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Aquellos que esperan, el proyecto de Diego Sánchez y Borja Larrondo

"Aquellos que esperan", el proyecto de Diego Sánchez y Borja Larrondo, es uno de los ganadores de la beca FotoPres "la Caixa" de esta edición. Trabajaron durante más de dos años en uno de los barrios suburbiales de la periferia de Madrid.

por Diego Sánchez y Borja Larrondo; Texto de Fernando B
12 Febrero 2015, 9:23am

Viajamos en el tiempo. Octubre de 2012. Entonces, Borja Larrondo y Diego Sánchez comenzaron a visitar, cada día, el barrio de Orcasur (sudeste de Madrid). Su intención era "conocer gente y andar por sus calles". Entraron en contacto con la Asociación 'Pato Amarillo' y estuvieron un año "tomando fotos a modo de turistas". Querían meterse de lleno en el barrio y ganarse la confianza de la gente. Y lo lograron.

En febrero de 2014 decidieron dar un paso más: instalarse en Orcasur. Vivir el barrio. Comenzó el proceso de búsqueda de piso, fueron cuatro meses intentando encontrar una vivienda, lo que les llevó a descubrir que, pese a la situación de la zona, los alquileres no eran nada económicos. Casas grandes, fruto de los planes de protección oficial que convirtieron hace décadas a Orcasur en un 'experimento' de barrio residencial en las afueras. Poblados de absorción, como los denominó el Instituto Nacional de la Vivienda en 1955.

Por fin Diego, uno de los autores, encontró casa. "Alguien que nos conocía se nos acercó un día y nos habló de una persona que alquilaba una habitación. Como no había más opciones, aceptamos. Al principio iban a ser 150 euros para dar de alta la luz, que no tenían. Luego entró una pareja que se hizo cargo de eso. Pagué con dos cartones de tabaco y 10 euros el primer mes, y el siguiente con 30 euros y dos cartones de tabaco".

De este proceso de integración de los fotógrafos surge Aquellos que esperan, que ha conseguido la beca FotoPres, de la Fundación "la Caixa", y que queda reflejado en una exposición, la última fase del proyecto documental, que se puede ver ahora en el CaixaForum de Madrid y también en un libro del mismo título. Una caja que incluye, a modo de cuaderno vital fotográfico, la experiencia de sus autores en Orcasur. Un volumen embalado como si fuera un paquete postal, que esconde tantas sorpresas como emociones. Capítulos en distintos formatos del que adelantamos la serie Uncommon Place, junto con una carta que Diego Sánchez escribió el día que comenzó a vivir en su 'nuevo barrio'.

11/03/2014. Primera noche. Calle Campotejar, Orcasur.

"Eran las seis y media de la tarde. Dejaba atrás mi viejo piso y me dirigía hacia una nueva experiencia.Había quedado en la Plaza del Caracol con Jesús, mi nuevo casero, y aunque llegué media hora tarde, no hubo problema. Me esperaba con Luis, su 'primo', cerveza en mano y hablando de palomos... palomos deportivos, su verdadera afición. Nos fuimos al piso a dejar mis cosas. Allí vive Jesús, el dueño, que heredó el piso de su padre. Aunque mientras estuvo en la cárcel su familia se quedó en él -llegaron a ser hasta catorce personas-, cuando salió en libertad, eliminó todo rastro para figurar él como único inquilino legal con lo que no tendría que justificar ningún ingreso en la casa y podría percibir las ayudas del Estado.

Desde hace un mes, viven también Montse y Susi, una pareja de divorciados. Susi está cumpliendo la condicional y Montse se vino al piso para no compartir casa con su ex-marido, que vive con sus dos hijas pequeñas, a las que visita cada pocos días. Luis, aunque a unos 300 metros tiene la casa que heredó de su madre y que comparte con su hermana, es ocupante intermitente. Entré en mi habitación, busqué el interruptor de la luz... en vano. El aplique medio descolgado enfrente de mi cama, los cables sueltos. "Mañana los arreglo", dijo Jesús mientras probaba un apaño de lámpara hecha con un cable y un casquillo, algo con lo que alumbrar el primer día de mi estancia.

Dejé la mochila encima de la cama. Tenía muy poco equipaje y eso les extrañaba, pero salí de Asturias con lo justo, ropa para unos días y un par de cámaras,y la intención de estar quince días fuera y volver. Pero hoy son ya dos meses sin volver.Sin tiempo que perder salimos de la casa, estaban impacientes porque un conocido suyo les iba a regalar esa misma tarde una pareja de palomos deportivos. Su nueva apuesta para las competiciones. Estábamos en la calle. Pasaban unos minutos de las ocho, la hora de la cita, pero el paquete no llegaba. Cada vez se ponían más nerviosos, hasta que un hombre de unos cuarenta y cinco años, vestido con un chándal de fútbol, algo muy típico en el barrio, apareció con una bolsa en la mano.

Se trataba de zapatos, no de palomos. El amigo palomero no traía los pájaros y esto no les gustó mucho a los chicos del piso, a los que en un segundo les cambió la cara: ya no había risas.

Que alguien prometa y no cumpla incomoda bastante en el barrio y más si se trata de algo que importa, como son los palomos deportivos. Tras media hora de charla y discusiones 'palomísticas', los ánimos estaban más calmados, así que nos fuimos a tomar unas cervezas a la Plaza del Caracol.

La tarde no acabó muy bien para Jesús, que perdió su teléfono móvil, que aunque de poco valor contenía fotos únicas de su padre y de sus "sobrinillas". Volvimos a casa con cerveza para apaciguar la noche. Nos sentamos en el salón, frente a un armario donde te miran las cenizas del padre de Jesús, a beber y a maldecir: por un lado los palomos, por otro el teléfono móvil perdido. Nada había

salido bien en los planes de la tarde y era mi primera noche en el barrio, habíamos bebido mucha cerveza y Jesús se iba a dormir.

Estaba en mi nueva casa, en Orcasur, en el salón, escuchando a Luis contarme historias de sus años en la cárcel, de su época de esplendor como palomista, cuando solo tenía quince años y "señores de setenta se quitaban el sombrero ante mí", justo antes de caer en la trampa de la droga y apartarse del

mundo durante una buena temporada.Luis es un hombre de cincuenta y cuatro años, con mucha vida a sus espaldas y con una sabiduría desconcertante en un ambiente como éste. A pesar de que dejó de estudiar a los trece años, habla algo de francés, domina la naturaleza, debate sobre política con fundamentos de historia y es un gran conocedor del cante flamenco y del hard-rock. Toda una caja de sorpresas.

Trabajó desde pequeño, siempre queriendo aspirar a más; empezó a delinquir desde muy temprana edad, a traficar con pequeñas cantidades y a perpetrar algún que otro atraco por lo que pagó unos cuantos años a la sombra.Pasadas dos horas me despedí de él y me fui a la cama a reposar mi primer día sin saber que aún no había terminado. Media hora más tarde, Luis decidió que no se iba a su casa, que mejor dormiría en mi habitación, la única con dos camas. Bien entrada la madrugada me despertó el ruido de mi nuevo compañero, hablando en sueños de los palomos de competición que tanto ansía. Como si de una discusión de bar se tratase, criticaba la poca valía de un palomo que no era suyo. Habló un minuto y siguió durmiendo, plácidamente.

La respiración fuerte hacía notar su presencia: por lo visto le habían operado de cáncer de garganta varias veces y, aunque desde entonces necesita 12 horas de oxígeno diario, casi nunca se acuerda. Me entró la risa, di media vuelta y seguí durmiendo. Al día siguiente, vería el barrio con otros ojos".

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