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Foto de portada por la autora del texto.
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Sacrificios y orgías: en busca de ganarle a la muerte

Entre el dolor y el placer, la celebración por el Día de Muertos en México durante la pandemia se transmitirá por streaming, con panteones cerrados y los clásicos altares domésticos. Pero también con orgías y rituales.
2.11.20

No hay límites entre arriba y abajo. Por esta razón, Mefistófeles puede decirle a Fausto cuando está listo para partir: “Sumérgete entonces. Incluso podría decir elévate”. —S.P.

Hay muchas muertes. En un pasillo, el primero, se acumulan de todo tipo, vestidas con ropajes que van de lo siniestro a lo carnavalesco. Pero este no es el pasillo al que quería llegar ni la gente que me ofrece inciensos, limpias y materiales diversos de santería es con quien quería conversar. Aún así, termino con un cuarto de mezcla de hierbas para el colesterol, para volver más ligera la sangre, para tener más energía, para bajar los triglicéridos, vamos, para todas las patologías que tienen algo que ver con el hecho mismo de existir. 

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Vuelvo a intentar una nueva visita a la parte posterior del Mercado de Sonora: me acerco a un joven de entre 20 y 50 años, esos rostros magros sin edad identificable. Quiero ser franca: “¿Me explicaría cómo funciona esto de los sacrificios?” Huye hacia los fondos de su puesto haciendo gestos con una mano, un conjuro improvisado para ahuyentar periodistas.   

Intento comprender por qué sacrificar uno de esos gallos, palomas, pollitos, gatitos, perros, cabritos y demás animales serviría de algo. Por qué hacerlo el Día de Muertos. Qué significa su muerte, qué representa para el ser vivo que lo mata. Fuera del Mercado de Sonora los disfraces de Halloween y las artesanías disimulan la sordidez que encuentro en el lado contrario: una suerte de aguantadero con olor a estrés animal: sudor, heces, miedo. Redoblo esfuerzos, ahora armada con mi bolsita de hierbas esperando que se vea medianamente profesional, de santera, aprendiz de bruja. Llego al exterior del área de los animales y las jaulas exhiben gallos de muestra. Me acerco a un hombre robusto, barba candado, mirada intensa pero gentil: 

—Oiga, y a cómo están estos gallos. 

—Pues los más chicos a 90, los grandes a 150. 

—¿Cuál me recomienda para un sacrificio? —digo y me arrepiento de lo absurdo de ponerme en evidencia tan a lo tonto. Además, cuando me pregunta qué ha solicitado mi guía y cuál es la naturaleza de la ceremonia termino por arruinar las cosas: 

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—De iniciación —digo, sacando el término del archivero mental de películas chafas de terror. ¿Iniciación? ¿No que por Día de Muertos? Antes de seguir arruinando el intento de entrevista doy las gracias y pego la vuelta hacia el mercado, no sin oír la recomendación del vendedor “necesitas más animales, cabritos, otras cosas”. 

Gallos Mercado de Sonora

Mercado de Sonora, Ciudad de México. Foto por la autora del texto.

 Aunque me han advertido de los robos de cartera, me da más miedo que me descubran impostora. Los cabritos están entre 900 y 1500 pesos ( 40 y 70 dólares). Los veo en su corral de menos de dos metros cuadrados, con ojos temerosos. Salgo de allí con la única certeza de que no volveré a pisar este sitio nunca más. 

Muertos y pandemia

Apenas hace una semana el gobierno de la Ciudad de México anunció que levantaría la exposición que había instalado sobre el Paseo de la Reforma de calaveras gigantes (las famosas “calacas” pintadas de diversos colores que se encuentran en tamaño pequeño en los altares de muertos y hasta en versión de dulce de azúcar o chocolate). 

También se canceló el “tradicional” desfile de muertos que se empezó a hacer en esa misma avenida luego de que la última película de James Bond, filmada en la CDMX en 2015, inventara este ritual como parte de las celebraciones de Muertos, una apropiación cultural a la inversa en la que las autoridades mexicanas aprovecharon la creatividad hollywoodense y la publicidad gratuita del film. A cambio, se prometió transmitir por streaming los festejos que incluyeron un apagado altar de muertos en Palacio Nacional.

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México lleva, según el conteo oficial de este instante, 92,289 mil muertos. La tasa de letalidad del “bicho”, como llama la mayoría al coronavirus, es de 10.2%, la segunda más alta a nivel mundial y la primera en los países con más contagios. 

Salir a celebrar el Día de Muertos en plena pandemia sólo podría servir para convertirse en parte del próximo altar. Sin embargo, pese a que se cerraron los panteones y cancelaron todas las actividades de esta celebración, algunos cementerios ya recibieron centenares de visitas anticipadas a esta fecha que es casi tan importante como la Navidad, su opuesto. 

El miedo a la muerte se cura celebrando 

Durante años se ha sugerido que la muerte en México no es temida sino celebrada: ¿es tan así? Más bien da la impresión de que enaltecer el recuerdo de los muertos y dejarles ofrendas apacigua el dolor por las pérdidas y el temor a nuestra propia mortalidad. 

Meses atrás tuve oportunidad de trabajar con un texto escrito hace unos cien años por Sabina Spielrein, una de las primeras y más brillantes psiquiatras del siglo XX, discípula de Jung y autora del ensayo La destrucción como origen del devenir, que plantea algo que le serviría a Freud para desarrollar su teoría de la pulsión de muerte y que se vería reflejado en Más allá del principio de placer. 

Sabina no habla de un deseo de muerte, sino de uno de vida, uno tan fuerte que incluye la propia destrucción (aunque no total), como es el caso de la reproducción: un óvulo y un espermatozoide, dos entidades completas que vienen de dos seres completos y que para crear una vida necesitan destruir sus naturalezas y fusionarse bajo una nueva forma. 

Mercado de Sonora

Mercado de Sonora, Ciudad de México. Foto por la autora del texto.

En ese ensayo también habla sobre sacrificios, explora rituales para devolver la salud e incluso la vida, la relación entre placer y muerte, entre sexualidad y destrucción en todas sus formas. Pensé en los sacrificios de animales que se hacen desde hace siglos (ahora, quizás en manos de sectas como la santería), los rituales de brujería que ponen cada año en riesgo a los gatos negros —por más absurdo que suene en pleno siglo XXI— y también el otro extremo, la sexualidad desenfrenada, todos ayudan a conjurar el temor a la muerte. 

 Sabina Spilrein explica por allí que Cristo muere en la cruz para salvar a la humanidad. ¿De qué? Del pecado original. Como siempre, todo es culpa de los padres. Eva y Adán, al sucumbir a la tentación nos han condenado a una vida fuera del paraíso, dice, pero emular el sacrificio de Cristo nos dejaría sin humanidad: ¿matar a tu propia descendencia, como lo hizo en teoría el dios cristiano con sus primeras creaciones? Así los primeros rituales reemplazaron al pecador o su progenie (ya marcada por el pecado original) por una criatura “menor”, un animal que pueda ser sacrificado. En castellano simple: es el famoso chivo expiatorio. 

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¿Qué tiene que ver el pecado original con la muerte de un pobre gallo, por ejemplo? “Dado que el instinto de reproducción requiere de la destrucción del individuo, es natural que las representaciones de castigo [como los sacrificios y la autoflagelación]  incorporen tan naturalmente una tonalidad sexual”, dice Spielrein en 1912.  “La ofensa recae sobre el animal sacrificado”, dice Spierlein, “mientras que al infortunado [el que necesita esa ayuda externa para lidiar con sus males o para sentirse fuerte en el mundo] le corresponde el devenir”, el devenir es la vida y su continuación en la descendencia.  

 No importa que practiques santería o te interese el cristianismo primitivo u otras religiones de las más diversas regiones del mundo. La búsqueda es la misma. Incluso el creador de la psicomagia, Jodorowsky, receta este tipo de rituales: un amigo me relató un ritual prescrito por el cineasta chileno que incluía degollar una gallina, bañarse desnudo en su sangre, llevar la carne cruda a su casa y prepararla como cena, comerla, aún con la sangre seca pegada entre la ropa y su piel. 

—¿Cómo te sentiste?, ¿crees que te sirvió de algo? —Le pregunté intentando disimular el espanto por la anécdota que lo tenía por protagonista. 

—Me sentí vivo. 

Una orgía para resucitar

El deseo apasionado, es decir, la libido, tiene dos aspectos: es la fuerza que lo embellece todo y, en ciertos casos, que puede destruirlo todo. Con frecuencia, resulta difícil reconocer el origen de la cualidad destructiva de esta fuerza creadora. —C.J.

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Si bien me fue imposible que alguien me explicara en el Mercado de Sonora sobre el sentido de sacrificar uno o más animales (y por qué tal o cuál según la intención), así como el sentido de esas muertes, en cambio, encontré mucha apertura y un nivel de misticismo extraño en una de las casas de orgías de hombres gay con mejor ranking en su rubro. 

Localizada en un barrio residencial de clase media del sur de la Ciudad de México, la propiedad vista desde afuera se ve como cualquiera de esas casas estilo colonial mexicana de los años 40. Paredes y rejas blancas, una entrada principal, el espacio para un coche sin techar, una entrada secundaria desde ese garaje. Por ahí entré mientras un grupo de chicos trabajaba frenéticamente cargando flores de cempasúchil (esa flor entre amarilla y naranja, que marca el camino de los muertos hacia los altares en los que los recibimos en su día) y botellas de alcohol. Adentro: perfume con olor a desodorante de ambiente aplicado en dosis generosas y con enjundia por cada rincón. También a copal y sándalo. 

“A lo mejor en otra vida tuve una casa de putas, porque esto es algo que se me da de forma natural”, me dice sonriente su propietario, ingeniero de profesión, unos 50 años, estatura media, cuerpo macizo y fuerte, piel morena, tatuajes, ropa ceñida, calma zen mientras monitorea de reojo lo que ocurre detrás de nosotros. Prefiere no dar su nombre por razones obvias, así que lo bautizo Z, porque da igual poner un seudónimo aunque esto toma menos trabajo. 

Casa de orgías

Casa de orgías, Ciudad de México. Foto por la autora.

Z me recibe en una salita de estilo inglés: muebles antiguos, un piano, cuadros de escenas de cacería, un enorme espejo enmarcado en madera dorada. Nada haría suponer que es el escenario de un club en el que se practican orgías los fines de semana —además de actividades culturales para la comunidad gay—. 

 “Este es un proyecto que busca dignificarnos”, cuenta. “Como ves, aquí tenemos arte, el piano, porque no necesariamente quienes acuden a este tipo de lugares es gente inculta, al contrario. Este espacio nos brinda la posibilidad de que las nuevas generaciones sepan que no es nomás la putería, sino que también hay un lado sensible”. 

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De un vistazo rápido intento encontrar los clásicos símbolos sexuales, pero mis ojos solo se encuentran con bustos romanos, muebles de los sesenta, lámparas colgantes de acrílico de los 50. Vaya, que esperaba que este sitio fuera una especie de oda al falo y es casi lo contrario.

Mientras los trabajadores continúan sus urgentes trajines, descubro azorada retablos y pinturas con imágenes de santos y vírgenes; apenas un par de cuadros eminentemente sexuales se contraponen en algunos rincones.

Le pregunto a Z por qué hacer una orgía para celebrar la muerte. La respuesta es medio obvia, pero quiero oírla. Si bien la sexualidad ha sido creada al servicio de la preservación de la especie, una orgía representa la caída del teatro de la civilidad y del sentido ulterior supuesto de la sexualidad, es el ingreso directo a lo instintivo cuya represión se manifiesta —perdonen por citar a Freud— en el famoso Malestar en la cultura

“Hay que quitarse la máscara y mostrarnos tal como somos”, me dice Z. “Las orgías evitan que la gente se estrese, especialmente este año es una catarsis”. 

Curiosamente, una parte importante de los miembros del club que visitan esta casona son VIH positivos. Más allá de que se toma la temperatura y se sanitiza el ambiente y a quienes entran, Z sostiene que los mismos medicamentos que sirven para tratar los organismos inmunodepresivos inhiben la posibilidad de contagio por VIH. Cuando reviso si esto es real encuentro que incluso se ha probado usar esos tratamientos en los casos positivos de COVID-19.  

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“La gente que viene no le tiene miedo, yo no le tengo miedo al bicho. 

Además para mí la muerte es pasar a un mejor estado, el alma se libera. No hay por qué estar triste ante la muerte, hay que celebrar que se abre un nuevo ciclo”. Ese nuevo ciclo se inaugura con el placer.  

 “Estos lugares van a sobrevivir porque siento que en mi caso es parte de una misión: ¿A dónde vamos con todo esto? A que el día de mañana estos lugares sean legales”. Es entonces cuando Z me invita a conocer el espacio reservado para la acción. Resulta que la planta baja tiene una pista de baile, una barra coronada por figuras de ángeles cristianos, un incienso liberando un lento hilo de humo que viaja por el cuarto, la salita inglesa, la sala-oficina de registro de socios y el vestidor. 

“Al llegar pasan, dejan sus ropas y salen en calzoncillos. Se quitan, literalmente, el traje”, dice Z. Aunque anden deambulando en calzones no significa que vayan a terminar en el piso de arriba: a veces sólo basta con sacarse el disfraz de civilidad para sentirse menos estresado, es lo que hacemos todos en nuestras casas. Ahora bien, ¿por qué en calzoncillos y no desnudos?, le pregunto. “Todavía hay mucho tabú”. 

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Casa de orgías, Ciudad de México. Foto por la autora.

La respuesta de Z me deja todavía más desconcertada cuando visitamos la planta alta: los clásicos cuartos oscuros, los privados, camas colgantes de piel, camas circulares, ventiladores de techo que mantiene el aire circulando con su run-run de fondo que al menos a mí me sugiere algo así como la hora de la siesta. Al pie de la escalera que nos ha llevado al epicentro de donde mañana habrán de unirse los cuerpos, donde se formarán esas extrañas criaturas de mil cabezas, brazos y piernas, hay una enorme estatua de la muerte caracterizada a lo Bergman, salvo por el hecho de que su cara se enciende con una lucecita interior roja y le da un aspecto juguetón. Detrás de la muerte están apilándose las flores de cempasúchil y alrededor, el altar con fotos de amigos de Z que ya han pasado al otro lado, donde sea que aquello se encuentre. El primer tramo de escalera está decorado, como es de esperar a esta altura, con obras de arte, pero el descanso tiene una pantalla enorme en la que se transmiten videos de porno gay, el primer y único cliché que encuentro en el lugar. 

“Dejas que tu cuerpo explore”, me continúa explicando Z sobre las orgías y al hablar sobre el tabú que las envuelve dice: “Acá hay gente que ha hecho cosas que en su vida no habría imaginado, que me dice ‘nunca en la vida me han metido un puño’. A lo mejor lo deseabas y se dio el momento”. 

Nos tomamos una foto con Z y se la comparto a mi amigo Wen, quien me ha recomendado el lugar. Responde entre risas “aw, se siente raro verte ahí”. De pronto a mí también me sorprende: hasta ese momento no he tomado conciencia de dónde estaba sentada. 

Z me dice que ambientará este Día de Muertos con calaveras en los cuartos de arriba, y con copal y otros elementos de ambientación prehispánica “en reconocimiento a nuestras raíces”. Quizás este sea de las pocas celebraciones del Día de Muertos en la CDMX que habrá en forma grupal que se practique —vaya paradoja— con ese tono de fondo tradicional. Eso sí: sin streaming