Cuando me fui al Quindío a venderle mi alma al diablo (Parte I)
Cultură

Cuando me fui al Quindío a venderle mi alma al diablo (Parte I)

Saludamos Halloween con un ritual en el Templo Luciferiano de Víctor Damián Rozo.
24.10.16

La idea entera comenzó como un chiste: cuando Natalia Otero ––productora periodística de los documentales de VICE Colombia–– me dijo que yo sería el presentador de un documental que exploraba el Templo de Lucifer "Semillas de Luz", el cual se encuentra en la vereda de Montenegro, Quindío, a media hora de Armenia, y que además entrevistaría a su creador, le respondí que en el documental podría incluso venderle el alma al Diablo para conseguir mujeres. "A lo VICE", dije.

Se rió del chiste y la cosa quedó ahí hasta que me vine a enterar, casi dos días antes de partir a mi encuentro con Víctor Damián Rozo, el autoproclamado hijo de Lucifer en la Tierra, de que ella no lo había tomado como tal: "el host firmará un pacto con el Diablo para obtener mujeres durante toda su vida", escribió en el itinerario del rodaje. Había más en el texto, de hecho: "Iremos de fiesta a la inauguración del festival Entre Árboles para que el host pruebe la efectividad de su pacto".

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Una idea folclórica, sí, pero adecuada para una serie nueva que estaremos lanzando próximamente en las plataformas de VICE.

A pesar de ello, de la, digamos, necesidad periodística de que el documental tuviera una narrativa de este estilo, en el avión vía Armenia que compartí con el camarógrafo José Lucio, el director Jorge Durán y Natalia, sólo podía pensar en que no iba a solicitarle intermediación al hijo de Lucifer para pedirle a su padre algo ambicioso (qué sé yo: la fama mundial, la fortuna inagotable, una salud de hierro) sino una cosa etérea e interpretable: "tener mujeres durante toda la vida", sea eso lo que fuere.

Había otro sentimiento. Aunque yo no crea en los asuntos del alma y del espíritu (en Dios o en el Diablo), sí tenía una comezón interna, un deseo súbito que a veces se me presentaba y me impulsaba a decirles a mis compañeros, cuando ya estaban muy elevados en temas espirituales y de temor de Dios, "no, yo no hago esto, consíganse a otro mico amaestrado".

Ya nada podía cambiar. Escrito en el itinerario, era letra tallada en piedra. Había que pedirle eso a Víctor Damián a ver cómo respondía. Intentarlo, presentarlo y vivirlo.

***

La relación que el hombre ha tejido con Satanás (con una figura antagonista del bien, al menos) es tan larga como la historia misma. Las referencias puntuales que podemos encontrar, ese origen del mal en una figura absoluta, son viejas y corresponden, por supuesto, al origen de la idea de Dios.

Uno puede hacer la fácil, ir al Antiguo Testamento, y examinar, parte por parte, personaje tras personaje, las manifestaciones de un ser que representa la oscuridad. Porque si algo se puede interpretar de ese primer segmento de la Biblia es que la figura de Satán, aunque casi ausente por su nombre, se va repitiendo una y otra vez como quien hace las veces de anclaje de un relato. Alguien, además, que tiene poderes, que adopta formas distintas, que de ser uno pasa a transformarse en miles: "soy legión", como dice la Escritura.

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Leyendo la Biblia en esa clave (es decir, lejos de la interpretación temerosa de un Dios que barre civilizaciones cuando lo contradicen) el personaje maligno empieza a volverse atractivo, incluso deseable. Es un antagonista con rasgos muy humanos: ambición, libertad, rebeldía.

De acuerdo con lo que escribe el profesor estadounidense William Caldwell en su ensayo "La doctrina de Satanás", la dualidad no es una característica del Antiguo Testamento. Quiero decir ––quiere decir él––: no hay en esta religión dos deidades. Dios es único y superior, inquebrantable, omnipotente. Está ahí para que sus dominios no los alcance nadie.

Pero el Adversario, a pesar de eso, se inscribe en el relato como alguien que, poderoso también, pero a sabiendas de que va a perder, llega en los momentos decisivos. Del Génesis al Apocalipsis. Se presenta en figuras (Azazel, el demonio del desierto; la Serpiente, que tienta a Eva para que coma del fruto prohibido), pero también, como menciona Caldwell, en forma de "un lado oscuro de la Naturaleza, de la vida humana". En algo que está ahí, en el aire.

Queda aclarada la noción de la presencia permanente, por ejemplo, en el Libro de Job: "El Señor le dijo: '¿De dónde vienes?'. El Adversario respondió al Señor: 'De rondar por la Tierra, yendo de aquí para allá'". A pesar, entonces, de que no son dos dioses equiparables en fuerza o en capacidad de acción, los israelíes ––parafraseo a Caldwell–– sí sentían la dualidad de alguna forma, temían a los demonios que rondaban por parajes oscuros, lejos de donde el hombre habitaba.

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Dicho mejor: les temían porque sabían que estaban ahí, con la misma certeza que profesaban la mirada de Dios desde el Cielo.

Algunos no solo decidieron temerles sino adorarlos (los rasgos humanos, la libertad, la oposición a una forma de tiranía).

Uno y otro tienen sentido en contraposición a pesar de su desigualdad. Y eso es importante en esta historia.

***

El templo queda escondido. Llegar es difícil. Hay que salir de Armenia por la carretera que conduce al municipio de Quimbaya y luego voltear por una de sus salidas para dar a la vereda de Montenegro, una sola trocha destapada cuyo único adorno es el paisaje cerrado de verdes que es el Eje Cafetero. Ya montaña arriba, toca atravesar el camino por dos o tres fincas para dar finalmente con una propiedad de reja azul, dos piscinas, tres casas y 12 perros pastores alemanes encerrados en sus guacales.

A lo largo y ancho de la propiedad de Víctor Damián, hay hongos de plástico gigantes, blancos y rojos, que adornan las piscinas; también duendes tipo Blancanieves demarcando los caminos, un parque en construcción para niños, una casa azul y blanca para propietarios, otra igual ––aunque minimizada–– para huéspedes, y al fondo un patio ancho en el que se levanta una estructura color cemento, de ventanas redondas y cruces rojas invertidas, que se intuye al primer vistazo como el templo luciferiano, único en su clase según el dueño.

No se siente nada. Estar allí es, como dijo Humberto, el conductor, "lo mismo, como todo".

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Víctor Damián Rozo, cuyo nombre de pila es Héctor Londoño, el hijo en la Tierra de Lucifer, es una mezcla de muchas creencias. Se le notó cuando me habló indistintamente de "Lucifer" y "Satanás", y quedó en evidencia cuando, meses antes, le contó a Natalia su historia de vida.

Mejor su voz que la mía, registrada en una grabación que ella me dejó oír: "mi mamá era espiritista, igual que mi padre y mi abuelo (…) me criaron como católico, pero a nivel social, porque las creencias de mi padre eran otras (…) ya en el ejército fui ampliando mi conocimiento en literatura luciferina, en la lectura del tarot, de la ouija, cuando presté servicio militar aprendí el tema del yahé". Un chorro espiritista mezclado: catolicismo, espiritismo, indigenismo, cristianismo, lectura de cartas, contacto con los muertos.

A Lucifer duró buscándolo años enteros, dedicándole horas de estudio a la literatura que se ha escrito sobre él (Lucifer es el ángel caído), y rezándole a diario para que lo guiara por un "camino de luz", por el sendero de la libertad, por la vía correcta. Me contó en su templo que se le apareció un día un ángel de siete alas, diciéndole que le sirviera. Se puso a la tarea: ahorró, hizo más consultas, empezó a decirle a sus clientes que le donaran para hacer el templo. Los donantes ––ahora fieles–– se hicieron Legión, le dieron suficiente para hacer la construcción.

Por cierto, su templo es un reflejo de ese sincretismo religioso que tiene en la mente: entrar allí es enfrentarse a varias simbologías juntas. Por un lado, al primigenio diseño interno de una iglesia católica corriente, por lo menos a la forma en la que está dispuesta para recibir a los fieles: bancas y más bancas a un lado y otro que conducen a un altar.

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La distribución, sin embargo, va acompañada de rojos profundos, de antorchas que salen de las paredes sostenidas por brazos de bestias, de un pentagrama en la mitad del camino que hay de la puerta al altar, el número de la bestia por todas partes, seres cornudos, más pentagramas, cuadros de ángeles que no muestran el rostro y, finalmente, en el altar, una figura gigante del diablo como comúnmente lo conocemos: un fauno sentado en el trono, haciendo la señal cornuda con los dedos de una mano, sosteniendo un tridente con la otra.

Arriba, donde en las iglesias católicas hay originalmente un órgano, está, bien acomodada, la oficina de Víctor Damián: muebles de sala, fotos de su esposa, dibujos hechos por su hija ––a quien, me dijo, no le impone ninguna religión–– y la vista plena a una estatua cuyos ojos brillan por cuenta de dos bombillitos evidentes.

–– ¿No se quejan mucho los vecinos?

–– Hay de todo. Algunos pasan de espaldas, yo los he visto en la cámara de seguridad.

Héctor Londoño, 1.80 de estatura, pelo negro, dueño de un hablar de eses arrastradas, vestido impecablemente (camisa dentro del pantalón, blazer azul oscuro) tiene el sentido del humor propio de un buen anfitrión.

Es un excelente anfitrión.

–– Más tarde, cuando anochezca, vienen a la ceremonia.

La ceremonia es el plato fuerte del documental.

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Los datos explican. De acuerdo con un estudio hecho en 2013 por el Pew Research Center, Colombia es el sexto país del mundo con mayor cantidad de personas pertenecientes a la religión católica: 38 millones de almas rezándole a un mismo Dios. Es, a la vez, el primero en el que sus protestantes (los llamados evangélicos) fueron de origen católico y luego se convirtieron.

El Eje Cafetero es la prueba viviente de este fervor religioso. Dos datos podrían ilustrarlo a plenitud. El primero: Armenia, apodada la "Ciudad Milagro" por sobrevivir a un terremoto de 6,4 en la escala de Richter que azotó al Eje Cafetero, tiene restauradas todas sus iglesias y construcciones religiosas (se promocionan paseos religiosos en los hoteles), pero no en su totalidad algunas de las instituciones. Hoy se ven aún ––yo las vi–– , las obras negras. El segundo: el departamento del Quindío tiene por regente al gobernador Carlos Eduardo Osorio Buriticá, un sacerdote en ejercicio.

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A la par, como en la mejor lógica de la presencia eterna del Adversario frente a la figura autoritaria de Dios, el Eje Cafetero se ha caracterizado por tener manifestaciones contrarias. Otros dos datos. El primero: Pereira, en Risaralda, es la ciudad que vio surgir a Héctor Escobar Gutiérrez, fundador del Santuario Tántrico de Suramérica, conocido en la región como "El Diablo" y en el resto del mundo como El Papa Negro (Satán anida en la piedra / nadie ––ni dios–– lo arredra/ su maldad jamás reprime). El segundo: en Riosucio, Caldas, aunque desligado del satanismo, se celebra cada dos años el Carnaval de Riosucio, donde un diablo triunfal, en el que la población ha trabajado por un tiempo, inaugura toda una ceremonia ritual en torno a su figura, que al final se quema.

Uno y otro, Dios y Satán, tienen sentido en su contraposición.

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Víctor Damián es un hombre que despierta sentimientos distintos: a unos les da miedo; otros, por ejemplo algunos de sus vecinos, se sienten incómodos con su presencia; unos más lo consideran simplemente un farsante.

A todos les oímos el testimonio. Luego de eso fuimos al ritual, para medirlo.

La iniciación se dio en la noche: un círculo de fuego estaba inscrito en el terreno al lado del templo. En él había un pentagrama satánico, también encendido, con cinco figuras encapotadas de negro en cada una de sus puntas. No se movían. Estaban en silencio, esperando al líder.

Luego de ofrecerme una túnica negra, como la de los fieles, y de que él entrara al templo a refugiarse, me acosté en la mitad del pentagrama, ahogado en mis pensamientos de por qué me había metido en esto, mientras Víctor Damián volvía, diciendo en un canto ––parecido a uno de un ritual católico–– el nombre de su maestro de las distintas formas que lo ha conocido la historia: "Lucifer. Satanás. Belcebú…".

Ahí lo vi, en una túnica roja, concentrado como el que más, haciendo figuras con una cruz invertida que sostenía con habilidad.

El ritual empezaba. Me acordé de una frase del libro del Apocalipsis que yo he memorizado por puro capricho: "Conozco tus hechos, y sé que tienes nombre de vivo, pero estás muerto".

***

La segunda parte de esta historia será publicada prontamente como parte de una serie de documentales llamada Miscelánea. Vean acá el trailer mientras tanto.