Drogarse pasados los cuarenta

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Drogarse pasados los cuarenta

Para muchos cruzar la barrera de los cuarenta es un shock y pretenden mantener una ilusión de juventud engañando al cuerpo con sustancias ilegales que no hacen otra cosa que perjudicarlo más a la larga.
20.5.16

Este artículo se publicó originalmente enVICE Serbia

Para muchos, cruzar la barrera de los cuarenta es un shock, porque implica aceptar la cruda realidad de que, pese a que tu cerebro está en condiciones óptimas, tu cuerpo no acompaña. Los hay que prefieren vivir una ilusión de juventud engañando al cuerpo con sustancias ilegales que no hacen otra cosa que perjudicarlo más a la larga. Y así da comienzo un círculo vicioso.

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A veces cuesta decir cuándo se acaba la fiesta, pero otras cuesta incluso más encontrar el camino de vuelta a cada. Hablamos con consumidores de drogas en sus cuarenta para que nos cuenten sus vicios y cómo estos han afectado a sus vidas.

Misha, 42 años

"Empecé a consumir cocaína al poco de cumplir los treinta años. No fue por insistencia de mis amigos ni porque me gustara el subidón de ego que te da; ya tenía la suficiente confianza en mí mismo como para lidiar con las constantes fiestas y cenas de empresa que me impone mi trabajo sin ayuda de las drogas, pero me faltaba la vitalidad. Tenía que sobrevivir a estas juergas sin perder la sonrisa, cuando lo único en lo que pensaba era en meterme en la cama. Para mí, la coca era como una ayudita natural, no la veía como una droga. El alcohol me atontaba y me daba sueño, y las bebidas energéticas me producían gases, así que vi en la coca mi única alternativa.

Funcionó bien durante una temporada: una raya por la mañana, después de haber salido la noche anterior, bastaba para mantenerme despierto el resto del día y cumplir con mis obligaciones: llevar a los niños al cole, hacer los recados y rendir en el trabajo.

Cada vez que notaba que me fallaba la energía, me metía una puntita. Y otra para mantener a raya el bajón. Como me lo podía permitir y me ayudaba a sobrellevar la jornada, acabé concluyendo que la cocaína me permitía ganar más dinero. Además, nadie se enteraba de mi hábito, porque no la compartía. Mi familia sí que sufrió un poco, sobre todo mi mujer, porque siempre encontraba tiempo y energía para dedicárselos a mis hijos, pero no a ella.

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No me refiero al precio económico —de eso no me arrepiento—, sino al que pagas con tu salud

Por fuera era un profesional de éxito y una bomba de relojería por dentro. Una mañana, estaba en la cama y de repente sentí que no podía respirar. Noté un fuerte dolor en el pecho y un brazo adormecido. Por lo que había oído, los síntomas son los de un infarto. Me entró el pánico y lo único que se me ocurrió es tomarme un Xanax. Cuando finalmente fui al médico, me recetó unas pastillas y me aconsejó seriamente que bajara un poco mi tren de vida. En otras palabras, que dejara la cocaína.

Fue muy duro. Por aquel entonces, ya estaba separado de mi familia y me pasaba el día entero sumido en una profunda apatía. Iba al trabajo, pero me sentía muy débil. A veces me metía una punta para intentar superar mis episodios depresivos.

Mis hijos ya están crecidos, pero nunca he reunido el valor suficiente para hablar con ellos de drogas, seguramente porque todavía no he sido capaz de dejarlas del todo. De vez en cuando me asalta la necesidad de esnifar un poco y mandarlo todo a toma viento, pero la mayoría de las veces consigo contenerme. Si fuera un hombre sincero, les diría a mis hijos que la cocaína es una droga adictiva. Y que volvería a tomarla, al precio que fuera. Y no me refiero al precio económico —de eso no me arrepiento—, sino al que pagas con tu salud".

Vesna, 45 años

Crecí como hija única, así que era la princesita de mis padres. Siempre íbamos a esquiar o de vacaciones a algún lugar exótico, me compraban toda la ropa y los juguetes que quería… Lo tenía todo. Aunque era una malcriada, sacaba muy buenas notas en el colegio y nunca me portaba mal. Mis padres confiaban en mí y me daban total libertad, de la que nunca se me ocurrió abusar.

La gente con la que salía era guapa, moderna y borracha, y aunque me aburría soberanamente con ellos, nunca me dio por buscarme otro grupo. No me sentía como una de ellos, pero tampoco me consideraba parte de ningún otro grupo. Sin embargo, todo aquello cambió la noche que conocí al amor de mi vida en una de aquellas fiestas aburridísimas.

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Era un tipo arrogante y despreciativo, pero por alguna razón, yo me salvé de la quema y él me conquistó. Era inteligente y audaz. En un determinado momento de la noche, me ofreció una punta de un polvillo blanco amarillento en un trozo de papel de aluminio. Me enseñó a esnifarlo, lo hice e inmediatamente me entraron ganas de vomitar. Logré controlarme, porque una dama no vomita.

Yo no quería que se acabara la diversión, pero se acabó el día que mi marido murió de una sobredosis

Me preguntó si me había gustado y tuve que confesarle que sí. 'Es heroína', me dijo. La probé una vez más, y otra, y otra. Pero el verdadero amor por la heroína surge cuando te la inyectas en vena, algo que hice pocos meses después.

Durante los años que siguieron, viajamos por el mundo, nos alojamos en hoteles caros y nos chutábamos continuamente. Nos amábamos y nunca discutíamos, aunque había una sola diferencia entre nosotros: yo sabía cuándo parar, pero él nunca tenía suficiente.

Luego nació nuestra hija. Nos habíamos planteado si tenerla o no, pero mis padres intervinieron y me convencieron para que la tuviera. Yo no quería que se acabara la diversión, pero se acabó el día que mi marido murió de una sobredosis.

Entonces me di cuenta de que debía ocuparme de mi hija y abrí mi propia empresa de contabilidad. Durante una temporada, la heroína me ayudó a llevar el negocio con la mente despejada, hasta que finalmente abrí los ojos y entendí que la droga me estaba destrozando la salud y me impedía cuidar de mi hija como era debido. Me apunté a un programa de rehabilitación con terapia de metadona, así que ahora sigo con las drogas, pero estas son legales.

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Mi hija no sabe nada de mi pasado ni mi presente. Ella parece venir de un mundo muy distinto a ese en que yo he pasado la mayor parte de mi vida: no bebe, no fuma y evita juntarse con gente que fuma porros. Seguramente fliparía si supiera lo mío.

Ahora hago ejercicio. La salud es mi prioridad, por el bien de mi hija. No me arrepiento de nada de lo que he hecho, pero me moriría si mi hija decidiera seguir mis pasos".

Maja, 46 años

"Siempre he sido bebedora, pero a excepción de algún que otro porro, odiaba las drogas. Todo cambió hace diez años —cuando tenía 35— en una fiesta en casa de un amigo. Todos los asistentes tenían más de 35 años; de hecho, la mayoría pasaba de los 40. Había padres y madres, gente divorciada, recién separada o luchando por salvar su matrimonio.

Me ofrecieron una raya de coca servida en la carátula de un CD de canciones infantiles. Después de todo lo que había visto en la tele, no me costó imaginarme la escena de mi trágica muerte: sufrir un ataque de pánico, perderlo todo y a todos mis seres queridos y acabar muerta de una sobredosis en un colchón sucio en algún edificio abandonado. Pese a ello, decidí probar. Al cabo de un rato, pedí otra raya.

Volví a probar la coca un par de años después, y aquella vez empezaron mis problemas. Bebía mucho, así que la coca me ayudaba a mantenerme centrada. Beber ya no tenía sentido si no lo acompañaba con coca. Las resacas de antes se convirtieron en tremendos bajones en los que sufría palpitaciones, falta de oxígeno, paranoia, depresión y otros negros pensamientos. Intentaba aliviar esos bajones consumiendo más coca, con lo que cada día era un infierno.

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Como no me sentía bien y había días en los que me resultaba imposible salir de la cama, empecé a dejar de ir al trabajo. Empecé a tirar de tarjeta de crédito para comprar cocaína. Todavía hoy estoy acabando de pagarlo. La tomaba en casa, sola, que es casi como tirarla a la basura. Creo que el hecho de haber empezado de bastante mayor fue lo que me salvó. Estaba rod

eada de personas maduras y relativamente responsables que se habían dado cuenta de que tenía un problema muy grande. Me llamaban compañeros de trabajo y amigos para intentar abrirme los ojos. Esnifar coca ya no es tan fantástico cuando todos tus amigos están preocupados por ti. Además, estaba sin blanca y la piel se me había empezado a poner de color verde.

Ya no consumo cocaína. A toro pasado, me asusta pensar lo poco que me hizo falta para obsesionarme con la droga. Fue tan fácil engancharme que nunca debería dar por sentado que estoy completamente curada".

Nikola, 40 años

"Empecé a fumar hierba en el instituto. No la fumaba todos los días, excepto quizá durante las vacaciones de verano o invierno. A veces pasaba meses sin fumar, normalmente porque estaba de exámenes o porque no tenía dinero. Hoy día, la situación es la misma: me gusta fumar maría pero no me vuelvo loco si no lo hago. Tampoco llamo a ningún camello. Me da la sensación de que soy demasiado mayor para eso o para comprar papel de fumar. Me da vergüenza.

Ahora que tengo cierta edad, no me importa pagar un poco más por la droga y voy con más cautela

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Ahora que tengo cierta edad, no me importa pagar un poco más por la droga y voy con más cautela. La consumo en mi casa, nunca fuera, y debo decir que me gusta experimentar, ver qué efectos me causan las distintas drogas en circunstancias y cantidades diferentes. Pero no me considero un yonqui ni un fumeta.

Hay ciertos aspectos de mi trabajo que no requieren de mi completa atención, por lo que a veces me fumo un porro mientras espero que se acabe algo o mientras hago algún tipo de investigación básica.

Cuando era joven y salía de fiesta, tomaba mucho éxtasis, LSD y speed, pero cuando me cansé de la subcultura rave también me aburrieron las drogas. Me encantaría volver a tomar ácido, pero esta vez en un lugar tranquilo, como un parque con los amigos o mientras contemplo una lluvia de meteoritos en la playa.

La primera vez que probé la cocaína estaba rozando los treinta años y las posibilidades de esa droga me intrigaron. Lo malo es que es muy cara para mí. De joven solo tomaba coca en ocasiones muy especiales, pero ahora parece ser un ritual diario para muchas personas, algo que tiene que acompañar a la bebida. Creo que es una droga a la que me acostumbraría muy fácilmente si tuviera dinero, así que, a los 40 años, me alegro de seguir sin un céntimo".

Dejan, 50 años

"He consumido cocaína y anfetaminas esporádicamente a lo largo de mi vida, siempre en fiestas o en la discoteca. Dejé de hacerlo cuando me di cuenta de que nunca me pasaba nada bueno cuando iba drogado. Solo causan una falsa sensación de euforia. Cuando empiezas, quieres más, y al final es un círculo vicioso. para mí el problema no es el bajón del día siguiente, sino el remordimiento de conciencia por haberme gastado dinero en una experiencia tan pobre.

Nunca he tenido reparos en hablar abiertamente con mis hijos sobre mis experiencias con la droga

Si tuviera la oportunidad de volver en el tiempo y borrar mis experiencias con la droga, probablemente volvería a probarlas. Soy muy curioso. Ahora tomo muchas menos drogas y menos frecuentemente. Empecé tarde y terminé antes.

Nunca he tenido reparos en hablar abiertamente con mis hijos sobre mis experiencias con la droga. El consejo que les di es que nunca es tarde para probarlas y que, hagan lo que hagan, que sean sensatos y consuman con moderación. Si no, sus vidas acabarán siendo vulgares".

Si necesitas consejo sobre el abuso de drogas o la adicción ponte en contacto con Proyecto Hombre.

Si necesitas que alguien te aconseje sobre drogas de forma segura habla con Energy Control.

Traducción por Mario Abad.