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Clubhouse: un placebo para el hastío de ver gente en las redes visuales

"Así de saturados de imágenes y video nos tiene la pandemia que estamos volviendo a lo más básico de la comunicación, el audio, y nos parece lo más innovador y disruptivo".
27.2.21

Hay un meme colombiano que describe mejor que cualquier artículo la experiencia de escuchar un podcast: un joven se encuentra sentado en el piso comiendo algo (suponemos es helado) con la mirada hacia la pared, que tiene pegada un anuncio publicitario gigante en el que tres mujeres ríen mientras comen helado. El joven pareciera reír con ellas y hasta ser parte del grupo. Pues bien, me remito a esa maravillosa herramienta académica de nuestros tiempos que es el meme para explicar mejor de qué va Clubhouse, la nueva aplicación de la que todo el mundo habla. En Clubhouse el joven “atraviesa” la pared sonora y realmente puede conversar, interactuar y reír con las chicas del anuncio y ellas con él. Digamos que es como romper la cuarta pared y hasta una quinta, porque la conversación va y vuelve.

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Se trata de una aplicación sin imágenes ni texto y sin posibilidad de editar ni adornar nada. Una suerte de podcast en vivo y sin posproducción o cabina de radio sin comerciales donde cualquier persona puede participar de la conversación. Así de saturados de imágenes y video nos tiene la pandemia que estamos volviendo a lo más básico de la comunicación, el audio, y nos parece lo más innovador y disruptivo. Después de hacer la primera prueba mi amiga Cata me dijo: “Es como salir a almorzar con amigas”. Y así se puede sentir si entras a la sala correcta. Es justamente esa sensación de intimidad en la conversación que perdimos en la pandemia lo que nos está devolviendo Clubhouse. O al menos la ilusión. Es un chat de audio pero también una tertulia de ilusiones. Te da la ilusión de compañía conversacional, esa que muchxs perdieron el año pasado o incluso desde antes, porque antes de la pandemia de Covid19 ya estaba instalada la de la soledad.

Funciona como un club en la medida en que si nadie te invita no puedes entrar y si no tienes iPhone, pues tampoco porque la aplicación solo funciona en iOS (al menos por ahora). Y funciona también como una casa por las rooms o salas, que vienen siendo los grupos de conversación. Entonces es la casa de un club con un montón de salas y en cada sala hay un grupo de personas interactuando sobre diferentes temas; desde hablando de asuntos rebuscados y pretenciosos como “Mindfulness financiero” (¿...?) hasta haciendo audiciones de karaoke, como las fiestas de las películas gringas, pero sin sexo… (creo). 

Un día entras a una sala y está hablando Diane Von Furstenberg; al otro, Bill Gates —que por supuesto alcanza el tope máximo de 5000 personas por sala y entonces ya no está en una sino en varias porque empiezan a retransmitir—; luego pasas a ver cómo te va a afectar la luna llena de este sábado. Lo mejor de todo esto es que si te aburres, te vas sin avisar, sin tener que decir nada ni inventar excusas como “me tengo que ir porque tengo que entrar a otra reunión”; te puedes ir a rascar la barriga si quieres con la maravilla de función “leave quietly”, que Whatsapp debería copiarse para sus grupos. Nada de escandalosos “fulanITA ha abandonado este chat”.

Además de la posibilidad de irse sin avisar, un ghosting socialmente aceptable sin culpas de responsabilidad socioafectiva conexas, tengo que decir como persona que se la pasa en Zooms, lives y demás formatos audiovisuales que es una absoluta maravilla no tener que preocuparse por la imagen, ni siquiera por bañarse. Tampoco hay que preocuparse mucho por los errores que queden registrados, porque nada queda grabado, o al menos no para retransmitir al público, pero siempre tendremos dudas con respecto a la privacidad en cualquier aplicación y esta en particular no encripta la información privada. Volvimos a los tiempos de la radio (pero sin comerciales, al menos por ahora y ojalá se mantenga así). Lo cierto es que se siente como una dosis de realidad en medio de tanta producción y pose, donde lo que cuenta es la capacidad de sostener una conversación en vivo o solo escucharla y sin que nadie te pida que prendas la cámara. Es un pequeño descanso del Zoom como nuevo estilo de vida y se agradece. 

Existen por supuesto otras ventajas en la naturaleza efímera y sin registro visual ni textual del formato, como que haya permitido —aunque fuera por un tiempo breve— hablar en países como China sobre asuntos que difícilmente pueden saltarse la censura, como la democracia; hasta que se dieron cuenta y claro, la censuraron. Pero sin llegar a ejemplos extremos, hay algo magnético y poderoso en ese pequeño anonimato de lo visual, especialmente para las personas que no podemos disimular emociones y nos delatamos todo el tiempo en pantallas desde las reacciones y el lenguaje corporal.

De muchas maneras le voy cogiendo gusto a esto pero todavía quedan varias preguntas por resolver. ¿Por qué según el Financial Times ya hay inversores de riesgo que están valorando Clubhouse en más de $1.000 millones de dólares si no tiene forma de generar ingresos aún? ¿Acaso por dónde le piensan meter publicidad? ¿Por qué mi ícono de la aplicación es un hombre hipsteroso que se volvió famoso en Clubhouse cantando canciones de cuna? Mientras las despejamos seguiré entrando y saliendo de salas, haciendo zapping conversacional, a ver si en alguna encuentro gente para analizar la letra de “Bichota”. Si no existe algo así, crearé esa sala muy pronto.