la razón que tuvo durante 42 años para levantarse a trabajar: que todos sus fanáticos —y  también sus enemigos—lo ofendieran una y otra vez en cada lucha.

—Es que prender a diez mil personas para que le griten a uno no es fácil, hermano— dice El Siniestro.

José Joaquín Navarro Olarte, El Siniestro, sonríe a pesar de que no le quedan casi dientes en su boca. Su cuerpo gordo forrado en una sudadera, su cabello enmarañado y su bastón lo hacen ver como aquel viejo buena onda que uno se encontraría en cualquier plaza. Don Joaco —como lo llamo después de cuatro años de conocerlo— siempre tiene una sonrisa para cualquiera que lo salude. Aquí, en el barrio Candelaria La Nueva, en Bogotá, se respira la cordialidad y la calidez que tiene todo barrio popular en Colombia.

Esa jovialidad nunca estuvo presente cuando se paraba en el ring. Habiendo escogido el camino de ser un luchador rudo, cubriendo su rostro con una máscara en forma de calavera y cabello negro enredado, entendió que su trabajo no era el de ganar las luchas, sino ser un animador, un show man. De hecho, en su carrera perdió más del 80% de sus luchas, y pese a esto entendió que su éxito dependía de la cantidad de insultos y rabia que lograra despertar entre el público que quería verlo caer una y otra vez. Sus constantes mofas sólo acrecentaban esa histeria colectiva, esas ganas de acabarlo que para él representaban la felicidad máxima.

Nació el 14 de julio de 1944, comenzó a entrenarse a los 14 años y en octubre de 1961 debutó en la lucha. Sin embargo, fue durante la década de los setenta que llegó a la mejor fase de su carrera, con distintos alias que marcaron la “Época dorada de la lucha libre” en Colombia, como El Doctor Zampan, Vampiro Negro, El Cirujano y, finalmente, El Siniestro. Era un luchador rudo-antagonista, quien en su afán de ganar las luchas utilizaba movimientos prohibidos e ilegales para provocar su descalificación.

—Yo aprendí a perder. Como decía Maturana: "perder es ganar un poco".

—¿Cómo es eso?— pregunto.

—La gente que va a lucha, como la que va al fútbol, siempre determina quién es el bueno y el malo. Y la gente siempre espera ver el momento en que derroten al segundo. Yo perdía por descalificación, pero la gente siempre quedaba con la duda: "¿por qué perdió si no lo cascaron ni lo rompieron?"

Joaquín nació para defenderse; no había de otra para un niño tartamudo en los años cincuenta en el colegio distrital República del Ecuador. Siendo un niño de primaria, recurrió a su instinto para defenderse en cuanta pelea se involucraba, sin derramar lágrima alguna. La primera lección de vida se la dio Bernardo Rodríguez, su abuelo materno, quien siendo gallero le recriminó por llorar cuando tuvo que sacrificar uno de sus mejores gallos en una pelea: “Joaquín, aprenda a sonreír, porque llorar es lo primero que todo el mundo hace”.

Pero algo pasó una vez que se hizo luchador. Antes que pelear y vencer, Joaquín Olarte supo cómo sacarle provecho a la derrota. Sus mañas, burlas, excesos y locuras sobre el ring lo llevarían a aparecer en numerosos carteles de combates, ya que tenerlo a él aseguraba que el público asistiera sólo para verlo perder.

—¿Cuándo decidiste que perder sería tu método?

—Fue durante una pelea contra el Carnicero Butcher, en 1963. El hombre me golpeó en repetidas ocasiones, y como tengo un temperamento explosivo, agarré una silla de las gradas y le rompí una ceja. El delegado entró al ring, me golpeó y me descalificó. Pero afuera, la gente no sólo me chiflaba sino que me vitoreaba.

Un pequeño parque infantil es la mejor referencia para llegar a su casa. La dirección, que parece pintada por un niño de preescolar, está raspada y casi no se ve. Empotrada a la puerta blanca, una ventanita es el primer contacto que se puede tener con el interior, pues aunque él considera que es un barrio seguro, siempre es mejor no dar papaya ("A papaya puesta, papaya partida").

En el primer piso, el comedor y la sala se juntan en un sólo cuarto, entre varias repisas se puede ver una bicicleta, un televisor y una nevera vieja que sirve de estante para la jaula de su canario. Hacia el fondo, una pequeña cocina es testigo de la nueva profesión de quien se vanagloriaba de entrar a un ring a romper a su contrincante.

—Me volví amo de casa. Mi hija trabaja, mi esposa trabaja, mi hijo trabaja y mis nietos estudian. Yo los ayudo con el desayuno, los llevo al colegio, les hago el almuerzo, arreglo la cocina, arreglo mi pieza, aunque no he querido aprender a lavar ropa para que no me pongan [se ríe].

Así es don Joaco. Aunque su cara puede intimidar a cualquiera, sobre todo por el hecho de tener su ojo derecho destruido debido a una lesión, basta tener una conversación con él, cruzada con seguridad por alguna broma, para darse cuenta de que su apariencia engaña.

Se acercan el medio día y la bulla de los niños que juegan en el parque infantil inunda la casa. Es la hora del recreo de un colegio cercano y usan el parque para sus actividades lúdicas.

—Magaly debe estar por ahí—, me dice.

—¿Su esposa?

—Sí, mi negra.

Magaly Partino odia la lucha libre pero ama a su esposo. Educadora de profesión, lo conoció a sus 16 años mientras Joaquín, con 36 años, se desempeñaba como guardaespaldas de Germán Tobón Martínez, perteneciente a los Tobón de la Roche, dueños y fundadores del Circuito Todelar de Colombia.

Poco tiempo después, don Joaco se convertiría en El Siniestro. El apodo llegó mientras entrenaba a comienzos de los años 60. Estaba viendo una noticia en blanco y negro sobre una catástrofe natural (un gran terremoto, posiblemente el terremoto de Valdivia de 1960 en Chile), cuando el presentador utilizó el calificativo de siniestro para referirse a la noticia. Luego de revisar el significado de la palabra, desconocida para él, decidió que ese sería su alias por representar algo macabro.

—Más de una vez le dije que a mí no me gustaba eso. Cuando estaba esperando a mi segundo hijo, una noche regresó de una pelea con el Indio Kuaikal, donde se dieron hasta con bats de beisbol. Llegó ensangrentado y fue traumático para mí. Lo amo a él, pero odio la lucha— dice su esposa, Magaly Partino.

—¿Pero te sientes orgullosa de él?—, pregunto.

—Sí, claro. Admiro todo lo que hizo en su vida y el amor que tiene hacia su pasión.

El amor a su negra, como él le dice, fue lo que lo ayudó a sobrellevar los momentos más difíciles en su vida luego de dedicarse a ser esmeraldero por un tiempo. Perder 175 millones de pesos colombianos (más de 1.2 millones de pesos mexicanos), joyas, revólveres, empeñar su casa, perderla, la ola de suicidios de sus compañeros de negocio y tener que mantener a una familia con dos hijos no hubiera sido posible sin su apoyo. Más aún cuando la única manera de hacerlo era con la profesión que ella detestaba para su esposo.

En 2003, en una lucha contra el puertoriqueño Sandy López, El Siniestro saltó por la tercera cuerda y cayó sobre una silla de metal con la cadera hacia un lado; se la fracturó automáticamente y ése fue el fin de su carrera. A Colombia llegó inválido y se aferró a su fe para volver a levantarse y caminar.

Su voz se entrecorta al hablar de los días que siguieron al accidente. Y como si fuera un consejero, señala con su dedo índice su cabeza, su pecho y su ingle antes de afirmar que en la vida se necesitan tres cosas para afrontarlo todo: mente, corazón… y valor.

—La vida no es fácil. Hay muchos inconvenientes. Puedes tener diez fracasos, pero algún día tendrás un éxito.

Sonríe. Dice que quiere salir a dar una vuelta.

En una tienda del barrio, a escasos pasos de su casa, El Siniestro se come un pan. Próximo a cumplir 70 años, no pierde ni un minuto para echarle algún piropo a las mujeres que pasan.

—Cómo huele rico esa muchacha—, me comenta.

Hoy, un mes después de nuestro último encuentro, hay lucha libre en el salón comunal y los asistentes se amontonan en la entrada. Por una calle contigua, un pequeño grupo, encabezado por un viejo, se acerca al salón comunal. El viejo saluda a cada uno de los enmascarados, y estos le responden con un caluroso abrazo. Se acerca a mí, aunque aún me cuesta reconocerlo.

—¿Quiubo chino?

Claro, es don Joaco, pero, ¿cómo reconocerlo si tiene una nueva dentadura y no trajo su bastón, además de estar vestido para la ocasión?

—¿Y ese cambio?

—Es que toca estar bien bonito para las fanáticas.

Hoy don Joaco no viene a pelear. Hoy será comentarista invitado. En el improvisado ring del salón comunal del barrio San Fernando, al otro lado de la ciudad, aparecerán, en cambio, Flypan, Gemelo Halcón II, y otros tantos. Frente a ellos, estará el hombre tuerto, tartamudo y “biónico”. Aunque a muchos les sorprenda, ese anciano se emocionará cuando alguien en la audiencia le grite: ¡hijueputa!