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Cultură

Asesinos de serpientes

El Reto Pitón es lo único que evitará que Florida se convierta en un gigantesco herpentario.
11.4.13

Una pitón birmana de 2.7 metros con un balazo de una 9mm en la cabeza.

El 1 de julio de 2009, una pitón birmana escapó de su dueño en Oxford, Florida, y estranguló a una niña de dos años en su cuna. La serpiente, llamada Gypsy, medía 2.6 metros de largo, pesaba seis kilogramos, y llevaba un mes sin comer. La madre de la niña y su novio (quien tenía seis antecedentes penales) fueron sentenciados a 12 años en prisión por homicidio en tercer grado y negligencia infantil.

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El incidente fue el primer caso de muerte infantil por una serpiente constrictor no venenosa reportado en Florida, y fue algo que enloqueció a los medios. Pronto entró a la escena Justin Matthews, residente de Florida y experto en rescate de fauna silvestre. Un mes después de la muerte de la niña, Justin apareció en los noticiarios de todo Estados Unidos tras capturar una pitón birmana de cuatro metros en una alcantarilla afuera de Sweetbay, un supermercado cerca de su hogar en el condado de Manatee. Identificó a la serpiente como una mascota perdida y regañó a su dueño por no tener un radiotransmisor implantado en su animal, como dicta la ley. Justin dio a la serpiente el nombre de Sweetie, por la cadena Sweetbay. Los noticieros locales lo convirtieron en un héroe.

Pero ese verano, la Comisión para la Conservación de la Fauna y Flora Silvestre de Florida (FWC por sus siglas en Inglés) descubrió que Justin en realidad había comprado el animal en una tienda de reptiles y orquestado su captura. Justin se disculpó públicamente, e insistió que sólo había querido demostrar los peligros de tener pitones como mascotas. “Lo hice para educar sobre la vida silvestre”, dijo al Tampa Bay Times. Pero Justin pronto fue tachado como un vil redneck en busca de gloria y publicidad para su negocio como rescatista, y pronto desapareció de la escena pública.

Ahora, cuatro años más tarde, Justin, un viejo de 50 años con barba y una voz ronca inducida por fumar demasiados Pall Malls, camina por la Reserva Nacional del Gran Ciprés —una zona pantanosa protegida de 720 mil hectáreas al norte de los Everglades en Florida—. Su misión es matar pitones birmanas, las cuales pueden llegar a medir seis metros. Él es una de las 1,400 personas reclutadas para cazar, disparar y decapitar el mayor número posible de serpientes en un mes, como parte del primer Reto Pitón, de Florida.

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Muchos medios han descrito al Reto Pitón 2013 como una “competencia entre cazarrecompensas”. Pero el organizador del concurso, Frank Mazzotti, profesor de Ecología Silvestre en la Universidad de Florida, se refiere a él como “una solución de mercado incentivada”. Los participantes compiten en distintas divisiones: una para competidores generales, y otra para aquellos con permisos anuales. Los ganadores reciben premios en efectivo: mil dólares por la serpiente más larga y 1,500 por el mayor número.

Para la FWC, principal patrocinador del concurso, el Reto Pitón es un esfuerzo por crear conciencia sobre el peligro que una especie invasora como la pitón birmana representa para los Everglades. Un estudio del año pasado sugiere que las pitones birmanas han eliminado casi por completo las poblaciones de mapaches, zarigüeyas y gatos salvajes en el Parque Nacional Everglades. A los biólogos en Florida les preocupa que la pitón tenga el potencial para acabar con especies en peligro de extinción como la cigüeña americana, el roedor de madera de Key Largo, la espátula rosada y la gallina púrpura. Si no se encuentra una solución, algunos científicos especulan que la población de pitones podría crecer hasta devorar todas las presas disponibles, convirtiendo a los Everglades en un nido de serpientes de dos millones de hectáreas.

Nadie sabe exactamente cómo fue que tantas pitones birmanas terminaron en Florida del Sur. Algunos dicen que fue resultado del huracán Andrew, el cual destruyó lo techos de los criaderos en Homestead y Florida City en 1992, arrojado contenedores de unicel repletos de serpientes bebé por los aires. (Esta es conocida como la “teoría del frisbee”). Otros dicen que es culpa de los dueños que dejan a sus serpientes en libertad cuando éstas ya son demasiado grandes para vivir en una casa. También se cree que todo es una conspiración orquestada por los científicos del gobierno para introducir a las pitones en los Everglades y así incrementar el apoyo para la prohibición de serpientes como mascotas.

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Lo único en lo que los expertos están de acuerdo es que la fuente del problema es el creciente comercio de reptiles exóticos en Florida del Sur. En su libro Invasive Pythons in the United States, Michael Dorcas y John D. Wilson señalan que 110 mil pitones birmanas fueron importadas del sureste asiático entre 1990 y 2006. La gran mayoría entraron por Florida de forma ilegal.

Cualquiera que haya sido la causa, las pitones birmanas son ahora omnipresentes en todo el Parque Nacional Everglades y los pantanos colindantes. Los biólogos creen que sus números están en los cientos de miles. En los últimos 20 años, expertos en vida silvestre han implementado diversos métodos en su intento por detener la invasión y proteger a las poblaciones locales de aves, coyotes y otra fauna (incluyendo a la pantera de Florida que se encuentra ya en peligro de extinción). Para acabar con las pitones, han colocado trampas, utilizado perros de caza, dispositivos GPS, y cazado de noche con linternas. La estrategia más efectiva sigue siendo la más accidental: atropellarlas.

Cazadores de pitón y reporteros maravillados frente a una pitón de 2.7 metros con un balazo en la cabeza, tras dos días de cacería en la carretera estatal 41.

Los depredadores naturales de la pitón birmana prácticamente son inexistentes en Florida del Sur. Esto y su prolífica capacidad para reproducirse, son la principal explicación para su explosivo crecimiento poblacional. Igual que muchos reptiles, una hembra adulta se reproduce cada dos años y puede dejar unos 40 huevos a la vez. Pero los especímenes más grandes resultan aún más fértiles. En agosto, por ejemplo, investigadores en los Everglades capturaron una pitón birmana de 74 kilos y 5.2 metros de largo con 87 huevos en su vientre. Esto es aún más aterrador cuando se toma en cuenta que las pitones birmanas pueden reproducirse sin aparearse. Este proceso se conoce como partenogénesis, aunque también se le podría conocer como la Inmaculada Concepción. Según investigadores en Ámsterdam, las pitones birmanas incubadas de esta forma son genéticamente idénticas a su madre.

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Al parecer, los humanos son los únicos capaces de mantener a la población de pitones bajo control. Y aunque es verdad que estos animales pueden matar y comernos, no es algo que hagan frecuentemente. La Humane Society reporta que sólo 17 personas en Estados Unidos han muerto como consecuencia de un ataque por una serpiente constrictor desde 1978 (en comparación, los perros matan a 30 personas al año). No hay una estadística real sobre el número de mordeduras. Pero muchos han estado cerca, como el empleado de 18 años de un acuario en Tarpon Springs, Florida, quien casi muere estrangulado en 2006 por una serpiente de cuatro metros y 45 kilos frente a una multitud de turistas escandalizados, antes de que la policía se la quitara de encima con una pistola de toques.

Los científicos han desarrollado modelos climáticos para predecir el número de pitones que podrían extenderse al sureste de los Estados Unidos desde Florida. Es por esto que los organizadores del Reto Pitón piden a los participantes que entreguen hojas de datos y registros con GPS, en los que detallen el lugar donde encontraron a las serpientes y las zonas que no han sido afectadas. La mejor opción para deshacerse de ellas sigue siendo recolectar la mayor información posible, al tiempo que se acaba con ellas.

El reglamento del Reto Pitón 2013 enumera los métodos favorecidos para la ejecución de una pitón: atravesar su cerebro con una pistola de proyectil retenido, o decapitarla con un machete y después dispararle en el cerebro con una pistola. Se desaconseja agarrarlas a golpes como en Los Simpsons.

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Es el 25 de enero, el tercer fin de semana del Reto Pitón, y sólo se han capturado 28 pitones. Justin Matthews —vestido con pantalones camuflajeados color arena y un sombrero de paja— monitorea el borde de un dique, donde las pitones salen a calentarse bajo el sol. Tiene un machete enfundado en la cintura. “Cualquiera puede dispararle a una serpiente”, dice como si se tratara de una tarea fácil. Su técnica es más personal: sujetar a la serpiente por la cola, evitar su mordida, y atravesarle el cerebro con el machete. Antes de que comenzara el evento, Justin dijo que cazaría pitones con su halcón Harris, pero más tarde se olvidó de la idea, argumentando que no había suficientes árboles desde donde atacar.

Junto a Justin está su cuñado Roy Suggs, también de 50 años. Roy, con un sombrero camuflajeado y lentes de sol, parece disfrutar de su papel como el compañero sarcástico y regordete. Odia a las serpientes con todo su ser; dice que su trabajo es alertar a Justin sobre su presencia y quitarse de su camino.

Justin no es un hombre salvaje con un gusto por matar serpientes. Como educador de vida silvestre con licencia, le interesan la investigación y la conservación. Además de su halcón, comparte su hogar con una zarigüeya (Fancy), un mapache (Bandit), una tortuga (Tank), un lagarto de 2.5 metros (Wally), un lobo híbrido (Nakia), una iguana (Causeway), un búho (Cosmo), dos boas constrictor (Bon Jovi y Steven Tyler) y una pitón birmana (Axl Rose).

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Antes de montar esa farsa con la pitón “asesina”, Justin era conocido en los círculos de vida silvestre en Florida por haber domesticado a los lobos híbridos que rondaban por el Parque Estatal Manatee. Cuando la historia apareció en los periódicos locales, un grupo de indios seminola invitaron a Justin a su reserva y lo apodaron “Duerme con Lobos”.

Mientras Justin y Roy estudian el borde el pantano, un deslizador pasa a toda velocidad por un canal cercano, escondido detrás de una pared de totoras. En la lancha están Bill Booth, bombero del condado de Myakka y anfitrión de un programa local de pesca y cacería. Justin, un poco de mala gana, me informa que Bill ya atrapó cuatro pitones, y tiene a un equipo de filmación de National Geographic con él. Justin y Roy no han visto a una sola pitón en cinco días. Lo único que han atrapado fue a una garza blanca desnutrida, a la cual llevaron personalmente a las oficinas de FWC.

Una pitón se enrolla sobre el brazo del capitán Jeff Fob mientras demuestra la técnica adecuada para atrapar a estas criaturas, durante el Reto Pitón.

Este es mi primer viaje a los Everglades. Esperaba que este extenso pantano fuera un santuario de vida silvestre, con animales por todos lados. Pero los únicos animales que encontramos están muertos: los restos secos de un lagarto, un águila negra destripada, y las conchas de tortugas muertas con brazos esqueléticos que colgaban como alas de pollo.

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A eso de las 4PM, llegamos sin una sola serpiente a uno de los puntos de control del Reto Pitón. Ahí se encuentra una mujer pequeña con anteojos, la bióloga e investigadora Joy Vinci, cuyo extenso conocimiento de las especies le vale el respeto de los rudos cazadores de pitón ahí reunidos. Ella sabe lo difícil que puede ser encontrar pitones, incluso con una población que crece exponencialmente. Con su cigarro electrónico en mano, cuenta la historia de cómo rastreó a una en un pantano con un transmisor, antes de darse cuenta que la serpiente estaba justo debajo de ella, bajo el agua. “Eventualmente se alejó nadando”, cuenta.

Al caer la noche, una pickup negra llegó al punto de control con las palabras “Florida Python Hunters” grabadas en el vidrio trasero. Los Florida Python Hunters, un equipo de cinco, llevan la delantera en la competencia de cazadores con permisos. Dos hombres grandes, George Brana y Rubén Ramírez, bajan del vehículo, se dirigen a la caja y sacan dos grandes fundas de almohada. George mete una mano a la bolsa y saca a una serpiente gigante con vida por el cuello. Ruben saca a un ejemplar más pequeño y muerto con la cabeza partida en dos por un balín.

Joy coloca a la serpiente muerta en la grava y toma sus medidas: aproximadamente dos metros de largo. Los cazadores dejaron a la serpiente más grande vivir cuando descubrieron que traía un radiotransmisor incrustado en la piel, el cual utilizan a los biólogos para rastrear a las pitones de forma individual. Joy la coloca cuidadosamente en una hielera en su camioneta, y hace planes para liberarla de nuevo o diseccionarla.

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George dice que las atraparon en Florida City, un pueblo pequeño que colinda con la parte sur de los Everglades. Se niega a revelar el número exacto de ejemplares capturados hasta ahora, y lo único que dice es que “son más de ocho”. Quedan dos semanas del concurso, y todo es posible. “Alguien podría encontrar un baile de apareamiento”, me dice, en referencia a esas escurridizas orgías en las que varios machos intentan aparearse con una sola hembra en el centro del baile. “Si eso ocurre”, continúa George, “alguien podría llevarse cuatro o cinco pitones, bum, bum, bum. Y así de repente ganar la delantera”.

Después de dejar nuestro equipo en el campamento, partí con Roy y Justin hasta un bar llamado Lucky’s Loop Road Outpost, escondido entre las praderas de agua dulce de Reserva Nacional del Gran Ciprés. Ahí conocimos al dueño, Lucky Cole, un hombre jovial con una barba blanca. “¡Pareces del FBI!” me dice Lucky, y nos ofrece una visita guiada por su terreno de tres hectáreas, el cual consta de trailers interconectados, una alberca elevada, y un campo de tiro privado.

“Esas pitones han matado todo en este lugar”, dice Lucky, sentado bajo una tienda MASH y encendiendo su puro con una antorcha. “Solíamos tener conejos, zarigüeyas, mapaches, ranas, venados, todos los animales pequeños. Incluso armadillos. Pero ya no más. Hay más vida Silvestre en Miami que en los Everglades.”

Para la medianoche, un grupo de cazadores se reúnen en el terreno. Alguien saca un galón de licor de manzana en un contenedor de plástico. Los vasos se reparten entre los presentes. Conforme la fiesta sube de volumen y todo se vuelve menos claro, le hago a Justin esa pregunta que he estado evitando: ¿por qué molestarse en fingir la captura de aquella pitón en 2009?

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Justin asegura que tras la muerte de aquella niña de dos años, un cazador de vida silvestre exótica llamado Vernon Yates apareció en televisión y comparó a las pitones birmanas con un oso de peluche, señalándolas como inofensivas. (Vernon niega haber hecho esto). Justin no estuvo de acuerdo: “Si no alimento a Axl durante un mes y termina en una habitación con un niño de dos años, verás lo que pasa”. Vernon se convirtió en su archienemigo en ese momento.

La mano ensangrentada del cazador de pitones Jim Ferguson, quien se cortó la mano buscando serpientes cerca del campamento pesquero Mack, en los límites de los Everglades.

Poco tiempo después, Justin fue a comprar la pitón más grande que pudo encontrar, y la soltó justo frente a Sweetbay. Después marcó al 911. Una lluvia de cámaras de televisión y reporteros llegó al lugar, y para el día siguiente se había convertido en una celebridad local. Pero entonces Vernon, quien había visto la captura en televisión, identificó a la serpiente como una que él personalmente había capturado un año antes y vendido. “Los grupos defensores de los derechos animales nos están quitando a nuestros animales”, me dijo Vernon por teléfono, “y gente como Justin Matthews les dan más poder”.

Justin fue acusado de “uso indebido del 911” y pasó una noche en prisión. También recibió una multa de 700 dólares y dos años en libertad condicional, además de cien horas de servicio comunitario. La gente dejó de utilizar su servicio de rescate, y las granjas y primarias locales dejaron de invitarlo a dar presentaciones. Perdió su casa, su camioneta, y 13 kilos debido al estrés. Cuando escuchó del Reto Pitón por primera vez decidió que no quería tener nada que ver con eso. Pero su esposa lo convenció. “Tienes que hacerlo, Justin”, le dijo. “Para redimirte”.

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A la mañana siguiente, Justin y Roy se aventuran a otro dique. El camino de grava está rodeado de manglares y decorado por huellos de cocodrilos. En cierto punto, Roy cree ver una pitón y Justin se sale del camino hacia la ribera. Pero resulta ser una serpiente corredora negra.

“Es el karma”, suspira Justin. “Por eso no estamos atrapando serpientes. Si tan sólo no hubiera llamado al 911”.

“Sí, pero también hay que tener suerte”, dice Roy.

Tras una cacería infructuosa de tres horas, se dan por vencidos y comienzan su viaje de regreso. Cerca de la entrada al dique, nos encontramos con Bill Booth, quien pasó a toda velocidad junto a nosotros el día anterior. Bill, un hombre seguro y corpulento, con bigote y las mejillas quemadas por el sol, nos cuenta que acaba de matar una pitón birmana frente a las cámaras de National Geographic. Esto lo colocaba al frente de la competencia general con cinco serpientes. Mientras Justin lo veía con envidia, Bill comentó: “Si gano esta cosa, quizá reciba una llamada de Jay Leno”.

Una vez de vuelta en la camioneta, Justin dice: “Tengo que atrapar al menos una”. Después de una pausa, agrega: “Pero aunque no lo haga, estamos ayudando a la FWC diciéndoles dónde no hay serpientes. Eso es parte de mi redención”.

Con el sol sobre nosotros, manejamos hasta una tienda cercana llamada Tippy’s para comprar algunos Gatorade. La gerente, Molly, una mujer etérea cubierta de joyas hechas de turquesa, nos dice que decenas de cazadores de pitón han pasado por ahí desde que comenzó el concurso, muchos en busca de consejos.

En la pared detrás de ella hay una fotografía de una pitón birmana grotescamente hinchada, con las siguientes estadísticas escritas debajo: “4.7 metros, 102 kilos, venado de 34 kilos en el estómago, noviembre de 2011”. Molly menciona que mató una hace poco. “Hace un par de semanas, traté de atrapar a una en la entrada de mi casa con un cuchillo”, nos dijo alegre. “Pero terminé por pasarle encima un par de veces con mi auto”.

Esa tarde, mientras salía de los Everglades, me detuve en el puesto de control una vez más. Joy ya fue reemplazada por tres jóvenes cansados de veintitantos años. No se han entregado más pitones desde mi última visita; la historia más emocionante que han escuchado fue una sesión de fotos con una modelo en traje de baño junto al dique. De vez en cuando, a lo lejos se escucha un disparo solitario.

Al concluir el concurso, llamo al laboratorio de Frank Mazzotti, en Davie. Me informa que en total se entregaron unas 50 pitones. “Algunas personas están desilusionadas por el número”, me dice, “pero es casi exactamente lo que habríamos predicho. El concurso logró su cometido, y eso era crear conciencia entre el público”.

“La información proporcionada por el concurso ayudará a entender mejor qué tan grandes son las pitones, dónde se esconden y qué comen”, agrega Frank, quien pasó las últimas semanas realizando necropsias y examinando las heces de las pitones entregadas. “Pasarán seis meses antes de que tengamos los resultados”, me dice con un suspiro.

Esa misma noche hablo con Justin. Él y Roy pasaron otros seis días en los Everglades, dos de estos con Bill. “Ahora somos muy cercanos”, dice Justin. No vieron ninguna pitón, pero la experiencia lo motivó a aplicar para un permiso anual.

Tras declarar a su halcón no apto para cazar en los Everglades por la falta de árboles, Justin dice que está considerando comprar un halcón cernícalo americano. “Pueden planear, así que no necesita árboles”, su tono parece sugerir que estos halcones podrían ser la respuesta al inminente apocalipsis de pitones que se cierne sobre Florida. “Entre todos esos pastos, ayuda tener un ave con una visión 50 veces mejor que la tuya”.

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