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“Si tú me apoyas, nos forramos todos”: seguimos viviendo en La Escopeta Nacional

Casi 50 años después del estreno de este ácido retrato de la corrupta y sucia clase política y empresarial de las postrimerías del Franquismo, el hedor a podredumbre todavía persiste.
24.11.14
​Imágenes cortesía de El País

"Si tú me apoyas, nos forramos todos… Quiero decir (que este proyecto significaría) una nueva fuente de riqueza para el país". Adivinar el autor de esta frase debería ser recompensado con todos los quesitos del Trivial en un momento en que una España anémica asiste perpleja al saqueo por parte de la clase política y los empresarios de la "mordida". Pero estas palabras, que arrancaron la carcajada de millones de españoles a finales de los años 70, pertenecen a un diálogo de

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La escopeta nacional

, largometraje dirigido por Luis García Berlanga, uno de los más reverenciados autores del cine español. Casi 50 años después del estreno de este ácido retrato de la corrupta y sucia clase política y empresarial de las postrimerías del Franquismo, el hedor a podredumbre persiste.

Atufa la fotografía de una de las cuatro cacerías organizadas entre 2002 y 2006 por la trama corrupta Púnica y publicada por El País la semana pasada. Una instantánea donde los empresarios, los políticos y los "conseguidores" de la red posan detrás de los ciervos vencidos e inertes como en una representación triunfal de su posición de dominio. Al observar los cuerpos de las reses, uno no puede evitar empatizar con los rumiantes, tendidos y condenados a convertirse en carne de asado en la finca toledana La Parrilla.

En realidad, allí estamos todos nosotros, en medio de las brasas, víctimas de los desmanes y la ambición desmedida de aquellos que decidieron utilizar el poder para engordar sus nóminas. Somos, en definitiva, ciudadanos de rango raso invadidos por la sensación de que nada cambia, de que somos las marionetas de una historia sin fin, apresados en el día de la marmota, en un eterno regreso al futuro, en un flashback perpetuo. Porque si echamos la vista hacia atrás y retrocedemos casi cinco décadas en el tiempo nos damos de bruces con el citado retrato berlanguiano. Y es queen La escopeta nacional, un alocado relato de los tejemanejes de la oligarquía del régimen, todo se decide con un talonario en la mano. El argumento del largometraje se desarrolla precisamente durante una montería financiada por Jaume Canivell, un industrial catalán determinado a untar al ministro de turno para aumentar la venta de sus porteros automáticos a escala nacional y a golpe de decreto. La escopeta en una mano y el botín en la otra. La versión en beta de las "cacerías púnicas".

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El largometraje de Berlanga, estrenado en el año 78, cuenta con una retahíla de personajes que van desde el constructor omnipotente, al banquero usurero, pasando por el sacerdote del régimen y los marqueses agonizantes. En la cinta actúa Mònica Randall, la secretaria y amante de Canivell, y Bárbara Rey, una actriz sadomasoquista dispuesta a cualquier cosa por unos minutos de gloria en la gran pantalla. En el film no se cazan ciervos sino perdices y la clase dirigente está representada por un miembro saliente del ejecutivo y un recién designado ministro franquista, en lugar de por alcaldes, senadores y políticos como el recientemente imputado ex número dos de Esperanza Aguirre y exalcalde de Valdemoro Francisco Granados. Pero, como sucede en La Parrilla, en el guión de Berlanga aparece el triángulo esencial de la corrupción. Una explosiva mezcolanza entre aquellos miembros del sector empresarial dispuestos a extender un cheque a cambio de favores políticos, los peores ejemplares de la clase dirigente, ávidos e insaciables de jugosas aportaciones, y los "conseguidores" u hombres bisagra.

El triunvirato que, en definitiva, se reproduce en la mayoría de casos de soborno, malversación de fondos y delitos fiscales que han salpicado a esa clase a la que hoy muchos se refieren como la casta y que parece incapaz de frenar su precipitado descrédito social. Un proceso que ninguno de los dos partidos que se han alternado en el poder durante más de 30 años, es decir, PP y PSOE, parece dispuesto a detener. Porque extirpar la corrupción del sistema no depende únicamente de publicar el patrimonio de los dirigentes y expulsarlos de la vida política cuando resultan imputados por los tribunales. Amputar este mal endémico pasa por contar con unos órganos reguladores y de supervisión de la administración pública independientes que puedan ejercer su tarea sin presiones y hacer valer sus conclusiones y decisiones.

Un imagen que realmente parece pertenecer a otra época, pero es 2002.

No solo la trama de corrupción Púnica, sino también el caso Gürtel, el caso ERE, el caso Bárcenas, el caso Palau, el caso Pokémon, el caso ITV, el caso Nóos, el de la familia Pujol y el de las tarjetas black son consecuencia de esta sensación de impunidad que envuelve a la clase dirigente. Una percepción que se nutre, en parte, de la facilidad con la que éstos alargan sus tentáculos y consiguen hacer valer su influencia en órganos de supervisión muy politizados como sucede, por ejemplo, con el Tribunal de Cuentas, encargado de auditar las cuentas de los partidos políticos.

Y, por ello, porque ya son demasiados aquellos que conforman la estructura del poder y utilizan el mango de la parrilla a su conveniencia; hoy no podemos recuperar la obra maestra de Berlanga sin que se nos dibuje una sonrisa agridulce en la cara.

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Nos reímos con la excentricidad de los personajes pero, pese a que vivimos en una democracia y contamos con un sistema judicial que ampara nuestras libertades y nuestros derechos, la lacra de la corrupción sigue resultándonos agriamente familiar. Ahí, en el film, está el personaje de un miembro del ejecutivo que, a punto de caer en desgracia y sin saber que va a ser apartado del gobierno, pacta con Canivell impulsar la instalación de sus porteros automáticos a cambio de llevarse una tajada; y en el plano real, las presuntas comisiones ilícitas que recibió Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) por parte de Ferrovial a través del Palau de la Música. Ahí están los exalcaldes gallegos y otros miembros de distintas administraciones en Asturias y Cataluña imputados por ceder supuestamente a los sobornos de empresas privadas para hacerse con contratos y concesiones públicas. Ahí están también las acusaciones a cargos políticos funcionarios y empresarios por llevar a cabo contratos fraudulentos por valor de 250 millones de euros de la operación Púnica. Ahí está el escándalo de las tarjetas black de Caja Madrid; y así, hasta la extenuación, redescubriremos nuevamente una historia de cerdos, siervos y perdices.

"Y ni fueron felices, ni comieron perdices… Desgracia habitual mientras existan ministros y administrados", se puede leer en el último fotograma de la película. Canivell sostiene unas perdices muertas y hediondas con su mano izquierda después de recibir la tarjeta del banquero vinculado con el recién elegido ministro de Obras Públicas, que pasa a ser el hombre más influyente de los allí congregados. "Llámame, estaremos encantados de tenerlo entre nosotros", le dice el señor financiero.

Quizá deberíamos revisar las dos últimas entregas de la trilogía que se inició con La escopeta nacional, puede que Berlanga ya lo hubiera dejado todo escrito. Aunque, probablemente, ya nos reveló lo más importante: cazadores y presas son los polos opuestos de una misma historia, la de siempre.