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Cultură

Mi vagina no me deja tener sexo

Mi libido era el de cualquier adolescente, lo que significa que estaba caliente todo el tiempo, pero mi cuerpo reaccionaba a la penetración como el de una viejita.
27.3.15

Todas las fotos son cortesía de la autora.

David*, mi novio de la prepa, y yo lo intentamos todo. Lubricante, vino tinto, velas aromáticas, mota, el disco Glory Box de Portishead, ejercicios de respiración, estimulación del clítoris, Vicodin, vernos a los ojos y decirnos: "Te amo, todo está bien". Nada funcionó. Mi libido era el de cualquier adolescente, lo que significa que estaba caliente todo el tiempo, pero mi cuerpo reaccionaba a la penetración como el de una viejita. Me mojaba y excitaba y estaba lista para el sexo, pero de repente mis puertas se cerraban sin previo aviso y sin remordimiento. Tratar de tener sexo se sentía como si me echaran ácido y se manifestaba emocionalmente como completa soledad. Me dejó sintiéndome aislada, insuficiente y, a falta de una mejor palabra, jodida.

Pronto me di cuenta de que siempre sería difícil tener sexo: tenía vaginismo, un desorden psicosomático en el que los músculos del piso pélvico se contraen involuntariamente durante el intento de penetración. Tanto los síntomas de vaginismo como los de disfunción eréctil han sido registrados durante siglos. Los hombres han tomado pastillas para que se les pare desde hace varios años, pero las únicas dos opciones para el vaginismo son la terapia y los dilatores: ambos tratamientos son bastante subjetivos y no pueden decir a ciencia cierta cuándo será posible la penetración. Decirle a alguien que tienes esta aflicción no es la mejor manera de romper el hielo en la primera cita, y su nombre tipo ETS tampoco ayuda mucho.

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La idea de cualquier objeto ajeno dentro de mí me causaba espasmos involuntarios. Me puse mi primer tampón a los 15 y necesité 45 minutos, dos amigas y un ataque de pánico para lograr sacarlo de mi cuerpo.

"¡Apenas había entrado y ya estaba tirada en el piso gritando!", se reía Erica cuando contaba la historia a amigos o extraños. A pesar de que la historia siempre hacía que personas extrañas me preguntaran cosas de mi vagina, ella fue la única que sacó un enorme algodón sangriento de mi cuerpo. En una especie de "balance cósmico", supongo que estamos a mano.

La autora y su novio de la prepa en Disneyland.

Aunque el desorden no esté bien documentado, en realidad es una de las disfunciones más comunes entre mujeres. Los doctores estiman que aproximadamente 2 de 1,000 mujeres sufren de vaginismo, pero, ya que se avergüenzan de su cinturón de castidad natural, temen buscar ayuda. De hecho, algunas mujeres nunca experimentan sexo con penetración debido a que se sienten sexualmente incompetentes. Durante años pensé que yo sería una de ellas.

He reprimido la mayoría de mis intentos fallidos, pero uno que al parecer no puedo olvidar es de cuando cumplí 18 años. David y yo llegamos a un hotel en Disneyland y, aunque ya habíamos intentado hacerlo dos años antes, yo deseaba —como si fuera una Cenicienta invertida— que cuando el reloj diera las doce, mi calabaza impenetrable se convirtiera en un carruaje abierto. Esa hora y media consistió en diez diferentes posiciones, dos ataques de pánico y una bolsa de hielos, pero nada cambió. A la mañana siguiente me dieron un pin que decía "¡Es mi cumpleaños!" que provocó que varios personajes de Disney me cantaran las mañanitas.

No me importaba el sexo. No podía importarme el sexo. La virginidad no era algo sagrado para mí; más bien era mi peor problema.

Hubo señales de alerta en toda mi vida antes de darme cuenta de que era incapaz de "hacerlo". Por ejemplo, nunca me metí el dedo. Sigo sin hacerlo. Siempre me dolió cuando intenté hacerlo, pero yo decía que era algo que "no me llamaba". Sin embargo, yo estaba sexualmente satisfecha conmigo misma de otras maneras. Cuando tenía 8 años, accidentalmente descubrí el placer de frotarme con la cobija. Era la premiere de Zenon: La chica del Siglo 21 en Disney Channel y yo experimenté mi propia definición de una chica supernova. Estaba tan entusiasmada con mi nuevo descubrimiento que llamé a todas mis amigas y les enseñé mi nuevo truco. Sí, yo era "esa chica" de las pijamadas de tu hija de 8 años. A todas las mamás preocupadas de Sherman Oaks, California: lo siento.

La única información que tuve sobre el vaginismo vino de mi terapeuta, de WebMD, Wikipedia, Yahoo Answers y, extrañamente, de mi madre. El vaginismo no es genético, pero mi mamá también lo había sufrido. La aflicción es tan poco estudiada que sus estúpidos doctores pensaron que sería mejor sedarla con anestesia general y hacer que un pene falso la penetrara. Cuando me contó la historia, mi vagina se encogió como pasita, no sólo por haber escuchado la descripción de mi mamá siendo penetrada, sino porque me hizo considerar que tal vez yo también tendría que pedirle algún día a mi ginecólogo que me drogue y me coja. Pero mi madre hablaba de Australia en los ochenta: los tiempos eran otros.

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"¿Pero cómo lo superaste?", le preguntaba constantemente, esperando una respuesta diferente. Tal vez algo que involucrara pasos concretos y no un pene falso.

"No sé… Sólo pasó".

Tal como mi mamá, no estoy segura de cómo lo superé. David y yo terminamos, sin consumar nuestro amor adolescente. Yo tenía 18 y esperaba una vida sin sexo, sin entender que eso significaba una vida sin "conectarme" con otro y sin tener mis propios hijos. A menos que saliera con chicos con anillos de castidad, me consideraba como alguien con quien no se debía salir y, en cierto sentido, a quien no se podía amar. Sin embargo, sólo hizo falta un comentario de mierda de un novio de mierda para ayudarme a abrir las puertas vaginales y liberar a la bestia.

Sean era mi supervisor en el trabajo. Él tenía 22, un tatuaje de Bright Eyes y una historia de promiscuidad. Yo tenía 18, un ringtone de Pavement y un historial en blanco. Él sabía de mi condición, pero la mayoría de los hombres o asumían que estaba mintiendo o lo tomaban como un reto personal. En este punto, a mí no me importaba el sexo. No podía importarme. La virginidad no era algo sagrado para mí; más bien era mi peor problema.

Aunque cuando empezamos a salir me dijo varias veces que no le importaba que no pudiéramos tener sexo, se empezó a frustrar mientras pasaba el tiempo. "No estamos en la prepa detrás de las gradas", dijo con desprecio cuando lo masturbé. Él se volteó. Yo lloré. David era un niño cuando anduvimos y siempre fue paciente y comprensivo, pero Sean era más grande, más experimentado y rencoroso.

El día siguiente era Pésaj. Probablemente uno de los días festivos menos excitantes, pero después del Séder con mi familia, Sean me preguntó despreocupado si quería "hacerlo". Me subí la falda y me quedé con la blusa puesta, pensando que si todo fallaba podría salir corriendo, pero sí se pudo. En verdad se pudo. Fue la experiencia más anticlimática pero la más reconfortante que he tenido hasta la fecha. No fue como lo había imaginado: eran las 7PM, mi familia estaba en el cuarto de al lado y estaba "Bulls on Parade" (él la puso) mientras digería rábanos y huevos cocidos, pero lo fue todo para mí. No se trataba de él, o del momento, o del hecho de que hubiera perdido mi virginidad escuchando a Rage Against the Machine. Se trataba de que al fin me sentía sexualmente capaz.

Todavía me cuesta trabajo hacerlo dependiendo de la situación, pero la mayoría de las veces funciona. Incluso en la emoción del acto, el sexo puede ser doloroso e incómodo sin importar cuánto lubricante y juego previo haya habido. Aunque mi mamá me apoyó emocionalmente a lo largo de los años, sólo hay contadas ocasiones en las que una adolescente puede ir a llorarle a su mamá que no puede coger. Si el vaginismo fuera algo de lo que se hablara públicamente sin miedo a ser juzgadas, yo me sentiría mucho menos anormal y no me sentiría una mierda de novia. Me sentiría más segura y más tranquila con mi discapacidad. Ninguna mujer, sin importar su edad, debería tener miedo de su propia vagina.

Jamie está en Twitter

*Todos los nombres fueron cambiados.