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Cosas que he aprendido comiendo exactamente lo mismo durante un mes

Yo ya no como, me nutro.
Comer lo mismo durante un mes
El autor con sus brócolis

Normalmente solo hay una razón lógica para que un ser humano coma cada día lo mismo para desayunar, comer y cenar: ser pobre. Hay un compañero de la oficina que cuando no le queda ni un mísero euro encima sobrevive a base de racionalizar paquetes de pasta marca Carrefour –a 90 céntimos los dos kilos– durante una o dos semanas, añadiendo a cada una de estas comidas un poco de queso, para que tenga un poco de sabor. A situaciones desesperadas, medidas insalubres.

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Este no es mi caso. Lo mío ha sido una elección personal. Por motivos que ahora no vienen al caso, necesitaba –de hecho sigo necesitando– ganar peso, entre 8 y 10 kilos que se dice rápido. Siendo vegetariano –no, no necesitaba subir de peso por eso– la cosa estaba un poco más complicada. Para explicarlo rápidamente, si quieres subir de peso sin volverte un fofisano o algo peor, tienes que comer mucha proteína y entrenar. En el caso de los vegetarianos, las principales fuentes de proteína vienen casi siempre con fibra o son huevos y ambas son un coñazo de comer. Además la fibra vegetal, entre otras cosas, te convierte en una desgracia de Chernobyl andante al que debes aprender a controlar, espero que entendáis esta sutil comparación.

Esto ha sido todo lo que he comido:

Comer mucho cuesta más que comer poco

Después de los atracones de Navidad la gente se propone, casi al unísono, hacer algo de dieta, "comer bien", pasarse a lo light, para equilibrar un poco la balanza. Platos minimal dignos de un restaurante de Ferran Adrià: "deconstrucción de hoja de lechuga con zanahoria cruda y un chorrito de aceite" pueblan las mesas de las oficinas durante meses.

Durante toda mi vida de persona delgada me he compadecido de esa gente, pensaba para mis adentros "no lo intentes fatty, si naciste para martillo del cielo te caen los clavos". Efectivamente, ser un capullo me ha castigado. Karma lo llaman.

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El estomago nunca se acostumbra a esa monstruosa bola de arroz basmati que no se acaba nunca o a esa tortilla de 8 claras de huevo que pesa más que tu. Es como ese mito griego en el que un tipo subía una piedra enorme hasta la cima de una montaña y cuando llegaba los dioses se la tiraban para abajo: después de cada cantidad industrial comida, hay otra aún peor esperándote.

He llegado a cenar por turnos y a llegar tarde al trabajo por intentar acabar de desayunar; creo que eso resume bastante bien la situación.

El sabor deja de importar

Cuando vas a estar mucho tiempo comiendo lo mismo tienes que prepararte mentalmente para abandonar tu sentido del gusto. Dejar que toda la capacidad de apreciación que cultivaste durante años quede sepultada, llegar a la ascesis gustativa, lo que sea con tal de no notar el desagradable sabor de esa masa amorfa que te estas metiendo en la boca llamada "gachas de avena".

Al fin y al cabo, seguro que el sabor es una trampa psicológica para hacernos comer, igual que el placer sexual es una trampa para garantizar la supervivencia de la especie. No caigas.

Te das cuenta del tiempo que te quitaba cocinar

A la gente no le gusta cocinar, no nos engañemos. Por mucho que Pol diga que es uno de los grandes placeres de la vida y no sé que mierdas de preparar algo que va a pasar a formar parte de ti, cocinar es un coñazo. Horas del día perdidas en seleccionar los ingredientes, prepararlos, esperar a que el agua o el aceite hagan chup-chup, no pasarse con la sal… Joder, por algo hay un tipo que ha inventado esto.

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Cuando comes cada día lo mismo cocinar es bastante sencillo. Solo necesitas unos 20 tuppers y una tarde libre para dejar preparadas todas las comidas de la semana. Eso de levantarse pronto para preparar la comida que llevar al curro para mí se ha acabado para siempre, aunque bueno, ahora esa media hora la tengo que usar en, sí, comer.

El placer de comer está sobrevalorado

En esta sociedad de consumo hasta algo tan intrínsecamente ligado con la supervivencia y las necesidades básicas como comer se ha convertido en un lujo, hay incluso quien dice que es un arte como si realmente fuese algo más que darle a tu cuerpo lo que necesita, como respirar o dormir.

Nadie va a ir a El Prado a ver a un tipo respirar ¿os imagináis? "Joder, mira, mira como se mueven sus fosas nasales, precioso". No, simplemente, dejad de intentarlo, ni Estrellas Michelin ni hostias.

Comer es hacer que tu cuerpo se llene de los nutrientes que necesita, como un móvil pero sin que nos metan nada por el culo. Llenar el buche. Abandonemos ya el placer superficial de comer, lleguemos al nirvana gastronómico, alejémonos del mundanal ruido y pongamos un pie en el primer escalón de la trascendencia.