FYI.

This story is over 5 years old.

Vice Blog

EL (VICELAND) FICTION ISSUE: JULIO FUERTES

21.1.10

Julio Fuertes Tarín (Cheste, Valencia, 1989) es un joven apuesto y alocado que sólo se dedica a escribir, leer, aporrear la guitarra y beber bourbon a palo seco. Tiene mucho talento para la escritura y su relato "Una deslumbrante muestra de esplendor heterogéneo" ha ganado la última edición del Premio Booket de Jóvenes Talentos, un jugoso premio de Planeta que es a lo máximo que puede aspirar un joven escritor del siglo XXI. Este chaval es tan majo que nos ha cedido un relato inédito, que se encuentra, ¡quien lo diria!, abajo.

NO ES UNA ALEGORÍA DE NADA

Ya hacía un buen rato que me hallaba inmerso en la tarea; no otra que la de combatir la cantidad abrumadora de inmundicia que plagaba el piso. Debido a la ausencia de todos mis compañeros, que también eran estudiantes, yo era el único abocado a esta misión doméstica. Mientras quitaba entretenido el polvo que había acumulado sobre el televisor recordé con asco la presencia residual de un condón en mi mesita de noche: una obscenidad imperdonable que, sin embargo, había permanecido allí indemne más de una semana, que es cuando hice mi última visita al piso. Decidí eliminar con rapidez aquella mácula de mi habitación, caminé hasta el pasillo y me acerqué con cautela a la puerta entornada, y escuché: un breve quejido; tuve la certeza de que algo había dentro. Hice acopio de toda mi valentía, pero fue muy poca, de modo que enfoqué mi bárbara agilidad de cobarde hacia mi cuarto y empujé. Del anaquel central de la mesita de noche sobresalía el brazo velludo, inequívocamente vivo, de un hombre. "¡EH!", pensé en gritar, aunque luego no lo hice, sólo me acerqué sensiblemente a aquella mano que se retorcía. El hombre gimió lastimeramente, parecía indefenso tras aquella mano contraída y era imposible ignorar su gemido o hacer como que nada pasaba, así que me senté en el borde de la cama para poder mirar mejor el interior del mueble. Sin duda, allí dentro se retorcía un hombre.

     Miré atentamente y él pareció darse cuenta, desde el fondo de la mesita me devolvió una mirada con tanta lástima y ternura que no pude sino ayudarle a salir de allí. Durante casi una hora estuvimos forcejeando: primero le ayudé a sacar la mano que tenía atrapada dentro, maniobra que nos resultó harto difícil debido a lo pringoso de su piel y a sus braceos desmañados. Una vez sacó el segundo brazo fuera, por un instante creí que el resto sería una tarea fácil, pero nada más lejos de la realidad: desatascar su cabeza fue una pugna tanto o más esforzada que la anterior. Su cráneo se abombaba y los ojos casi se le salían de las órbitas, pero con un brusco tirón conseguí sacarlo fuera. Balbuceó entonces algunos sonidos, quizá de agradecimiento, y me miró a los ojos, y sus ojos se parecían a los míos. A partir de este momento él se ayudó de los brazos con mucho más ímpetu, y yo contribuí como buenamente pude hasta que salió del todo y logró ponerse en pie.
    Era poco más alto que yo, estaba desnudo y aceitoso, y todavía tenía mi preservativo metido en el dedo gordo del pie. Pensé en preguntarle estás bien o te duele algo, o incluso qué tal, pero sólo acerté a decirle que me esperara un momento, que volvería en seguida. No le mentí, a los pocos minutos había vuelto con una muda de ropa y una toalla, lo dejé todo en la cama y lo observé atentamente, lo que no pareció incomodarle. Se secó con la toalla y se vistió con mi ropa mirándome con tácito agradecimiento, tras lo cual le serví un vaso de agua que bebió a grandes tragos.
    A los pocos minutos parecía listo para irse, de modo que lo acompañé a la puerta. Me estrechó la mano con firmeza y yo pensé en preguntarle si era mi hijo, por mera formalidad, pero sospeché que él tampoco lo sabría. Entonces vi el preservativo tirado en el suelo del pasillo, donde había saltado probablemente mientras el hombre se ponía los calcetines, y le dije ¿quieres llevártelo? y me dijo no, así está bien, y se fue por el ascensor.

JULIO FUERTES TARÍN