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Sexo

Follar entre semana es misión imposible

Y no, no es una cuestión de cansancio. Nuestros abuelos echaban de media seis polvos más al año que nosotros y también estaban cansados.

por Ana Iris Simón; ilustración de Eduard Taberner Pérez
28 Enero 2020, 4:37am

Vivir con epicidad es complicado en los tiempos que corren. Las gestas se van convirtiendo en más banales y en más irrelevantes cada vez, en parte gracias a las comodidades de las que disponemos y en parte por lo contrario: porque el mundo parece estrecharse cada vez más. Porque parece que, bajo la apariencia de que podemos vivir cada vez más distinto, cada vez más libres y con más capacidad de elección se nos ha condenado a vivir cada vez más iguales.

Lo pensaba esta semana cuando en la oficina me dijeron que era imposible follar entre semana y yo respondí que no, que eso solo le pasaba a los putos vagos. Pero cuando le pregunté a mis amigas con pareja tuve que recular. Todas ellas me respondieron que la media de sus polvos se movía, de lunes a viernes, entre el 0 y, con suerte, el 1. Una de ellas interpretaba el día laborable que tenía sexo con su novio, cuando salía pronto del curro, como una gesta.



La sociedad que probablemente más habla de sexo de la historia, la que menos tabúes sexuales tiene, la que más ha roto con los estereotipos de género asociados al sexo y la más hipersexualizada de la historia, la nuestra, es también la que menos sexo tiene. Los millennials echamos seis polvos menos al año que los nacidos en la década de los 30, lo cual indica que algo pasa.

Uno de mis compañeros de redacción teorizaba que lo que ocurría era que la curva cansancio y la curva líbido no iban siempre acompasadas. Que, al final del día, y habiéndose levantado uno a las siete de la mañana, habiendo trabajado e ido al gimnasio, habiéndose chupado un buen rato en el transporte público o habiendo ido a clases de inglés y después al yoga y después al súper la primera alcanzaba cotas que, por mucho que se le diera caña a la segunda, tener sexo era una tarea casi imposible.

"No le contamos a nuestras parejas lo que nos gusta y en cambio nos compramos el Satisfyer para tachar una labor más en el orden del día"

Pero nuestros abuelos también trabajaban e iban al súper e incluso cuidaban críos desde mucho más jóvenes que nosotros. Así que puede que la diferencia sea que no tenían mucho más que hacer cuando acababan su jornada laboral. "Digamos que el abanico de posibilidades de ocio es mucho más amplio, así que hemos relegado las relaciones sexuales a ser una pata más un tiempo libre cada vez más saturado", explica Carme Sánchez Martín, psicóloga clínica y sexóloga que trabaja para el Instituto de Urología Serrate & Ribal.

"Hace casi treinta años que me dedico a la sexología, y empiezo a tener una visión general de cómo han cambiado las relaciones en el tiempo. Hace 25 años no había Internet, la oferta televisiva era mucho menor y nuestro estilo de vida era otro. De entre las razones por las que apenas tenemos sexo entre semana hay una que tiene mucho peso: ha habido una evolución del ocio", explica. Es decir, que el tiempo que pasamos viendo Sex Academy o tuiteando sobre lo que nos gusta Sex Academy no lo invertimos en poner en práctica las enseñanzas de Sex Academy.

"Para tener relaciones sexuales", comenta la sexóloga, "aparte de tiempo se necesita esfuerzo. Y nos parecemos cada vez más a los humanos de WALL E, apoltronados y perezosos. Darle a una tecla o estar viendo una serie dados de la mano en el sofá, medio dormidos, es mucho más sencillo, más pasivo y menos costoso físicamente que tener relaciones sexuales. Y ese un factor, la procastinación. El pensar 'ya lo haré mañana, si total tengo a mi pareja aquí al lado todo el tiempo y mira qué a gustito estoy'. Hemos incorporado a nuestras vidas ese tipo de ocio, con él esa pasividad, y en ese marco parece que las relaciones sexuales, que se han convertido en una pata más, hay que meterlas con calzador, hay que encajarlas. Además, al día siguiente, cuando llegas al trabajo, comentas los dos capítulos que te has visto, no si has echado o no un polvo. Ciertas actividades generan un valor social, están mejor valoradas, generan conversaciones y cohesión, y quizá en esa medida tendemos más a ellas".

"Parece que la expectativa siempre tiene que ser que el sexo sea la leche o no merece la pena"

"Ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose", declaraba el filósofo Byung-Chul Han en una entrevista con El País en 2018. En ella hablaban, entre otros, de La sociedad del cansancio, uno de los ensayos del coreano, que reflexiona, precisamente, sobre una de las razones que esgrimimos cuando sale a colación el tema del no follar entre semana.

Y puede que ese autoexplotarse, ese tener que haber visto todas las series, todas las películas, tener que estar al tanto de todo lo que ocurre en Twitter, ese habernos convertido en productores/consumidores a tiempo completo nos haya alejado de ser conscientes de que sentir y producir placer en nuestras parejas también genera plusvalía. Aunque no sea una plusvalía que podamos compartir en Stories ni en nuestras conversaciones a la hora de comer en el curro.

"También hay algo de eso, claro", afirma Martín Sánchez. "El neoliberalismo genera la sensación constante de tener que estar al día con todo: con las series, con los productos que consumimos, con lo que ocurre en el mundo. Llega un momento en el que se nos instala la sensación de tener que estar constantemente produciendo valor y tener que hacer muchas, cada vez más cosas, para sentir que nuestras vidas merecen la pena. En esa línea va un poco el Satisfyer y su auge, que aunque ha generado muchas cosas buenas, también es sintomático. No le contamos a nuestras parejas lo que nos gusta y en cambio nos lo compramos, para apañarnos en un pis pas, para tachar una labor más en el orden del día. Puede que su éxito, tan descomunal, sea un ejemplo de cómo hemos relegado el sexo a ser una parte más de nuestro ocio, cuando tendría que trascender eso". La precariedad y la prisa del mundo moderno también aplican a lo sexual.

Pero el feminismo y algunos de los cambios que ha traído consigo, dice la sexóloga, es otro factor. Un factor que ha incidido positivamente en las relaciones sexoafectivas pero que también ha hecho que el número de relaciones que tenemos al año sea menor del que tenían nuestras abuelas.

"Parece como si, en el momento en el que se negocia, en el que se acuerdan ciertos aspectos, el sexo perdiera la magia"

"Antes ocurría que si el hombre quería tener relaciones sexuales y la mujer no, ella mujer solía hacer la estrellita de mar y punto. Ahora ya no suele ser así, yendo más allá del consentimiento, que por supuesto ha de darse, y parece como si las curvas de deseo de ambos miembros de la pareja tuvieran que coincidir como condición necesaria para que se den las relaciones. Es algo que trabajo mucho en consulta, porque parece que la expectativa siempre tiene que ser que el sexo sea la leche o no merece la pena, y que se tienen que dar cuando a los dos les apetezca mucho, cuando sus curvas de deseo coincidan en el máximo. Existe la creencia de que es algo sobre lo que no puede haber un consenso, cuando hay consenso sobre otras muchas parcelas de la intimidad: cómo se organiza el ocio, las vacaciones.... Y debería haberlo. Que no nos apetezca no significa que no podamos 'hace un apaño', ni que tengamos que esperar que todas las relaciones sean extraordinarias siempre. Igual que un día te cenas un yogur, otro sobras y otro una gran cena, lo mismo ocurre con el sexo. Hay que llegar a acuerdos, a negociaciones, porque al final estar en pareja no deja de ser eso eternamente".

Dice Carme Martín Sánchez que cuando en consulta alguna pareja expone que no tiene todas las relaciones sexuales que querría y les habla de negociación ponen cara de susto. Porque parece como si, en el momento en el que se negocia, en el que se acuerdan ciertos aspectos, el sexo perdiera la magia. "Y no es así en absoluto", niega. "Igual que no todas las veces que vas al cine con tu pareja ves una película que te apasiona sino que vas porque le gusta a él o a ella, en el sexo ocurre igual. Hay límites, obviamente. No estoy hablando de acoso y abuso. Pero el sexo también es algo negociable, algo sobre lo que se debe hablar y llegar a acuerdos", expone.

Ante esta tesitura, ante este momento de la historia sexual en el que parece que, como decía Gramsci, "lo viejo no acaba de morir pero lo nuevo no acaba de nacer", ante la realidad de que follamos menos que nuestros abuelos (la pornografía tiene que ver, afirma la sexóloga, aunque no siempre correlaciona con la ausencia de líbido), ¿cómo hacer para follar algún martes, algún miércoles, algún lunes incluso, lo que ya se plantea como una tarea casi titánica?

"Compartir sofá, móvil en mano y con Netflix en la tele, no es compartir tiempo sino sofá"

"Lo mejor es buscar momentos que no sean puramente sexuales pero sí que tengan un componente más erótico. Y tener presente la sexualidad también en nuestro día a día. Igual que dices: me apetece ver esta serie, pensar también en qué te apetece hacer con tu pareja, qué quieres compartir", recomienda la sexóloga.

"También no ser tan perezosos, tomar conciencia de que nos puede la pereza, la desidia. Siempre digo que muchas veces las parejas tienen que sorprenderse y que ese sorprenderse sea rotativo, que el uno sorprenda al otro. No tiene por qué ser algo sexual, pero eso hace que surja algo más. Eso y pasar tiempo juntos. Porque compartir sofá, móvil en mano y con Netflix en la tele, no es compartir tiempo sino sofá".

Sigue a Ana Iris Simón en @anairissimon.

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