Cultură

Hasta siempre, hasta nunca: impresiones sobre la muerte de Fidel Castro

A través de una serie de viñetas, cubanos de diversos sitios y profesiones perciben la muerte del líder revolucionario de distintas maneras.
1.12.16

Todas las imágenes de Yoe Suárez.

En la noche del 25 de noviembre, un Andrés Viamonte con los cachetes embadurnados, posaba devorando un octavo de pollo rostizado en un modesto restorán de Cotocollao, en Lizardo Ruiz, al norte de Quito. Pese a la voracidad que liberara desde su arribo a Ecuador, no se atrevería a maniobrar las papas fritas, apiladas en el fondo de una cesta de plástico. Faltas de cocción y grasientas por los cuatro lados, resultó que a Viamonte no le apetecieron. Fue una cena en la que se condujo, se puede decir, con frugalidad, pero una distracción hizo que no midiera bien cuando exprimía la barriga de la salsa picante y la aplicaba a la sopa. Más tarde, sospecharía que fuera esta la causa de pasar la madrugada doblándose con cólicos.

Andrés Viamonte, técnico electrónico, 36 de edad, malvivió dos meses en Cuenca en los cuales rehusó establecer contacto con varios coyotes y partidas de cubanos que zarpaban a diario a los Estados Unidos. Luego, franqueó el abismo otra temporada dando brincos sin asiento fijo en la Provincia de Pichincha, practicando selfies en KFCs y Malls, hasta hallar empleo y una renta menos vampírica y contigua a la vía de La Machala.

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Había vendido un apartamento muy discreto en Luyanó, La Habana, que era poco más que una buhardilla, que era el total de sus pertenencias. Con lo que obtuvo, compró los dólares y el boleto por Avianca, de escala en San Salvador.


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En Ecuador, sin un trabajo mínimo, a deshoras el dinero con el que viaja se reduce. Temiendo cuitas mayores, se resignó a incorporar todas las moderaciones que le fueran posibles. El 25 de noviembre, al cenar en Cotocollao, Viamonte rompía la abstinencia que se prometió a sí mismo de no volver a gastar un centavo en comidas quiteñas callejeras. Lo había dominado, finalmente, tras echar un pulso mezquino, el aroma a pollo que exhalaba un asador rotatorio.

Para un cubano las noches al norte de Quito son árticas. La pieza en la que Viamonte pernocta es pequeña y por la trabazón de las ventanas se cuela el aire de afuera. Viamonte se estrega los hombros, se sopla las manos y se cubre con una colcha deslavada en la que se adivina el verde de los arabescos. En la mañana, antes del desayuno —una taza de leche que va a empeorar los dolores estomacales— abre Facebook y se encuentra con la noticia de que Fidel Castro —el hombre a quien vilipendia, el hombre a quien culpa de su salida de Cuba aun sin motivo personal ninguno— ha muerto.

Ya no tengo esa salación en mi camino, piensa Andrés Viamonte.

Y también piensa: "Ahora creará un partido en el infierno, hasta el diablo lo querrá botar de allá, tal vez regrese."

***

"Tenemos tantas cosas que nos dejó Fidel que si nos proponemos que nuestros hijos estudien su ejemplo y grandeza va a vivir por siempre", dijo el Héroe de la República de Cuba, René González.

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La mejor manera de tener presente a Fidel —afirma a Granma, Víctor Ernesto González Velázquez, estudiante de segundo año de la carrera de medicina en la Universidad Médica de Villa Clara— será cumplir sus encomiendas y trabajando desde el lugar en que nos encontremos para que su obra sea eterna.

Se sabía que él estaba ahí, cual seguro guardián de la Patria, añadió Víctor Ernesto para el periodista Ángel Freddy Pérez Cabrera.

El periódico Granma lleva al máximo el homenaje póstumo del pueblo, no hay más voces que las que encumbran a Fidel Castro. La versión digital ofrece una cobertura minuto a minuto, donde se informa que la Asociación Madres de Plaza de Mayo rinde tributo al ex presidente y que el Barrilete Cósmico, Diego Armando Maradona, también conocido como D10S, consideró al Comandante en Jefe su segundo padre.

De fútbol se comunica otro poco: En el estadio Vodafone Arena, perteneciente al club turco Beşiktaş JK, unos hombres sostienen y agitan una imagen de Fidel. El peruano Juan Cominges, delantero del Cienciano, anota un gol y demuestra sus respetos a Fidel.

Los gloriosos deportistas Ana Fidelia Quirot, Erick López y el boxeador Félix Savón, forman en la Guardia de Honor. La foto da fe de un Savón comprometido que saca el pecho como si lo llenara de aire y empina ligeramente la barbilla. En el centro, una imagen de Fidel que parece reír a mandíbula batiente, vestido con la indumentaria del equipo Cuba de béisbol.


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Ralph Gonsalves, primer ministro de San Vicente y las Granadinas, declaró que el Comandante en Jefe fue una figura de talla mundial y está en el panteón de los líderes que han dedicado su vida a los pobres de la tierra. Gonsalves agregó que más del 90 por ciento de los habitantes del mundo está de luto, y que las únicas personas que no pueden estarlo apoyan el imperialismo.

El embajador de la Unión Europea en Cuba, Germán Portocarrero, dice que con Fidel desaparece la última fibra política intelectual del Siglo XX.

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A las 10:10, Granma en su cobertura especial publica: La juventud cubana defenderá el legado del Comandante. A las 18 y 55: Cuba no le dice adiós a Fidel sino un #HastaSiempreComandante. Anteriormente, a las 18 y 25: Un dibujo, una flor. El sentir de los niños cubanos en la Plaza de la Revolución. ¡Hasta siempre Comandante!

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La calle Paseo es ancha, sosegada y burguesa a ratos; el asfalto, bastante plano. El tráfico es entrecortado. Por aquí se llega en línea recta a la Plaza de la Revolución. El lunes no se ha interrumpido la marcha de cubanos y extranjeros por las honras a Fidel Castro. Van convocados por los centros laborales, escolares o por sus propias convicciones. Una adolescente es reprendida por su abuela.

—Tenías que ir a firmar, qué te costaba. Te pueden perjudicar. A lo mejor te señalan en una lista en rojo y te niegan el preuniversitario.

La adolescente intenta tranquilizar a la señora.

—Ay, ya, abuela, no me harán nada. Esa época, la que era como la tuya, terminó.

***

Alejandro calcula que debió beber en exceso en una discoteca de Barcelona. Y hubiera sido más profuso en el alcohol, se hubiera embriagado hasta caer inconsciente, de no ser porque la noticia lo sorprendió muy tarde, cuando el local había cerrado las puertas por cuestiones de horario.

A las 5 AM, el móvil de Alejandro vibra por una notificación de cibercuba. La lee un par de veces porque cree que lo imagina o que la bebida le está jugando una broma.

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Fidel murió, dos palabras que aunque parezcan fulminantes primero giran como las auras o los zopilotes.

Alejandro viviría más espartanamente en La Habana, sintiéndose bajo un gobierno que lo guiaba como a un tonto: Haz esto o haz aquello, chico, no lo que te venga en gana. Un gobierno encabezado por un hombre ordinario que era, a ultranza, el único inteligente y el único capaz. El resto del país, siempre menos listos, retratados como una recua obediente e inepta.

Durante la mañana, Alejandro se sirve café, siente un cosquilleo, y se deleita en el júbilo de la intimidad con que Fidel Castro haya fallecido. Hay lapsos en que se viaja de afuera hacia adentro, y nada se segmenta ahí, ya que no cabe otra cosa fuera de uno mismo. Este regocijo, aunque personal, es el mayor y más auténtico de todos.

Cuando revienta de una vez el ánimo de compartir llama a su madre a la casa. Se citan y se encuentran en una cafetería, comen croissant y pastel de manzanas y brindan entrechocando copas de vino.


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También brinda y celebra con otros cinco cubanos en un bar y se desploma como un beodo insalvable el domingo a las 4 AM.

A todo conocido que encontrará, en adelante, por las calles de Barcelona, les pedirá: "felicítenme, que murió la rata" y ellos, justamente, lo felicitarán.

Alejandro tampoco tardó en llamar a su abuelo en Cuba, que a los 90 años debió estallarle el pecho de felicidad. No hace mucho, el anciano resolvió librar una batalla particular, una suerte de carrera o una carrera de suerte: Ver quién partía primero de este mundo, si él o Fidel Castro.

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Lo que lamentó Alejandro fue un correo electrónico que recibió de su padre, avisándole que iba a despedir a Fidel a la Plaza. Todavía no lo ha confirmado, pero si son en serio las intenciones, amenaza con cortarle radicalmente las remesas, al menos por 6 meses, para que su padre vaya y pida en la Plaza de la Revolución, la leche y la carne que compra con lo que su hijo hasta hoy le envía.

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"¿Cómo le decimos adiós a Fidel?" es un artículo publicado en el sitio de Cubahora, la primogénita de las revistas digitales del país. Su autora, Leticia Martínez, ostensiblemente más joven que Fidel Castro, escribe: " (…)La vida es dura y el deseo de que muriera muchos años después de mí nunca se cumplió." Y en un tono de más erotismo, confiesa: "Quiero recordarlo hermoso, alto, fuerte, viril, con esa barba hirsuta; quiero verlo mil veces paleando arena en la construcción, cortando cañas con el torso al descubierto (…)"

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El abuelo de Jocy, Guy, solía hablar de los grandes adelantos de Cuba que la Revolución de 1959 tronchó.

Como no le sobraban los bienes, perdió poco, pero cuenta que sufrió viendo a quienes dejaron sin nada. En 1980 se puso de moda lanzarle tomates a los vecinos cuando alguien de una casa cercana se iba durante el Éxodo del Mariel. Guy ayudaba a las familias a limpiar las embarraduras y el desorden que los "esbirros" —así se refería él a los comunistas— dejaban.

En 1994, el cáncer venció a Guy.

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Ottawa, Canadá. Es 28 de noviembre de 2016 y por el portal de CNN Jocy conoce que Fidel Castro murió. De inmediato corre a encenderle una vela a Guy. Si le preguntan qué ha pasado, ella dice que es el comienzo del fin. Del fin de una era ilusoria. Una era que sacó a muchos del analfabetismo pero que, a cambio, mantuvo un pueblo maniatado en una dictadura que se extendió más de medio siglo. Una dictadura que le negó a los cubanos pensar y hablar. Cubanos que tantas veces perdieron la vida en el mar asumiendo que cualquier peligro era menor que el de vegetar en penurias y sin emancipaciones en su tierra natal.

Más o menos, eso es lo que explica. Medio ebria y llena de coraje, Jocy Medina sube a Facebook un video, vapuleando a Fidel Castro. Algunas veces, la advertencia de una abuela la refrena: "Niña, vas a ir presa". Le sucede a cada momento. Cuando pasa, el lunes, siente que ni con la muerte de Fidel Castro el miedo sembrado por él, se extingue. Siente, al mismo tiempo, que Fidel le mutiló algo.

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Martes, 29 de noviembre. Aproximadamente son las 21 horas y 33 minutos. En las exequias, se recuerda que Fidel Castro murió no por azar en la misma fecha en que el yate Granma partió por el río Tuxpan en 1956. Nicolás Maduro, presidente de la República Bolivariana de Venezuela y brazo diestro de Hugo Chávez Frías y, por transitividad, seguidor incondicional de Fidel, está sentado a la derecha de Raúl Castro, mientras Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, se dispone a la alocución, frente a la Plaza de la Revolución, atiborrada de personas.

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Daniel Ortega: ¿Dónde está Fidel?

Pueblo: Aquí

Daniel Ortega: ¿Dónde está Fidel?

Pueblo: Aquí

Daniel Ortega: ¿Dónde está Fidel?

Pueblo: Aquí. Yo soy Fidel. Yo soy Fidel. Yo soy Fidel.

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Que se esparza por las redes sociales, hace dudar a Yamilet en Hialeah de que se trate de una realidad y no de otra de los cientos de muertes ficticias de Fidel Castro. Los noticieros de la televisión lo corroboran. Rodeada hasta el colmo de anticastristas, se convenció al principio de que era un demonio, pero pronto fue analizando por sí sola y descubrió en el Comandante en Jefe una integridad excepcional, una dignidad que admirar y una inteligencia elevada.

En Nuevo México, Amelia tiene un amigo que tiene una novia en Cuba que tiene que insistir para que le crean en Nuevo México.


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La distancia hace que una se vuelva incrédula y un poco glacial, viendo las cosas precisamente desde esta distancia tan envenenada, dice Amelia.

Westchester, condado de Miami-Dade. A las once de la noche, Yasmani no puede dormir por el alboroto de los vecinos. Sospecha que ha ocurrido algo tremendo. Entra a su cuenta de Facebook y allí, se manifiesta, de distintas formas el hecho. Fidel murió. Dentro del galimatías que es Yasmani a las once y cuarto, una idea temeraria se extrae en claro: Ha desaparecido el peor dictador del Siglo XX —peor que Stalin— y empieza un proceso de cambio y sanación de la sociedad cubana.

La enormidad del suceso incita a Yasmani para que transcurra lo que queda de la jornada en vela; saca la guitarra, pues, y compone. No le nacerá ni ejecutará, sin embargo, un animado allegro.