Paren el odio, radicales: la música es para todos

Nathalia Guerrero le habla de frente a los puristas mamertos de la música electrónica.
10.4.16

Recuerdo que era 2010 ó 2011 cuando anunciaron el primer concierto de Steve Aoki en Bogotá, que por ese entonces era uno de mis artistas favoritos de música electrónica. En esa época no tenía idea de lo que significaba la sigla EDM, y tampoco recuerdo en qué género encasillaba mi cabeza al artista, pero ciertamente no sonaba a lo que suena ahora.

Fue una noche de velitas en el marco de un Rainfest, una fiesta anual a la que todavía asistiría si siguiera existiendo. El evento incluyó mucho pastel, el man navegando entre el público con su bote de goma, el mismo man lanzándose desde las torres de sonido, mucho vodka haciendo arder mis ojos y hasta estuvo Diplo, un tipo que hasta ahora estaba empezando a sonar por ahí y al que aproveché para agarrarle el culo mientras se lanzaba al público, ignorante de que luego se convertiría en un Midas de la producción musical.

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Nunca negaría lo bien que la pasé esa noche y lo mucho que me gustaba Aoki en esa época, o que compré juiciosita mi boleta de Creamfields con mis amigas (evento que finalmente no se realizó), o que me he repetido varias veces a Designer Drugs y a Cyberpunkers, y me los volvería a repetir. No lo negaría porque de alguna u otra manera, fueron algunos de estos artistas los que me engancharon al bagaje electrónico que cargo ahora, y que sigue siendo bien disminuido. Pero para llegar al punto que me encuentro actualmente tuve varios mentores. Mentores que terminé repudiando como Afrojack o el mismo Aoki, o mentores que todavía sigo teniendo en un pedestal como los Chemical Brothers, Justice o Cinnamon Chasers, los cuales llenaron mucho más mi gusto musical a largo plazo.

Carl Cox dijo que el EDM era una forma de ingreso a la música electrónica que él valoraba bastante, porque muchos iban a ahondar a la derecha o a la izquierda y se iban a encontrar a sus 'Art Departments' y a sus 'Sven Väths'. Y estoy de acuerdo con él, porque aunque no me tocó el EDM estrictamente, siento que muchos cuestionarían algunos de mis primeros pasos en la música electrónica, así como pienso que uno nunca debe avergonzarse de esos resquicios a través de los cuales vio la luz del sandungueo electrónico.

Por eso no puedo entender esa soberbia a la que me he tenido que enfrentar muchas veces cuando hablo o veo los posts de gente que en algún momento radicalizó su amor por la música electrónica, y que destilan odio hacia casi todo aquel que exprese gusto por ella. Entonces si viene tal artista y la gente se emociona, no falta el típico mamerto technero diciendo que nadie tenía ni idea que ese artista ya había venido en 2007, que él fue el único que lo vio y que además lo entraron a VIP, o alguna burrada así, obviamente con el gesto de desprecio tipo: "pero claro, en ese momento todos ustedes estaban escuchando reggaetón".

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Pues probablemente sí andaba en esas, ¿Y qué? ¿No tengo derecho a haberme gozado mis últimos años de colegio montada en unos tacones de doce pulgadas escuchando los primeros temas de J Balvin y Maluma, y ahora estar escuchando a Abdulla Rashim y a DJ Koze mientras trabajo? ¿No soy digna de postear en mi Facebook canciones de Alejo Durán y de Tim Hecker en un mismo día? ¿O a quién le tengo que pedir permiso para ir a ver a Nina Kraviz si no la vi antes cuando vino a Bogotá y ni siquiera sabía que existía una artista con ese nombre? ¿Acaso dónde reclamo la credencial que me certifica como fanática autorizada de la música electrónica?

Nos creemos los dueños de la música y de los géneros, como si en serio fueran de nuestra propiedad, y se nos olvida que nadie llegó a este terruño aprendido. Porque no creo que ninguno de ustedes, mis amigos puristas, haya nacido en pleno rave en UFO (Tresor) en la Berlín de los noventa, o lo hayan parido con un sintetizador debajo del brazo, o haya aprendido a manejar perillas y botones antes de gatear.

Se nos olvida, por encima de todo, que estamos hablando de música. ¿Cómo vamos a apropiarnos y a decidir cuáles son las buenas y las malas formas de proceder y conocer algo que se transporta en el aire que respiramos, y que se compone de cosas tan elementales y libres como las vibraciones de onda y los silencios? La música es libre, y es de todos. Es casi estúpido pensar que unos se la merecen más que otros. La situación que planteo me recuerda a cuando en el colegio a uno lo tildaban de "casposo" por escuchar un par de grupos de punk, o había quienes no compartían canciones y solo hacían cara de misterio. Así mismo pasa muchas veces en este medio: DJs y público que custodian tracks y artistas súper "caletos" o de culto con recelo, como si de ese material dependiera su "status electrónico" y la validación dentro de su grupo de amigos, algo que muchas veces sí sucede.

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Aunque claro, otra cosa es hablar de las motivaciones que nos llevan a ver a un artista, del nivel de inspiración y lo profundo que nos cala cierta música. Eso es diferente, pero tampoco debe ser motivo de segregación.

A mí personalmente me parece hermoso ver a alguien que se emociona cuando escucha algo que no tiene ni la más mínima idea de lo qué es, pero que le llega hondo al oído, a la cabeza y al cuerpo. A todos nos ha pasado, y muchas veces puede marcar un comienzo musical excitante, que nos lleve a otros pastizales sonoros que no sabíamos que existían.

Por eso la ignorancia musical, como algunas ignorancias en esta vida, tiene algo muy mágico y es que uno recibe el sonido de una manera pura, sin involucrar esa taxonomía de artista, sello, remix y otra cantidad de temas que a la final pueden ser distracciones de lo principal: lo que está sonando. No hay mayor hechizo que el de la primera vez; recibes todo sin un peso contextual que poco a poco le va quitando la emoción en este caso a la música, o al menos a mí me ha pasado un par de veces.

En fin. Pienso que ya estamos grandesitos para esas actitudes indistintamente del género, pero sobre todo cuando hablamos de música electrónica, un tipo de música que en todas partes se percibe tan universal e inclusiva. Compartan la música y la fiesta, en vez de emputarse porque a alguien le gusta lo mismo que a ustedes. O regalen buena música como una expresión de cariño, en vez de restringirla para uso propio. Piensen que un gusto musical extenso y diverso puede volverse algo masivo, un hilo que teja alrededor de muchos, y qué lindo sería vivir en un mundo así.

Nathalia escucha de todo. Cuéntele por Twitter qué opinan de su nueva columna.