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Cultură

Intenté comprar un pueblo

Y no pude.

(Imagen vía)

Hace años un buen amigo compartía conmigo la fantasía de comprar un pueblo, donde todos fuésemos amigos, no nos molestaran jefes cabrones y nada fuese complicado. La idea me sonaba un poco endogámica y trasnochada, pero conviene matizar: no hablaba de ocupar un pueblo (perros sin vacunar, bongos, cascabeles, camisetas teñidas con plantas…), sino de soltar la pasta y que fuese suyo.

En España hay miles que están abandonados y a la venta, a precios muy asequibles. ¿Qué prefieres? ¿Vivir en escasos metros cuadrados en la ciudad, con el disco de Russian Red de tus vecinos sonando a todas horas, o -por el mismo o menos dinero- pasar los días en una bonita casa de piedra, rodeada de prados y sin nadie cerca (salvo los colegas que tú elijas, claro)? La segunda opción suena ciertamente más alentadora y, por ello, intenté materializar el sueño de mi amigo e incluso, si fuera posible, regalarle un pueblo. Nada le haría más feliz.

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Un par de rastreos en Google son suficientes para descubrir que quien parte el bacalao en esto es aldeasabandonadas.com. “La web con las ofertas inmobiliarias más singulares”. Y sigue: ‘Comprar un pueblo es posible y los precios no son nada desorbitados’. Bingo. Entre las ofertas más convencionales, de bodegas o casas rurales, encontramos aldeas en venta en Asturias, Galicia o Cataluña, sobre todo. Y con precios muy variados: desde 40.000 a medio millón de euros. Pero mi amigo me hablaba de un pueblo, no una aldea, así que opto por llamar al 902 que aparece en la pestaña de contactos. Tras unos segundos de musiquilla que parece del NO-DO, me atiende Elvira Faifán, una señora agradable, atenta que no revela su edad (“eso no se le pregunta a una mujer”).

“Voy al campo, abandonaré la ciudad. Porque allí encontraré la paz. Porque allí tendré mi libertad. Seré un jipi impresentable en sociedad.” (La Polla Records)

(Imagen vía)

Un poco nervioso por lo etéreo de la cuestión, explico que estoy interesado en comprar un pueblo para mí y unos diez colegas. Queda clara la diferencia entre aldea y pueblo: lo primero, son entre dos y seis casas; lo segundo, de ahí, para arriba.  Hay pueblos deshabitados sin agua ni luz, otros sin electricidad pero con caminos, y también con o sin terrenos para sembrar. Todos llevan décadas abandonados y tienen los papeles en regla, insiste desde el otro lado del teléfono. Esto es: son propiedad de uno o varios particulares, o de un ayuntamiento. Lo segundo puede salir más barato porque, en casos excepcionales, la propiedad hasta se cede por cero euros (en este caso, los 0,50 céntimos del IBI van aparte). Pero a cambio los alcaldes quieren garantías.

“Se pide una actividad que rehabilite la zona, con un negocio, tipo un balneario o una casa rural”, explica Faifán. Mi amigo siempre me habló de un pueblo con salas de conciertos, locales de ensayo y garitos (y a ser posible un Cash Converters), así que esta opción queda descartada. Pero mi interlocutora es buena vendedora y en seguida sabe qué quiero. Me pone los dientes largos con Esblada, una población en el municipio de Querol (Cataluña), deshabitada desde hace 50 años y con 14 casas. Lo único que no está abandonado es la iglesia (propiedad del obispado de Tarragona) y el cementerio (¿a quién enterrarán ahí?). Aunque, más que sus 80 hectáreas, me ilusiona saber que no hay problemas legales para rebautizarlo.

Me pongo a pensar en opciones para poner nombre a MI PUEBLO: ¿El de mi madre? ¿El de mi padre? ¿O, mismamente, el mío (para qué andarse con gilipolleces)? Empiezo a visualizarme correteando entre casas destartaladas, quitando la mala hierba y levantando piedras muy pesadas, hasta que llega el duro golpe de realidad: el precio son 280.000 euros. Ni juntando los hipotéticos finiquitos de mis diez colegas y yo tendríamos por dónde empezar. El crowdfounding tampoco parece una opción: ¿quién pagaría para que otro mejore su calidad de vida? Habrá que pensar en otras alternativas para salir de la ciudad. Una tienda de campaña, a lo Poli Díaz. Hasta que la encuentre, tendré que escuchar el disco de Russian Red de mis vecinos y mi colega seguirá yendo a diario al Cash Converts de Delicias, en Madrid. Ha quedado claro que a él las gangas se le dan bastante mejor que a mí.