Todas las fotos por Carlos Molina
Una punketa con las mechas rojas y paradas corre desde Bad Religion para llegar a estar en primera fila en el escenario de Marina & The Diamonds.
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Otro joven con su polera de Pearl Jam salta bajo la cúpula del escenario electrónico, mientras en otro lado está Candlebox cantando sobre 1991.
Quinceañeras con coronas de flores aguantando en la reja los empujones por Eagles of Death Metal mientras piensan en Eminem.
El Gepe durante su show se aventura mencionando que, según recuerda, nunca se había tocado alguna bachata en el Lollapalooza, y con eso todo el público lo acompaña en la letra.
A la vez en las redes sociales nos reímos de los memes de las niñas fresas en pose de salto felices por ver a Ghost, con lo que criticamos la liviandad en que los adolescentes y jóvenes se toman la música ahora. Lo catalogamos como el debacle de la cultura y la muerte de ese lema que nos enseñaron sobre ser «de verdad» en los 90, porque ahora los millenials arrasaron con todo y a los “posers” los vemos en todos lados y apuntamos (aunque igual los espiamos por Instagram).
Y viendo estas escenas y las caras de felicidad de esta juventud me pregunto: ¿Qué mierda me importa a mí la forma en que cada uno disfruta la música en sus casas o en festivales con amigos? ¿Qué mierda me importa si se visten de rockero y escuchan Jack Ü, y corean «Maricón Zara» de Planeta No?
Veo en las nuevas generaciones menos tapujos y prejuicios frente a la música. Porque, ¿por qué mi forma de asimilar o consumir música es mejor? ¿Por qué tendría yo la razón sobre en qué fijarme de una banda? ¿Hay estilos musicales superiores? Probablemente los fanáticos de Tool y los Patton-lovers ya me están odiando. ¿Y qué si esto es un síntoma de la adolescencia de la generación que nació con internet y tiene todo ahí presente?
Hace no mucho le preguntaba a mis alumnos si se han fijado en lo ridículo de esa gente que se graba con sus selfie sticks en los conciertos mientras corean canciones que apenas se saben. Ellos se reían y compartían mi ridiculización a ellos. Nos burlamos en conjunto.
Pero en ese momento vi algo que me hizo dar cuenta de mi error: «da lo mismo, lo están pasando bien con ellos mismos y sus amigos, y les importa una mierda lo que piense el resto, y hasta los envidio por esa libertad que nosotros, en nuestro afán de creernos de verdad, somos incapaces de ver y sentir».
Es como salir del closet musicalmente y abrazar otros estilos que lo único que harán será hacerte mover las patitas.
A diferencia de otros festivales musicales en Chile que suelen apuntar a un nicho, el Lollapalooza toma la diversidad musical y en dos días te permite disfrutar de tus bandas favoritas cuando al lado tuyo hay alguien que nunca los había escuchado. Atraviesa generaciones y permite la crítica al comparar shows y obligarte a tomar decisiones; donde los más afectados suelen ser las bandas locales que se presentan en el Lotus Stage, el escenario más pequeño, pero que a la vez suele ser el más intenso por la entrega de los que ahí se presentan y que tienen clara su realidad, como cuando Gonzalo de Planeta No, al terminar su show, dice: «Ya, vayan a ver a los gringos.»
SÁBADO
ASES FALSOS



MOVIMIENTO ORIGINAL




JAVIERA MENA

DJ WHO




THE JOY FORMIDABLE
EAGLES OF DEATH METAL



JACK NOVAK






ALBERT HAMMOND JR.
CANDLEBOX
TELEBIT
JUNGLE





OF MONSTERS AND MEN



MAGALY FIELDS


WALK THE MOON



TAME IMPALA





JACK Ü





GEPE
DOMINGO



PLANETA NO




BABASÓNICOS

SEEED


MATTHEW KOMA


BAD RELIGION



ODESZA


MARINA & THE DIAMONDS





ODDÓ



NOEL GALLAGHER’S HIGH FLYING BIRDS


GHOST



MUMFORD & SONS




FLORENCE & THE MACHINE



DIE ANTWOORD






