Los manifestantes rumanos siguen sin querer que las compañías auríferas vuelen sus montañas

Decenas de miles de rumanos se están manifestando contra de los planes para destruir cuatro de las montañas del país, ricas en en oro y plata.

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18 Septiembre 2013, 7:00am

Fotos de Mircea Topoleanu, Cristian Munteanu, y Radu Ciocan

Desde principios de este mes, decenas de miles de rumanos se han estado manifestando con regularidad en contra de los planes para destruir cuatro de las montañas del país. La región transilvana de Roșia Montană, donde se encuentran dichas montañas, es rica en oro y plata, lo que desafortunadamente significa que las personas que se ganan el dinero con los metales preciosos desean arrasar la zona hasta su base, destruyendo el primer asentamiento humano del que se tiene constancia en el país (cuya antigüedad data del año 131 A.C.) y casi seis kilómetros y medio de galerías subterráneas romanas en el proceso.

Las planes originales para reducir a la nada la cadena montañosa se concibieron hace más de 15 años, peor no fue hasta el pasado agosto que el gobierno rumano propuso un decreto a favor de que la compañía minera canadiense Roșia Montană Gold Corporation (RMGC) –también conocida por su habilidad en el tráfico de cadáveres– empleara cianuro para extraer 324 toneladas de oro y 15.00 toneladas de plata de los yacimientos minerales situados debajo de las montañas.

El Parlamento tiene previsto votar sobre este particular el 17 de septiembre y, en el caso de que la propuesta fuese aprobada, la operación daría comienzo en 2016, demoliendo de paso tres aldeas. Por si la perspectiva de que gente rica se haga aún más rica expropiando a cientos de familias con el uso de productos químicos altamente venenosos no fuera lo suficientemente deprimente, Rumanía, en su conjunto, no se va a beneficiar gran cosa del asunto.

Tal como es, el proyecto creará únicamente 200 empleos entre la población local, el país percibirá sólo un 6 por ciento del valor del oro y la plata obtenidos y los potingues químicos empleados para extraer el oro del yacimiento producirán 214 millones de metros cúbicos de desperdicios de cianuro tóxico.

Nada de esto es una buena noticia, y quizá sea esta la razón de que el proyecto se haya encontrado con una abrumadora oposición por parte de la ciudadanía rumana. Unos 2.000 manifestantes se han estado concentrando a diario en Regina Elisabeta, uno de los principales bulevares comerciales de Bucarest, para protestar contra los planes de la RMCG, y las cifras llegan a su tope los fines de semana, con más de 8.000 personas concentrándose en la capital el pasado domingo. Los manifestantes están también recabando apoyos de ecologistas de todo el mundo, de Alemania y Londres a Moldavia y Turquía.

El décimo día de protestas, con más de 15.000 personas manifestándose en Bucarest.

No obstante, en comparación con la gravedad de la situación, las manifestaciones se han constituido en algunas de las acciones en público más pacíficas en las que yo haya participado. Los mayores alborotos se dan cuando los manifestantes llenan botellas de plástico con monedas o guijarros y las golpean contra el asfalto para acompañar a los que se han traído bongos, sartenes o cacerolas. Y, por supuesto, en una ocasión se presentó un cuarteto de cuerda para ofrecer un recital a la silenciosa y agradecida multitud, lo cual parece estar en el extremo opuesto de las filmaciones que he visto este año de otras protestas en todo el planeta.

Los primeros días de manifestaciones fueron, en buena medida, obviadas por los medios de comunicación generalistas rumanos, lo que no es especialmente sorprendente dado que la RMCG ha pagado anuncios en la mayoría de cadenas de televisión. Aquel que decidiera cubrir las manifestaciones se mostraba rápido en minimizarlas calificando a cualquiera que participara de “hipsters”; es de suponer que en un miope intento de demostrar que siguen totalmente en contacto con el público joven, o haciéndose un embarazoso lío con la palabra hippie.

En el frente político, de forma extraordinaria la mayoría de diputados han empezado a cambiar de opinión desde que las protestas se empezaron a dejar oír. El presidente Traian Băsescu, uno de los principales apoyos del proyecto, afirma ahora ser neutral, y el primer ministro Victor Ponta –el hombre que en primer lugar aprobó los planes– ha dicho que, como miembro del Parlamento, votará en contra del proyecto. Dado que, justo después de ganar las elecciones el año pasado, aseguró que no autorizaría el proyecto, quizá no deberíamos tomarnos su palabra como algo inamovible.

Sin importar lo que los líderes del país digan, las protestas siguen sin flaquear y el estado de ánimo es alto. Por el momento, hay esperanzas de que nuestras montañas sigan intactas durante mucho más tiempo del que querría la RMCG.