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Cultură

Todas las Chicas Gritando

Shani Boianjiu, de veinticuatro años, nació en Jerusalén en una familia iraquí-rumana y fue criada en un pequeño pueblo en la frontera con Líbano. Esta es su primera historia publicada, inspirada por su tiempo en las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF...
10.11.11

Terrain, pintura con arena sobre panel de madera, 2011 Shani Boianjiu, de veinticuatro años, nació en Jerusalén en una familia iraquí-rumana y fue criada en un pequeño pueblo en la frontera con Líbano. Esta es su primera historia publicada, inspirada por su tiempo en las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) de adolescente. Combinamos la historia de Shari con fotografías del artista con base en Nueva York Peter Sutherland, las cuales tomó mientras hacía una serie de pinturas de arena. ¿Cómo se hace una pintura de arena? Peter dice que se vierte arena coloreada en paneles y se deja que la magia que sucede… suceda. El resultado ocasiona una sensación agradable a los ojos, un muy agradable sentimiento. También nos recuerda el gas lacrimógeno al que el personaje principal tiene que sobreponerse en la historia de Shani, que, por el contrario, no es agradable. Shani trabaja en su primera novela, The people forever are not afraid. Nosotras, las chicas del campo militar, estamos de pie en un cuadrado perfecto al que le falta uno de sus cuatro lados. Nuestro comandante está de pie frente a nosotros, de cara al sol de mediodía. Ella cierra un poco los ojos. Grita. “Levanten la mano si usan lentes de contacto”. Dos chicas alzan la mano. La comandante dobla sus brazos para ver su reloj. Las dos chicas hacen lo mismo. “En dos minutos y treinta segundos, las quiero de vuelta de sus tiendas de campaña. Sin sus lentes de contacto, ¿entendido?”, grita la comandante. “Sí, comandante”, las chicas gritan, y sus relojes emiten un beep. Corren. Sus rápidos pasos van dejando estelas de polvo. “Levanten la mano si son asmáticas”, la comandante del campo militar grita. Nadie de las chicas levanta la mano. “Bien”, dice la comandante. “Muy bien”. En mi campo de entrenamiento de las IDF, nunca podíamos saber qué sucedería cuando levantáramos el brazo en respuesta a una de las preguntas de la comandante. La semana anterior, nos pidieron que levantáramos la mano si pesábamos menos de cincuenta kilos. Después nos pidieron que levantáramos la mano si habíamos compartido agujas o tenido sexo sin protección después de haber sido reclutadas. El ejército quería nuestra sangre. Dos litros, pero te daban Kool-Aid de fresa y pan blanco mientras la aguja estuviera dentro de ti. Las putas y drogadictas autoproclamadas se lo servían a las chicas que bombeaban con sus puños, tratando de que la sangre saliera más rápido. “Apresúrense”, gritaba la comandante. “Mi mano se siente como si hubiera hielo sobre ella”, dijo una soldado. “Se siente congelada”. Estaba recostada sobre un camastro de campo junto al mío. Quería estirarme y tomar su mano, pero hubiera sido un error. Mamá dijo que, si quería obtener un buen puesto después del campo militar, tendría que aprender a controlar mi boca. Mi madre fue oficial del ejército. La chica en el camastro de campo junto al mío se asustó. Extendió el brazo con la aguja y lo alejó de su cuerpo, como si estuviera embrujado. Su cara se puso roja. “Creo que está sacando demasiada sangre. ¿Alguien puede revisar? ¿Alguien puede ver si está sacando demasiada sangre?

Sabía que no debía decir nada.

“Quiero irme a casa”, dijo. “Esto no me gusta”. Se veía muy joven. Eventualmente hablé. “Todo está bien”. Ahí fue cuando la comandante intervino. “Nadie dijo que podías hablar”, gritó. Yo fui la única que fue castigada. Durante la hora de la ducha, tuve que ir a hacer un hoyo en la arena lo suficientemente grande como para enterrar una piedra del tamaño de cinco cabezas. El comandante dijo que la piedra representaba mi vergüenza . Sonrió cuando me lo explicó. Ninguna de las chicas me ayudó. Sólo permanecieron paradas en la arena,esperando en línea para las duchas y me vieron. Ahora, el ejército quiere que aprendamos a ser sofocadas. Por eso pidieron lentes de contacto y preguntaron sobre asma. Es día ABC: Anatomía, Biología y Compuestos Químicos. Estamos de pie en la cima de una colina arenosa. Nos ayudamos entre nosotras a colocar nuestras máscaras. “Lo estas haciendo todo mal”, me grita la comandante. “Todo mal”. Ajusta una de las bandas elásticas negras, y mi cabello es jalado como si alguien hubiera tomado un puñado de él y tratado de arrancarlo de mi cuero cabelludo. Con las máscaras en su lugar, tenemos el cuerpo de soldados con caras de perros robóticos. El filtro gris se prolonga como una trompa. El sol calienta el plástico negro de la máscara e irradia el interior. El plástico arriba de mis ojos está manchado, y, cuando giro, el mundo se ve distante y con un marco, una pintura barata de arena, y después arena desde otro ángulo. La comandante bajó un poco, rompiendo miniaturas de plátanos de plástico. “Cada uno de sus kits de ABC tiene algunos de estos plátanos. Si los rompen y todavía pueden olerlos, sus máscaras no sellaron”. Puedo sentir lo apretadas que están mis venas en la parte posterior de mi cabeza. Cuando la comandante pasa junto a mí moviendo su platanito lo logro oler. Plátano. Plátano y arena. “Puedo oler plátanos y…”, dije. Mi voz vibra dentro de mi máscara. Mis palabras fallan. Quiero hablar. Todo el tiempo. Soy una idiota. Como si importara lo que estoy pensando. “Nadie dijo que podías hablar”, me grita mi comandante. “Que lo arregle una de tus amigas”, me dice. Le dicen amigos a otros soldados. Odio eso. Son soldados. No son mis amigas. Mi mamá me dijo: no se entra al ejército para hacer amigos. Que no te engañen. La comandante nos deja entrar a la casa de campaña de dos a la vez. Mi compañera es una gorda pelirroja. Vemos cómo una chica que entró antes que nosotras levanta la cubierta de la entrada y corre como si estuviera incendiándose, como su boca soltando saliva, sus ojos cerrados y húmedos y su nariz mocosa de colores verde y amarillo. Corre con la boca abierta, los brazos estirados a los lados, corre muy lejos, hasta que su cuerpo se convierte en un pequeño punto verde en el horizonte. La pelirroja ríe, y yo también. Me dijo Sarit, mi amiga, o tal vez una chica que conozco que vive en mi aldea y es un año mayor que yo, que la casa de campaña del gas lacrimógeno es el primer lugar donde los personajes se pueden poner personales con los soldados del campo militar. Les hacen las mismas cuatro preguntas. ¿Amas al ejército? ¿Amas a tu país? ¿A quién quieres más: a tu mamá o a tu papá? ¿Tienes miedo a morir? Los comandantes disfrutan de esto porque, primero, le hacen estas preguntas al soldado con la máscara puesta, pero después les toca hacer las mismas preguntas con gas lacrimógeno y sin máscara, cuando la soldado entra en pánico. Esa es la meta del ejercicio. Entrenarte a no entrar en pánico en caso de un ataque atómico, biológico o con compuestos químicos. No entiendo el punto. Le digo eso a Sarit. Le digo: en ese caso, ¿por qué no nos disparan para que sepamos lo que se siente? Pero me dice: no te hagas la sabelotodo. Corremos fuera de la casa de campaña cuando comenzamos a ahogarnos. Sarit dice que esperan que permanezcas ahí el tiempo que puedas y me pregunta: ¿cuánto tiempo puedes aguantar la respiración? Es nuestro turno. La pelirroja y yo nos agachamos para entrar por debajo de la cubierta de la puerta. Adentro está oscuro y tan caliente que parece que los botones de mi uniforme quemarán mis muñecas. Lo puedo sentir. Lo puedo sentir. La casa de campaña está llena de veneno. Lo sé, pero la máscara no deja que me haga daño. De alguna manera, siento que hago trampa. La comandante es extrañamente igual de identificable con su máscara. Su postura, con sus brazos detrás de la espalda, sosteniendo la empuñadura de su arma. Su quijada en alto. Comienza con la pelirroja. “¿Cómo se siente con la máscara, soldado?”. “Bien”. “¿Amas al ejército?”. “Sí”. “¿A quién quieres más: a tu madre o a tu padre?”. “No puedo contestar eso. Creo que los amo por igual, pero de maneras distintas”. “¿Tienes miedo a morir?”. “No”. “Quítate la máscara. Puedes correr fuera de aquí cuando quieras”. Observo cómo la pelirroja libera torpemente el elástico de su máscara. Inmediatamente, su cara se chupa como si tuviera un limón en la boca. “¿Amas el ejército?”. La pelirroja abre su boca para hablar, pero la cierra inmediatamente. Ya está babeando. Abre su boca de nuevo, más pequeña en esta ocasión, y hace emite un gemido: “Sí”. “¿Amas a tu país?”. Groundation, pintura con pigmentos sobre panel de madera, 2011 La pelirroja aletea sus manos cerca de su garganta, como un pez. “Ah”, balbucea mientras corren mocos de su nariz a su boca. Sale corriendo como una cigueña. Ahora sigo yo. “¿Amas el ejército?”, me pregunta mi comandante. “Sí y no, digo. Definitivamente, creo que el servicio militar es importante en un país como el nuestro, pero deseo la paz y, a nivel personal, claro, el campamento militar presenta su propia dureza y también…”. “Suficiente”, dice mi comandante del campo militar. “¿Tienes miedo a morir?”, me pregunta. Se salta dos preguntas. Sabe que soy problemas, aunque todavía no ocasiono ninguno. Tal vez los problemas no son algo que ocasionamos, tal vez son algo que somos. “No”, digo. Corta y concisa. Lo que quiere escuchar, y también la verdad. “Quítate la máscara. Puedes correr fuera de aquí cuando quieras”, me dice mi comandante. Suena diferente a cuando se lo dijo a la pelirroja. Más alegre. Retiro mi máscara y al principio sólo siento dolor en mi cuero cabelludo. Después siento el fuego, la quemazón. No puedo abrir los ojos. Dejo de respirar por la nariz. Pero abro la boca, sí. Y hablo. He esperado por tanto tiempo. Esta es mi oportunidad. Mientras esté hablando, se me permite. Mis palabras son por un propósito. Es cuestión de seguridad nacional. Parte de nuestro entrenamiento. Estaré preparada para un ataque con armas no convencionales. Podría salvar a todo mi país: así de preparada voy a estar. Mi cabeza está en llamas, pero mi boca sigue sacando palabras: saben a manzanas, y siguen y siguen. Mi comandante termina con las cuatro preguntas originales. Tiene que inventar una nueva. “¿Cuál es tu memoria más temprana?”, me pregunta. Era la pregunta que te hacían hasta que a alguien brillante se le ocurrió la pregunta de mamá-papá. No me salgo por mi cuenta. Me pide que me retire. Hablo y hablo y hablo. Creo que estuve dentro de la tienda con gas lacrimógeno más que cualquier otro soldado antes que yo. Afuera no puedo respirar. No puedo abrir los ojos y, aunque no quiero hacerlo, mis pies comienzan a correr por su cuenta, cada vez más aprisa. Siento el sabor de la sangre en mi boca corriendo desde mi nariz, mi garganta arde como si estuviera llena de aceite hirviendo. Siento como si hubieran lijado la piel de mi cara por mucho tiempo. Corro y corro, hasta que unos brazos me atrapan y me sostienen por mucho tiempo. Cuando finalmente puedo ver de nuevo a través de mis ojos llenos de lágrimas, pude ver adónde me dirigía. El precipicio. Los brazos eran de mi comandante. Ella me sostuvo antes de que cayera. Mi comandante, ese era su trabajo. Están seguros de que hice trampa, aunque no logran imaginarse cómo. Me dijeron que estuve adentro más de dos minutos y medio, y me dicen que no es posible, que algo debí haber hecho. Yo sentí que hablé más tiempo. Sentí que tuve tiempo para decir todo. Casi. Tengo que ver al comandante de la base. Entro a la habitación, saludo con mi arma, y lo observo. Por un segundo, pienso que trata de tomar su pistola, y que el comandante de la base quiere matarme. A veces pienso cosas que sé que no son verdad. Sólo está alcanzando sus cigarros. Sus fosas nasales se ponen rojas cuando inhala el humo. Me indica con su mano que me siente frente a él, y cuando me siento en la silla de oficina, puedo ver que el pelo dentro de su nariz es gris, como telarañas. Aplasta su cigarro en el cenicero, hecho con el cascarón de una granada, y toma otro. Sólo le interesa matarse poco a poco. No le importa matarme. Me entristece que le importe más su persona que yo. Digamos que no estoy siendo realista, pero todavía me entristece cuando la gente es así. La mayoría de la gente es así. Yo soy así. El comandante de la base me dice que debo tomar el control de mi situación. ¿Qué no estoy enterada? Hay gente muriendo. Espera que me tome el tiempo de pensar en maneras de mejorar como soldado. “Y un punto general. Tu comandante dice que hablas cuando no se te habla. ¿Por qué haces eso?”, pregunta. “No lo sé. Es que tengo todos estos pensamientos”, digo. “Un día muy pronto vas a tener que despertar y darte cuenta de que tus pensamientos están interrumpen a todos”. Mi castigo fue dormir esa noche con la máscara de gas. Creativo y humillante al mismo tiempo. Me impresioné. Deseé ser una mejor soldado. En la noche, sin importar qué tanto lo intente, pienso en todo, menos en cómo ser una mejor soldado. Durante toda la noche, observo el techo de la casa de campaña a través del plástico; enmarca la tela gruesa y verde del refugio, todo ese verde, una pintura impresionista. Los seguros en la parte trasera de mi máscara penetran mi cuero cabelludo. Si lloro, no es porque espero que las otras chicas despierten. Sólo tenemos cinco horas de sueño cada noche. Y no somos amigas. No puedo dormir, así que imagino una de dos cosas que podrían suceder. Podría despertar después de una noche con mi máscara de gas y enterarme de que Irán ha bombardeado Israel y que soy la última persona viva en todo el país: la máscara me había salvado. Las chicas en mi casa de campaña estarían muertas, de color azul, y yo saldría marchando por las puertas de la base hacia el desierto de Negev, donde la deshidratación o un envenenamiento químico a través de la piel me podrían matar, pero no lo hacen. Lo que me mata es no tener a nadie con quien hablar. Otra cosa que podría suceder es que Irán no bombardee Israel, al menos no ese día, y llego hasta el fin del mundo. Termino mi entrenamiento militar. Voy a Panamá, Guatemala y Argentina. Hay israelíes, enjambres de ellos, en todos lados. Pero finalmente todos se van y yo soy la última turista israelí que queda en Ushuaia, Argentina, la ciudad más cercana a la Antártica, el fin del mundo. Todas las librerías venden libros en español. Los lagos son muy fríos como para nadar. En los bares, todos los clientes son franceses cuarentones. Estoy sola. Mi memoria más temprana. Abro los ojos y puedo ver la pequeña habitación a través del plástico. Mi padre usa su máscara, y mi hermano bebé está en la alfombra, dentro de una incubadora bebé protegido contra gases porque no hay máscaras de su tamaño. Es 1991, y caen misiles provenientes de Irak. Nos avisan por radio que evitemos refugios subterráneos. Nos dicen que sellemos una habitación de la casa con cinta para ductos, que usemos máscaras, bebamos mucha agua y esperemos lo mejor. Por la radio nos avisan que caen misiles en la región M, nuestra región, y mis padres pelean. “¿Cinta para ductos?”, pregunta mi madre. “Ridículo”. No entiendo los detalles, los escuchó posteriormente y se convierten en mi memoria. Esa noche, no tengo las suficientes palabras para construir una oración. Todo lo que recuerdo es a mi madre, su rostro oscuro y desnudo, tomándome entre sus brazos, sólo a mí, y correr por las escaleras de madera hacia la azotea. Cae lluvia sobre las palmeras debajo, pero mi madre me quita la máscara y levanta mi barbilla muy alto. Una bola de luz corta el cielo nocturno color rosa, color brasas. Mi madre pega su mentón en mi cabello. Observamos y, si estoy sola, todavía no me he enterado. Observo el techo de la casa de campaña a través del plástico hacia la noche. Los seguros en la parte trasera de mi máscara penetran mi cuero cabelludo. Estoy llorando, y no porque espere que una de las chicas de la casa de la campaña vaya a despertar. Pero después una sí despierta. La de la sangre, la que pensó que le estaban quitando mucha sangre. Está despierta, pero no se da cuenta de que soy una persona, su compañera soldado, en un camastro de campo llorando dentro de una máscara de gas. Mis quejidos sofocados le suenan a ella a palabras de un animal. “¿Escuchan un gato?”, susurra filosa como una navaja que penetra a través del aire y la casa de campaña y los oídos. “¡Chicas, hay un gato en nuestra casa de campaña!”. “¿Un gato?”, inquiere la pelirroja. No se molesta en susurrar. “Ayúdenme. Soy alérgica. Puedo morir”. La chica de la sangre espera las palabras de otra persona. La máscara me protege. No pueden ver mi cara. No pueden ver mi boca. No saben que soy yo la que hizo el ruido. Si grito, si grito justo ahora, un grito sofocado, cabe la posibilidad, pequeña, de que nadie sepa que fui yo. Sería el sonido de todas las chicas gritando. Así que. Grité. Grite por el miedo a la sangre, a las brasas. Grité por el terror de los relojes haciendo beep y las botas marchando por la arena y el pánico que viene con un olor parecido al plátano. El sonido de las palabras que grito es mi gemido de vergüenza, mi vergüenza que no es una piedra, mi vergüenza que nunca quise enterrar. Si quieren, les digo las palabras que grité, les diré todos los sonidos y palabras y letras. Pero primero deben jurar que realmente quieren escucharlo.