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Ilustración por: @fridishart
Identidad

Acompañé a mi abuela a ponerse la primera dosis de una vacuna contra el coronavirus

Luego de un año de encierro pude ver a mi abuela con una sonrisa y al aire libre.
5.3.21

A mi abuela no le gusta que le digan Abuela. Apenas entra al centro de vacunación escucha que dos personas con chalecos verdes y amarillos la llaman así: Abuela. “Abuela, ¿puede acompañarme?”. “Abuela, siéntese por acá”. Ella, mientras camina apretando su bastón contra el piso, dice por lo bajo: “No me gusta que desconocidos me llamen Abuela, me hace sentir vieja”. Le digo que tiene razón.

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Susana está por cumplir 90 años. Es la primera persona de mi familia que será vacunada contra la COVID-19 y pidió encarecidamente que sus tres nietas la acompañemos esta mañana porque tiene miedo. Es lunes y es su primera salida después de meses de encierro. Sus temores incluyen desde los posibles dolores musculares al caminar, hasta la fiebre luego de aplicarse la vacuna, el dolor de huesos o la baja de presión. Antes de salir de casa temía incluso a la posibilidad de encontrarse con una Buenos Aires irreconocible.  

Anoche llamó a dos amigas de su misma edad. Las tres llegaron a la conclusión de que todo eso a lo que mi abuela teme decididamente va a suceder. Con esa certeza, marcó a mi teléfono después. Me dijo que por las dudas se tomaría un calmante y un analgésico antes de partir. Le dije que se tome lo que haga falta en caso de necesitarlo, pero que lo piense bien: su cuerpo ya no aguanta pastillas por las dudas. “Honestamente supongo que estoy bien, pero no hay estudios que lo comprueben”, dijo. 

Mi abuela hace un año que no ve a nadie. Ni se hace exámenes. Ni sabe con seguridad cómo está su cuerpo internamente. 

Ella ejercita su memoria desde hace mucho tiempo. Antes de que llegara el virus a Argentina iba a un taller con otras personas mayores donde le ponían tareas de observación y concentración. Debía recordar películas que veía durante la semana o contar historias de su pasado con la mayor cantidad de detalles posibles. Ella dice que la memoria es un músculo, que si no se ejercita se atrofia. También dice que la tecnología y el uso de aparatos electrónicos influye en nuestra capacidad de recordar, que lo mejor es escuchar y buscar nombres y fechas en los libros, pero que nosotros insistimos con que todo está en Internet y eso no ayuda para nada.

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En el centro de vacunación una de las nietas espera en el auto, otra pasa el reporte por distintos grupos de Whatsapp de la familia y yo la acompaño de la mano. 

El centro está plagado de viejos acompañados por sus hijos o nietos. Una de las enfermeras va uno por uno tomando los datos y pidiendo el documento. 

Mi abuela sonríe con la boca pintada de rosa. Todas las señoras sentadas en la puerta del vacunatorio están de punta en blanco a la espera de su primera dosis. Una enfermera me comenta que en ese centro reciben a 300 adultos mayores por día. “Todo un logro”, resalta. En Argentina, hasta el momento, hay 241.995 personas mayores de 60 años vacunadas.

“La van a llamar al número de teléfono que dejó registrado, no se preocupe, Abuela”, le dice la enfermera. “Ahora le damos la primera dosis, luego va a esperar media hora sentada para estar seguros de que no le bajó la presión. Debe cuidarse como hasta ahora durante los próximos veintiún días, luego puede salir un poco, pero ¡ojo!: siempre manteniendo la distancia social, el barbijo puesto y usando alcohol en gel hasta que se dé la segunda dosis”. 

Mientras yo le hago preguntas a la enfermera, veo que mi abuela presta atención, como si quisiera tener dentro de su mente un registro con toda la información necesaria. La enfermera me aclara que solo puedo acompañarla hasta la entrada de un salón donde le pondrán la vacuna, que puedo llegar hasta esa puerta y que luego me la devuelven. 

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“Hoy le daremos la primera dosis de Covishield, la vacuna que llegó desde la India. La segunda dosis se la darán durante el mes de mayo. Esté atenta al teléfono que la llamarán ese mes para darle un turno”, le dice la enfermera a mi abuela. Le pregunto sobre los posibles efectos de la primera dosis y confirma que puede levantarle un poco de fiebre, pero que no es algo que con seguridad vaya a suceder. 

Antes de entrar al salón, mi abuela le aclara por las dudas que tiene paracetamol en su mesa de luz. Repite en voz baja oraciones cortas: “Mes de mayo”, “Veintiún días”, “Paracetamol”. Tiene miedo a olvidarse de algo importante. También teme a no desarrollar por completo la inmunidad contra un virus que la recluyó completamente durante un año entero. 

El 13 de marzo de 2020 fue su última salida a la calle. Se acuerda de que fue al supermercado con Perla, la mujer que la ayudaba a hacer las compras y la limpieza en su casa. 

Después de ese día no volvió ni a pisar la vereda ni a ver a Perla. Tras largos meses de confinamiento mi abuela logró identificar nuevas sensaciones y necesidades. Alguna vez me dijo por teléfono: “Veo más televisión, cosa que no es lo indicado, pero es mi forma de escuchar voces humanas”.

Uno de mis tíos le manda las compras de supermercado a domicilio, los domingos hacemos reuniones por Zoom y me lee los artículos que le parecen interesantes. Ve crecer a sus bisnietos por videollamadas y desde las siete de la tarde juega al solitario hasta las nueve de la noche. 

En el encierro aumentaron sus pesadillas y su incontinencia. Piensa que puede pasarle cualquier cosa durante la noche y no sabe si alguno de nosotros llegará a tiempo para asistirla. 

Luego de media hora de espera mi abuela sale de la mano de un enfermero. Me mira y comenta: “Ojalá pueda darte un abrazo, Paloma”. Antes de romper en llanto, le cambio de tema. “¿Viste?, lindo día para volver a salir, se caen los pájaros del calor que hace. Ahora, gracias a Dios, lo podés vivir”. Mi abuela me escucha y responde: “Es cierto, el que no cree en Dios, querida, se la pierde”.

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