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Cultură

En defensa de 'La Que Se Avecina'

Entender LQSA (como la llamamos los fans) es como catar vino, no puedes tragártelo de golpe, tienes que olerlo y paladearlo para poder apreciar la genialidad de lo que tienes ante ti.
26.5.15

El pasado lunes la serie de Telecinco "La Que Se Avecina" cerró su octava temporada con más de 4.000.000 de espectadores (un 24,1% de cuota de pantalla). A pesar de su éxito apabullante, nos ha gustado siempre poner cara de asco cuando nos juntamos con nuestros colegas de toda la vida y uno de ellos empieza a gritar "¡Merengue, merengue!" o "¡¿Quieres salami!?" imitando como un imbécil a Amador Rivas (uno de los personajes más carismáticos de la serie) mientras el resto del grupo ríe sin parar. Nosotros reímos sarcásticamente para dentro porque en el fondo sabemos que eso es un producto vacío que solo sirve para embrutecer a las masas, como el fútbol o follar, o cualquier cosa que se nos cruce por la cabeza y que refuerce lo diferentes que somos. Hacemos que no sabemos de qué va la cosa o si no les espetamos a nuestros interlocutores que básicamente no tienen ni puta idea de lo que es bueno. Admitámoslo, todos hemos sido ese amigo de mierda.

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Nunca fui un gran fan de su antecesora, "Aquí no hay quien viva", era monótona y repetitiva, y por eso no tenía tema de conversación al día siguiente en el colegio, asintiendo como un gilipollas mientras mis compañeros de clase comentaban los highlights del capítulo. Seguramente por eso al principio tampoco me interesé nunca por "La Que Se Avecina". Las primeras temporadas eran tan parecidas que hasta tuvieron un pleito por plagio y estuvieron a punto de cancelarla en su cuarta temporada porque tenía unas audiencias cada vez más bajas, no dejaba de ser un proyecto sin personalidad y eso pasaba factura. Pero entender LQSA (como la llamamos los fans) es como catar vino, no puedes tragártelo de una y ya, tienes que olerlo y paladearlo para poder apreciar la genialidad de lo que tienes ante ti. Esas temporadas anodinas sirven para introducirte en las tramas, situar un poco lo que esta pasando si quieres entender algo antes de entrar en la vorágine demente que vendrá después. Hay que aguantar un poco de lo de siempre antes de llegar a lo que realmente merece la pena. Si te tiras en el sofá y dejas la mente en blanco mientras pasan una y otra vez las reposiciones que dan cada día de sus capítulos poco a poco le encontrarás la gracia a la casposidad rancia que nos garantiza cualquier producto Mediaset: un trío con una sexagenaria, locales de swingers, prostitutas, gitanos, porno amateur, una yonki adicta a las felaciones, terrorismo yihadista… Torrentismo en estado puro.

Pero si prestamos atención al trasfondo argumental, lo que encontramos es una historia totalmente kafkiana, en la que los constantes disparates nos distraen del componente trágico que es el eje en torno al que se mueve la serie. Los personajes se encuentran atados a través de unas hipotecas abusivas a un edificio mal construido e ilegal que es el origen de todos sus problemas. En "El proceso", un libro de Kafka, la burocracia deshumanizada atrapa a Josef K en una red que lo va arrastrando hacia nadie sabe donde. En LQSA es el bloque de pisos quien atrapa a los protagonistas y los hace descender temporada tras temporada a lo más bajo de la condición humana, a través de situaciones vejatorias y humillantes que los convierten en seres que no son más que una parodia de lo que habían sido antes. No dudan en hundirse. Todo gira entorno a la deshumanización de los protagonistas y la imposibilidad de reaccionar contra una mano invisible que los empuja hacia una espiral de desgracias una y otra vez. No tienen salida y poco a poco se van dando cuenta. Pero al contrario que en el relato de Kafka, los protagonistas empatizan con la causa de sus males, desarrollan con ella un fuerte vínculo afectivo, lo convierten en el centro de sus vidas; un claro caso de síndrome de Estocolmo que solo es la primera de un amplio cuadro de trastornos psiquiátricos que van de la drogadicción y el alcoholismo a los ataques de ansiedad y las conductas sexuales impulsivas, pasando por la apatía y las tendencias suicidas; todo ello camuflado por los colores chillones, el pladur de las paredes y las bromas de mal gusto, que no hacen sino cargar aún más el ambiente.

Es aquí donde se esconde el éxito de la serie. A nosotros no nos vale ver a un montón energúmenos gritando gilipolleces que nos hagan reír, nos gusta el morbo, la sangre, regocijarnos en la derrota ajena, sobre todo cuando quien fracasa es gente normal como nosotros a quienes no aguantamos precisamente porque son como nosotros: al banquero graciosete de la sucursal de debajo de casa, a nuestro amigo informático que se ríe de nosotros por haber hecho una carrera de letras, al político que va de honesto o a un capullo cualquiera, ya sea el que trabaja en la mesa de al lado o al imbécil de tu hermano pequeño. Nos gusta ver cómo intentan que sus míseras vidas mejoren y que se vean atrapados en la mierda, que les humillen, que sigan cayendo en esa espiral de autodestrucción. Lo esperamos. Lo deseamos. Porque todos sabemos que estamos igual de jodidos que ellos y solo queremos que cualquiera que intente no estarlo se joda aún más. La Que Se Avecina representa nuestra odiada España postmoderna a la que, como ellos al edificio, consideramos culpable de todos nuestros males y de la que, como ellos, no podemos huir. Por eso millones de personas descargan sus frustraciones cada lunes delante de sus televisores viendo cómo familias se hunden, se rompen y se recomponen solo para hundirse otra vez.

El arte vanguardista en los últimos cien años ha pasado de ser algo que solo una minoría culta entendía a ser un souvenir para turistas y domingueros, hacedme caso cuando os digo que con La Que Se Avecina pasará al revés.