Misofonía: cuando los ruidos humanos despiertan tu ira
Illustration by Tuesday Bassen
Identidad

Misofonía: cuando los ruidos humanos despiertan tu ira

Para quienes padecen misofonía, los ruidos que se emiten al masticar, al sorber e incluso al respirar pueden provocar auténtica ira y ansiedad.
21.7.16

Para un porcentaje bastante significativo de la población, el sonido de alguien que come patatas fritas o que jadea sonoramente en el metro es, literalmente, una tortura. A quienes padecen misofonía —también conocida como trastorno selectivo de sensibilidad al sonido—, determinados ruidos les provocan ira y pánico.

La misofonía no se incluye en el Manual de Diagnóstico y Estadística de Trastornos Mentales de la Asociación Norteamericana de Psiquiatría, de modo que no existe una definición oficial de esta enfermedad. Según Judith Krauthamer, autora de Sound-Rage: A Primer of the Neurobiology and Psychology of a Little Known Anger Disorder ("Misofonía: manual neurobiológico y psicológico de un trastorno de ira muy poco conocido"), se trata de "un trastorno neurobiológico evolutivo caracterizado por una reacción de ira emocional y una reacción fisiológica de lucha y escape a desencadenantes principalmente auditivos". Tom Dozier, director del Instituto para el tratamiento de la misofonía, lo define como un "problema de reflejo físico condicional pavloviano" controlado por el sistema nervioso autónomo. Paul Dion, que dirige misophonia.com, lo explica de manera más sucinta: "La misofonía es un infierno", nos dijo.

Existe un consenso generalizado en torno a que la misofonía implica una reacción física de desagrado —vello erizado, puños o dientes apretados, sensaciones de ira y pánico— que se desencadena por un sonido o una imagen externos. Según un estudio llevado a cabo en 2013, los desencadenantes más comunes son los sonidos que se emiten al comer, como sorber y masticar, y los sonidos que se emiten al respirar o con la boca, como sonarse o jadear, aunque hay otros sonidos, como el maléfico ruido que hacen las uñas sobre una pizarra o algunas señales físicas, como el movimiento constante de una pierna, que pueden provocar el mismo efecto adverso en algunas personas. La mayoría de las investigaciones han desvelado que entre un 15 % y un 20 % de la población sufre esta enfermedad, aunque es más común que la experimenten mujeres que hombres.

La misofonía es como una tortura física para estos individuos

Nadie está seguro del todo sobre qué provoca la misofonía, aunque los investigadores creen que tiene que ver con un fallo neurológico en el sistema límbico, que controla las emociones básicas (miedo, placer e ira) y también los impulsos (hambre, sexo y dominación). Algunas hipótesis apuntan a que es similar a la sinestesia, una enfermedad perceptiva según la cual una sensación sensorial desencadena otra involuntariamente; en otras palabras, determinados sonidos activan involuntariamente el sistema límbico, que crea una sensación involuntaria de ira o miedo.

Dado que la misofonía es un fenómeno descubierto muy recientemente y como el tormento del sonido infernal de una boca masticando podría parecer algo menor para alguien que no comprenda el aspecto neurobiológico de este trastorno, se producen numerosas percepciones erróneas sobre ella en la cultura popular. Por ejemplo, en el Today Show Kathie Lee y Hoda denostaron recientemente este fenómeno tachándolo de "falso-fonía", cabreando de ese modo a la comunidad misofónica y provocando que surgiera una petición en Change.org exigiendo una disculpa. En general, según me explicó Krauthamer, la gente suele confundir la misofonía con sentirse simplemente irritado con los sonidos desagradables, pero eso es incorrecto. Si alguien masticara chiche en un aula, por ejemplo, cualquiera podría sentirse molesto por el ruido; sin embargo, alguien con misofonía tendría mucha dificultad para concentrarse en las palabras del profesor debido a sentimientos de pánico o ira.

Si alguien con misofonía escucha ruidos de masticación, su nivel de ansiedad se eleva

"La misofonía perturba la vida diaria", afirmó. "Alguien con misofonía, si una persona mastica, sufre una respuesta fisiológica de lucha y escape. Escucha el sonido y sus pensamientos son algo así como, 'Realmente odio a esa persona, esa persona es repugnante'. El nivel de ansiedad se dispara y surge la ira".

Dozier está de acuerdo con que la misofonía con frecuencia se percibe erróneamente y señala que muchas de las personas con las que ha trabajado han notado un "alivio extremo" al saber que su trastorno tenía un nombre. "Se dan cuenta de que no están locos, que no son simplemente unos tiquismiquis", explicó. "La misofonía es como una tortura física para esos individuos, que durante años han recibido un diagnóstico erróneo y se les ha dicho que todo estaba en su cabeza".

Por razones obvias, sentir ira pura en presencia de sonidos ambientales aparentemente inocuos interfiere en la vida social de estas personas. Krauthamer me explicó que ella siente ansiedad cuando va al ballet, cosa que le encanta, porque el silencio requerido es especialmente vulnerable a las interrupciones por parte de alguien que se suena la nariz entre el público. Para muchas personas que sufren misofonía, cualquier tipo de plan que implique comer o beber es una fuente potencial de ansiedad. "Estar en compañía de otras personas siempre es arriesgado", afirmó Dion. "La gente no puede evitar hacer sonidos que a mí me van a molestar, simplemente es así".

Las cosas quizá se ponen peor dentro de los confines de las relaciones íntimas. Si quieres a alguien y deseas pasar cantidades significativas de tiempo con esa persona pero encuentras repulsivos los sonidos que hace cuando come o respira —funciones por cierto vitales para mantenerse con vida—, ¿qué puedes hacer? En los foros y grupos de apoyo de gente con misofonía suele ser común que los usuarios se rasguen las vestiduras y compartan su frustración en torno a diversos ruidos que su ser amado hace de forma involuntaria. Muchos de ellos incluso expresan sentimientos de culpa por ponerse así pero, según los expertos en el campo, no pueden controlarlo.

"Estoy cansada de quejarme de esto ante mi novio. Él me apoya mucho y se esfuerza al máximo para facilitarme la vida, pero sin duda él lo pasa fatal cuando yo me pongo de morros", escribió una mujer en un grupo privado de Facebook de apoyo a la misofonía. "Y sé que la cosa va a peor. Si tan siquiera veo a alguien mascando chicle en mi campo de visión, se me enciende la sangre y me estreso muchísimo… Tengo que reunir fuerzas para no romper a llorar inmediatamente y resulta agotador". (Otros, por supuesto, simplemente están cabreados y quieren desahogarse: "Mi padre lo mastica todo. Antes le he pillado masticando un puré. He tenido que salir de la habitación", escribió otro usuario, que encontró apoyo de inmediato. Al cabo de una hora, alguien le había respondido, "No sabes cuánto lo odio yo también. ¿Por qué mastican algo que ya viene masticado? Te lo juro…").

Mi padre lo mastica todo. Antes le he pillado masticando un puré. He tenido que salir de la habitación

Krauthamer está actualmente escribiendo un libro sobre misofonía e intimidad, para el que ya cuenta con casi 100 horas de entrevistas. "Tener ese problema adicional, según el cual masticar, respirar ruidosamente, sonarse, comerse las uñas, sorber y tragar pueden llevarte a un estado de absoluta ira no hace sino añadir una capa más a los problemas de pareja", afirmó. La gente con misofonía suelen estar híper-alerta en lo relativo a los estímulos auditivos, manteniéndose involuntariamente a la espera constante de sonidos que aborrecen. "No poder dormir con una persona porque sus ronquidos te irritan es un gran problema. Una vez que los ronquidos activan el resorte de la persona, ya no importa el volumen al que se ronque", explicó Dozier. "Aunque te coloques tapones para reducir el volumen hasta un punto que dejaría de ser molesto para una persona normal, tú sigues sintiendo esa ira. Es muy difícil para las relaciones".

En los grupos de apoyo a la misofonía existe muchísima documentación que respalda esta afirmación. Un post en el foro misophonia.com se titula, bastante gráficamente, "¡¡¡Hasta oía pestañear a mi ex!!!". En otro post, un hombre de Alemania escribe largo y tendido sobre sus problemas con su novia: "Cuando mi novia respira, traga o mastica me pongo furioso". Y el pasado marzo una mujer escribió que no podía dormir en la cama con su marido porque odiaba el sonido de su respiración. "No puedo justificar empujarle solo porque está respirando, así que me quedo tumbada en la cama, completamente despierta, sintiéndome cada vez más frustrada y rabiosa. "Con mucha frecuencia hasta rompo a llorar".

Con mucha frecuencia hasta rompo a llorar por la respiración de mi marido

Para alguien con misofonía que convive con un obstinado e implacable masticador de purés o con un roncador empedernido, las cosas pueden no ir bien. Sin embargo, los investigadores proponen varios métodos para tratar la misofonía, desde aplicaciones móviles a terapia de exposición, pasando por técnicas de sanación psicosomática. Mientras tanto, parece que la solución más paliativa es encontrar una pareja que sea comprensiva y paciente. "Mi marido ya se da cuenta cuando tengo riesgo de sufrir un ataque de misofonía", indicó Krauthamer. "Si está comiendo cereales y entro en la cocina para hacerme un café, juro que mantiene la cuchara quieta, a dos centímetros de la boca, y la deja ahí hasta que salgo de la habitación. Se lo agradezco muchísimo".

Al crecer, la hija de Dozier también empezó a sufrir de misofonía. "Daba órdenes y decidía quién se sentaba dónde en la mesa para intentar alejarse lo máximo posible de mí", recordó. "Por aquel entonces yo tenía un chasquido en la mandíbula y ella se quejaba de eso: 'Puaj, ¡te suena la mandíbula! ¡Puaj!'. Y yo le decía algo así como 'No puedo evitarlo, ¿sabes? No puedo evitarlo, Melissa'". Cuando le pregunté si aquello hería sus sentimientos, respondió entre risas: "No, pensaba que las cosas eran así y punto".