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Lo que David Carr nos enseñó

El pasado 12 de febrero murió David Carr, columnista del diario The New York Times, un reportero que decían, se investigaba hasta a sí mismo. Aquí, lo que aprendimos de él.
15.2.15

David Carr, famoso por su columna Media Equation, en el New York Times.

La noche del jueves pasado, tras moderar un panel de discusión con Edward Snowden (el geek que filtró varios documentos de la NSA americana), Laura Poitras (una documentalista que también trabajó en las filtraciones de NSA) y Glenn Greenwald (compañera de Laura) , el periodista y escritor David Carr colapsó en la redacción del periódico The New York Times. Fue llevado al hospital St. Luke's Roosevelt en la zona del Upper West Side de Manhattan, en donde murió más tarde. Su esposa, Jill, y una de sus hijas estaban con él en el momento de su muerte. Tenía 58 años.

David le aconsejaba a los tantos periodistas que le pedían consejos, que la mejor cura cuando uno se bloqueaba era escribir, así que seguiré su consejo.

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Hasta el momento, la causa de la muerte de David no está totalmente clara. Lo único que todos sabemos es que durante toda su vida, luchó contra los múltiples achaques físicos y psicológicos que tienden a perseguir a aquellos que pasaron gran parte de su juventud abusando de sus cerebros con el consumo de sustancias que les alteraban el ánimo. Cuando era un joven reportero de Minneapolis, David empezó su carrera contando las historias de los drogadictos más desesperados de la ciudad, antes de convertirse en uno.

La recuperación de David de ese ciclo paralizante que es la adicción a las drogas, como lo contó en The Night of the Gun, en el 2008, es uno de los logros más grandes en nuestra industria. Una vez se mantuvo sobrio (movido en parte, por un incidente con sus dos hijas, a quienes dejó solas en una ventisca mientras esnifaba cocaína), David reconstruyó su carrera en los 90 trabajando en semanarios como Twin Cities reader y el Washington City Paper. Luego, en 2002, tras haber pasado una temporada en las revistas Atlantic y New York, David encontró un trabajo que encajaba perfectamente con su implacable ingenio periodístico: cubrir la industria editorial de la sección de negocios del New York Times. David se unió al Times durante un periodo de incertidumbre, y fue ascendiendo hasta convertirse en su imagen. Todo tipo de discusión relacionada con el periódico, y toda influencia, no habría sido nada sin su trabajo.

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Aún si no han leído su destacada columna "Media Equation", igual pueden ver su influencia en toda publicación, medio o periodista que se haya atrevido a decir las cosas a su manera, sin importar las consecuencias. David tomó riesgos en todas las situaciones en que se le permitió tomarlos, incluyendo Page One, el documental acerca del Times, en donde él era la estrella.

Es muy raro que una sola persona sea capaz de llevar las riendas de toda una industria, pero es exactamente eso lo que David Carr logró. Los numerosos periodistas y medios que este hombre criticó mejoraron innegablemente. Sus comentarios hacían que cada uno de nosotros lo intentara de nuevo, y lo intentara mejor. Los estándares que estableció eran muy altos, pero eran justos, y cuando una persona o una compañía recibía su halago, esta era apreciada, imitada y casi que colgada en una pared. En sus últimos años, su opinión acerca de nosotros era buena, e incluso fueron amigos con Shane Smith.

Hace un par de años, tuvimos el gran placer de trabajar con una de sus hijas, Erin, en las oficinas de Estados Unidos y Londres. La amábamos. Como productora, Erin realizó varios de los mejores documentales que tenemos (Si no lo han visto, en serio deberían ver el documental de las armas impresas en 3D). Extrañamos su humor y su rareza de corazón iluminándonos la vida en la oficina, la cual puede llegar a ser un poco deprimente a veces. De corazón enviamos nuestras condolencias a Erin, y a toda su familia por esta gran pérdida.

Pero más que todo, quisiéramos agradecerle a David Carr. Por todo lo que nos enseñaste. El mundo es diferente sin ti, y tu muerte es un recordatorio de que en el núcleo de nuestro trabajo, en la pura base, hay gente como tú, sentado en tu escritorio escribiendo hasta tarde acerca de la verdad del poder, incluso cuando no es conveniente para los ejecutivos.

Alguna vez escribiste que la verdad era singular, que las mentiras eran plurales, y que los hechos, la historia, eran desconocidos. Quizá tenías razón, pero hay una cosa que sí sabemos: pasarás a la historia como el mejor reportero de medios de nuestro tiempo. Gracias.