Cinco jóvenes nos explican sus historias de cuernos

Hablamos con cinco jóvenes españoles que han puesto los cuernos a sus parejas para que nos cuenten sus historias. No debemos bajar la guardia, tarde o temprano nos puede pasar a todos.

|
may. 31 2016, 3:00am

Ilustración de Dan Evans vía

Si has decidido leer este artículo es probablemente porque tú los has puesto, te los han puesto o eres un pobre ingenuo y crees que aún no te han engañado en tu vida. No importa cuál sea tu motivo para estar aquí, lo importante es que lo estás y que te interesa conocer las penurias —o no— del adulterio ajeno.

Antes, me surgen algunas dudas acerca de qué son realmente los cuernos. Tengo un amigo que sostiene la teoría que si tu novia está a más de 100 kilómetros de distancia de ti, la infidelidad no cuenta porque no la puedes hacer partícipe de tu sexo. Él afirma que la ama. Pero... ¿se puede separar el sexo del amor? Según la psicóloga Noelia Sancho sí es posible, pero no es fácil para todo el mundo. No es ni bueno ni malo hacerlo, depende de la persona y de sus valores morales.

¿Las claves? No hay unas normas claras, pero es importante que la persona sea madura, tenga una buena autoestima y los miembros de la pareja tengan claras las reglas del juego. Lo que sí está claro, según dice, es que no es bueno para nuestra salud mental reprimir nuestros impulsos (ya sea un ataque de ira que una infidelidad). El secreto está en saber gestionarlos.

Novia de mi amante

Soy la novia de mi amante. Aunque parezca raro lo soy. Mi novio era un militar italiano que conocí en uno de mis viajes de sol y playa en Creta. Volví más blanca que la nieve. Me pasé el verano fornicando con él una y otra vez. Me parecía físicamente imposible que al acabar de echar un polvo su miembro se volviera erecto como un tronco de inmediato. Follé tanto que volví a casa con mi vagina hinchada e irritada.

Después de casi un mes de conversaciones subidas de tono, snapchats y webcams decidí ir al campo militar donde vivía para volverme a encontrar con él. Fue allí, entre uniformes de camuflaje, tiros y escopetas donde encontré el amor. Cuando me despedí de él lo que estaban rojos e hinchados eran mis ojos; por culpa de las lágrimas, claro.

Y así casi un año entero. Viéndonos cada quince días y gastándonos nuestros ahorros para poder pasar algún fin de semana sin salir de casa manchando sábanas de fluidos. Entonces aprendí que las relaciones a distancia son una auténtica mierda. Acabé odiando los aeropuertos, los ratos muertos y las patatas jamón-jamón recién salidas de una maquina de vending.

Las cosas se empezaron a complicar cuando le pillé husmeando mi móvil. Me pedía explicaciones para todo: quería saber qué hacía, dónde salía, con quién iba... me controlaba. Al principio me parecía normal que preguntara, pero cuando vi que era un goteo constante me empecé a desmarcar y comenzaron las mentiras y los engaños.

En una de mis noches de juerga desenfrenadas conocí a Caín. Le dije que tenía novio, pero a él pareció no importarle cuando me empotró contra la puerta del lavabo. Y a mi tampoco, la verdad. No pasó ni un día que ya le había llamado para volver a quedar, aquella vez en plena luz del día. La cita acabó en mi cama.

Ante la ausencia de mi pareja, solíamos hacer planes juntos. Íbamos al cine cada sábado por la tarde, salíamos entre semana a tomar algo e incluso me quedaba noches a dormir en su casa. Entonces me di cuenta que mi amante era mi verdadero novio

Cuando me despedí de él tenía como veinte llamadas de mi novio italiano. Pensé en quitar la SIM y meter el móvil dentro de la licuadora, pero preferí contestarle ante su cansina actitud. Había venido a visitarme así, de repente, a modo de sorpresa. Supongo que olvidé decirle que no me gustan las sorpresas, pero las cosas cambiaron cuando le vi con un ramo de rosas plantado en mi portal, muy cursi, lo sé, pero su persistencia le funcionó.

Parecíamos dos tortolitos el día de su despedida. Los dos llorando desconsoladamente, besándonos como si no hubiera mañana y prometiéndonos la luna y las estrellas. Mientras tanto Caín seguía picando piedra y, ante la ausencia de mi pareja, solíamos hacer planes juntos.

Íbamos al cine cada sábado por la tarde, salíamos entre semana a tomar algo e incluso me quedaba noches a dormir en su casa (con su madre por allí, pero eso es otro tema). Entonces me di cuenta que mi amante era mi verdadero novio. Ahora sin duda lo es.

Despedida

Me iba a casar. Me lo repetía a mí mismo una vez tras otra para convencerme que no había marcha atrás. A ella le hacía mucha ilusión y finalmente había cedido ante la presión. Sin embargo a una semana de la boda yo no lo veía nada claro. Me entró el pánico al pensar que el de mi chica sería la única mujer con la que me acostaría hasta la vejez, y eso solo si la pastillita azul me lo permitía.

Mis amigos me prepararon una despedida loca por Madrid. El día empezó muy temprano: me arrancaron de los brazos de mi novia y me metieron desnudo y con los ojos vendados en un coche que me llevaría hasta mi próxima destinación, una cárcel de la que debería escapar en tan solo 60 minutos, uno de esos juegos de escapismo a los que, sinceramente, estoy viciado.

Una vez conseguido el objetivo me premiaron con algo de ropa y un desayuno a base de birras y tapas. A la una del mediodía estaba completamente alcoholizado y mi estado era lamentable. Fue entonces cuando llegó lo del beerbike, un surtidor con ruedas que nos condujo hasta el burdel más mítico de la ciudad.

Me arrastraron hacia una habitación donde pasó lo que, obviamente, tenía que pasar. No me arrepiento de lo que hice

Cuando llegué allí y vi el panorama supe que mis amigos harían lo posible para que acabase siendo infiel a mi novia. No lo pude evitar. Dos chicas vestidas de enfermera me separaron del grupo, me sentaron en una silla y bailaron eróticamente ante mí mientras se desnudaban.

Primero se quitaron la bata blanca y luego el corsé con puntillas que cubría sus pechos. El show acabó y me arrastraron hacia una habitación donde pasó lo que, obviamente, tenía que pasar.

No me arrepiento de lo que hice. Quiero a mi pareja, claro que sí. Pero ante aquella situación tuve el impulso de hacer lo que para mí era lo que debía hacer. Una semana después nos casamos.

Reincidente

Me juré a mi misma que una vez y no más, sería fiel a mi pareja, a mis amigas y a mi camello. No logré ni un solo propósito. Hacía cinco años que estábamos juntos la primera vez que le puse los cuernos.

Fue en uno de los eventos que se organizan en la empresa donde trabajo. No le conocía de nada, se ve que era cliente nuestro, y además de los importantes. Me dijo que estaba casado y acababa de tener un hijo. Me invitó a fumar y salimos a la puerta gin-tonic en mano. Fui bastante directa y le ataqué cual bestia en celo metiéndole la lengua hasta la garganta. Si te relacionas con hombres casados tienes la certeza de que no te enamorarás. Al menos yo. Éramos dos almas vagabundas cerrando bar tras bar y nos dimos cuenta que no teníamos a donde ir. Decidimos entrar en un hotel.

Nunca salía con el mismo chico, me gustaba repetir una vez y otra el ritual del cortejo, sentirme deseada y buscar algo de riesgo para aliñar mi aburrida vida

Colocada hasta las cejas envié un Whatsapp a mi novio para que no sufriera. "Me quedo a dormir en casa de María, que vive muy cerca del trabajo y así me puedo quedar hasta más tarde". Aquello me resultó bastante insólito... quién creería, viviendo a diez minutos andando del curro, no pudiera caminar cinco minutos más para dormir cómodamente en mi colchón.

De aquel hombre nunca más se supo. Mis excursiones en casa de María se volvieron más que habituales. Primero eran entre semana y más tarde incluso fines de semana enteros. Mi novio era muy confiado. Creo que aunque me hubiese visto con otro no hubiese sospechado nada. Además yo nunca salía con el mismo chico, me gustaba repetir una vez y otra el ritual del cortejo, sentirme deseada y buscar algo de riesgo para aliñar mi aburrida vida.

En una de estas comidas informales donde puedes traer a los respectivos lo descubrió todo. Se le ocurrió preguntarle a María por nuestras escapadas nocturnas y nuestras anécdotas que inventaba al llegar a casa al día siguiente.

María no era ni mucho menos mi mejor amiga, había coincidido un par de días con ella de fiesta, era bastante maja, pero sabía que no iba a mentir por mí y le dijo que no sabía de qué estaba hablando. Al día siguiente el que había vivido conmigo durante más de cinco años cogió sus cosas y se fue a vivir con sus padres. Creo que tuvo tal trauma que aún sigue viviendo con ellos.

Mi novia fue nuestro verdugo

Mi novia me insistía en hacer cosas distintas, romper la monotonía, tenía ganas de vivir nuevas experiencias. Me dijo que le gustaría experimentar con alguien más en la cama y si yo quería que ese alguien fuera otra mujer ella estaría encantada.

Conocimos a la tercera en cuestión una noche de fiesta. Sara supo que era la persona perfecta cuando le explicó nuestro pequeño proyecto en común. Queríamos hacer un trío. A Esther le encantó la idea. Ella estaba soltera y siempre había sentido curiosidad. Tanto a Sara como a mí nos atraía físicamente, así que nos fuimos a casa con los nervios de una primera cita. Nos servimos unas copas de vino y allí empezó todo.

Me dijo que le gustaría experimentar con alguien más en la cama y si yo quería que ese alguien fuera otra mujer ella estaría encantada

El sexo con Esther era brutal. Quedábamos con ella muy a menudo y la relación en la cama cada vez se hizo más desigual. De pronto me encontré quedando con ella a escondidas de Sara y la fui conociendo poco a poco. La situación se volvió bastante insostenible. Sara sospechaba algo. Mis jornadas laborales se volvieron extremadamente largas y Esther nunca podía quedar.

Al llegar a casa tenía remordimientos. No podía vivir con aquel secreto. Un día decidí explicarle la verdad. Aquella noche me quedó claro que al día siguiente tendría que buscarme otro piso.

Llamé a Esther mil veces para decirle que se lo había contado, que podríamos tener por fin una relación sin escondernos pero Esther me plantó. No estaba interesada en tener ningún tipo de contacto conmigo fuera del sexo esporádico. Me quedé sin novia, sin amante y sin lugar a donde ir de un día para otro.

Un clavo saca otro clavo

Nunca le había puesto los cuernos a mi novio, pero entonces llegó aquel día, el día en el que me reconoció que tiempo atrás se había acostado con alguien y que ésta persona asistiría a la boda de mi prima de Gandía.

Su ataque de sinceridad me llegó por sorpresa. No me lo esperaba para nada. Menos aún cuando me confesó que la chica en cuestión era otra parienta lejana. Si me hubiesen dado de puñetazos hasta vomitar el hígado creo que me hubiese sentido mejor.

Intentó convencerme de que era agua pasada argumentando que "mejor tarde que nunca" y que "prefería que lo supiera por él que no por la otra". Mi prima de Gandía es una bocas, y si lo sabía seguro que acababa cantando. Es de aquellas que se calla las cosas y en el momento más inoportuno las suelta.

Él me suplicaba que le perdonara y yo no tenía claro absolutamente nada. Mientras tanto con el otro follé de la manera más salvaje que pude

Todo me daba igual. Quería hibernar eternamente y no salir nunca más de mi madriguera. Evité aquella boda como pude y me fui de retiro espiritual a Indonesia. Suena muy típico ante este tipo de situaciones, pero eso es lo que me pasó. Cogí una mochila, mis cuatro abalorios y me fui a la aventura.

Allí conocí a Michael, un surfero madurito que seguía viviendo como si tuviese viente años. Sí, también es súper típico, lo sé. Decía ser "habitante del mar".

Al principio pensé que los porros le habían perforado el cerebro, pero luego reconocí que era el tipo de tío que te gustaría encontrar al otro lado de tu cama pasados los setenta. Me cautivó, pero yo técnicamente no había cortado con mi novio. Manteníamos el contacto cada día. Él me suplicaba que le perdonara y yo no tenía claro absolutamente nada. Mientras tanto con Michael follé de la manera más salvaje que pude. Fue mi terapia personal para evadirme de todo y volver a empezar.

Llegué a casa y con mi llegada borré de mi memoria todo lo que había pasado en Indonesia. Decidí reconciliarme con mi pareja y continué con él como si nada. Dicen que un clavo quita a otro. A mí al menos me funcionó.

Más VICE
Canales de VICE