Bebida gratis y revolcones en la playa: mi vida como animador en un todo incluido
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Bebida gratis y revolcones en la playa: mi vida como animador en un todo incluido

Mi trabajo consistía en entretener a los clientes proponiéndoles actividades deportivas y de todo tipo, pero en mi tiempo libre me dedicaba a salir de fiesta y follar todo lo que podía.
30.3.16

Este artículo se publicó originalmente en VICE France.

Empecé a trabajar para Club Med a principios de los noventa, un poco por casualidad. Acabé ejerciendo de animador para la empresa durante siete años. Mi trabajo consistía en entretener a los clientes proponiéndoles actividades deportivas y de todo tipo. Pese a lo que puedas pensar, no era un trabajo fácil, aunque viéndolo ahora, debo decir que aquellos fueron los mejores años de mi vida.

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La idea de los complejos vacacionales surgió en los cincuenta, después de la Segunda Guerra Mundial. El Club Méditerranée, también conocido como Club Med, fue una de las primeras cadenas hoteleras que invirtió en el concepto del "todo incluido", el sueño de todo veraneante: un gran bar al aire libre situado en una playa paradisiaca de alguna isla tropical. Los responsables de Club Med eran plenamente conscientes de lo que puede ocurrir cuando mezclas bebida gratis y sexo veraniego y explotaron la idea para crear una nueva forma de entender el turismo.

Mi participación en todo esto empezó en un autocar en Marsella. Vi a mi primo entrar en el coche, que se dirigía hacia el puerto viejo. Hacía casi un año que no nos veíamos, así que nos pusimos a hablar y me contó que estaba trabajando de animador en un Club Med de algún lugar de Grecia, según él "el refugio perfecto".

El viaje duró unos 30 minutos, durante los cuales mi primo me contó los pormenores de su trabajo: cuidar de los turistas cuando salían de excursión y organizar actividades en la playa durante el día y montar espectáculos para entretener a los clientes por la noche. Continuó hablándome de lo bien que se lo estaba pasando, la de chicas que se estaba tirando y las playas de ensueño en las que tomaba el sol. Hay que decir que a mi primo siempre le ha gustado exagerar las cosas, pero todo lo que me estaba contando en ese momento me pareció bastante verosímil. Aunque solo un tercio de lo que explicaba fuera verdad, habría firmado por tener esa vida.

Lo cierto es que por aquel entonces la vida no me iba demasiado bien. Tenía 22 años y todavía vivía con mis padres. Había estudiado para ser profesor de Educación Física, así que acabar ejerciendo como tal en un hotel de catálogo era lo mejor que me podía pasar. Ya había hecho algún que otro viaje, aunque casi siempre por Francia, así que iba siendo hora de empezar. Cuanto más pensaba en ello, más me convencía de que era lo correcto.

Un par de semanas después, estaba en las oficinas de Club Med, en París, para una entrevista de trabajo. La mañana empezó con una presentación de la historia y las actividades de la empresa, su espíritu y sus normas. Me enseñaron el día a día en el complejo y me informaron de que trabajaría seis días a la semana por un sueldo mensual de 5.000 de los antiguos francos (unos 800 euros). Todos los animadores tenían alojamiento y gastos completamente pagados por la empresa, por lo que el sueldo —teniendo en cuenta la inflación de la época— era más que decente. La entrevista personal de la tarde también fue bien. Decir que las preguntas que me hicieron eran "básicas" sería mucho decir. Al parecer, mis capacidades físicas también se ajustaban a sus requerimientos, así que finalmente obtuve el puesto de animador.

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A la semana siguiente hice la maleta y me fui a España. Mi puesto oficial era "líder de deportes de tierra", y yo me lo tomaba muy a pecho. Era mi primer trabajo y lo cierto es que era ideal para mí. La vida en el Club Med era a la vez relajada y pervertida.

La costa española es maravillosa y el hotel, majestuoso. Estaba compuesto por un edificio principal y varias bungalós. En cuanto llegué, me entregaron el uniforme y me asignaron una habitación. Luego me presentaron a mis compañeros —muchos belgas, varios franceses y unos cuantos alemanes— y a unos pocos GM (Gentil Membres; los clientes, vamos). A continuación me llevaron a la sala de conciertos, donde me enseñaron unas cuantas coreografías rutinarias.

Todas las noches, en todos los complejos Club Med, los animadores deben celebrar un espectáculo para los clientes, una actuación cutre de entre 30 y 45 minutos de duración que fue lo que menos me gustaba de mi contrato. Traté de convencerme pensando que tenía que pasar por eso para poder ligar con las chicas en la discoteca del hotel.

Un día cualquiera en el Club Med se desarrollaba así: me levantaba a las 9, desayunaba, preparaba las actividades del día y el café, comía sobre la marcha, organizaba los eventos deportivos de la tarde, los celebrábamos, tomaba algo, participaba en el espectáculo de la noche y terminaba el día animando la discoteca durante una hora. Eso repetido seis veces por semana. Era intenso. Los días de más trabajo, me metía en la cama a eso de la una de la madrugada para dormir todo lo que podía, pero la mayor parte del tiempo —como cualquiera con 22 años— me quedaba en la discoteca hasta las tantas de la madrugada y utilizaba mi puesto de animador para charlar con las chicas y llevármelas a mi habitación.

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Fue en aquella época cuando me di cuenta de que los hombres y las mujeres son máquinas de follar. Es muy fácil mojar en un Club Med: la gente está de vacaciones y borracha todo el tiempo. Por si eso fuera poco, en estos sitios todo el mundo se pasea por ahí medio desnudo, lo que hace que la sangre bombee más rápido.

Nunca en mi vida había visto a tanta gente follando, sobre todo en la playa. Por lo que a mí respecta, creo que batí todos mis récords durante los siete años que trabajé allí, con una media de dos chicas a la semana. Si lo multiplicamos por las siete temporadas que pasé, son muchas chicas, quizá unas 750 en total. Como en un Club Med todo está estandarizado —uniformes, sueldos y estilo de vida—, la única forma que tenías de destacar sobre los demás animadores es mediante la cantidad de chicas que te llevabas a la habitación.

Trabajar en un Club Med también me abrió los ojos a otra realidad: el dinero no compra la felicidad. Para empezar, el dinero no te compra nada allí, ya que todo está incluido en el precio. A medida que pasan los días, te dabas cuenta de que cuando el dinero se elimina de la ecuación, todo el mundo empieza a sentirse verdaderamente libre.

Después de un tiempo, resultaba difícil mantener el ritmo de trabajo. Trabajando en un entorno de ensueño, intentaba aprovechar al máximo mis días libres, pero por lo general estaba tan cansado que no podía hacer mucho. Mis actividades se limitaban a dormir, ir a la piscina y caminar por la playa. Aprendí muy poco sobre la historia de los lugares en los que se encontraban los complejos vacacionales.

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Un animador solía pasar siete meses trabajando en el mismo complejo antes de que lo trasladaran a otro. De España, me tocó ir a Grecia, luego a Turquía, las Bahamas y Senegal, para luego regresar a Turquía y acabar la etapa triunfalmente.

La temporada que pasé en Turquía en 1997 fue la más loca de mi vida. El hotel en el que trabajé estaba en Bodrum, el equivalente turco a Saint Tropez. Los clientes eran muy abiertos y por la noche todo el mundo tenía ganas de fiesta. Después de seis años en el ajo, yo ya tenía cogida la medida a los distintos tipos de veraneante; me había vuelto un maestro en entretener a los niños durante el día y a sus madres solteras por la noche. Hacía felices a dos generaciones en el transcurso de 24 horas. Pasé nueve meses en aquel hotel.

Pese a que no siempre me reconozco al pensar en algunas de las cosas que hice en aquel entonces, cada vez que recuerdo mi trabajo de animador se me dibuja una sonrisa en la cara. Pero después de siete años, decidí que era hora de pasar página. Si vives en una burbuja como la de un Club Med demasiado tiempo, la vuelta al mundo real resulta más difícil. Tenía 29 años y debía encontrar un trabajo estable, así que cuando recibí una oferta para trabajar en París, no me lo pensé dos veces.

Volver a la vida normal fue un jarro de agua fría. Me llevó un tiempo adaptarme a las nuevas circunstancias y encontrar cierta estabilidad. No he vuelto a pisar un Club Med desde entonces.

Traducción por Mario Abad.