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vive rápido y muere joven

Villanos: James Hunt, el vividor que corrió en la Fórmula 1

El piloto británico James Hunt fue todo lo contrario de lo que se espera de un profesional: en vez de abnegado y humilde, el inglés era fiestero y excéntrico. Su rivalidad con Niki Lauda fue inolvidable... quizás precisamente por eso.
15.6.16
Imagen vía Youtube

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¡Ya estamos de vuelta con más Villanos! Esta vez, nuestra protagonista es uno de los pilotos más recordados de la Fórmula 1: cuando se cumplen 23 años desde su fallecimiento, el inglés James Hunt sigue siendo un mito de los paddocks.

Champán, cigarros y hoteles de cinco estrellas

Corría el año 1969 y un joven inglés con excéntricos modales debutó en la Fórmula 3. A los 21 años ya ganaba carreras, pero era de todo menos regular. Los problemas mecánicos —y sobre todo la agresividad— hicieron que fuera conocido más por sus accidentes que por sus maneras al volante. No en vano, a James Simon Wallis Hunt le llamaban Hunt the Shunt, algo así como 'Hunt el Maniobras'.

A pesar de su excentricidad, Hunt era demasiado buen piloto como para quedarse por el camino. Tras pasar a la Fórmula Atlantic y la Fórmula 2, el británico acabó consiguiendo uno de sus sueños: poder pilotar un Fórmula 1.

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Su mentor y amigo —y gran suerte en la vida— fue Alexander Hesketh, un lord inglés que decía invertir en automovilismo pero que, como se vería más tarde, en realidad solo ponía su dinero por diversión. Hesketh, Hunt y el equipo encajaron a la perfección por sus rituales previos a las carreras, sus gustos… y sobre todo, la poca seriedad con la que se tomaban el mundo de la competición.

Con Hesketh, Hunt corrió un año en la Fórmula 3. En 1973, y tras calcular —erróneamente— que los gastos entre categorías no eran tan distintos, ambos decidieron dar el gran salto a la Fórmula 1. Allí continuaron forjando su leyenda: Hesketh y Hunt parecían más preocupados por beber champán antes y después de las carreras más que por ganarlas.

En el paddock fumaban, bebían, reían a carcajada limpia y les importaba más bien poco lo que pensaran de ellos. El mono de Hunt, durante una época, incluso llevó bordado un parche donde podía leerse la frase "sexo, el desayuno de los campeones".

"Menudo fantasma estaba hecho", pensarás. La historia, sin embargo, dio la razón a Hunt: durante las dos semanas previas a la carrera más importante de su vida, el británico hizo una apuesta con Barry Sheene, campeón de motociclismo en 1976: quien fuese capaz de llevarse más mujeres a la cama, ganaba. No sabemos quien se llevó el gato al agua, pero la leyenda cuenta que Hunt llegó a las 33.

Hunt y Hesketh revolucionaron el paddock. Las fiestas, los cigarros y el alcohol les hicieron famosos en un mundo que empezaba a profesionalizarse a marchas forzadas. Mientras otros pilotos trabajaban día y noche por mejorar, el dúo británico estaba más pendiente de divertirse. No era raro que durmieran en habitaciones de hoteles de cinco estrellas llenas de botellas de champán, de mujeres y de droga.

Niki Lauda, su necesaria criptonita

No puede haber una gran historia deportiva sin una rivalidad detrás: Larry Bird y Magic Johnson en baloncesto, Muhammad Ali y Joe Frazier en boxeo, Anatoli Kárpov y Garri Kaspárov en ajedrez… los ejemplos son infinitos. En la Fórmula 1, la pelea deportiva entre James Hunt y Niki Lauda seguramente sea el choque más famoso —máxime teniendo en cuenta que, a pesar de su rivalidad, Lauda y Hunt eran buenos amigos fuera de la pista.

Niki Lauda y James Hunt en el paddock charlando distendidamente. Amigos y enemigos a la vez: poca gente entendía esa relación. Imagen vía Youtube

El Mundial del año 1975 lo ganó Lauda con su Ferrari y con mucha superioridad. Hunt seguía en el equipo de Hesketh y no eran capaces de preparar el coche como lo hacía el austríaco… probablemente porque James no tenía el mínimo interés en hacerlo. Niki era sumamente preciso, trabajador y vivía según unas normas muy estrictas: sus triunfos eran fáciles de explicar.

La vida de Hunt, en cambio, era una vorágine de fiestas, alcohol y despreocupaciones… pero en 1976, el inglés tuvo un golpe de suerte: el brasileño Emerson Fittipaldi se fue de McLaren para irse al equipo de su hermano, así que la legendaria escudería británica decidió cubrir su baja con el fichaje de Hunt.

Hunt y Lauda copando las dos primera posiciones de la parrilla. Imagen vía Youtube

El nuevo McLaren era mucho mejor que el monoplaza que había tenido Hunt en su equipo anterior —la escudería March, que por cierto quebró en 1975—, pero aún así Lauda ganó cuatro de las primeras carreras. El austríaco parecía ir disparado hacía el título… pero el circuito maldito de Nürburgring, en Alemania, le costó el Mundial y casi la vida.

Antes de la carrera, Lauda había propuesto la cancelación del evento: a Niki, el circuito le parecía demasiado peligroso. Los demás pilotos, sin embargo, creyeron que en realidad el austríaco quería mantener sí o sí su ventaja al frente de la clasificación, así que decidieron correr.

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Horas después, el piloto austríaco sufrió un espectacular accidente. Lauda quedó atrapado dentro de su coche en llamas: durante unos días, el mundo entero sufrió por su vida.

Lauda, sin embargo, no solo sobrevivió, sino que volvió a los circuitos para intentar defender la renta de puntos que Hunt aún no había podido recortarle mientras él estaba en el hospital. Niki afirmó que si algo le había hecho volver era la rabia de ver a James ganar sin complicación —y las ganas de volver a vencerle.

Realmente, Lauda solo se perdió dos carreras, una de las cuales había ganado Hunt; el austríaco volvió a pilotar en las últimas cuatro de la temporada. Tenía margen para defender el título, pero sus condiciones físicas no eran las mejores. Quedó cuarto, octavo y tercero; su rival, mientras tanto, ganó dos de estos Grandes Premios.

Lauda y Hunt llegaron a la carrera final, que se tenía que disputar en Japón, separados por solo 3 puntos. Lauda aún lideraba la clasificación, pero la carrera en el Fuji Speedway iba a ser de todo menos cómoda.

Llovía a cántaros en Japón: los pilotos volvieron a reunirse para decidir si había que correr o si era mejor olvidarse de la carrera. De nuevo, la mayoría optó por competir, lo cual demuestra que además de gustarte mucho el motor, para ser piloto tienes que estar un poco mal de la cabeza.

Las condiciones, de todos modos, eran muy adversas. La copiosa lluvia que caía y el agua encharcada en la pista hacían que ocupar la primera posición fuese esencial: el piloto que pudiera liderar la carrera tendría mucha ventaja, puesto que nadie le tiraría agua encima. Los que tuvieran que ir detrás, en cambio, tendrían serios problemas de visibilidad.

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Los coches se dispusieron en la parrilla de salida. Hunt salía desde la segunda plaza; Lauda, desde la tercera. Cara a cara y un solo posible campeón. Empezó la carrera; el piloto británico rápidamente se hizo con el liderato. Poco después, su rival austríaco se detuvo en boxes, se bajó del monoplaza y se retiró: no quería jugársela y tener otro accidente. Hunt, en cambio, estaba dispuesto a correr el riesgo.

Hunt lideró casi toda la carrera, pero a pocas vueltas del final pinchó una rueda y tuvo que detenerse a cambiarla. Al final llegó tercero… y acabó el campeonato con un punto de ventaja sobre Lauda.

El 'vividor' Hunt acababa de ganar el Mundial.

Lauda, semanas después del accidente, se jugó el campeonato contra Hunt. Imagen vía Youtube

Lauda y Hunt fueron buenos amigos fuera de la pista a pesar de tener dos estilos de conducción muy diferentes: se respetaban y se necesitaban, y por eso ambos han pasado a la historia como una de las parejas más famosas de la Fórmula 1.

De plantar cara a la muerte a la retirada

Mientras que Lauda, a pesar de tener mala relación con Ferrari por el abandono en Japón, ganó de nuevo el Mundial el año siguiente, para Hunt los años que siguieron no fueron buenos. Solo compitió tres años más y acabó retirándose, desmotivado y atemorizado. Sí, lo que lees: el temerario y alocado piloto inglés se retiró por miedo.

En 1976, Hunt consiguió su gran objetivo: ser campeón del mundo. Los malos resultados de las temporadas siguientes le entristecieron profundamente y le hicieron perder las ganas de competir… hasta que un brutal accidente en el Gran Premio de Monza de 1978 le terminó echando de la Fórmula 1.

Una vez ganado el Mundial, Hunt perdió la ilusión por correr. Imagen vía Youtube

Cuando tocaba empezar la carrera, algunos monoplazas aún estaban dando la vuelta de calentamiento. El director de carrera, por alguna razón, no se dio cuenta y dio la salida. Como no se habían detenido para tomar la salida, los coches llegaron muy rápido a la primera curva… y chocaron con los que acababan de arrancar motores.

Ronnie Peterson y Vittorio Brambilla se llevaron la peor parte. Los servicios médicos se centraron en Brambilla, que estaba en coma. El coche de Peterson se incendió: tras apagar el incendio, Hunt ayudó al piloto sueco a salir de su vehículo carbonizado.

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Las piernas de Peterson estaban destrozadas: al día siguiente, murió. Hunt y algunos pilotos retomaron la carrera, pero el inglés ya había tomado la decisión: no iba a arriesgarse más. Su escudería consiguió convencerle para que acabase la temporada y para que empezase la siguiente; sin embargo, su coche era de los peores preparados de la parrilla, así que James decidió poner punto y final a su carrera en el Gran Premio de Mónaco.

El piloto con menos miedo de la Fórmula 1 ya no sentía esa necesidad de mirar a los ojos a la muerte y decirle que ese día no le tocaba triunfar. En la carrera del Principado de 1979, Hunt detectó un fallo mecánico en su coche y lo aprovechó para romperlo —y de paso romper su contrato.

A pesar que hasta el mismísimo Bernie Ecclestone le ofreció más de 2,5 millones de libras para correr con Nelson Piquet en la escudería Brabham, Hunt estaba decidido: esa fue su última carrera. A partir de los 32 años no compitió más; se limitó a comentar la Fórmula 1 con Murray Walker durante trece años… hasta que murió en 1993 de un fallo cardíaco. Solo tenía 45 años.

Hunt, de algún modo, siguió la cita que muchas veces se atribuye —erróneamente— a James Dean: el piloto inglés vivió rápido y murió joven. James se divirtió, hizo lo que quiso y fue coherente: persiguió un sueño a toda velocidad, y cuando lo atrapó se centró en seguir viviendo, bebiendo, fumando… y, sí, también buscando chicas con las que pasar la noche.

El autor no duraría ni un segundo en una de las fiestas de Hunt, pero en Twitter tiene aguante: @21pauriera