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Cultura

La guía VICE para salir por Lavapiés

"Solo en Antón Martín hay más bares que en todo Noruega", lo dijo Sabina, pero eso no quita que la frase pueda tener algo de razón.

por VICE Staff
30 Noviembre 2016, 7:58am
La noche es el territorio donde nos liberamos y mostramos todas nuestras caras. Gracias a eso, establecemos conexiones únicas con la ciudad, con la música, con nuestros amigos y hasta con personas que ni siquiera conocemos (aún). De la mano de #AbsolutNights, exploraremos diferentes formas de vivir la noche.

Explicar Lavapiés a alguien que nunca haya pisado este barrio madrileño podría llevarnos toda la noche, una noche polifacética que transcurriría entre tascas, bares, clubes, conciertos, salas de teatro alternativas, restaurantes lounge en un ambiente de tacones, melenazas y americanas y, por supuesto, afters.

Lavapiés es ese lugar del mundo en el que todo (y todos) confluyen a partir, digamos, del momento en que cae la noche. Donde grupos de amigos procedentes de algún país del Sudeste Asiático charlan en la calle, al tiempo que contemplan a un grupo de colegas recién aterrizado del barrio de Salamanca que recorren el barrio en busca de una cena con olor a curry. Donde jóvenes con rastas comentan enfurecidos "lo de Espinar" tras salir de una première en una sala alternativa, rodeados de tipos que probablemente sufrirán un shock irreversible el día en que se vuelvan a ver sin barba en algún momento de sus vidas.

Gais, trans, heteros, musculosos, canis, apolíticos, rockeros, comprometidos, guiris, erasmus, celebrities, famosos de serie B, intensitos de toda índole, posmodernos, desaliñados, intelectuales, señores gruñones... Y, por fortuna, heavys. Semejante caldo de cultivo da lugar a momentos mágicos que se suceden noche tras noche, que nos llevaron a plantarnos en Lavapiés para explorar todas las facetas de una noche que uno sabe cómo empieza pero nunca cómo acaba.

Nuestra primera parada fue –no hay dolor–, El Candela (del Olmo, 2). Este garito inclasificable tiene el aura de haber acogido en su pequeño escenario a jefes como Camarón, Paco de Lucía o Enrique Morente y, cuando te diriges a los bajos, te sientes tan infinitamente pequeño que sólo tienes una opción posible si presumes de un mínimo de inteligencia emocional: acercarte a la barra, pedirte una copa y acabar como acabamos nosotros, esto es tocando el cajón y vociferando algo que tú en aquellos momentos creerás que es flamenco. "Ya lo hicieron Lagartija Nick, ¿no? Pues por qué no", piensas.

Sales de La Candela en pleno subidón, mientras calibras tus extraordinarias similitudes con Diego El Cigala en lo referente a actitud ante la vida, y decides abandonar el templo del flamenco para introducirte en el universo popero, así, sin transición. Te pasas por El juglar (Lavapiés, 37), donde confluye el público que acaba de asistir a un concierto de Linda Mirada o Los Amigas y se queda en el club por la noche. Ligas con un tipo borracho con flequillo con el que charlas animadamente sobre la única cosa que ha logrado despertar tu anestesiado interés en la última década (Taburete) mientras suena música variopinta. Decides que ha llegado el momento de atracar tu velero en otros puertos, pues tras el flamenco desfasado y el pop patrio, tras haber roto el corazón de alguien con flequillo, tu cuerpo necesita un cambio de rumbo.

Sigas un camino u otro, seguro que en Lavapiés acabas tarde o temprano practicando uno de los deportes nocturnos más típicos del barrio: alternar con desconocidos

Te adentras en el interior estrecho, incluso ligeramente claustrofóbico de La Huelga (Zurita, 39), ese lugar alternativo pero amigable donde tipos más o menos instalados en la estética mod charlan sobre Podemos mientras bailan despreocupadamente The Clash, como paso previo, claro, a irse a la cama (acompañados). Impulsado por gente que abandonó puestos de trabajo en instituciones y empresas pertenecientes a la derecha más rancia para montar el bar de sus sueños, La Huelga te cae bien de inmediato cuando te enteras de que además tienen un equipo de fútbol, Ceares, que juega dignamente en tercera y representan mejor que nadie la corriente Against Modern Football.

Tras habértelas arreglado con toda la dignidad del mundo en ese ambiente, te vas al Travelling Bar (Olivar, 39), un garito rockero y rockabilly donde, depende de la noche, puedes escuchar también soul e indie, comer palomitas de los boles que sacan en la barra a las tantas de la noche y contemplar el póster de Betty Page. Si quieres un poco más de caña (en lo estritcamente musical) puedes pasarte también por El Botas (de la Fe, 9), seguramente el último garito heavy del barrio, en el que tienen además un futbolín. Nunca ha estado "de moda" , así que sigue siendo un lugar auténtico, y además, joder, el futbolín mola.

La Escalera de Jacob (Lavapiés, 9)

Y sigues de copas. El Gato Verde (Torrecilla del Leal, 15) las pone muy bien, y tiene un piso de arriba en el que poder hablar antes de perder los papeles. También hay opciones más castizas, que para algo estamos en el sitio que inspiró los versos "cuando vengas a Madrid chulapa mía, voy a hacerte emperatriz de Lavapiés". Bodegas Máximo (San Carlos, 6) o el bar San Lorenzo (doctor Piga, 3) son un reducto de autenticidad que te transportarán a una época en la que los cubatas se pagaban en pesetas.

Sigas un camino u otro, seguro que en Lavapiés acabas tarde o temprano practicando uno de los deportes nocturnos más típicos del barrio: hablar con la gente, alternar con desconocidos. Una algarabía de caras y conversaciones más o menos trascendentes que te llevan de bar en bar. Y uno de esos bares para hablar es Il Morto Che Parla (Salitre, 31), un local con recovecos ideal para debates en profundidad. Y si todavía no estas a tono para sacarle partido a tu labia, un par de sitios de cócteles: la mezcalería La Jalapeña (Argumosa, 21) o el bar Santa Ana (de la Ruda, 9).

La fiesta está en Club 33

Y dan las tres. Esa temida frontera en Madrid, que a veces condena a vagabundear en busca de un sitio que merezca la pena y en el que la cola de entrada no te recuerde a la Expo de Sevilla. Hace unos pocos años, esta hora era prácticamente un toque de queda en Lavapiés. Pero, como decíamos, el barrio ha cambiado también para eso. Cada vez hay más opciones para seguir de marcha hasta que seas tú quien decida cuándo volver a casa.

Desde hace unos pocos años brilla en el firmamento de Lavapiés el Club 33 (de la Cabeza, 33). Buenas copas y buena música en un local en el que es probable que te encuentres a la jet set local, formada por algún actor de serie española, algún columnista de tirada nacional y algún diputado o diputada de Podemos.

Es hora de volver a casa, que ya clarea en la franja de cielo que asoma por encima de los estrechos tejados de Lavapiés. O no.

Presentación del Calendario Orojondo, en el Convivio Espacio de Creación de la calle Tirso de Molina. Fotografías del espacio por Davit Ruiz

Hay veces que la conjunción cósmica hace que los que salen del 'after' de la calle Ave María se topen con los que están empezando a tomar en Bodegas Alfaro (del Olmo, 10), una de las tabernas con más solera de la zona. Y así, el barrio parece que nunca acaba. Y así Lavapiés sigue viviendo una preciosa contradicción: uno de los últimos lugares de España con una 'casa de baños' —un establecimiento comunal con duchas ya que algunas casas todavía carecen de ellas—, es ahora el barrio que más se mueve del país.

Si por arte de magia sigues teniendo la fuerza para aguantar un poco más —como por ejemplo, que tu billete de vuelta del AVE sea de esos tempraneros y no te salga a cuenta echarte a dormir un rato— o eres de los que prefieren que la fiesta empiece por la tarde, puedes descubrir que Lavapiés de día también tiene mucho que ofrecer.

Puedes empezar —o seguir— con unos tragos en la calle Argumosa, que es algo así como el paseo marítimo del barrio. De hecho tiene hasta playa. La Playa de Lavapiés (Argumosa 9) es un chiringuito en el centro de Madrid, con un interior con mesas de madera, sombrillas y suelo de arena, y un ambiente distendido rayano en lo surfero.

Presentación del Calendario Orojondo, en el Convivio Espacio de Creación de la calle Tirso de Molina

Un portal más adelante, uno se topa con La Buga del Lobo (Argumosa 11), que combina tapas y cócteles de colores con esculturas, cuadros y grafitis. Es, por qué no decirlo, uno de esos sitios que los puristas del barrio no entienden. Y que les sirven de pretexto para decir que Lavapiés se está aburguesando. "Lavapiés se está convirtiendo en Malasaña", dicen. Que cada uno concluya si esto es algo bueno o algo malo.

'Lavapiés se está convirtiendo en Malasaña', dicen. Que cada uno concluya si esto es bueno o malo

Lo que es seguro es que algo está cambiando en el barrio. Ya no solo se puede empinar el codo en una típica barra de latón que invita a tomarse un carajillo y ponerse un palillo entre los dientes. Ahora hay lugares como la Gatoteca (Argumosa, 28), donde uno se puede tomar un café acariciando a alguno de sus gatos residentes, como los DJ's de las discotecas. O como el Swinton and Grant (Miguel Servet, 21). "Lavapiés nos eligió a nosotros, queríamos que la galería tuviese un espacio digno", explica Sergio Bang, uno de los dos gerentes de este establecimiento que combina el bar con una librería y una galería especializada "en arte urbano y de vanguardia". "Se habla de 'gentrificación', de gente que viene de fuera, pero yo soy del barrio, mi socio y yo vivimos aquí desde hace años, me parece algo importante", dice, alegando que lo que vive esta zona es una evolución natural.

Y es que ahora Lavapiés, con su pasado de judíos conversos, de corralas, de verbenas y de quinquis de los 80, es sinónimo de arte. No sólo por célebres como el Museo Reina Sofía, el Centro Dramático Nacional, la Filmoteca o La Tabacalera. Más allá ha aparecido todo un rico ecosistema de galerías, locales y de pequeñas salas de teatro. De hecho, un buen sitio para acabar la tarde y empezar a enfilar esa noche en la que acabaremos taconeando a ritmo de Camarón en lo alto de una barra son los propios teatros. Muchos de ellos, hábilmente, tienen su propio bar. Desde el ambiente retro del bar del Teatro Pavón (Embajadores 9) o la Escalera de Jacob (Lavapiés 9), a la escondida terraza de la Sala Mirador (Doctor Fourquet 31), en un patio entre casas de vecinos y con un lema en la pared: "Cuando el Parlamento es un teatro, los teatros deben ser parlamentos". Por mucha gentrificación, Lavapiés parece que no pierde su alma. Y es un alma indudablemente noctámbula, de contrastes, en la que se congregan todas las almas que forman eso que llamamos Madrid.